Las mil y una noches Tomo V (Versión para imprimir)

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Autor: Anónimo - Traducción de Vicente Blasco Ibáñez[editar]

TOMO V[editar]

Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llegó la 747ª noche

de Anónimo


HISTORIA DE ALADINO Y LA LÁMPARA MÁGICA[editar]

(Continuación)


PERO CUANDO LLEGÓ LA 747ª NOCHE[editar]

Ella Dijo:

“…No tienes más que traerme de la cocina una fuente de porcelana en que quepan, y ya verás qué efecto tan maravilloso producen.”

Y aunque muy sorprendida de cuanto oía, la madre de Aladino fue a la cocina a buscar una fuente grande de porcelana blanca muy limpia y se la entregó a su hijo. Y Aladino que ya había sacado las frutas consabidas, se dedicó a colocarlas con mucho arte en la porcelana, combinando sus distintos colores, sus formas y sus variedades. Y cuando hubo acabado se las puso delante de los ojos a su madre, que quedó absolutamente deslumbrada, tanto a causa de su brillo como de su hermosura. Y a pesar de que no estaba muy acostumbrada a ver pedrerías, no pudo por menos de exclamar: «¡Ya Alá! ¡qué admirable es esto!» Y hasta se vio precisada, al cabo de un momento, a cerrar los ojos. Y acabó por decir: «¡Bien veo al presente que agradará al sultán el regalo sin duda! ¡Pero la dificultad no es ésa, sino que está en el paso que voy a dar; porque me parece que no podré resistir la majestad de la presencia del sultán, y que me quedaré inmóvil, con la lengua trabada, y hasta quizá me desvanezca de emoción y de confusión. Pero aun suponiendo que pueda violentarme a mí misma por satisfacer tu alma llena de ese deseo, y logre exponer al sultán tu petición concerniente a su hija Badrú’l-Budur, ¿qué va a ocurrir? Sí, ¿qué va a ocurrir? ¡Pues bien, hijo mío; creerán que estoy loca, y me echarán del palacio, o irritado por semejante pretensión el sultán nos castigará a ambos de manera terrible! Si a pesar de todo crees lo contrario, y suponiendo que el sultán preste oídos a tu demanda, me interrogará luego acerca de tu estado y condición. Y me dirá: «Sí; este regalo es muy hermoso, ¡oh mujer! ¿Pero quién eres? ¿Y quién es tu hijo Aladino? ¿Y qué hace? ¿Y quién es su padre? ¿Y con qué cuenta?» ¡Y entonces me veré obligada a decir que no ejerces ningún oficio y que tu padre no era más que un pobre sastre entre los sastres del zoco!» Pero Aladino contestó: «¡Oh madre estate tranquila!, ¡es imposible que el sultán te haga semejantes preguntas cuando vea las maravillosas pedrerías colocadas a manera de frutas en la porcelana! ¡No tengas, pues, miedo, y no te preocupes por lo que va a pasar! ¡Levántate, por el contrario, y ve a ofrecerle el plato con su contenido, y pídele para mí en matrimonio a su hija Badrú’l-Budur! ¡Y no apesadumbres tu pensamiento con un asunto tan fácil y tan sencillo! ¡Tampoco olvides, además, si todavía abrigas dudas con respecto al éxito, que poseo una lámpara que suplirá para mí a todos los oficios y a todas las ganancias».

Y continuó hablando a su madre con tanto calor y seguridad que acabó por convencerla completamente. Y la apremió para que se pusiera sus mejores trajes; y le entregó la fuente de porcelana, que se apresuró ella a envolver en un pañuelo, atado por las cuatro puntas, para llevarla así en la mano. Y salió de la casa y se encaminó al palacio del sultán. Y penetró en la sala de audiencias con la muchedumbre de solicitantes. Y se puso en primera fila, pero en una actitud muy humilde, en medio de los presentes, que permanecían con los brazos cruzados y los ojos bajos, en señal del más profundo respeto. Y se abrió la sesión del diván cuando el sultán hizo su entrada, seguido de sus visires, de sus emires y de sus guardias. Y el jefe de los escribas del sultán empezó a llamar a los solicitantes, unos tras otros, según la importancia de las súplicas. Y se despacharon los asuntos acto seguido. Y los solicitantes se marcharon, contentos unos por haber conseguido lo que deseaban, otros muy alargados de nariz, y otros sin haber sido llamados por falta de tiempo. Y la madre de Aladino fue de estos últimos.

Así es que cuando vio que se había retirado la sesión y que el sultán se había retirado, seguido de sus visires, comprendió que no le quedaba que hacer más que marcharse también ella y salió de palacio y volvió a su casa. Y Aladino, que en su impaciencia la esperaba a la puerta, la vio volver con la porcelana en la mano todavía; y se extrañó y se quedó muy perplejo, y temiendo que hubiese sobrevenido alguna desgracia o alguna siniestra circunstancia, no quiso hacerle preguntas en la calle, y se apresuró a arrastrarla a la casa, en donde, con la cara muy amarilla, la interrogó con la actitud y con los ojos, pues de emoción no podía abrir la boca. Y la pobre mujer le contó lo que había ocurrido, añadiendo: «Tienes que dispensar a tu madre por esta vez, hijo mío, pues no estoy acostumbrada a frecuentar palacios; y la vista del sultán me ha turbado de tal modo, que no pude adelantarme a hacer mi petición. ¡Pero mañana, si Alá quiere, volveré a palacio y tendré más valor que hoy!» Y a pesar de toda su impaciencia, Aladino se dio por muy contento, al saber que no obedecía a un motivo más grave el regreso de su madre con la porcelana entre las manos. Y hasta le satisfizo mucho que se hubiese dado el paso más difícil, sin contratiempos ni malas consecuencias para su madre y para él. Y se consoló, al pensar que pronto iba a repararse el retraso.

En efecto, al siguiente día la madre de Aladino fue a palacio, teniendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo, que envolvía el obsequio de pedrerías...

En este momento de su narración Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


PERO CUANDO LLEGÓ LA 748ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"…En efecto, al siguiente día la madre de Aladino fue a palacio, teniendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo, que envolvía el obsequio de pedrerías. Y estaba muy resuelta a sobreponerse a su timidez y formular su petición. Y entró en el diván y se colocó en primera fila ante el sultán. Pero, como la vez primera, no pudo dar un paso ni hacer un gesto que atrajese sobre ella la atención del jefe de los escribas. Y se levantó la sesión sin resultado; y se volvió ella a su casa, con la cabeza baja, para anunciar a Aladino el fracaso de su tentativa, pero prometiéndole el éxito para la próxima vez. Y Aladino se vio precisado a hacer nueva provisión de paciencia, amonestando a su madre por su falta de valor y de firmeza. Pero no sirvió de gran cosa, pues la pobre mujer fue a palacio con la porcelana seis días consecutivos, y se colocó siempre frente al sultán, aunque sin tener más valor ni lograr más éxito que la primera vez. Y, sin duda, habría vuelto cien veces más tan inútilmente, y Aladino habría muerto de desesperación y de impaciencia reconcentrada, si el propio sultán, que acabó por fijarse en ella, ya que estaba en primera fila a cada sesión del diván, no hubiese tenido la curiosidad de informarse acerca de ella y del motivo de su presencia. En efecto, al séptimo día, terminado el diván, el sultán se encaró con su gran visir, y le dijo: «Mira, esa vieja que lleva en la mano un pañuelo con algo. Desde hace algunos días viene al diván con regularidad y permanece inmóvil sin pedir nada. ¿Puedes decirme a qué viene y qué desea?» Y el gran visir, que no conocía a la madre de Aladino, no quiso dejar al sultán sin respuesta, y le dijo: «¡Oh mi señor!, es una vieja entre las numerosas viejas que no vienen al diván más que para pequeñeces. ¡Y tendrá que quejarse sin duda de que le han vendido cebada podrida, por ejemplo, o que le ha injuriado su vecino, o de que le ha pegado su marido!» Pero el sultán no quedó contento con esta explicación, y dijo al visir: «Sin embargo, deseo interrogar a esa pobre mujer. ¡Hazla avanzar antes de que se retire con los demás!» Y el visir contestó con el oído y la obediencia, llevándose la mano a la frente. Y dio unos pasos hacía la madre de Aladino, y le hizo seña con la mano para que se acercara. Y la pobre mujer se adelantó al pie del trono, toda temblorosa, y besó la tierra entre las manos del sultán, como había visto hacer a los demás concurrentes. Y siguió en aquella postura hasta que el gran visir le tocó en el hombro y la ayudó a levantarse. Y se mantuvo entonces de pie, llena de emoción; y el sultán le dijo: «¡Oh mujer!, hace ya varios días que te veo venir al diván y permanecer inmóvil sin pedir nada. Dime, pues, qué te trae por aquí y qué deseas, a fin de que te haga justicia.» Y un poco alentada por la voz benévola del sultán, contestó la madre de Aladino: «Alá haga descender sus bendiciones sobre la cabeza de nuestro amo, el sultán. ¡Oh rey del tiempo! ¡En cuanto a tu servidora, antes de exponer su de manda te suplica que te dignes concederle la promesa de seguridad, pues, de no ser así tendré miedo a ofender los oídos del sultán, ya que mi petición puede parecer extraña o singular!» Y he aquí que el sultán, que era hombre bueno y magnánimo, se apresuró a prometerle la seguridad; e incluso dio orden de hacer desalojar completamente la sala, a fin de permitir a la mujer que hablase con toda libertad. Y no retuvo a su lado más que a su gran visir. Y se encaró con ella, y le dijo: «Puedes hablar, la seguridad de Alá está contigo, ¡oh mujer!» Pero la madre de Aladino, que había recobrado por completo el valor, en vista de la acogida favorable del sultán, contestó: «¡También pido perdón de antemano al sultán por lo que en mi súplica pueda encontrar de inconveniente, y por lo extraordinario de mis palabras!» Y dijo el sultán, cada vez más intrigado: «Habla ya sin restricción, ¡oh mujer! ¡Contigo están el perdón y la gracia de Alá para todo lo que puedas decir y pedir!»

Entonces, después de prosternarse por segunda vez ante el trono, y de haber llamado sobre el sultán todas las bendiciones y los favores del Altísimo, la madre de Aladino se puso a contar cuanto le había sucedido a su hijo, desde el día en que oyó a los pregoneros públicos proclamar la orden de que los habitantes se ocultaran en sus casas para dejar paso al cortejo de Sett Badrú’I-Budur. Y no dejó de decirle el estado en que se hallaba Aladino, que hubo de amenazar con matarse, si no obtenía a la princesa en matrimonio. Y narró la historia con todos sus detalles, desde el comienzo hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla. Luego, cuando acabó de hablar, bajó la cabeza, presa de gran confusión, añadiendo: «¡Oh rey del tiempo! ¡Y ya no me queda más que suplicar a Tu Altísimo que no sea riguroso con la locura de mi hijo y me excuse si la ternura de madre me ha impulsado a venir a transmitirte una petición tan singular!"

Cuando el sultán, que había escuchado estas palabras con mucha atención, pues era justo y benévolo, vió que había callado la madre de Aladino, lejos de mostrarse indignado de su demanda, se echó a reír con bondad, y le dijo: "¡Oh pobre! ¿y qué traes en ese pañuelo que sostienes por las cuatro puntas...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 749ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 749ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... se echó a reír con bondad, y le dijo: "¡Oh pobre! ¿y qué traes en ese pañuelo que sostienes por las cuatro puntas?

Entonces la madre de Aladino desató el pañuelo en silencio, y sin añadir una palabra presentó al sultán la fuente de porcelana en que estaban dispuestas las frutas de pedrerías. Y al punto se iluminó todo el diwán con su resplandor, mucho más que si estuviese alumbrado con innúmeras arañas y antorchas. Y el sultán quedó deslumbrado de su claridad y le pasmó su hermosura. Luego cogió la porcelana de manos de la buena mujer y examinó las maravillosas pedrerías, una tras otra, tomándolas entre sus dedos. Y estuvo mucho tiempo mirándolas y tocándolas, en el límite de la admiración. Y acabó por exclamar, encarándose con su gran visir: "¡Por vida de mi cabeza, ¡oh visir mío! qué hermoso es todo esto y qué maravillosas son esas frutas! ¿Las viste nunca parecidas u oíste hablar siquiera de la existencia de cosas tan admirables sobre la faz de la tierra? ¿Qué te parece? ¡di!" Y el visir contestó: "¡En verdad ¡oh rey del tiempo! que nunca he visto ni nunca he oído hablar de cosas tan maravillosas! ¡Ciertamente, estas pedrerías son únicas en su especie! ¡Y las joyas más preciosas del armario de nuestro rey no valen, reunidas, tanto como la más pequeña de estas frutas, a mi entender!" Y dijo el rey: "¿No es verdad ¡oh visir mío! que el joven Aladino, que por mediación de su madre me envía un presente tan hermoso, merece, sin duda alguna, mejor que cualquier hijo de rey, que se acoja bien su petición de matrimonio con mi hija Badrú'l-Budur?"

A esta pregunta del rey, la cual estaba lejos de esperarse, al visir se le mudó el color y se le trabó mucho la lengua y se apenó mucho. Porque, desde hacía largo tiempo, le había prometido el sultán que no daría en matrimonio a la princesa a otro que no fuese un hijo que tenía el visir y que ardía de amor por ella desde la niñez. Así es que, tras largo rato de perplejidad, de emoción y de silencio, acabó por contestar con voz muy triste: "Sí, ¡oh rey del tiempo! Pero Tu Serenidad olvida que ha prometido la princesa al hijo de tu esclavo. ¡Sólo te pido, pues, como gracia, ya que tanto te satisface este regalo de un desconocido, que me concedas un plazo de tres meses, al cabo del cual me comprometo a traer yo mismo un presente más hermoso todavía que éste para ofrecérselo de dote a nuestro rey, en nombre de mi hijo!"

Y el rey, que a causa de sus conocimientos en materia de joyas y pedrerías sabía bien que ningún hombre, aunque fuese hijo de rey o de sultán, sería capaz de encontrar un regalo que compitiese de cerca ni de lejos con aquellas maravillas, únicas en su especie, no quiso desairar a su viejo visir rehusándole la gracia que solicitaba, por muy inútil que fuese; y con benevolencia le contestó: "¡Claro está ¡oh visir mío! que te concedo el plazo que pides! ¡Pero has de saber que, si al cabo de esos tres meses no has encontrado para tu hijo una dote que ofrecer a mi hija que supere o iguale solamente a la dote que me ofrece esta buena mujer en nombre de su hijo Aladino, no podré hacer más por tu hijo, a pesar de tus buenos y leales servicios!" Luego se encaró con la madre de Aladino, y le dijo con mucha afabilidad: "¡Oh madre de Aladino! ¡puedes volver con toda alegría y seguridad al lado de tu hijo y decirle que su petición ha sido bien acogida y que mi hija está comprometida con él en adelante! ¡Pero dile que no podrá celebrarse el matrimonio hasta pasados tres meses, para dar tiempo a preparar el equipo de mi hija y hacer el ajuar que corresponde a una princesa de su calidad!"

