La leyenda del Cid: 96

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La leyenda del Cid

XI[editar]

III[editar]

Hay mujeres a las cuales
tan bien la doncellez sienta,
que vida muy larga alcanzan
acaso por ser doncellas;
mas doña Urraca, tal vez
no siendo una mujer de éstas,
por esta o por otra causa
sin serlo aún se hizo vieja.
La mayor de sus hermanas,
pasaba de los cincuenta;
pero flaca y enfermiza
parecía ya decrépita.
El Rey no la iba a la mano:
de él y de su alcázar dueña,
en gran respeto teníala
como si su madre fuera.
Tenía aposento aparte,
guardias, servidumbre y rentas,
y no fué la reina nunca
como doña Urraca reina.

Los dos condes de Carrión,
que no fueron a la guerra
de Toledo y se quedaron
por pajes suyos con ella,
pasaban en el alcázar
una inútil vida quieta,
pues la infanta del Rey sólo
por mandato les acepta.
El romero encogullado
con ellos tiene vivienda,
maestro, ayo, mayordomo
y consejero; mas ni entra
en los cuartos de la infanta
jamás, ni habla en su presencia,
y un respeto profundísimo
por ella tiene o afecta.
Cuando pasa ante él o al paso
con ella tal vez se encuentra,
la hace paso y dobla humilde
sobre el pecho la cabeza:
pero después que ha pasado
y entre tanto que se aleja,
hasta donde a verla alcanza
torvo y tenaz la contempla
hasta perderla de vista,
con dos ojos que chispean,
y lanzan rayos vibrantes
como los de una culebra.
La infanta no es hosca ni áspera,
pero es una mujer seria,
y su servicio no es
cosa que mucho divierta.
Los gemelos de Carrión,
algunas veces bostezan
en el cuarto de la infanta;
y el romero les alienta
con gracia a hacer su servicio
y a llevarlo con paciencia,
por ser cosa el de la infanta
con la que se honran y medran.
«Mejor es servir, les dice,
a doña Urraca en la mesa
y el oratorio, que al Rey
en la lid e ir a la guerra.
Aprended a cortesanos,
que aquí se vive y se huelga,
mientras otros por vosotros
en la lid se descabezan.»
Y avezados los dos mozos
a entrar en la dependencia
de aquel hombre, le obedecen
y hallan sus razones buenas.
Mas la infanta tiene días
de insufrible impertinencia,
y ataques de un histerismo,
que más cada día arrecian.
Los médicos la propinan
sus pócimas: mas no aciertan
a atajar la enfermedad
que la roe la existencia.
Consúmese día a día
presa de mortal tristeza,
y los hay en que un instante
nada más el lecho deja.
Complácela solamente
la soledad más completa;
y ya tienen prevenido
al Rey los hombres de ciencia
que ha de morir sin sentirlo,
cual vidrio que el aire quiebra.
El Rey la deja a su antojo
vivir y morir: atenta
su servidumbre está, nunca
con ella, mas de ella cerca.
Nada se la niega nunca,
nadie jamás la impacienta,
ni se la da carta alguna,
para que imposible sea
que conmoción imprevista
acelere su hora extrema.

Una tarde, casi noche,
doña Urraca en una de esas
horas de melancolía
hipondríaca e histérica.
yacía en su lecho a solas,
entre la luz y tinieblas,
complacida en verse aislada
del mundo que la molesta,
cuando asaltada de pronto
de imprevisto mal, las fuerzas
que la faltaban sintiendo,
pidió auxilio con gran priesa.
Mas no llegó su voz débil
nada más que a las orejas
del de el sayal que guardaba
por los gemelos las puertas.
Llegóse éste en la penumbra
hasta el lecho de la enferma,
y ofreciéndola una copa
que tiene a la cabecera,
la dijo: «bebed, señora;»
y a su voz, la infanta trémula
sintió que se le erizaba
el cabello en la cabeza.
Tendió adelante las manos
como a quien, dormido, aqueja
una pesadilla y la halla
realidad cuando despierta.
Abrió la boca; pero antes
de que algún nombre saliera
de entre sus labios, el monje
la mano en ellos poniéndola,
«¡Yo! ¡yo!» la dijo: y la infanta
cual vidrio que el aire quiebra,
cayó hacia atrás en la almohada
con la congoja postrera.
Quedó doña Urraca inerte,
y el monje inerte sintiéndola,
a su aposento volvióse
sin que nadie le sintiera.
Quedó la cámara a oscuras:
cerró la noche, y sus lentas
horas pasando, y la infanta
luz no pidiendo, a la puerta
del camarín, de puntillas
se acercó una camarera.
Paróse, espió, escuchó;
mas bullir no percibiéndola,
llamóla y amedrentóse
de no recibir respuesta :
dió un grito: corrieron todos
quién al Rey, quién a la Reina
a avisar; y tras los Reyes
la servidumbre revuelta
de la infanta entró en la cámara:
y de pie a su cabecera
hallaron ya a los gemelos
de Carrión, que con atenta
curiosidad contemplaban
a su ayo; que hombre de ciencia
al parecer, de la infanta
pulsaba la mano yerta.
Y antes de que la ansiedad
del Rey razón le pidiera
de su inspección, aquel hombre
con acentuación siniestra
y voz que dió miedo a todos,
dijo: «La infanta está muerta
y fría ya. Su alma ahora
está a Dios dando sus cuentas.»
Postróse a orar: sacó el Rey
de la cámara a la Reina,
y tras el Rey, de ella fueron
saliéndose todos fuera.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;