La leyenda del Cid/Introducción/I

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La leyenda del Cid (1882) de José Zorrilla
Introducción
II

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A la muy noble y muy mas leal
ciudad de Burgos

I

 Corona condal de España
floronada de castillos,
empenachada de torres
hechas de encaje finísimo:
ciudad labrada con piedras,
cuyo alto valor artístico
en cada muro te ofrece
de diamantes un cintillo;
Reina cuya cabellera
da al viento, en lugar de rizos,
dos trenzas de hebras de roca
de sutileza prodigios,
con vistosísimas plumas
trabajadas en granito,
dos cinceladas agujas
primores del arte ojivo,
asombro de las naciones,
mofa del viento y los siglos,
de su blasón lambrequines
y de su gloria obeliscos;

ciudad madre de los reyes
y los hidalgos invictos
que dieron en tus solares
al reino español principio:
muy noble ciudad de Burgos,
sultana de los castillos,
oye lo que con el alma
en estas hojas te digo;
y haz cuenta que respetuoso
ante tus puertas me hinco,
para ofrecerte de hinojos
un ejemplar de éste libro.
 Nobilísima ciudad,
aunque no nací tu hijo,
por ser madre de mi madre
te tengo filial cariño.
De los campos que á tu asiento
sirven de alfombra en un pico,
del viejo Muñó á la falda
y á la sombra de un sotillo,
hay un rincón de tu tierra
que fué de mi madre y mío,
donde ésta con su memoria
me ha dejado un paraíso.
Ya ves que son burgaleses,
aunque tu hijo no he nacido,
la sangre que en mí circula
y el aire con que suspiro.
Por eso te he amado siempre,
y mientras ciego y perdido
erré por mar y por tierra
del mundo en el laberinto,
en medio de sus escollos,
á través de sus peligros,
por encima de sus glorias
y á despecho de su olvido.

tu recuerdo siempre fresco,
como laurel inmarchito,
arraigado en mi memoria
sombreando mi alma ha ido.
Fotografiado he llevado
en mis pupilas el sitio
donde á orillas del Arlanza
elevas tus edificios;
y el susurro de tus olmos,
y el murmullo de tu rio,
y el timbre de tus campanas
he llevado en mis oidos.
De tí jamás un recuerdo
me dio al corazón martirio,
de tí jamás una espina
se me enconó en el espíritu.
Tus memorias, juguetonas
cual tus corderos merinos,
sabrosas como tu leche,
doradas como tus trigos,
por do quier para mí fueron
de mis penas lenitivo,
de mis esperanzas faro,
de mis dolores alivio.
Tu espolón entre dos puentes,
el torreado frontispicio
del arco imagineriado
que restauro Carlos quinto,
tus desmantelados cubos,
tus arabescos postigos,
tus agudos campanarios,
tus cruceros cupulinos,
tus filigranadas torres,
tus nobles templos tan ricos
en cresterías y mármoles,
en verjerías y vidrios,

en sus naves prodigados,
en sepulturas y nichos,
bóvedas, y botareles,
ajimeces, balconcillos,
pórticos, escalinatas,
pasamanos, fustes, plintos,
por camarines y claustros
de detalles tan prolijos,
de labor tan minuciosa,
de tan diferente estilo
crestonado, alicatado,
losanjeado, laberíntico,
fenicio, celta, romano,
godo, árabe, bizantino.....
esas mil partes, en fin,
que forman el nunca visto
conjunto del noble todo,
que hace del Burgos antiguo
por el nuevo abigarrado
un cuadro característico,
original, pintoresco,
sin par, y palpable y vivo,
se conservó en mi memoria
perennemente esculpido.
Por eso te he amado, Burgos,
y al volver de un ostracismo,
que nó por ser voluntario
menos amargo me ha sido,
corrí anheloso á tu seno
como á su oasis nativo
vuelve á través del desierto
el árabe peregrino.
Tú, ciudad leal y noble,
con espontáneo cariño
reconociste al poeta
vagabundo y fugitivo:

abrazaste al hijo pródigo,
le diste en tu hogar asilo,
le diste asiento en tu mesa,
convocaste á los amigos,
y celebraste su vuelta
cual la de tu hijo legítimo,
con saraos, serenatas,
convites y regocijos.
Por eso te adoro, Burgos:
porque la primera has sido
que de mi niñez quisiste
volver á escuchar los himnos;
y aunque echaste en ellos menos
cuando volvistes á oirlos
los juveniles arranques
de su vigor primitivo,
no me los desestimaste;
pues sabes que si es preciso
morir ó llegar á viejo,
envejecer no es delito.
Por eso he determinado,
mas que audaz, agradecido,
dedicarte este volumen,
tan sin valor por ser mio.
Porque ¡ay de mí! noble Burgos,
no tengo para ello títulos:
pues nada soy en el mundo,
ni nada jamás he sido.
Yo que marché por la tierra
solo, independiente, altivo,
dejando entre sus zarzales
fui pedazos de mí mismo.
Yo no he creido jamás
en la fe de los políticos,
y nunca viento á mis versos
ha dado ningún partido.

Yo que luz, ni poesía,
ni fe en mis tiempos he visto,
poeta ignaro y excéntrico
extraño á los tiempos mios,
evocando los recuerdos
de las centurias que han sido
he vivido entre las ruinas
cual solitario pelícano;
razas y revoluciones
han girado en torno mio
sin poder arrebatarme
ni un solo instante en su giro.
Y á fuerza de ocupar siempre
el centro del remolino
social, que todo lo mueve
arrastrándolo consigo,
he llegado á estacionarme:
y anonadado y perdido,
á fuerza de no ser nada
no doy razón de mí mismo.
Así que no me preguntes,
Burgos, quién soy ni qué he sido,
do voy, ni de dónde vengo,
porque no sabré decírtelo.
 Soy un átomo amante,
 que voy sonoro
por la atmosfera errante,
 do canto y lloro;
 pero mi canto
no se sabe si es nunca
 cantar ó llanto.



 Yo mismo tal vez ignoro
quién soy y de donde vengo,
dónde voy y por qué tengo
triste ó gayo el corazón.

Tal vez de alegría lloro,
tal vez de tristeza canto,
mas de mi himno y de mi llanto
no sé acaso la razón.



 Burgos, siento que es mi alma
de tinieblas un abismo,
y yo dentro de mí mismo
no ose nunca penetrar.
¿Quién soy, dó voy, de dó vengo,
por qué canto, por qué lloro?
Pregunta al viento sonoro
dónde va sobre la mar.
 Pregunta á sus verdes ondas
de dónde vienen: pregunta
al agua por qué se junta
para hacer un nubarrón;
pregunta quién es al astro
que radia en el firmamento,
pregúntale al sentimiento
por qué hiere al corazón.
 Mál quién soy, quien me pregunte,
su curiosidad emplea;
¿qué os importa quién yo sea,
de dó vengo y dónde voy?
Yo soy un ave de paso
á quien Dios dió una voz suave:
¿os gusta el canto del ave?
oidme, cantando estoy.
 Mas ¿quién es, os dice el ave
á quien tenéis enjaulada?
No; pero si preguntada
os pudiera responder,
os diria, ¿qué os importa
mi plumaje ni mi acento?

yo soy una hija del viento,
dejadme al viento volver.
 Ave de paso, quién sea
que no me pregunte nadie:
dejad al astro que radie,
dejad al viento vagar,
dejad que el mar en la playa
rompiendo sus ondas siga,
sin que sus ondas os diga
de donde vienen el mar.
 Dejad cuajarse á la niebla
que por la atmósfera sube,
sin preguntar á la nube
por qué revienta en turbión;
y dejad libres que canten
el pájaro y el poeta;
¿quién mide ni quién sujeta
su vuelo y su inspiración?
 Dejadme: ave de paso
 que nunca anida
 y que vuela al acaso
 sola y perdida,
 yo siempre he ido,
 por el aire del mundo
 solo y perdido!


La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;