Y la madre de Aladino, en extremo emocionada, alzó los brazos al cielo e hizo votos por la prosperidad y la dilatación de la vida del sultán y se despidió para volar llena de alegría a su casa en cuanto salió de palacio. Y no bien entró en ella, Aladino vió su rostro iluminado por la dicha y corrió hacia ella y le preguntó, muy turbado: "Y bien, ¡oh madre! ¿debo vivir o debo morir?" Y la pobre mujer, extenuada de fatiga, comenzó por sentarse en el diván y quitarse el velo del rostro, y le dijo: "Te traigo buenas noticias, ¡oh Aladino! ¡La hija del sultán está comprometida contigo para en adelante! ¡Y tu regalo, como ves, ha sido acogido con alegría y contento! ¡Pero hasta dentro de tres meses no podrá celebrarse tu matrimonio con Badrú'l-Budur! ¡Y esta tardanza se debe al gran visir, barba calamitosa, que ha hablado en secreto con el rey y le ha convencido para retardar la ceremonia, no sé por qué razón! Pero ¡inschalah! todo saldrá bien. Y será satisfecho tu deseo por encima de todas las previsiones, ¡oh hijo mío!" Luego añadió: "¡En cuanto a ese gran visir, ¡oh hijo mío! que Alah le maldiga y le reduzca al estado peor! ¡Porque estoy muy preocupada por lo que le haya podido decir al oído al rey! ¡A no ser por él, el matrimonio hubiera tenido lugar, al parecer, hoy o mañana, pues le han entusiasmado al rey las frutas de pedrería del plato de porcelana!"

Luego, sin interrumpirse para respirar, contó a su hijo todo lo que había ocurrido desde que entró en el diwán hasta que salió, y terminó diciendo: "Alah conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde para la dicha que te espera, ¡oh hijo mío Aladino!..."

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 750ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 750ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Alah conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde para la dicha que te espera, ¡oh hijo mío Aladino!"

Y al oír lo que acababa de anunciarle su madre, Aladino osciló de tranquilidad y contento, y exclamó: "¡Glorificado sea Alah, ¡oh madre! que hace descender Sus Gracias a nuestra casa y te da por hija a una princesa que tiene sangre de los más grandes reyes!" Y besó la mano a su madre y le dió muchas gracias por todas las penas que hubo de tomarse para la consecución de aquel asunto tan delicado. ¡Y su madre le besó con ternura y le deseó toda clase de prosperidades, y lloró al pensar que su esposo el sastre, padre de Aladino, no estaba allí para ver la fortuna y los efectos maravillosos del destino de su hijo, el holgazán de otro tiempo!

Y desde aquel día pusiéronse a contar, con impaciencia extremada, las horas que les separaban de la dicha que se prometían hasta la expiración del plazo de tres meses. Y no cesaban de hablar de sus proyectos y de los festejos y limosnas que pensaban dar a los pobres, sin olvidar que ayer estaban ellos mismos en la miseria y que la cosa más meritoria a los ojos del Retribuidor era, sin duda alguna, la generosidad.

Y he aquí que de tal suerte transcurrieron dos meses. Y la madre de Aladino, que salía a diario para hacer las compras necesarias con anterioridad a las bodas, había ido al zoco una mañana y comenzaba a entrar en las tiendas, haciendo mil pedidos grandes y pequeños, cuando advirtió una cosa que no había visto al llegar. Vió, en efecto, que todas las tiendas estaban decoradas y adornadas con follaje, linternas y banderolas multicolores que iban de un extremo a otro de la calle, y que todos los tenderos, compradores y grandes del zoco, lo mismo ricos que pobres, hacían grandes demostraciones de alegría, y que todas las calles estaban atestadas de funcionarios de palacio ricamente vestidos con sus brocatos de ceremonia y montados en caballos enjaezados maravillosamente, y que todo el mundo iba y venía con una animación inesperada. Así es que se apresuró a preguntar a un mercader de aceite, en cuya casa se aprovisionaba, qué fiesta, ignorada por ella, celebraba toda aquella alegre muchedumbre, y qué significaban todas aquellas demostraciones. Y el mercader de aceite, en extremo asombrado de semejante pregunta, la miró de reojo, y contestó: "¡Por Alah, que se diría que te estás burlando! ¿Acaso eres una extranjera para ignorar así la boda del hijo del gran visir con la princesa Badrú'l-Budur, hija del sultán? ¡Y precisamente ésta es la hora en que ella va a salir del hammam! ¡Y todos esos jinetes ricamente vestidos con trajes de oro son los guardias que la darán escolta hasta el palacio!"

Cuando la madre de Aladino hubo oído estas palabras del mercader de aceite, no quiso saber más, y enloquecida y desolada echó a correr por los zocos, olvidándose de sus compras a los mercaderes, y llegó a su casa, adonde entró, y se desplomó sin aliento en el diván, permaneciendo allí un instante sin poder pronunciar una palabra. Y cuando pudo hablar, dijo a Aladino, que había acudido: "¡Ah! ¡hijo mío, el Destino ha vuelto contra ti la página fatal de su libro, y he aquí que todo está perdido, y que la dicha hacia la cual te encaminabas se ha desvanecido antes de realizarse!" Y Aladino, muy alarmado del estado en que veía a su madre y de las palabras que oía, le preguntó: "¿Pero qué ha sucedido de fatal, ¡oh madre!? ¡Dímelo pronto!" Ella dijo: "¡Ay! ¡hijo mío, el sultán se olvidó de la promesa que nos hizo! ¡Y hoy precisamente casa a su hija Badrú'l-Budur con el hijo del gran visir, de ese rostro de brea, de ese calamitoso a quien yo temía tanto! ¡Y toda la ciudad está adornada, como en las fiestas mayores, para la boda de esta noche!"

Al escuchar esta noticia, Aladino sintió que la fiebre le invadía el cerebro y hacía bullir su sangre a borbotones precipitados. Y se quedó un momento pasmado y confuso, como si fuera a caerse. Pero no tardó en dominarse, acordándose de la lámpara maravillosa que poseía, y que le iba a ser más útil que nunca. Y se encaró con su madre, y le dijo con acento muy tranquilo: "¡Por tu vida, ¡oh madre! se me antoja que el hijo del visir no disfrutará esta noche de todas las delicias que se promete gozar en lugar mío! No temas, pues, por eso, y sin más dilación, levántate y prepáranos la comida. ¡Y ya veremos después lo que tenemos que hacer con asistencia del Altísimo!"

Se levantó, pues, la madre de Aladino y preparó la comida, comiendo Aladino con mucho apetito para retirarse a su habitación inmediatamente, diciendo: "¡Deseo estar solo y que no se me importune!" Y cerró tras de sí la puerta con llave, y sacó la lámpara mágica del lugar en que la tenía escondida. Y la cogió y la frotó en el sitio que conocía ya. Y en el mismo momento se le apareció el efrit esclavo de la lámpara, y dijo:

"¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!"

Y Aladino le dijo: "¡Escúchame bien, ¡oh servidor de la lámpara! pues ahora ya no se trata de traerme de comer y de beber, sino de servirme en un asunto de mucha más importancia! Has de saber, en efecto, que el sultán me ha prometido en matrimonio su maravillosa hija Badrú'l-Budur, tras de haber recibido de mí un presente de frutas de pedrería. Y me ha pedido un plazo de tres meses para la celebración de las bodas. ¡Y ahora se olvidó de su promesa, y sin pensar en devolverme mi regalo, casa a su hija con el hijo del gran visir! ¡Y como no quiero que sucedan así las cosas, acudo a ti para que me auxilies en la realización de mi proyecto!" Y contestó el efrit: "Habla, ¡oh mi amo Aladino! ¡Y no tienes necesidad de darme tantas explicaciones! ¡Ordena y obedeceré!:' Y contestó Aladino: "¡Pues esta noche, en cuanto los recién casados se acuesten en su lecho nupcial, y antes de que ni siquiera tengan tiempo de tocarse, los cogerás con lecho y todo y los transportarás aquí mismo, en donde ya veré lo que tengo que hacer!" Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente, y contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y desapareció...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 751ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 751ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente, y contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y desapareció. Y Aladino fué en busca de su madre y se sentó junto a ella y se puso a hablar con tranquilidad de unas cosas y de otras, sin preocuparse del matrimonio de la princesa, como si no hubiese ocurrido nada de aquello. Y cuando llegó la noche dejó que se acostara su madre, y volvió a su habitación, en donde se encerró de nuevo con llave, y esperó el regreso del efrit.

¡Y he aquí lo referente a él!

¡He aquí ahora lo que atañe a las bodas del hijo del gran visir!

Cuando tuvieron fin la fiesta y los festines y las ceremonias y las recepciones y los regocijos, el recién casado, precedido por el jefe de los eunucos, penetró en la cámara nupcial. Y el jefe de los eunucos se apresuró a retirarse y a cerrar la puerta detrás de sí. Y el recién casado, después de desnudarse, levantó las cortinas y se acostó en el lecho para esperar allí la llegada de la princesa. No tardó en hacer su entrada ella, acompañada de su madre y las mujeres de su séquito, que la desnudaron, la pusieron una sencilla camisa de seda y destrenzaron su cabellera. Luego la metieron en el lecho a la fuerza, mientras ella fingía hacer mucha resistencia y daba vueltas en todos sentidos para escapar de sus manos, como suelen hacer en semejantes circunstancias las recién casadas. Y cuando la metieron en el lecho, sin mirar al hijo del visir, que estaba ya acostado, se retiraron todas juntas, haciendo votos por la consumación del acto. Y la madre, que salió la última, cerró la puerta de la habitación, lanzando un gran suspiro, como es costumbre.

No bien estuvieron solos los recién casados, y antes de que tuviesen tiempo de hacerse la menor caricia, sintiéronse de pronto elevados con su lecho, sin poder darse cuenta de lo que les sucedía. Y en un abrir y cerrar de ojos se vieron transportados fuera del palacio y depositados en un lugar que no conocían, y que no era otro que la habitación de Aladino. Y dejándoles llenos de espanto, el efrit fué a prosternarse ante Aladino, y le dijo: "Ya se ha ejecutado tu orden, ¡oh mi señor! ¡Y heme aquí dispuesto a obedecerte en todo lo que tengas que mandarme!" Y le contestó Aladino: "¡Tengo que mandarte que cojas a ese joven y le encierres durante toda la noche en el retrete! ¡Y ven aquí a tomar órdenes mañana por la mañana!"

Y el genni de la lámpara contestó con el oído y la obediencia y se apresuró a obedecer.

Cogió, pues, brutalmente al hijo del visir y fué a encerrarle en el retrete, metiéndole la cabeza en el agujero. Y sopló sobre él una bocanada fría y pestilente que le dejó inmóvil como un madero en la postura en que estaba. ¡Y he aquí lo referente a él! -

En cuanto a Aladino, cuando estuvo solo con la princesa Badrú'l-Budur, a pesar del gran amor que por ella sentía, no pensó ni por un instante en abusar de la situación. Y empezó por inclinarse ante ella, llevándose la mano al corazón, y le dijo con voz apasionada: "¡Oh princesa, sabe que aquí estás más segura que en el palacio de tu padre el sultán! ¡Si te hallas en este lugar que desconoces, sólo es para que no sufras las caricias de ese joven cretino, hijo del visir de tu padre! ¡Y aunque es a mí a quien te prometieron en matrimonio, me guardaré bien de tocarte antes de tiempo y antes de que seas mi esposa legítima por el Libro y la Sunnah!"

Al oír estas palabras de Aladino, la princesa no pudo comprender nada, primeramente porque estaba muy emocionada, y además, porque ignoraba la antigua promesa de su padre y todos los pormenores del asunto. Y sin saber qué decir, se limitó a llorar mucho. Y Aladino, para demostrarle bien que no abrigaba ninguna mala intención con respecto a ella y para tranquilizarla, se tendió vestido en el lecho, en el mismo sitio que ocupaba el hijo del visir, y tuvo la precaución de poner un sable desenvainado entre ella y él, para dar a entender que antes se daría la muerte que tocarla, aunque fuese con las puntas de los dedos. Y hasta volvió la espalda a la princesa para no importunarla en manera alguna. Y se durmió con toda tranquilidad, sin volver a ocuparse de la tan deseada presencia de Badrú'l-Budur, como si estuviese solo en su lecho de soltero.

En cuanto a la princesa, la emoción que le producía aquella aventura tan extraña, y la situación anómala en que se encontraba, y los pensamientos tumultuosos que la agitaban, mezcla de miedo y de asombro, la impidieron pegar los ojos en toda la noche. Pero sin duda tenía menos motivo de queja que el hijo del visir, que estaba en el retrete con la cabeza metida en el agujero y no podía hacer ni un movimiento a causa de la espantosa bocanada que le había echado el efrit para inmovilizarle.

De todos modos, la suerte de ambos esposos fué bastante aflictiva y calamitosa para una primera noche de bodas...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 752ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 752ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... De todos modos, la suerte de ambos esposos fué bastante aflictiva y calamitosa para una primera noche de bodas.

Al siguiente día por la mañana, sin que Aladino tuviese necesidad de frotar la lámpara de nuevo, el efrit, cumpliendo la orden que se le dió, fué solo a esperar que se despertase el dueño de la lámpara. Y como tardara en despertarse, lanzó varias exclamaciones que asustaron a la princesa, a la cual no era posible verle. Y Aladino abrió los ojos, y en cuanto hubo reconocido al efrit, se levantó del lado de la princesa, y se separó del lecho un poco, para no ser oído más que por el efrit, y le dijo: "Date prisa a sacar del retrete al hijo del visir, y vuelve a dejarle en la cama en el sitio que ocupaba. Luego llévalos a ambos al palacio del sultán, dejándolos en el mismo lugar de donde los trajiste. ¡Y sobre todo, vigílales bien para impedirles que se acaricien, ni siquiera que se toquen!" Y el efrit de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró primero a quitar el frío al joven del retrete y a ponerle en el lecho, al lado de la princesa para transportar en seguida a ambos a la cámara nupcial del palacio del sultán en menos tiempo del que se necesita para parpadear, sin que pudiesen ellos ver ni comprender lo que les sucedía, ni a qué obedecía tan rápido cambio de domicilio. Y a fe que era lo mejor que podía ocurrirles, porque la sola vista del espantable genni servidor de la lámpara, sin duda alguna les habría asustado hasta morir.

