La leyenda del Cid: 9

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

I[editar]

I[editar]

Despuntaba una mañana
de abril, el mes de las flores;
de sus vírgenes olores
impregnada el aura sana,

esparcía sus aromas
de Arlanza por las riberas,
perfumando sus praderas,
valles, oteros y lomas.

No suele en comarcas tales
el mes de abril tan temprano
dar con tan pródiga mano
capullos primaverales:

mas el año en que esto pasa,
temprano en flores y mieses,
a los pueblos burgaleses
cosechas rindió sin tasa;.

y vieron los africanos
de la Castilla fronteros,
apuntalar sus graneros
á los pueblos castellanos.

Era que ya comenzaban
sus pueblos a rehacerse,
y por tierras a extenderse
que a los árabes ganaban.

Era que ya amanecía
el albor de aquella aurora
que de la fortuna mora
la estrella apagar debía.

Era, en fin, que ya la mano
del Dios que humilla y levanta,
comenzaba la fe santa
a levantar del cristiano.

En la edad pues en que empieza
mi cuento, con el risueño
albor de un día abrileño
(según la historia lo reza)

asumía en su persona
la autoridad real suprema
don Fernando, en real diadema
vuelta la condal corona.

Sancho el Mayor, rey navarro
su padre, le dió esta herencia
porque gozara existencia
par con su aliento bizarro.

El hijo, con la osadía
y el valor de él heredados,
fué ensanchando sus estados
palmo a palmo cada día;

y al burgo ruin dando creces,
en donde los fundadores
fueron los legisladores
de Castilla a un tiempo y jueces,

fué extendiendo los cimientos
de una capital cristiana,
que a amparo de su ley gana
cada año acrecentamientos.

Y es que está ya ardiendo el rayo
con que ha de apagar Castilla
la luna mora, que aún brilla
desde Calpe hasta el Moncayo:

y que se traba y prolonga
ya aquella lucha bizarra,
que concluyó en la Alpujarra
comenzando en Covadonga.

Era, en fin, que ya los soles
de siete siglos corrían,
que hacer señores debían
del mundo a los españoles;

y aquella fe castellana
audaz, ignara y grosera,
tal vez salvó a Europa entera
de ser hoy mahometana.

Por aquel valor salvaje
y aquella fe intransigente,
que a la ilustración de Oriente
jamás rindió vasallaje,

volvió a pasar el Estrecho
la raza de Agar vencida,
y hoy de la Europa es la vida
y la ilustración un hecho.

Bendita, pues, la ignorancia
de aquel nuestro fanatismo,
que dió a nuestro patriotismo
tanta fe, tanta constancia:

y bendito nuestro atraso,
que hizo culta y floreciente
a Europa, a la árabe gente
cerrando de Europa el paso.

Siete siglos nos batimos:
siete centurias de glorias,
que han llenado las historias
con las hazañas que hicimos.

Y de una de estas centurias,
gloria de España, a hablar voy,
mientras a la España de hoy
desgarran sueltas las furias.

Del poeta es la misión:
su voz al pueblo dirige
cuando al pueblo más aflige
alguna desolación.

Hoy, en vez de ser profetas
del porvenir desastrado,
consuelan con lo pasado
a sus pueblos los poetas.

Cual las golondrinas son.
que no echan nunca en olvido
el muro en que hicieron nido
en la pasada estación;

porque siendo hija del cielo
la poesía divina,
cuando el presente declina
tiende ella al pasado el vuelo;

y mirado éste a través
del tiempo y de la distancia,
cobra vida e importancia
y más poético es.

Depurado y desprendido
de las mortales miserias,
por las sociales lacerias
no le vemos ya roído.

Sólo los recuerdos son
veneros de poesía:
siempre cree de más valía
lo perdido el corazón.

Aún imberbe, a mi nación
se lo dije, y hoy en día
que es cana la barba mía,
no he cambiado de opinión.

Política…, ni la tengo
ni me podrán convencer
de que una es fuerza tener,
ni con ninguna me avengo.

Tal vez lo entiendo yo mal :
pero mi opinión sería
que hiciera la patria mía
política nacional.

Mas política de bando
ni me place ni la entiendo,
y sólo un poeta siendo
no tengo ambición de mando.

Basta, pues, de digresiones;
yo no sé si es la política
quien tiene España raquítica
y a cola de las naciones:

mas yo que, sin ambición,
versos tan sólo sé hacer,
útil tan sólo he de ser
con versos a mi nación.

Hice versos a destajo;
y fundo mi patriotismo
en hacer siempre lo mismo
y en vivir de mi trabajo.

Yo sé que los versos son
ocupación harto fútil
y trabajo casi inútil
para el bien de la nación:

mas no supe otro jamás:
y a creer no me acomodo
que soy apto para todo
como piensan hoy los más.

Versos hice y los haré
mientras dure mi existencia;
me dan pan e independencia,
y no sé quién más me dé.

Que solo quien no progresa
soy, dirán, y quien no avanza;
mas voy con fe y esperanza
caminando así a mi huesa;

y al cabo de la jornada,
para morir me es igual
cama de encajes colgada
que paja en el hospital.

Mi patria, cuando en la lid
de existencia tal sucumba,
me hará justicia en la tumba…
Vuelvo a los tiempos del Cid.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;