Y he aquí que, apenas el efrit transportó a los dos recién casados a la habitación del palacio, el sultán y su esposa hicieron su entrada matinal, impacientes por saber cómo había pasado su hija aquella noche de bodas y deseosos de felicitarla y de ser los primeros en verla para desearle dicha y delicias prolongadas. Y muy emocionados se acercaron al lecho de su hija, y la besaron con ternura entre ambos ojos, diciéndole: "Bendita sea tu unión, ¡oh hija de nuestro corazón! ¡Y ojalá veas germinar de tu fecundidad una larga sucesión de descendientes hermosos e ilustres que perpetúen la gloria y la nobleza de tu raza! ¡Ah! ¡dinos cómo has pasado esta primera noche, y de qué manera se ha portado contigo tu esposo!" Y tras de hablar así, se callaron, aguardando su respuesta. Y he aquí que de pronto vieron que, en lugar de mostrar un rostro fresco y sonriente, estallaba ella en sollozos y les miraba con ojos muy abiertos, tristes y preñados de lágrimas.

Entonces quisieron interrogar al esposo, y miraron hacia el lado del lecho en que creían que aún estaría acostado; pero, precisamente en el mismo momento en que entraron ellos, había salido él de la habitación para lavarse todas las inmundicias con que tenía embadurnada la cara. Y creyeron que había ido al hammam del palacio para tomar el baño, como es costumbre después de la consumación del acto. Y de nuevo se volvieron hacia su hija y le interrogaron ansiosamente, con el gesto, con la mirada y con la voz, acerca del motivo de sus lágrimas y su tristeza. Y como continuara ella callada, creyeron que sólo era el pudor propio de la primera noche de bodas lo que la impedía hablar, y que sus lágrimas eran lágrimas propias de las circunstancias, y esperaron un momento. Pero como la situación amenazaba con durar mucho tiempo y el llanto de la princesa aumentaba, a la reina le faltó paciencia; y acabó por decir a la princesa, con tono malhumorado: "Vaya, hija mía, ¿quieres contestarme y contestar a tu padre ya? ¿Y vas a seguir así por mucho rato todavía? También yo, hija mía, estuve recién casada como tú y antes que tú; pero supe tener tacto para no prolongar con exceso esas actitudes de gallina asustada. ¡Y además, te olvidas de que al presente nos estás faltando al respeto que nos debes con no contestar a nuestras preguntas!"

Al oír estas palabras de su madre, que se había puesto seria, la pobre princesa, abrumada en todos sentidos a la vez, se vió obligada a salir del silencio que guardaba, y lanzando un suspiro prolongado y muy triste, contestó: "¡Alah me perdone si falté al respeto que debo a mi padre y a mi madre; pero me disculpa el hecho de estar en extremo turbada y muy emocionada y muy triste y muy estupefacta de todo lo que me ha ocurrido esta noche!" Y contó todo lo que le había sucedido la noche anterior, no como las cosas habían pasado realmente, sino sólo como pudo juzgar acerca de ellas con sus ojos. Dijo que apenas se acostó en el lecho al lado de su esposo, el hijo del visir, había sentido conmoverse el lecho debajo de ella; que se había visto transportada en un abrir y cerrar de ojos desde la cámara nupcial a una casa que jamás había visitado antes; que la habían separado de su esposo, sin que pudiese ella saber de qué manera le habían sacado y reintegrado luego; que le había reemplazado, durante toda la noche, un joven hermoso, muy respetuoso desde luego y en extremo atento, el cual, para no verse expuesto a abusar de ella, había dejado su sable desenvainado entre ambos y se había dormido con la cara vuelta a la pared; y por último. que a la mañana, vuelto ya al lecho su esposo, de nuevo se la había transportado con él a su cámara nupcial del palacio, apresurándose él a levantarse para correr al hammam con objeto de limpiarse un cúmulo de cosas horribles que le cubrían la cara. Y añadió: "¡Y en ese momento os vi entrar a ambos para darme los buenos días y pedirme noticias! ¡Ay de mí! ¡Ya sólo me resta morir!" Y tras de hablar así, escondió la cabeza en las almohadas, sacudida por sollozos dolorosos.

Cuando el sultán y su esposa oyeron estas palabras de su hija Badrú'l-Budur, se quedaron estupefactos, y mirándose con los ojos en blanco y las caras alargadas, sin dudar ya de que hubiese ella perdido la razón aquella noche en que su virginidad fué herida por primera vez. Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 753ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 753ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"...Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial: "¡Así ocurren siempre estas cosas, hija mía! ¡Pero guárdate bien de decírselo a nadie, porque estas cosas no se cuentan nunca! ¡Y las personas que te oyeran te tomarían por loca! Levántate, pues, y no te preocupes por eso, y procura no turbar con tu mala cara los festejos que se dan hoy en palacio en honor tuyo, y que van a durar cuarenta días y cuarenta noches, no solamente en nuestra ciudad, sino en todo el reino. ¡Vamos, hija mía, alégrate y olvida ya los diversos incidentes de esta noche!"

Luego la reina llamó a sus mujeres y las encargó que se cuidaran del tocado de la princesa; y con el sultán, que estaba muy perplejo, salió en busca del yerno, el hijo del visir. Y acabaron por encontrarle cuando volvía del hammam. Y para saber a qué atenerse con respecto a lo que decía su hija, la reina empezó a interrogar al asustado joven acerca de lo que había pasado. Pero no quiso él declarar nada de lo que hubo de sufrir, y ocultando toda la aventura por miedo de que le tomaran a broma y le rechazaran otra vez los padres de su esposa, se limitó a contestar: "¡Por Alah! ¿y qué ha pasado para que me interroguéis con ese aspecto tan singular?" Y entonces, cada vez más persuadida la sultana de que todo lo que había contado su hija era efecto de alguna pesadilla, creyó lo más oportuno no insistir con su yerno, y le dijo: "¡Glorificado sea Alah por todo lo que pasó sin daño ni dolor! ¡Te recomiendo, hijo mío, mucha suavidad con tu esposa, porque está delicada!"

Y después de estas palabras le dejó y fué a sus aposentos para ocuparse de los regocijos y diversiones del día. ¡Y he aquí lo referente a ella y a los recién casados!

En cuanto a Aladino, que sospechaba lo que ocurría en palacio, pasó el día deleitándose al pensar en la broma excelente de que acababa de hacer víctima al hijo del visir. Pero no se dió por satisfecho, y quiso saborear hasta el fin la humillación de su rival. Así es que le pareció lo más acertado no dejarle un momento de tranquilidad; y en cuanto llegó la noche cogió su lámpara y la frotó. Y se le apareció el genni, pronunciando la misma fórmula que las otras veces.

Y le dijo Aladino: "¡Oh servidor de la lámpara, ve al palacio del sultán! Y en cuanto veas acostados juntos a los recién casados, cógelos con lecho y todo y tráemelos aquí, como hiciste la noche anterior!"

Y el genni se apresuró a ejecutar la orden, y no tardó en volver con su carga, depositándola en el cuarto de Aladino para coger en seguida al hijo del visir y meterle de cabeza en el retrete. Y no dejó Aladino de ocupar el sitio vacío y de acostarse al lado de la princesa, pero con tanta decencia como la vez primera. Y tras de colocar el sable entre ambos, se volvió de cara a la pared y se durmió tranquilamente. Y al siguiente día todo ocurrió exactamente igual que la víspera, pues el efrit, siguiendo las órdenes de Aladino, volvió a dejar al joven junto a Badrú'l-Budur, y les transportó a ambos con el lecho a la cámara nupcial del palacio del sultán.

Pero el sultán más impaciente que nunca por saber de su hija después de la segunda noche, llegó a la cámara nupcial en aquel mismo momento, completamente solo, porque temía el malhumor de su esposa la sultana y prefería interrogar por sí mismo a la princesa. Y no bien el hijo del visir, en el límite de la mortificación, oyó los pasos del sultán, saltó del lecho y huyó fuera de la habitación para correr a limpiarse en el hammam. Y entró el sultán y se acercó al lecho de su hija; y levantó las cortinas; y después de besar a la princesa, le dijo: "¡Supongo, hija mía, que esta noche no habrás tenido una pesadilla tan horrible como la que ayer nos contaste con sus extravagantes peripecias! ¡Vaya! ¿quieres decirme cómo has pasado esta noche?" Pero en vez de contestar, la princesa rompió en sollozos, y se tapó la cara con las manos para no ver los ojos irritados de su padre, que no comprendía nada de todo aquello. Y estuvo esperando él un buen rato para darle tiempo a que se calmase; pero como ella continuara llorando y suspirando, acabó por enfurecerse y sacó su sable, y exclamó: "¡Por mi vida, que si no quieres decirme en seguida la verdad, te separo de los hombros la cabeza!"

Entonces, doblemente espantada, la pobre princesa se vió en la precisión de interrumpir sus lágrimas; y dijo con voz entrecortada: "¡Oh padre mío bienamado! ¡por favor, no te enfades conmigo! ¡Porque, si quieres escucharme ahora que no está mi madre para excitarte contra mí, sin duda alguna me disculparás y me compadecerás y tomarás las precauciones necesarias para impedir que me muera de confusión y espanto! ¡Pues si vuelvo a soportar las cosas terribles que he soportado esta noche, al día siguiente me encontrarás muerta en mi lecho! ¡Ten piedad de mí, pues, ¡oh padre mío! y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan de mis penas y de mi emoción...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 754ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 754ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Ten piedad de mí, pues, ¡oh padre mío! y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan de mis penas y de mi emoción!" Y como entonces no sentía la presencia de su esposa, el sultán, que tenía un corazón compasivo, se inclinó hacia su hija, y la besó y la acarició y apaciguó su inquieta alma. Luego le dijo: "¡Y ahora, hija mía, calma tu espíritu y refresca tus ojos! ¡Y con toda confianza cuéntale a tu padre detalladamente los incidentes que esta noche te han puesto en tal estado de emoción y de terror!" Y apoyando la cabeza en el pecho de su padre, la princesa le contó sin olvidar nada, todas las molestias que había sufrido las dos noches que acababa de pasar, y terminó su relato añadiendo: "Mejor será, ¡oh padre mío bienamado! que interrogues también al hijo del visir, a fin de que te confirme mis palabras!"

Y el sultán, al oír el relato de aquella extraña aventura, llegó al límite de la perplejidad, y compartió la pena de su hija, y como la amaba tanto, sintió humedecerse de lágrimas sus ojos. Y le dijo él: "La verdad, hija mía, es que yo solo soy el causante de todo esto tan horrible que te sucede, pues te casé con un pasmado que no sabe defenderte y resguardarte de esas aventuras singulares. ¡Porque lo cierto es que quise labrar tu dicha con ese matrimonio, y no tu desdicha y tu muerte! ¡Por Alah, que en seguida voy a hacer que venga el visir y el cretino de su hijo, y les voy a pedir explicaciones de todo esto! ¡Pero, de todos modos, puedes estar tranquila en absoluto, hija mía, porque no se repetirán esos sucesos! ¡Te lo juro por vida de mi cabeza!" Luego se separó de ella, dejándola al cuidado de sus mujeres, y regresó a sus aposentos, hirviendo en cólera.

Al punto hizo ir a su gran visir, y en cuanto se presentó entre sus manos, le gritó: "¿Dónde está el entrometido de tu hijo? ¿Y qué te ha dicho de los sucesos ocurridos estas dos últimas noches?" El gran visir contestó, estupefacto: "No sé a que te refieres, ¡oh rey del tiempo! ¡Nada me ha dicho mi hijo que pueda explicarme la cólera de nuestro rey! ¡Pero, si me lo permites, ahora mismo iré a buscarle y a interrogarle!" Y dijo el sultán: "¡Ve! ¡Y vuelve pronto a traerme la respuesta!" Y el gran visir, con la nariz muy alargada, salió doblando la espalda, y fué en busca de su hijo, a quien encontró en el hammam dedicado a lavarse las inmundicias que le cubrían. Y le dijo: "¡Oh hijo de perro! ¿por qué me has ocultado la verdad? Si no me pones en seguida al corriente de los sucesos de estas dos últimas noches, será éste tu último día!" Y el hijo bajó la cabeza y contestó: "¡Ay! ¡oh padre mío! ¡sólo la vergüenza me impidió hasta el presente revelarte las enfadosas aventuras de estas dos últimas noches y los incalificables tratos que sufrí, sin tener posibilidad de defenderme ni siquiera de saber cómo y en virtud de qué poderes enemigos nos ha sucedido todo eso a ambos en nuestro lecho!". Y contó a su padre la historia con todos sus detalles, sin olvidar nada. Pero no hay utilidad en repetirla.

Y añadió: "¡En cuanto a mí, ¡oh padre mío! prefiero la muerte a semejante vida! ¡Y hago ante ti el triple juramento del divorcio definitivo con la hija del sultán! ¡Te suplico, pues, que vayas en busca del sultán y le hagas admitir la declaración de nulidad de mi matrimonio con su hija Badrú'l-Budur! ¡Porque es el único medio de que cesen esos malos tratos y de tener tranquilidad! ¡Y entonces podré dormir en mi lecho en lugar de pasarme las noches en los retretes!"

Al oír estas palabras de su hijo, el gran visir quedó muy apenado. Porque la aspiración de su vida había sido ver casado a su hijo con la hija del sultán, y le costaba mucho trabajo renunciar a tan gran honor. Así es que, aunque convencido de la necesidad del divorcio en tales circunstancias, dijo a su hijo: "Claro ¡oh hijo mío! que no es posible soportar por más tiempo semejantes tratos. ¡Pero piensa en lo que pierdes con ese divorcio! ¿No será mejor tener paciencia todavía una noche, durante la cual vigilaremos todos junto a la cámara nupcial, con los eunucos armados de sables y de palos? ¿Qué te parece?" El hijo contestó: "Haz lo que gustes, ¡oh gran visir, padre mío! ¡En cuanto a mí, estoy resuelto a no entrar ya en esa habitación de brea!"

Entonces el visir separóse de su hijo, y fué en busca del rey. Y se mantuvo de pie entre sus manos, bajando la cabeza. Y el rey preguntó: "¿Qué tienes que decirme?" El visir contestó: "¡Por vida de nuestro amo, que es muy cierto lo que ha contado la princesa Badrú'l-Budur! ¡Pero la culpa no la tiene mi hijo! De todos modos, no conviene que la princesa siga expuesta a nuevas molestias por causa de mi hijo. ¡Y si lo permites, mejor será que ambos esposos vivan en adelante separados por el divorcio!"

Y dijo el rey: "¡Por Alah, que tienes razón! ¡Pero, de no ser hijo tuyo el esposo de mi hija, la hubiese dejado libre a ella con la muerte de él! ¡Que se divorcien, pues!" Y al punto dió el sultán las órdenes oportunas para que cesaran los regocijos públicos, tanto en el palacio como en la ciudad y en todo el reino de la China, e hizo proclamar el divorcio de su hija Badrú'l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada y que la perla continuaba virgen y sin perforar.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 755ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 755ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... e hizo proclamar el divorcio de su hija Badrú'l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada y que la perla continuaba virgen y sin perforar. En cuanto al hijo del gran visir, el sultán, por consideración a su padre, le nombró gobernador de una provincia lejana de China, y le dió orden de partir sin demora. Lo cual fué ejecutado.

Cuando Aladino, al mismo tiempo que los habitantes de la ciudad, se enteró, por la proclama de los pregoneros públicos, del divorcio de Badrú'l-Budur sin haberse consumado el matrimonio y de la partida del burlado, se dilató hasta el límite de la dilatación, y se dijo: "¡Bendita sea esta lámpara maravillosa, causa inicial de todas mis prosperidades! ¡Preferible es que haya tenido lugar el divorcio sin una intervención más directa del genni de la lámpara, el cual, sin duda, habría acabado con ese cretino!" Y también se alegró de que hubiese tenido éxito su venganza sin que nadie, ni el rey, ni el gran visir, ni su misma madre sospechara la parte que había tenido él en todo aquel asunto. Y sin preocuparse ya, como si no hubiese ocurrido nada anómalo desde su petición de matrimonio, esperó con toda tranquilidad a que transcurriesen los tres meses del plazo exigido, enviando a palacio, en la mañana que siguió al último día del plazo consabido, a su madre, vestida con sus trajes mejores, para que recordase al sultán su promesa.

Y he aquí que, en cuanto entró en el diwán la madre de Aladino, el sultán, que estaba dedicado a despachar los asuntos del reino, como de costumbre, dirigió la vista hacia ella y la reconoció enseguida. Y no tuvo ella necesidad de hablar, porque el sultán recordó por sí mismo la promesa que le había dado y el plazo que había fijado. Y se encaró con su gran visir, y le dijo: "¡Aquí está ¡oh visir! la madre de Aladino! Ella fué quien nos trajo, hace tres meses, la maravillosa porcelana llena de pedrerías. ¡Y me parece que, con motivo de expirar el plazo, viene a pedirme el cumplimiento de la promesa que le hice concerniente a mi hija! ¡Bendito sea Alah, que no ha permitido el matrimonio de tu hijo, para que así haga honor a la palabra dada cuando olvidé mis compromisos por ti!" Y el visir, que en su fuero interno seguía estando muy despechado por todo lo ocurrido, contestó: "¡Claro ¡oh mi señor! que jamás los reyes deben olvidar sus promesas! ¡Pero el caso es que, cuando se casa a la hija, debe uno informarse acerca del esposo, y nuestro amo el rey no ha tomado informes de este Aladino y de su familia! ¡Pero yo sé que es hijo de un pobre sastre muerto en la miseria, y de baja condición! ¿De dónde puede venirle la riqueza al hijo de un sastre?" El rey dijo: "La riqueza viene de Alah, ¡oh visir!" El visir dijo: "Así es, ¡oh rey! ¡Pero no sabemos si ese Aladino es tan rico realmente como su presente dió a entender! Para estar seguros no tendrá el rey más que pedir por la princesa una dote tan considerable que sólo pueda pagarla un hijo de rey o de sultán. ¡Y de tal suerte el rey casará a su hija sobre seguro, sin correr el riesgo de darle otra vez un esposo indigno de sus méritos!" Y dijo el rey: "De tu lengua brota elocuencia, ¡oh visir! ¡Di que se acerque esa mujer para que yo le hable!" Y el visir hizo una seña al jefe de los guardias, que mandó avanzar hasta el pie del trono a la madre de Aladino.

Entonces la madre de Aladino se prosternó y besó la tierra por tres veces entre las manos del rey, quien le dijo: "¡Has de saber ¡oh tía! que no he olvidado mi promesa ¡Pero hasta el presente no hablé aún de la dote exigida por mi hija, cuyos méritos son muy grandes! Dirás, pues, a tu hijo, que se efectuará su matrimonio con mi hija El Sett Badrú'l-Budur cuando me haya enviado lo que exijo como dote para mi hija, a saber: cuarenta fuentes de oro macizo llenas hasta los bordes de las mismas especies de pedrerías en forma de frutas de todos colores y todos tamaños, como las que me envió en la fuente de porcelana; y estas fuentes las traerán a palacio cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que serán conducidas por cuarenta esclavos negros, jóvenes y robustos; e irán todos formados en cortejo, vestidos con mucha magnificencia, y vendrán a depositar en mis manos las cuarenta fuentes de pedrerías. ¡Y eso es todo lo que pido, mi buena tía! ¡Pues no quiero exigir más a tu hijo, en consideración al presente que me ha entregado ya!"

Y la madre de Aladino, muy aterrada por aquella petición exorbitante, se limitó a prosternarse por segunda vez ante el trono; y se retiró para ir a dar cuenta de su misión a su hijo. Y le dijo: "¡Oh! ¡hijo mío, ya te aconsejé desde un principio que no pensaras en el matrimonio con la princesa Badrú'l-Budur!" Y suspirando mucho, contó a su hijo la manera, muy afable desde luego, que tuvo de recibirla el sultán, y las condiciones que ponía antes de consentir definitivamente en el matrimonio. Y añadió: "¡Qué locura la tuya!, ¡oh hijo mío! ¡Admito lo de las fuentes de oro y las pedrerías exigidas, porque imagino que serás lo bastante sensato para ir al subterráneo a despojar a los árboles de sus frutas encantadas! Pero, ¿quieres decirme cómo vas a arreglarte para disponer de las cuarenta esclavas jóvenes y de los cuarenta jóvenes negros? ¡Ah! ¡hijo mío, la culpa de esta pretensión tan exorbitante la tiene también ese maldito visir, porque le vi inclinado al oído del rey, cuando yo entraba, y hablarle en secreto! ¡Créeme, Aladino, renuncia a ese proyecto que te llevará a la perdición sin remedio!" Pero Aladino se limitó a sonreír, y contestó a su madre: "¡Por Alah, ¡oh madre! que al verte entrar con esa cara tan triste creí que ibas a darme una mala noticia! ¡Pero ya veo que te preocupas siempre por cosas que verdaderamente no valen la pena! ¡Porque has de saber que todo lo que acaba de pedirme el rey como precio de su hija no es nada en comparación con lo que realmente podría darle! Refresca, pues, tus ojos y tranquiliza tu espíritu. Y por tu parte, no pienses más que en preparar la comida, pues tengo hambre. ¡Y deja para mí el cuidado de complacer al rey...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 756ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 756ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y por tu parte, no pienses más que en preparar la comida, pues tengo hambre. ¡Y deja para mí el cuidado de complacer al rey! Y he aquí que, en cuanto la madre salió para ir al zoco a comprar las provisiones necesarias, Aladino se apresuró a encerrarse en su cuarto. Y cogió la lámpara y la frotó en el sitio que sabía. Y al punto apareció el genni, quien después de inclinarse ante él dijo: "¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla.

¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!" Y Aladino le dijo: "Sabe, ¡oh efrit! que el sultán consiente en darme a su hija, la maravillosa Badrú'l-Budur, a quien ya conoces; pero lo hace a condición de que le envíe lo más pronto posible cuarenta bandejas de oro macizo, de pura calidad, llenas hasta los bordes de frutas de pedrerías semejantes a las de la fuente de porcelana, que las cogí en los árboles del jardín que hay en el sitio donde encontré la lámpara de que eres servidor. ¡Pero no es eso todo! Para llevar esas bandejas de oro llenas de pedrerías, me pide, además, cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que han de ser conducidas por cuarenta negros jóvenes, hermosos, fuertes y vestidos con mucha magnificencia. ¡Eso es lo que, a mi vez exijo de ti! ¡Date prisa a complacerme, en virtud del poder que tengo sobre ti como dueño de la lámpara!" Y el genni contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y desapareció, pero para volver al cabo de un momento.

Y le acompañaban los ochenta esclavos consabidos, hombres y mujeres, a los que puso en fila en el patio, a lo largo del muro de la casa. Y cada una de las esclavas llevaba en la cabeza una bandeja de oro macizo lleno hasta el borde de perlas, diamantes, rubíes, esmeraldas, turquesas y otras mil especies de pedrerías en forma de frutas de todos colores y de todos tamaños. Y cada bandeja estaba cubierta con una gasa de seda con florones de oro en el tejido. Y verdaderamente eran las pedrerías mucho más maravillosas que las presentadas al sultán en la porcelana. Y una vez alineados contra el muro los cuarenta esclavos, el genni fué a inclinarse ante Aladino, y le preguntó: "¿Tienes todavía ¡oh mi señor! que exigir alguna cosa al servidor de la lámpara?" Y Aladino le dijo: "¡No, por el momento nada más!" Y al punto desapareció el efrit.

En aquel instante entró la madre de Aladino cargada con las provisiones que había comprado en el zoco. Y se sorprendió mucho al ver su casa invadida por tanta gente; y al punto creyó que el sultán mandaba detener a Aladino para castigarle por la insolencia de su petición. Pero no tardó Aladino en disuadirla de ello, pues sin darle lugar a quitarse el velo del rostro, le dijo: "¡No pierdas el tiempo en levantarte el velo, ¡oh madre! porque vas a verte obligada a salir sin tardanza para acompañar al palacio a estos esclavos que ves formados en el patio! ¡Como puedes observar, las cuarenta esclavas llevan la dote reclamada por el sultán como precio de su hija! ¡Te ruego, pues, que antes de preparar la comida, me prestes el servicio de acompañar al cortejo para presentárselo al sultán!"

Inmediatamente la madre de Aladino hizo salir de la casa por orden a los ochenta esclavos, formándolos en hilera por parejas: una esclava joven precedida de un negro, y así sucesivamente hasta la última pareja. Y cada pareja estaba separada de la anterior por espacio de diez pies. Y cuando traspuso la puerta la última pareja, la madre de Aladino echó a andar detrás del cortejo. Y Aladino cerró la puerta, seguro del resultado, y fué a su cuarto a esperar tranquilamente el regreso de su madre.

En cuanto salió a la calle la primera pareja comenzaron a aglomerarse los transeúntes; y cuando estuvo completo el cortejo, la calle habíase llenado de una muchedumbre inmensa, que prorrumpía en murmullos y exclamaciones. Y acudió todo el zoco para ver el cortejo y admirar un espectáculo tan magnífico y tan extraordinario. ¡Porque cada pareja era por sí sola una cumplida maravilla; pues su atavío admirable de gusto y esplendor, su hermosura, compuesta de una belleza blanca de mujer y una belleza negra de negro, su buen aspecto, su continente aventajado, su marcha reposada y cadenciosa, a igual distancia, el resplandor de la bandeja de pedrerías que llevaba en la cabeza cada joven, los destellos lanzados por las joyas engastadas en los cinturones de oro de los negros, las chispas que brotaban de sus gorros de brocato en que balanceábanse airones, todo aquello constituía un espectáculo arrebatador, a ningún otro parecido, que hacía que ni por un instante dudase el pueblo de que se trataba de la llegada a palacio de algún asombroso hijo de rey o de sultán.

Y en medio de la estupefacción de todo un pueblo, acabó el cortejo por llegar a palacio. Y no bien los guardias y porteros divisaron a la primer pareja, llegaron a tal estado de maravilla que, poseídos de respeto y admiración, se formaron espontáneamente en dos filas para que pasaran. Y su jefe, al ver al primer negro, convencido de que iba a visitar al rey el sultán de los negros en persona, avanzó hacia él y se prosternó y quiso besarle la mano, pero entonces vió la hilera maravillosa que le seguía. Y al mismo tiempo le dijo el primer negro, sonriendo, porque había recibido del efrit las instrucciones necesarias: "¡Yo y todos nosotros no somos más que esclavos del que vendrá cuando llegue el momento oportuno!" Y tras de hablar así, franqueó la puerta seguido de la joven que llevaba la bandeja de oro y de toda la hilera de parejas armoniosas. Y los ochenta esclavos franquearon el primer patio y fueron a ponerse en fila por orden en el segundo patio, al cual daba el diwán de recepción.

En cuanto el sultán, que en aquel momento despachaba los asuntos del reino, vió en el patio aquel cortejo magnífico, que borraba con su esplendor el brillo de todo lo que él poseía en el palacio, e hizo desalojar el diwán inmediatamente, y dió orden de recibir a los recién llegados. Y entraron éstos gravemente, de dos en dos, y se alinearon con lentitud, formando una gran media luna ante el trono del sultán. Y cada una de las esclavas jóvenes, ayudada por su compañero negro, depositó en la alfombra la bandeja que llevaba. Luego se prosternaron a la vez los ochenta y besaron la tierra entre las manos del sultán, levantándose en seguida, y todos a una descubrieron con igual diestro ademán las bandejas rebosantes de frutas maravillosas. Y con los brazos cruzados sobre el pecho permanecieron de pie, en actitud del más profundo respeto.

Sólo entonces fué cuando la madre de Aladino, que iba la última, se destacó de la media luna que formaban las parejas alternadas, y después de las prosternaciones y las zalemas de rigor, dijo al rey, que había enmudecido por completo ante aquel espectáculo sin par: "¡Oh rey del tiempo! ¡mi hijo Aladino, esclavo tuyo, me envía con la dote que has pedido como precio de Sett Badrú'l -Budur, tu hija honorable! ¡Y me encarga te diga que te equivocaste al apreciar la valía de la princesa, y que todo esto está muy por debajo de sus méritos! ¡Pero cree que le disculparás por ofrecerte tan poco, y que admitirás este insignificante tributo en espera de lo que piensa hacer en lo sucesivo!"

Así habló la madre de Aladino. Pero el rey, que no estaba en estado de escuchar lo que ella le decía, seguía absorto y con los ojos muy abiertos ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Y miraba alternativamente las cuarenta bandejas, el contenido de las cuarenta bandejas, las esclavas jóvenes que habían llevado las cuarenta bandejas y los jóvenes negros que habían acompañado a las portadoras de las bandejas. ¡Y no sabía que debía admirar más, si aquellas joyas, que eran las más extraordinarias que vió nunca en el mundo, o aquellas esclavas jóvenes, que eran como lunas, o aquellos esclavos negros, que se dirían otros tantos reyes! Y así se estuvo una hora de tiempo, sin poder pronunciar una palabra ni separar sus miradas de las maravillas que tenía ante sí. Y en lugar de dirigirse a la madre de Aladino para manifestarle su opinión acerca de lo que le llevaba, acabó por encararse con su gran visir y decirle: "¡Por mi vida! ¿qué suponen las riquezas que poseemos y qué supone mi palacio ante tal magnificencia? ¿Y qué debemos pensar del hombre que, en menos tiempo del preciso para desearlos, realiza tales esplendores y nos los envía? ¿Y qué son los méritos de mi hija comparados con semejante profusión de hermosura?" Y no obstante el despecho y el rencor que experimentaba por cuanto le había sucedido a su hijo, el visir no pudo menos de decir: "¡Sí, por Alah, hermoso es todo esto; pero, aun así, no vale lo que un tesoro único como la princesa Badrú'l-Budur!" Y dijo el rey: "¡Por Alah! ya lo creo que vale tanto como ella y la supera con mucho en valor. ¡Por eso no me parece mal negocio concedérsela en matrimonio a un hombre tan rico, tan generoso y tan magnífico como el gran Aladino, nuestro hijo!" Y se encaró con los demás visires y emires y notables que le rodeaban, y les interrogó con la mirada. Y todos contestaron inclinándose profundamente hasta el suelo por tres veces para indicar bien su aprobación a las palabras de su rey. Entonces no vaciló más el rey...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 757ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 757ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y todos contestaron inclinándose profundamente hasta el suelo por tres veces para indicar bien su aprobación a las palabras de su rey.

Entonces no vaciló más el rey. Y sin preocuparse ya de saber si Aladino reunía todas las cualidades requeridas para ser esposo de una hija de rey, se encaró con la madre de Aladino, y le dijo: "¡Oh venerable madre de Aladino! ¡te ruego que vayas a decir a tu hijo que desde este instante ha entrado en mi raza y en mi descendencia, y que ya no aguardo más que a verle para besarle como un padre besaría a su hijo, y para unirle a mi hija Badrú'l-Budur por el Libro y la Sunnah!"

Y después de las zalemas, por una y otra parte, la madre de Aladino se apresuró a retirarse para volar en seguida a su casa, desafiando a la rapidez del viento, y poner a su hijo Aladino al corriente de lo que acababa de pasar. Y le apremió para que se diera prisa a presentarse al rey, que tenía la más viva impaciencia por verle. Y Aladino, que con aquella noticia veía satisfechos sus anhelos después de tan larga espera, no quiso dejar ver cuán embriagado de alegría estaba. Y contestó, con aire muy tranquilo y acento mesurado: "Toda esta dicha me viene de Alah y de tu bendición, ¡oh madre! y de tu celo infatigable". Y le besó las manos y le dió muchas gracias y le pidió permiso para retirarse a su cuarto, a fin de prepararse para ir a ver al sultán.

No bien estuvo solo, Aladino cogió la lámpara mágica, que hasta entonces había sido de tanta utilidad para él, y la frotó como de ordinario. Y al instante apareció el efrit, quien, después de inclinarse ante él, le preguntó con la fórmula habitual qué servicio podía prestarle. Y Aladino contestó: "¡Oh efrit de la lámpara! ¡deseo tomar un baño! ¡Y para después del baño quiero que me traigas un traje que no tenga igual en magnificencia entre los sultanes más grandes de la tierra, y tan bueno, que los inteligentes puedan estimarlo en más de mil millares de dinares de oro, por lo menos! ¡Y basta por el momento! "

Entonces, tras de inclinarse en prueba de obediencia, el efrit de la lámpara dobló completamente el espinazo, y dijo a Aladino: "Móntate en mis hombros, ¡oh dueño de la lámpara!" Y Aladino se montó en los hombros del efrit, dejando colgar sus piernas sobre el pecho del genni; y el efrit le elevó por los aires, haciéndole invisible, como él lo era, y le transportó a un hammam tan hermoso, que no podría encontrársele igual en casa de los reyes y kaissares. Y el hammam era todo de jade y alabastro transparente, con piscinas de cornalina rosa y coral blanco y con ornamentos de piedra de esmeralda de una delicadeza encantadora. ¡Y verdaderamente podían deleitarse allá los ojos y los sentidos, porque en aquel recinto nada molestaba a la vista en el conjunto ni en los detalles! Y era deliciosa la frescura que se sentía allí y el calor estaba graduado y proporcionado. Y no había ni un bañista que turbara con su presencia o con su voz la paz de las bóvedas blancas. Pero en cuanto el genni dejó a Aladino en el estrado de la sala de entrada, apareció ante él un joven efrit de lo más hermoso, semejante a una muchacha, aunque más seductor, y le ayudó a desnudarse, y le echó por los hombros una toalla grande perfumada, y le cogió con mucha precaución y le condujo a la más hermosa de las salas, que estaba toda pavimentada de pedrerías de colores diversos. Y al punto fueron a cogerle de manos de su compañero otros jóvenes efrits, no menos bellos y no menos seductores, y le sentaron cómodamente en un banco de mármol, y se dedicaron a frotarle y a lavarle con varias clases de aguas de olor; le dieron masaje con un arte admirable, y volvieron a lavarle con agua de rosas almizclada. Y sus sabios cuidados le pusieron la tez tan fresca como un pétalo de rosa blanca y encarnada, a medida de los deseos. Y se sintió ligero hasta el punto de poder volar como los pájaros. Y el joven y hermoso efrit que habíale conducido se presentó para volver a cogerle y llevarle al estrado, donde le ofreció, como refresco, un delicioso sorbete de ámbar gris. Y se encontró con el genni de la lámpara, que tenía entre sus manos un traje de suntuosidad incomparable. Y ayudado por el joven efrit de manos suaves, se puso aquella magnificencia, y estaba semejante a cualquier rey entre los grandes reyes, aunque tenía mejor aspecto aún. Y de nuevo le tomó el efrit sobre sus hombros y le llevó, sin sacudidas, a la habitación de su casa.

Entonces, Aladino se encaró con el efrit de la lámpara, y le dijo: "Y ahora ¿sabes lo que tienes que hacer?" El genni contestó: "No, ¡oh dueño de la lámpara! ¡Pero ordena y obedeceré en los aires por donde vuelo o en la tierra por donde me arrastro!" Y dijo Aladino: "Deseo que me traigas un caballo de pura raza, que no tenga hermano en hermosura ni en las caballerizas del sultán ni en las de los monarcas más poderosos del mundo. Y es preciso que sus arreos valgan por sí solos mil millares de dinares de oro, por lo menos. Al mismo tiempo me traerás cuarenta y ocho esclavos jóvenes, bien formados, de talla aventajada, y llenos de gracia, vestidos con mucha limpieza, elegancia y riqueza, para que abran la marcha delante de mi caballo veinticuatro de ellos puestos en dos hileras de a doce, mientras los otros veinticuatro irán detrás de mí en dos hileras de a doce también. Tampoco has de olvidarte, sobre todo, de buscar para el servicio de mi madre, doce jóvenes como lunas, únicas en su especie, vestidas con mucho gusto y magnificencia y llevando en los brazos cada una un traje de tela y color diferentes y con el cual pueda vestirse con toda confianza una hija de rey. Por último, a cada uno de mis cuarenta y ocho esclavos le darás, para que se lo cuelgue al cuello, un saco con cinco mil dinares de oro, a fin de que haga yo de ello el uso que me parezca. ¡Y eso es todo lo que deseo de ti por hoy...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 759ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 759ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Y eso es todo lo que deseo de ti por hoy!"

Apenas acabó de hablar Aladino, cuando el genni, después de la respuesta con el oído y la obediencia, apresuróse a desaparecer, pero para volver al cabo de un momento con el caballo, los cuarenta y ocho esclavos jóvenes, las doce jóvenes, los cuarenta y ocho sacos con cinco mil dinares cada uno y los doce trajes de tela y color diferentes. Y todo era absolutamente de la calidad pedida, aunque más hermoso aún. Y Aladino se posesionó de todo y despidió al genni, diciéndole: "¡Te llamaré cuando tenga necesidad de ti!" Y sin pérdida de tiempo se despidió de su madre, besándola una vez más las manos, y puso a su servicio a las doce esclavas jóvenes, recomendándoles que no dejaran de hacer todo lo posible por tener contenta a su ama y que le enseñaran la manera de ponerse los hermosos trajes que habían llevado.

Tras de lo cual Aladino se apresuró a montar a caballo y a salir al patio de la casa. Y aunque subía entonces por primera vez a lomos de un caballo, supo sostenerse con una elegancia y una firmeza que le hubieran envidiado los más consumados jinetes. Y se puso en marcha, con arreglo al plan que había imaginado para el cortejo, precedido por veinticuatro esclavos formados en dos hileras de a doce, acompañado por cuatro esclavos que iban a ambos lados llevando los cordones de la gualdrapa del caballo, y seguido por los demás, que cerraban la marcha.

Cuando el cortejo echó a andar por las calles se aglomeró en todas partes, lo mismo en zocos que en ventanas y terrazas, una inmensa muchedumbre mucho más considerable que la que había acudido a ver al primer cortejo. Y siguiendo las órdenes que les había dado Aladino, los cuarenta y ocho esclavos empezaron a coger oro de sus sacos y a arrojárselo a puñados a derecha y a izquierda al pueblo que se aglomeraba a su paso. Y resonaban por toda la ciudad las aclamaciones, no sólo a causa de la generosidad del magnífico donador, sino también a causa de la belleza del jinete y de sus esclavos espléndidos. Porque en su caballo, Aladino estaba verdaderamente muy arrogante, con su rostro al que la virtud de la lámpara mágica hacía aún más encantador, con su aspecto real y el airón de diamantes que se balanceaba sobre su turbante. Y así fué como, en medio de las aclamaciones y la admiración de todo un pueblo, Aladino llegó a palacio precedido por el rumor de su llegada; y todo estaba preparado allí para recibirle con todos los honores debidos al esposo de la princesa Badrú'l-Budur.

Y he aquí que el sultán le esperaba precisamente en la parte alta de la escalera de honor, que empezaba en el segundo patio. Y no bien Aladino echó pie a tierra, ayudado por el propio gran visir, que le tenía el estribo, el sultán descendió en honor suyo dos o tres escalones. Y Aladino subió en dirección a él y quiso prosternarse entre sus manos; pero se lo impidió el sultán, que recibióle en sus brazos y le besó como si de su propio hijo se tratara, maravillado de su arrogancia, de su buen aspecto y de la riqueza de sus atavíos. Y en el mismo momento retembló el aire con las aclamaciones lanzadas por todos los emires, visires y guardias, y con el sonido de trompetas, clarinetes, oboes y tambores. Y pasando el brazo por el hombro de Aladino, el sultán le condujo al salón de recepciones, y le hizo sentarse a su lado en el lecho del trono, y le besó por segunda vez, y le dijo: "¡Por Alah, ¡oh hijo mío Aladino! que siento mucho que mi destino no me haya hecho encontrarte antes de este día, y haber diferido así tres meses tu matrimonio con mi hija Badrú'l-Budur, esclava tuya!" Y le contestó Aladino de una manera encantadora, que el sultán sintió aumentar el cariño que le tenía, y le dijo: "¡En verdad, ¡oh Aladino! ¿qué rey no anhelaría que fueras el esposo de su hija?!" Y se puso a hablar con él y a interrogarle con mucho afecto, admirándose de la prudencia de sus respuestas y de la elocuencia y sutileza de sus discursos. Y mandó preparar, en la misma sala del trono, un festín magnífico, y comió solo con Aladino, haciéndose servir por el gran visir, a quien se le había alargado con el despecho la nariz hasta el límite del alargamiento, y por los emires y los demás altos dignatarios.

Cuando terminó la comida, el sultán, que no quería prolongar por más tiempo la realización de su promesa, mandó llamar al kadí y a los testigos, y les ordenó que redactaran inmediatamente el contrato de matrimonio de Aladino y su hija la princesa Badrú'l-Budur. Y en presencia de los testigos el kadí se apresuró a ejecutar la orden y a extender el contrato con todas las fórmulas requeridas por el Libro y la Sunnah. Y cuando el kadí hubo acabado, el sultán besó a Aladino y le dijo: "¡Oh hijo mío! ¿penetrarás en la cámara nupcial para que tenga efecto la consumación esta misma noche?" Y contestó Aladino: ¡Oh rey del tiempo! sin duda que penetraría esta misma noche para que tuviese efecto la consumación, si no escuchase otra voz que la del gran amor que experimento por mi esposa. Pero deseo que la cosa se haga en un palacio digno de la princesa y que le pertenezca en propiedad. Permíteme, pues, que aplace la plena realización de mi dicha hasta que haga construir el palacio que le destino. ¡Y a este efecto, te ruego que me otorgues la concesión de un vasto terreno situado frente por frente de tu palacio, a fin de que mi esposa no esté alejada de su padre y yo mismo esté siempre cerca de ti para servirte! ¡Y por mi parte, me comprometo a hacer construir este palacio en el plazo más breve posible!" Y el sultán contestó: "¡Ah! ¡hijo mío, no tienes necesidad de pedirme permiso para eso! Aprópiate de todo el terreno que te haga falta enfrente de mi palacio. ¡Pero te ruego que procures se acabe ese palacio lo más pronto posible, pues quisiera gozar de la posteridad de mi descendencia antes de morir!" Y Aladino sonrió, y dijo: "Tranquilice su espíritu el rey respecto a esto. ¡Se construirá el palacio con más diligencia de la que pudiera esperarse!" Y se despidió del sultán, que le besó con ternura, y regresó a su casa con el mismo cortejo que le había acompañado y seguido por las aclamaciones del pueblo y por votos de dicha y prosperidad.

En cuanto entró en su casa puso a su madre al corriente de lo que había pasado, y se apresuró a retirarse a su cuarto completamente solo. Y cogió la lámpara mágica y la frotó como de ordinario.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 760ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 760ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y cogió la lámpara mágica y la frotó como de ordinario. Y no dejó el efrit de aparecer y de ponerse a sus órdenes. Y le dijo Aladino: "¡Oh efrit de la lámpara! Ante todo, te felicito por el celo que desplegaste en servicio mío. Y después tengo que pedirte otra cosa, según creo, más difícil de realizar que cuanto hiciste por mí hasta hoy, a causa del poder que ejercen sobre ti las virtudes de tu señora, que es esta lámpara de mi pertenencia. -¡Escucha! ¡quiero que en el plazo más corto posible me construyas, frente por frente del palacio del sultán, un palacio que sea digno de mi esposa El Sett Badrú'l-Budur! ¡Y a tal fin, dejo a tu buen gusto y a tus conocimientos acreditados el cuidado de todos los detalles de ornamentación y la elección de materiales preciosos, tales como piedras de jade, pórfido, alabastro, ágata, lazulita, jaspe, mármol y granito! Solamente te recomiendo que en medio de ese palacio eleves una gran cúpula de cristal, construida sobre columnas de oro macizo y de plata, alternadas, y agujereada con noventa y nueve ventanas enriquecidas con diamantes, rubíes, esmeraldas y otras pedrerías, pero procurando que la ventana número noventa y nueve quede imperfecta, no de arquitectura, sino de ornamentación. Porque tengo un proyecto sobre el particular. Y no te olvides de trazar un jardín hermoso, con estanques y saltos de agua y plazoletas espaciosas. Y sobre todo, ¡oh efrit! pon un tesoro enorme lleno de dinares de oro en cierto subterráneo, cuyo emplazamiento has de indicarme. ¡Y en cuanto a lo demás, así como en lo referente a cocinas, caballerizas y servidores, te dejo en completa libertad, confiando en tu sagacidad y en tu buena voluntad!" Y añadió: "¡En seguida que esté dispuesto todo, vendrás a avisarme!"

Y contestó el genni: "¡Escucho y obedezco!" Y desapareció.

Y he aquí que al despuntar del día siguiente estaba todavía en su lecho Aladino, cuando vió aparecer ante él al efrit de la lámpara, quien, después de las zalemas de rigor, le dijo: "¡Oh dueño de la lámpara, se han ejecutado tus órdenes. ¡Y te ruego que vayas a revisar su realización!" Y Aladino se prestó a ello, y el efrit le transportó inmediatamente al sitio designado, y le mostró frente por frente al palacio del sultán, en medio de un magnífico jardín, y precedido de dos inmensos patios de mármol, un palacio mucho más hermoso de lo que el joven esperaba. Y tras de haberle hecho admirar la arquitectura y el aspecto general, el genni le hizo visitar una por una todas las habitaciones y dependencias. Y parecióle a Aladino que se habían hecho las cosas con un fasto, un esplendor y una magnificencia inconcebibles; y en un inmenso subterráneo encontró un tesoro formado por sacos superpuestos y llenos de oro, que se apilaban hasta la bóveda. Y también visitó las cocinas, las reposterías, las despensas y las caballerizas, encontrándolas muy de su gusto y perfectamente limpias; y se admiró de los caballos y yeguas, que comían en pesebres de plata, mientras los palafreneros los cuidaban y les echaban el pienso. Y pasó revista a los esclavos de ambos sexos y a los eunucos, formados por orden, según la importancia de sus funciones. Y cuando lo hubo visto todo y examinado todo, se encaró con el efrit de la lámpara, el cual sólo para él era visible y le acompañaba por todas partes, y hubo de felicitarle por la presteza, el buen gusto y la inteligencia de que había dado prueba en aquella obra perfecta. Luego añadió: "¡Pero te has olvidado, ¡oh efrit! de extender desde la puerta de mi palacio a la del sultán una gran alfombra que permita que mi esposa no se canse los pies al atravesar esa distancia!" Y contestó el genni: "¡Oh dueño de la lámpara! tienes razón. ¡Pero eso se hace en un instante!"

Y efectivamente, en un abrir y cerrar de ojos se extendió en el espacio que separaba ambos palacios una magnífica alfombra de terciopelo con colores que armonizaban a maravilla con los tonos del césped y de los macizos.

Entonces Aladino, en el límite de la satisfacción, dijo al efrit: "¡Todo está perfectamente ahora! ¡Llévame a casa!" Y el efrit le cogió y le transportó a su cuarto cuando en el palacio del sultán los individuos de la servidumbre comenzaban a abrir las puertas para dedicarse a sus ocupaciones. Y he aquí que, en cuanto abrieron las puertas, los esclavos y los porteros llegaron al límite de la estupefacción al notar que algo se oponía a su vista en el sitio donde la víspera se veía un inmenso meidán para torneos y cabalgatas. Y lo primero que vieron fué la magnífica alfombra de terciopelo que se extendía entre el césped lozano y casaba sus colores con los matices naturales de flores y arbustos. Y siguiendo con la mirada aquella alfombra, entre las hierbas del jardín milagroso divisaron entonces el soberbio palacio construido con piedras preciosas y cuya cúpula de cristal brillaba como el sol. Y sin saber ya qué pensar, prefirieron ir a contar la cosa al gran visir, quien, después de mirar el nuevo palacio, a su vez fué a prevenir de la cosa al sultán, diciéndole: "No cabe duda, ¡oh rey del tiempo! ¡El esposo de Sett Badrú'l-Budur es un insigne mago!"

Pero el sultán le contestó:

¡Mucho me asombra, ¡oh visir! que quieras insinuarme que el palacio de que me hablas es obra de magia! ¡Bien sabes, sin embargo, que el hombre que me hizo el don de tan maravillosos presentes es muy capaz de hacer construir todo un palacio en una sola noche, teniendo en cuenta las riquezas que debe poseer y el número considerable de obreros de que se habrá servido, merced a su fortuna. ¿Por qué, pues, vacilas en creer que ha obtenido ese resultado por medio de fuerzas naturales? ¿No te cegarán los celos, haciéndote juzgar mal de los hechos e impulsándote a murmurar de mi yerno Aladino?" Y comprendiendo, por aquellas palabras, que el sultán quería a Aladino, el visir no se atrevió a insistir por miedo a perjudicarse a sí mismo, y enmudeció por prudencia. ¡Y he aquí lo referente a él! En cuanto a Aladino...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 761ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 761ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... En cuanto a Aladino, una vez que el efrit de la lámpara le transportó a su antigua casa, dijo a una de las doce esclavas jóvenes que fueran a despertar a su madre, y les dió a todas orden de ponerle uno de los hermosos trajes que había llevado, y de ataviarla lo mejor que pudieran. Y cuando estuvo vestida su madre conforme el joven deseaba, le dijo él que había llegado el momento de ir al palacio del sultán para llevarse a la recién casada y conducirla al palacio que había hecho construir para ella. Y tras de recibir las instrucciones necesarias, la madre de Aladino salió de su casa acompañada por sus doce esclavas, y no tardó Aladino en seguirla a caballo en medio de su cortejo. Pero, llegados que fueron a cierta distancia del palacio, se separaron, Aladino para ir a su nuevo palacio, y su madre para ver al sultán.

No bien los guardias del sultán divisaron a la madre de Aladino en medio de las doce jóvenes que le servían de cortejo, corrieron a prevenir al sultán, que se apresuró a ir a su encuentro. Y la recibió con las señales del respeto y los miramientos debidos a su nuevo rango. Y dió orden al jefe de los eunucos para que la introdujera en el harén, a presencia de Sett Badrú'l-Budur. Y en cuanto la princesa la vió y supo que era la madre de su esposo Aladino, se levantó en honor suyo y fué a besarla. Luego la hizo sentarse a su lado, y le regaló con diversas confituras y golosinas, y acabó de hacerse vestir por sus mujeres y de adornarse con las más preciosas joyas con que le obsequió su esposo Aladino. Y poco después entró el sultán, y pudo ver al descubierto entonces por primera vez, gracias al nuevo parentesco, el rostro de la madre de Aladino. Y en la delicadeza de sus facciones notó que debía haber sido muy agraciada en su juventud, y que aun entonces, vestida como estaba con un buen traje y arreglada con lo que más la favorecía, tenía mejor aspecto que muchas princesas y esposas de visires y de emires. Y la cumplimentó mucho por ello, lo cual conmovió y enterneció profundamente el corazón de la pobre mujer del difunto sastre Mustafá, que fué tan desdichada, y hubo de llenársele de lágrimas los ojos.

Tras de lo cual se pusieron a departir los tres con toda cordialidad, haciendo así más amplio conocimiento, hasta la llegada de la sultana, madre de Badrúl'l-Budur. Pero la vieja sultana estaba lejos de ver con buenos ojos aquel matrimonio de su hija con el hijo de gentes desconocidas; y era del bando del gran visir, que seguía estando muy mortificado en secreto por el buen cariz que el asunto tomaba en detrimento suyo. Sin embargo, no se atrevió a poner demasiada mala cara a la madre de Aladino, a pesar de las ganas que tenía de hacerlo; y tras de las zalemas por una y otra parte, se sentó con los demás, aunque sin interesarse en la conversación.

Y he aquí que cuando llegó el momento de las despedidas para marcharse al nuevo palacio, la princesa Badrú'l-Budur se levantó y besó con mucha ternura a su padre y a su madre, mezclando a los besos muchas lágrimas, apropiadas a las circunstancias. Luego, apoyándose en la madre de Aladino, que iba a su izquierda, y precedida por diez eunucos vestidos con ropa de ceremonia y seguida de cien jóvenes esclavas ataviadas con una magnificencia de libélulas, se puso en marcha hacia el nuevo palacio, entre dos filas de cuatrocientos jóvenes esclavos y negros alternados que formaban entre los dos palacios y tenían cada cual una antorcha de oro en que ardía una bujía grande de ámbar y de alcanfor blanco. Y la princesa avanzó lentamente en medio de aquel cortejo, pasando por la alfombra de terciopelo, mientras que a su paso se dejaba oír un concierto admirable de instrumentos en las avenidas del jardín y en lo alto de las terrazas del palacio de Aladino. Y a lo lejos resonaban las aclamaciones lanzadas por todo el pueblo, que había acudido a las inmediaciones de ambos palacios, y unía el rumor de su alegría a toda aquella gloria. Y acabó la princesa por llegar a la puerta del nuevo palacio, en donde la esperaba Aladino. Y salió él a su encuentro sonriendo, y ella quedó encantada de verle tan hermoso y tan brillante. Y entró con él en la sala del festín, bajo la cúpula grande con ventanas de pedrerías. Y sentáronse los tres ante las bandejas de oro debidas a los cuidados del efrit de la lámpara; y Aladino estaba sentado en medio, con su esposa a la derecha y su madre a la izquierda. Y empezaron a comer al son de una música que no se veía y que era ejecutada por un coro de efrits de ambos sexos. Y Badrú'l-Budur, encantada de cuanto veía y oía decía para sí: "¡En mi vida me imaginé cosas tan maravillosas!" Y hasta dejó de comer para escuchar mejor los cánticos y el concierto de los efrits. Y Aladino y su madre no cesaban de servirla y de echarle de beber bebidas que no necesitaba, pues ya estaba ebria de admiración. Y fué para ellos una jornada espléndida que no tuvo igual ni en los tiempos de Iskandar y de Soleimán...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 762ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 762ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y fué para ellos una jornada espléndida que no tuvo igual ni en los tiempos de Iskandar y de Soleimán.

Y cuando llegó la noche levantaron los manteles e hizo al punto su entrada en la sala de la cúpula un grupo de danzarinas. Y estaba compuesto de cuatrocientas jóvenes, hijas de mareds y de efrits, vestidas como flores y ligeras como pájaros. Y al son de una música aérea se pusieron a bailar varias clases de motivos y con pasos de danza como no pueden verse más que en las regiones del paraíso. Y entonces fué cuando Aladino se levantó y cogiendo de la mano a su esposa se encaminó con ella a la cámara nupcial con paso cadencioso. Y les siguieron ordenadamente las esclavas jóvenes, precedidas por la madre de Aladino. Y desnudaron a Badrú'l-Budur; y no le pusieron sobre el cuerpo más que lo estrictamente necesario para la noche. Y así era ella comparable a un narciso que saliera de su cáliz. Y tras de desearles delicias y alegrías, les dejaron solos en la cámara nupcial. Y por fin pudo Aladino, en el límite de la dicha, unirse a la princesa Badrú'l-Budur, hija del rey. Y su noche, como su día, no tuvo par ni en los tiempos de Iskandar y de Soleimán.

Al día siguiente, después de toda una noche de delicias, Aladino salió de los brazos de su esposa Badrú'l-Budur para hacer que al punto le pusieran un traje más magnífico todavía que el de la víspera, y disponerse a ir a ver al sultán. Y mandó que le llevaran un soberbio caballo de las caballerizas pobladas por el efrit de la lámpara, y lo montó y se encaminó al palacio del padre de su esposa en medio de una escolta de honor. Y el sultán le recibió con muestras del más vivo regocijo, y le besó y le pidió con mucho interés noticias suyas y noticias de Badrú'l-Budur. Y Aladino le dió la respuesta conveniente acerca del particular, y le dijo: "¡Vengo sin tardanza ¡oh rey del tiempo! para invitarte a que vayas hoy a iluminar mi morada con tu presencia y a compartir con nosotros la primera comida que celebramos después de las bodas! ¡Y te ruego que, para visitar el palacio de tu hija, te hagas acompañar del gran visir y de los emires!" Y el sultán, para demostrarle su estimación y su afecto, no puso ninguna dificultad al aceptar la invitación, y se levantó en aquella hora y en aquel instante, y seguido de su gran visir y de sus emires salió con Aladino.

He aquí que, a medida que el sultán se aproximaba al palacio de su hija, su admiración crecía considerablemente y sus exclamaciones se hacían más vivas, más acentuadas y más altisonantes. Y eso que aún estaba fuera del palacio. ¡Pero cómo se maravilló cuando estuvo dentro! ¡No veía por doquiera más que esplendores, suntuosidades, riquezas, buen gusto, armonía y magnificencia! Y lo que acabó de deslumbrarle fué la sala de la cúpula de cristal, cuya arquitectura aérea y cuya ornamentación no podía dejar de admirar. Y quiso contar el número de ventanas enriquecidas con pedrerías, y vió que, en efecto, ascendían al número de noventa y nueve, ni una más ni una menos. Y se asombró enormemente. Pero asimismo notó que la ventana que hacía el número noventa y nueve no estaba concluida y carecía de todo adorno; y se encaró con Aladino y le dijo, muy sorprendido: "¡Oh hijo mío Aladino! ¡he aquí, ciertamente, el palacio más maravilloso que existió jamás sobre la faz de la tierra! ¡Y estoy lleno de admiración por cuanto veo! Pero, ¿puedes decirme qué motivo te ha impedido acabar la labor de esa ventana que con sus imperfecciones afea la hermosura de sus hermanas?" Y Aladino sonrió y contestó: "¡Oh rey del tiempo! te ruego que no creas fué por olvido o por economía o por simple negligencia por lo que dejé esa ventana en el estado imperfecto en que la ves, porque la he querido así a sabiendas. Y el motivo consiste en dejar a tu alteza el cuidado de hacer acabar esa labor para sellar de tal suerte en la piedra de este palacio tu nombre glorioso y el recuerdo de tu reinado. ¡Por eso te suplico que consagres con tu consentimiento la construcción de esta morada que, por muy confortable que sea, resulta indigna de los méritos de mi esposa, tu hija!" Y extremadamente halagado por aquella delicada atención de Aladino, el rey le dió las gracias y quiso que al instante se comenzara aquel trabajo. Y a este efecto dió orden a sus guardias para que hicieran ir al palacio, sin demora, a los joyeros más hábiles y mejor surtidos de pedrerías, para acabar las incrustaciones de la ventana. Y mientras llegaban fué a ver a su hija y pedirle noticias de su primera noche de bodas. Y sólo por la sonrisa con que le recibió ella y por su aire satisfecho comprendió que sería superfluo insistir. Y besó a Aladino, felicitándole mucho, y fué con él a la sala en que ya estaba preparada la comida con todo el esplendor conveniente. Y comió de todo, y le parecieron los manjares los más excelentes que había probado nunca, y el servicio muy superior al de su palacio, y la plata y los accesorios admirables en absoluto.

Entretanto llegaron los joyeros y orfebres...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer, la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 763ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 763ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Entretanto llegaron los joyeros y orfebres a quienes habían ido a buscar los guardias por toda la capital; y se pasó recado al rey, que en seguida subió a la cúpula de las noventa y nueve ventanas. Y enseñó a los orfebres la ventana sin terminar, diciéndoles: "¡Es preciso que en el plazo más breve posible acabéis la labor que necesita esta ventana en cuanto a incrustaciones de perlas y pedrerías de todos colores!" Y los orfebres y joyeros contestaron con el oído y la obediencia, y se pusieron a examinar con mucha minuciosidad la labor y las incrustaciones de las demás ventanas, mirándose unos a otros con ojos muy dilatados de asombro. Y después de ponerse de acuerdo entre ellos, volvieron junto al sultán, y tras de las prosternaciones, le dijeron: "¡Oh rey del tiempo! ¡no obstante todo nuestro repuesto de piedras preciosas, no tenemos en nuestras tiendas con qué adornar la centésima parte de esta ventana!" Y dijo el rey: "¡Yo os proporcionaré lo que os haga falta!" Y mandó llevar las frutas de piedras preciosas que Aladino le había dado como presente, y les dijo: "¡Emplead lo necesario y devolvedme lo que sobre!" Y los joyeros tomaron sus medidas e hicieron sus cálculos, repitiéndolos varias veces, y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! ¡con todo lo que nos das y con todo lo que poseemos no habrá bastante para adornar la décima parte de la ventana!" Y el rey se encaró con sus guardias, y les dijo: "¡Invadid las casas de mis visires, grandes y pequeños, de mis emires y de todas las personas ricas de mi reino, y haced que os entreguen de grado o por fuerza todas las piedras preciosas que posean!" Y los guardias se apresuraron a ejecutar la orden.

En espera de que regresasen, Aladino, que veía que el rey empezaba a estar inquieto por el resultado de la empresa y que interiormente se regocijaba en extremo de la cosa, quiso distraerle con un concierto. E hizo una seña a uno de los jóvenes efrits esclavos suyos, el cual hizo entrar al punto un grupo de cantarinas, tan hermosas, que cada una de ellas podía decir a la luna: "¡Levántate para que me siente en tu sitio!", y dotadas de una voz encantadora que podía decir al ruiseñor: "¡Cállate para escuchar cómo canto!" Y en efecto, consiguieron con la armonía que el rey tuviese un poco de paciencia.

Pero en cuanto llegaron los guardias el sultán entregó en seguida a joyeros y orfebres las pedrerías procedentes del despojo de las consabidas personas ricas, y les dijo: "Y bien, ¿qué tenéis que decir ahora?" Ellos contestaron: "¡Por Alah, ¡oh señor nuestro! ¡que aun nos falta mucho! ¡Y necesitaremos ocho veces más materiales que los que poseemos al presente! ¡Además, para hacer bien este trabajo precisamos por lo menos un plazo de tres meses, poniendo manos a la obra de día y de noche!"

Al oír estas palabras, el rey llegó al límite del desaliento y de la perplejidad, y sintió alargársele la nariz hasta los pies, de lo que le avergonzaba su impotencia en circunstancias tan penosas para su amor propio. Entonces Aladino, sin querer ya prolongar más la prueba a la que le hubo de someter, y dándose por satisfecho, se encaró con los orfebres y los joyeros, y les dijo: "¡Recoged lo que os pertenece y salid!" Y dijo a los guardias: "¡Devolved las pedrerías a sus dueños!" Y dijo al rey: "¡Oh rey del tiempo! ¡no sería bien que admitiera de ti yo lo que te di una vez! ¡Te ruego, pues, veas con agrado que te restituya yo estas frutas de pedrerías y te reemplace en lo que falta hacer para llevar a cabo la ornamentación de esa ventana! ¡Solamente te suplico que me esperes en el aposento de mi esposa Badrú'l-Budur, porque no puedo trabajar ni dar ninguna orden cuando sé que me están mirando!" Y el rey se retiró con su hija Badrú'l-Budur para no importunar a Aladino.

Entonces Aladino sacó del fondo de un armario de nácar la lámpara mágica, que había tenido mucho cuidado de no olvidar en la mudanza de la antigua casa al palacio, y la frotó como tenía por costumbre hacerlo. Y al instante apareció el efrit y se inclinó ante Aladino esperando sus órdenes. Y Aladino le dijo: "¡Oh efrit de la lámpara! ¡te he hecho venir para que hagas, de todo punto semejante a sus hermanas, la ventana número noventa y nueve!" Y apenas había él formulado esta petición cuando desapareció el efrit. Y oyó Aladino como una infinidad de martillazos y chirridos de limas en la ventana consabida; y en menos tiempo del que el sediento necesita para beberse un vaso de agua fresca, vió aparecer y quedar rematada la milagrosa ornamentación de pedrerías de la ventana. Y no pudo encontrar la diferencia con las otras. Y fué en busca del sultán y le rogó que le acompañara a la sala de la cúpula.

Cuando el sultán llegó frente a la ventana, que había visto tan imperfecta unos instantes atrás, creyó que se había equivocado de sitio, sin poder diferenciarla de las otras. Pero cuando, después de dar vuelta varias veces a la cúpula, comprobó que en tan poco tiempo se había hecho aquel trabajo, para cuya terminación exigían tres meses enteros todos los joyeros y orfebres reunidos, llegó al límite de la maravilla, y besó a Aladino entre ambos ojos, y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío, Aladino, conforme te conozco más, me pareces más admirable...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 764ª noche

de Anónimo


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Ella dijo:

"... y besó a Aladino entre ambos ojos, y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío Aladino, conforme te conozco más me pareces más admirable!" Y envió a buscar al gran visir y le mostró con el dedo la maravilla que le entusiasmaba, y le dijo con acento irónico: "Y bien, visir, ¿qué te parece?" Y el visir, que no se olvidaba de su antiguo rencor, se convenció cada vez más, al ver la cosa, de que Aladino era un hechicero, un herético y un filósofo alquimista. Pero se guardó mucho de dejar traslucir sus pensamientos al sultán, a quien sabía muy adicto a su nuevo yerno, y sin entrar en conversación con él le dejó con su maravilla y se limitó a contestar: "¡Alah es el más grande!"

Y he aquí, que, desde aquel día, el sultán no dejó de ir a pasar, después del diwán, algunas horas cada tarde en compañía de su yerno Aladino y de su hija Badrú'l-Budur, para contemplar las maravillas del palacio, en donde siempre encontraba cosas nuevas más admirables que las antiguas, y que le maravillaban y le transportaban.

En cuanto a Aladino, lejos de envanecerse con lo agradable de su vida, tuvo cuidado de consagrarse, durante las horas que no pasaba con su esposa Badrú'l-Budur, a hacer el bien a su alrededor y a informarse de las gentes pobres para socorrerlas. Porque no olvidaba su antigua condición y la miseria en que había vivido con su madre en los años de su niñez. Y además, siempre que salía a caballo se hacía escoltar por algunos esclavos que, siguiendo órdenes suyas, no dejaban de tirar en todo el recorrido puñados de dinares de oro a la muchedumbre que acudía a su paso. Y a diario, después de la comida de mediodía y de la noche, hacía repartir entre los pobres las sobras de su mesa, que bastarían para alimentar a más de cinco mil personas. Así es que su conducta tan generosa y su bondad y su modestia le granjearon el afecto de todo el pueblo y le atrajeron las bendiciones de todos los habitantes. Y no había ni uno que no jurase por su nombre y por su vida. Pero lo que acabó de conquistarle los corazones y cimentar su fama fué cierta gran victoria que logró sobre unas tribus rebeladas contra el sultán, y donde había dado prueba de un valor maravilloso y de cualidades guerreras que superaban a las hazañas de los héroes más famosos. Y Badrú'l-Budur le amó cada vez más, y cada vez felicitóse más de su feliz destino, que le había dado por esposo al único hombre que se la merecía verdaderamente. Y de tal suerte vivió Aladino varios años de dicha perfecta entre su esposa y su madre, rodeado del afecto y la abnegación de grandes y pequeños, y más querido y más respetado que el mismo sultán, quien, por cierto, continuaba teniéndole en alta estima y sintiendo por él una admiración ilimitada.

¡Y he aquí lo referente a Aladino!

¡He aquí ahora lo que se refiere al mago maghrebín a quien encontramos al principio de todos estos acontecimientos y que, sin querer, fué causa de la fortuna de Aladino!

Cuando abandonó a Aladino en el subterráneo, para dejarle morir de sed y de hambre, se volvió a su país del fondo del Maghreb lejano. Y se pasaba el tiempo entristeciéndose con el mal resultado de su expedición y lamentando las penas y fatigas que había soportado tan vanamente para conquistar la lámpara mágica. Y pensaba en la fatalidad que le había quitado de los labios el bocado que tanto trabajo le costó confeccionar. Y no transcurría día sin que el recuerdo lleno de amargura de aquellas cosas asaltase su memoria y le hiciese maldecir a Aladino y el momento en que se encontró con Aladino. Y un día que estaba más lleno de rencor que de ordinario acabó por sentir curiosidad por los detalles de la muerte de Aladino. Y a este efecto, como estaba muy versado en la geomancia, cogió su mesa de arena adivinatoria, que hubo de sacar del fondo de un armario, sentóse sobre una estera cuadrada, en medio de un círculo trazado con rojo, alisó la arena, arregló los granos machos y los granos hembras, y las madres y los hijos, murmuró las fórmulas geománticas, y dijo: "Está bien, ¡oh arena! veamos. ¿Qué ha sido de la lámpara mágica? ¿Y cómo murió ese hijo de alcahuete, ese miserable, que se llamaba Aladino?" Y pronunciando estas palabras agitó la arena con arreglo al rito. Y he aquí que nacieron las figuras y se formó el horóscopo. Y el maghrebín, en el límite de la estupefacción, después de un examen detallado de las figuras del horóscopo, descubrió sin ningún género de duda que Aladino no estaba muerto, sino muy vivo, que era dueño de la lámpara mágica y que vivía con esplendor, riquezas y honores, casado con la princesa Badrú'l-Budur, hija del rey de la China, a la cual amaba y la cual le amaba, y por último, que no se le conocía en todo el imperio de la China e incluso en las fronteras del mundo más que con el nombre del emir Aladino.

Cuando el mago se enteró de tal suerte, por medio de las operaciones de su geomancia y de su descreimiento, de aquellas cosas que estaban tan lejos de esperarse, espumajeó de rabia y escupió al aire y al suelo, diciendo: "Escupo en tu cara, ¡oh hijo de bastardos y de zorras! Piso tu cabeza, ¡oh Aladino alcahuete! ¡oh perro hijo de perro! ¡Oh pájaro de horca! ¡oh rostro de pez y de brea! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 765ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 765ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Escupo en tu cara, ¡oh hijo de bastardos y de zorras! Piso tu cabeza, ¡oh Aladino alcahuete! ¡oh perro hijo de perro! ¡oh pájaro de horca! ¡Oh rostro de pez y de brea!" Y durante una hora de tiempo estuvo escupiendo al aire y al suelo, hollando con los pies a un Aladino imaginario y abrumándole a juramentos atroces y a insultos de todas las variedades, hasta que se calmó un poco. Pero entonces resolvió vengarse a toda costa de Aladino y hacerle expiar las felicidades de que en detrimento suyo gozaba con la posesión de aquella lámpara mágica que le había costado al mago tantos esfuerzos y tantas penas inútiles. Y sin cavilar un instante se puso en camino para la China. Y como la rabia y el deseo de venganza le daban alas, viajó sin detenerse, meditando largamente sobre los medios de que se valdría para apoderarse de Aladino; y no tardó en llegar a la capital del reino de China. Y paró en un khan, donde alquiló una vivienda. Y desde el día siguiente a su llegada empezó a recorrer los sitios públicos y los lugares más frecuentados; y por todas partes sólo oyó hablar del emir Aladino, de la hermosura del emir Aladino, de la generosidad del emir Aladino y de la magnificencia del emir Aladino.

Y se dijo: "¡Por el fuego y por la luz que no tardará en pronunciarse este nombre para sentenciarlo a muerte!"

Y llegó al palacio de Aladino, y exclamó al ver su aspecto imponente: "¡Ah! ¡ah! ¡ahí habita ahora el hijo del sastre Mustafá, el que no tenía un pedazo de pan que echarse a la boca al llegar la noche! ¡ah! ¡ah! ¡pronto verás, Aladino, si mi Destino vence o no al tuyo, y si obligo o no a tu madre a hilar lana, como en otro tiempo, para no morirse de hambre, y si cavo o no con mis propias manos la fosa adonde irá ella a llorar!" Luego se acercó a la puerta principal del palacio, y después de entablar conversación con el portero consiguió enterarse de que Aladino había ido de caza por varios días.

Y pensó: "¡He aquí ya el principio de la caída de Aladino! ¡En ausencia suya podré obrar más libremente! ¡Pero, ante todo, es preciso que sepa si Aladino se ha llevado la lámpara consigo o si la ha dejado en el palacio!" Y se apresuró a volver a su habitación del khan, donde cogió su mesa geomántica y la interrogó. Y el horóscopo le reveló que Aladino había dejado la lámpara en el palacio.

Entonces el maghrebín ebrio de alegría, fué al zoco de los caldereros y entró en la tienda de un mercader de linternas y lámparas de cobre, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡necesito una docena de lámparas de cobre completamente nuevas y muy bruñidas!" Y contestó el mercader: "¡Tengo lo que necesitas!" Y le puso delante doce lámparas muy brillantes y le pidió un precio que le pagó el mago sin regatear. Y las cogió y las puso en un cesto que había comprado en casa del cestero. Y salió del zoco.

Y entonces se dedicó a recorrer las calles con el cesto de lámparas al brazo, gritando: "¡Lámparas nuevas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!" Y de este modo se encaminó al palacio de Aladino. En cuanto los pilluelos de las calles oyeron aquel pregón insólito y vieron el amplio turbante del maghrebín dejaron de jugar y acudieron en tropel. Y se pusieron a hacer piruetas detrás de él, mofándose y gritando a coro: "¡Al loco! ¡al loco!" Pero él, sin prestar la menor atención a sus burlas, seguía con su pregón, que dominaba las cuchufletas: "¡Lámparas nuevas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!" Y de tal suerte, seguido por la burlona muchedumbre de chiquillos, llegó a la plaza que había delante de la puerta del palacio y se dedicó a recorrerla de un extremo a otro para volver sobre sus pasos y recomenzar, repitiendo, cada vez más fuerte, su pregón sin cansarse. Y tanta maña se dió, que la princesa Badrú'l-Budur, que en aquel momento se encontraba en la sala de las noventa y nueve ventanas, oyó aquel vocerío insólito y abrió una de las ventanas y miró a la plaza. Y vió a la muchedumbre insolente y burlona de pilluelos, y entendió el extraño pregón del maghrebín. Y se echó a reír. Y sus mujeres entendieron el pregón también y se echaron a reír con ella, y le dijo una: "¡Oh mi señora! ¡precisamente hoy, al limpiar el cuarto de mi amo Aladino, he visto en una mesita una lámpara vieja de cobre! ¡Permíteme, pues, que vaya a cogerla y a enseñársela a ese viejo maghrebín, para ver si, realmente, está tan loco como nos da a entender su pregón; y si consiente en cambiárnosla por una lámpara nueva!" Y he aquí que la lámpara vieja de que hablaba aquella esclava era precisamente la lámpara mágica de Aladino. ¡Y por una desgracia escrita por el Destino, se había olvidado él, antes de partir, de guardarla en el armario de nácar en que generalmente la tenía escondida, y la había dejado encima de la mesilla! ¿Pero es posible luchar contra los decretos del Destino?

Por otra parte, la princesa Badrú'l-Budur ignoraba completamente la existencia de aquella lámpara y sus virtudes maravillosas. Así es que no vió ningún inconveniente en el cambio de que le hablaba su esclava, y contestó: "¡Desde luego! ¡Coge esa lámpara y dásela al agha de los eunucos, a fin de que vaya a cambiarla por una lámpara nueva y nos riamos a costa de ese loco!"

Entonces la joven esclava fué al aposento de Aladino, cogió la lámpara mágica que estaba encima de la mesilla y se la entregó al agha de los eunucos. Y el agha bajó al punto a la plaza, y le dijo: "¡Mi señora desea cambiar esta lámpara por una de las nuevas que llevas en ese cesto!"

Cuando el mago vió la lámpara la reconoció al primer golpe de vista y empezó a temblar de emoción. Y el eunuco le dijo: "¿Qué te pasa? ¿Acaso encuentras esta lámpara demasiado vieja para cambiarla?" Pero el mago, que había dominado ya su excitación, tendió la mano con la rapidez del buitre que cae sobre la tórtola, cogió la lámpara que le ofrecía el eunuco y se la guardó en el pecho. Luego presentó al eunuco el cesto, diciendo: "¡Coge la que más te guste!" Y el eunuco escogió una lámpara muy bruñida y completamente nueva, y se apresuró a llevársela a su ama Badrú'l-Budur, echándose a reír y burlándose de la locura del maghrebín ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 766ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 766ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el eunuco escogió una lámpara muy bruñida y completamente nueva, y se apresuró a llevársela a su ama Badrú'l-Budur, echándose a reír y burlándose de la locura del maghrebín.

¡Y he aquí lo referente al agha de los eunucos y al cambio de la lámpara mágica en ausencia de Aladino!

En cuanto al mago, echó a correr enseguida, tirando el cesto con su contenido a la cabeza de los pilluelos, que continuaban mofándose de él, para impedirles que le siguieran. Y de tal modo desembarazado, franqueó recintos de palacios y jardines y se aventuró por las calles de la ciudad, dando mil rodeos, a fin de que perdieran su pista quienes hubiesen querido perseguirle. Y cuando llegó a un barrio completamente desierto, se sacó del pecho la lámpara y la frotó. Y el efrit de la lámpara respondió a esta llamada, apareciéndose ante él al punto, y diciendo: "¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!" Porque el efrit obedecía indistintamente a quienquiera que fuese el poseedor de aquella lámpara, aunque como el mago, fuera por el camino de la maldad y de la perdición.

Entonces el maghrebín le dijo: "¡Oh efrit de la lámpara! te ordeno que cojas el palacio que edificaste para Aladino y lo transportes con todos los seres y las cosas que contiene a mi país que ya sabes cuál es, y que está en el fondo del Maghreb, entre jardines. ¡Y también me transportarás a mí allá con el palacio!" Y contestó el mared esclavo de la lámpara: "¡Escucho y obedezco! ¡Cierra un ojo y abre un ojo, y te encontrarás en tu país, en medio del palacio de Aladino!" Y efectivamente, en un abrir y cerrar de ojos se hizo todo. Y el maghrebin se encontró transportado, con el palacio de Aladino, en medio de su país, en el Maghreb africano.

¡Y esto es lo referente a él!

Pero en cuanto al sultán, padre de Badrú'l-Budur, al despertarse el siguiente día salió de su palacio, como tenía por costumbre, para ir a visitar a su hija, a la que quería tanto. Y en el sitio en que se alzaba el maravilloso palacio no vió más que un amplio meidán agujereado por las zanjas vacías de los cimientos. Y en el límite de la perplejidad, ya no supo si habría perdido la razón; y empezó a restregarse los ojos para darse cuenta mejor de lo que veía. ¡Y comprobó que con la claridad del sol saliente y la limpidez de la mañana no había manera de engañarse, y que el palacio ya no estaba allí! Pero quiso convencerse más aún de aquella realidad enloquecedora, y subió al piso más alto, y abrió la ventana que daba enfrente de los aposentos de su hija. Y no vió palacio ni huella de palacio, ni jardines ni huella de jardines, sino sólo un inmenso meidán, donde, de no estar las zanjas, habrían podido los caballeros justar a su antojo.

Entonces, desgarrado de ansiedad, el desdichado padre empezó a golpearse las manos una contra la otra y a mesarse la barba llorando; por más que no pudiese darse cuenta exacta de la naturaleza y de la magnitud de su desgracia. Y mientras de tal suerte desplomábase sobre el diván, su gran visir entró para anunciarle, como de costumbre, la apertura de la sesión de justicia. Y vió el estado en que se hallaba, y no supo qué pensar. Y el sultán le dijo: "¡Acércate aquí!" Y el visir se acercó, y el sultán le dijo: "¿Dónde está el palacio de mi hija?" El otro dijo: "¡Alah guarde al sultán! ¡pero no comprendo lo que quieres decir!" El sultán dijo: "¡Cualquiera creería, ¡oh visir! que no estás al corriente de la triste nueva!"

El visir dijo: "Claro que no lo estoy, ¡oh mi señor! ¡por Alah, que no se nada, absolutamente nada!" El sultán dijo: "¡Entonces no has mirado hacia el palacio de Aladino!" El visir dijo: "¡Ayer tarde estuve a pasearme por los jardines que lo rodean, y no he notado ninguna cosa de particular, sino que la puerta principal estaba cerrada a causa de la ausencia del emir Aladino!"

El sultán dijo: "¡En ese caso, ¡oh visir! mira por esta ventana y dime si no notas ninguna cosa particular en ese palacio que ayer viste con la puerta cerrada!" Y el visir sacó la cabeza por la ventana y miró, pero fué para levantar los brazos al cielo, exclamando: "¡Alejado sea el Maligno! ¡el palacio ha desaparecido!" Luego se encaró con el sultán, y le dijo: "Y ahora, ¡oh mi señor! ¿vacilas en creer que ese palacio, cuya arquitectura y ornamentación admirabas tanto, sea otra cosa que la obra de la más admirable hechicería?" Y el sultán bajó la cabeza y reflexionó durante una hora de tiempo. Tras de lo cual levantó la cabeza, y tenía el rostro revestido de furor. Y exclamó: "¿Dónde está ese malvado, ese aventurero, ese mago, ese impostor, ese hijo de mil perros, que se llama Aladino?"

Y el visir contestó, con el corazón dilatado de triunfo: "¡Está ausente de caza; pero me ha anunciado su regreso para hoy antes de la plegaria de mediodía! ¡Y si quieres, me encargo de ir yo mismo a informarme cerca de él sobre lo que ha sido del palacio con su contenido!" Y el rey se puso a gritar: "No, ¡por Alah! ¡Hay que tratarle como a los ladrones y a los embusteros! ¡Que me le traigan los guardias cargado de cadenas...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 767ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 767ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Hay que tratarle como a los ladrones y a los embusteros! ¡Que me le traigan los guardias cargado de cadenas!"

Al punto el gran visir salió a comunicar la orden del sultán al jefe de los guardias, instruyéndole acerca de cómo debía arreglarse para que no se le escapara Aladino. Y acompañado de cien jinetes, el jefe de los guardias salió de la ciudad al camino por donde tenía que volver Aladino y se encontró con él a cien parasangas de las puertas. Y en seguida hizo que le cercaran los jinetes, y le dijo: "Emir Aladino, ¡oh amo nuestro! ¡dispénsanos, por favor! ¡pero el sultán, de quien somos esclavos, nos ha ordenado que te detengamos y te pongamos entre sus manos cargado de cadenas como los criminales! ¡Y no podemos desobedecer una orden real! ¡Pero repetimos que nos dispenses por tratarte así, aunque a todos nosotros nos ha inundado tu generosidad!"

Al oír estas palabras del jefe de los guardias, a Aladino se le trabó la lengua de sorpresa y de emoción. Pero acabó por poder hablar, y dijo: "¡Oh buenas gentes! ¿Sabéis, al menos, por qué motivo os ha dado el sultán semejante orden, siendo yo inocente de todo crimen con respecto a él o al Estado?" Y contestó el jefe de los guardias: "¡Por Alah, que no lo sabemos!" Entonces Aladino se apeó de su caballo, y dijo: "¡Haced de mí lo que os haya ordenado el sultán, pues las órdenes del sultán están por encima de la cabeza y de los ojos!" Y los guardias, muy a disgusto suyo, se apoderaron de Aladino, le ataron los brazos, le echaron al cuello una cadena muy gorda y muy pesada, con la que también le sujetaron por la cintura, y cogiendo el extremo de aquella cadena le arrastraron a la ciudad, haciéndole caminar a pie mientras ellos seguían a caballo su camino.

Llegados que fueron los guardias a los primeros arrabales de la ciudad, los transeúntes que vieron de este modo a Aladino no dudaron de que el sultán, por motivos que ignoraban, se disponía a hacer que le cortaran la cabeza. Y como Aladino se había captado, por su generosidad y su afabilidad, el afecto de todos los súbditos del reino, los que le vieron apresuráronse a echar a andar detrás de él, armándose de sables unos, de estacas otros y de piedras y palos los demás. Y aumentaban en número a medida que el convoy se aproximaba a palacio; de modo que ya eran millares y millares al llegar a la plaza del meidán. Y todos gritaban y protestaban, blandiendo sus armas y amenazando a los guardias, que a duras penas pudieron contenerles y penetrar en palacio sin ser maltratados. Y en tanto que los otros continuaban vociferando y chillando en el meidán para que se les devolviese sano y salvo a su señor Aladino, los guardias introdujeron a Aladino, que seguía cargado de cadenas, en la sala donde le esperaba el sultán lleno de cólera y ansiedad.

No bien tuvo en su presencia a Aladino, poseído de un furor inconcebible, no quiso perder el tiempo en preguntarle qué había sido del palacio que guardaba a su hija Badrú'l-Budur, y gritó al portaalfanje: "¡Corta en seguida la cabeza de este impostor maldito!" Y no quiso oírle ni verle un instante más. Y el portaalfanje se llevó a Aladino a la terraza, desde la cual se dominaba el meidán en donde estaba apiñada la muchedumbre tumultuosa, hizo arrodillar a Aladino sobre el cuero rojo de las ejecuciones, y después de vendarle los ojos le quitó la cadena que llevaba al cuello y alrededor del cuerpo, y le dijo: "¡Pronuncia tu acto de fe antes de morir!" Y se dispuso a darle el golpe de muerte, volteando por tres veces y haciendo flamear el sable en el aire en torno a él. Pero en aquel momento, al ver que el portaalfanje iba a ejecutar a Aladino, la muchedumbre empezó a escalar los muros del palacio y a forzar las puertas. Y el sultán vió aquello, y temiéndose algún acontecimiento funesto se sintió poseído de gran espanto. Y se encaró con el portaalfanje, y le dijo: "¡Aplaza por el instante el acto de cortar la cabeza a ese criminal!"

Y dijo al jefe de los guardias: "¡Haz que pregonen al pueblo que le otorgo la gracia de la sangre de ese maldito!" Y aquella orden, pregonada en seguida desde lo alto de las terrazas, calmó el tumulto y el furor de la muchedumbre, e hizo abandonar su propósito a los que forzaban las puertas y a los que escalaban los muros del palacio.

Entonces Aladino, a quien se había tenido cuidado de quitar la venda de los ojos y a quien habían soltado las ligaduras que le ataban las manos a la espalda, se levantó del cuero de las ejecuciones en donde estaba arrodillado y alzó la cabeza hacia el sultán, y con los ojos llenos de lágrimas le preguntó: "¡Oh rey del tiempo! ¡ suplico a tu alteza que me diga solamente el crimen que he podido cometer para ocasionar tu cólera y esta desgracia!" Y con el color muy amarillo y la voz llena de cólera reconcentrada, el sultán le dijo: "¿Qué te diga tu crimen, miserable? ¿Es que finges ignorarlo? ¡Pero no fingirás más cuando yo te haya hecho ver con tus propios ojos!" Y le gritó: "¡Sígueme!" Y echó a andar delante de él y le condujo al otro extremo del palacio, hacia la parte que daba al segundo meidán, donde se erguía antes el palacio de Badrú'l-Budur rodeado de sus jardines, y le dijo: "¡Mira por esta ventana y dime, ya que debes saberlo, qué ha sido del palacio que guardaba a mi hija!" Y Aladino sacó la cabeza por la ventana y miró. Y no vió ni palacio, ni jardín, ni huella de palacio, o de jardín, sino el inmenso meidán desierto, tal como estaba el día en que dió él al efrit de la lámpara orden de construir allí la morada maravillosa. Y sintió tal estupefacción y tal dolor y tal conmoción, que estuvo a punto de caer desmayado. Y no pudo pronunciar una sola palabra. Y el sultán le gritó: "Dime, maldito impostor, ¿dónde está el palacio y dónde está mi hija, el núcleo de mi corazón, mi única hija?" Y Aladino lanzó un gran suspiro y vertió abundantes lágrimas; luego dijo: "¡Oh rey del tiempo, no lo sé!" Y le dijo el sultán: "¡Escúchame bien! No quiero pedirte que restituyas tu maldito palacio; pero sí te ordeno que me devuelvas a mi hija. Y si no lo haces al instante o si no quieres decirme qué ha sido de ella, ¡por mi cabeza, que haré que te corten la cabeza!" Y en el límite de la emoción, Aladino bajó los ojos y reflexionó durante una hora de tiempo. Luego levantó la cabeza, y dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡ninguno escapa a su destino! ¡Y si mi destino es que se me corte la cabeza por un crimen que no he cometido, ningún poder logrará salvarme! Sólo te pido, pues, antes de morir, un plazo de cuarenta días para hacer las pesquisas necesarias con respecto a mi esposa bienamada, que ha desaparecido con el palacio mientras yo estaba de caza y sin que pudiera sospechar cómo ha sobrevenido esta calamidad: te lo juro por la verdad de nuestra fe y los méritos de nuestro señor Mohamed (¡con él la plegaria y la paz!)".

El sultán contestó: "Está bien; te concederé lo que me pides. ¡Pero has de saber que, pasado ese plazo, nada podrá salvarte de entre mis manos si no me traes a mi hija! ¡Porque sabré apoderarme de ti y castigarte, sea donde sea el paraje de la tierra en que te ocultes!"

Al oír estas palabras Aladino salió de la presencia del sultán, y muy cabizbajo atravesó el palacio en medio de los dignatarios, que se apenaban mucho al reconocerle y verle tan demudado por la emoción y el dolor. Y llegó ante la muchedumbre y empezó a preguntar, con torvos ojos: "¿Dónde está mi palacio? ¿Dónde está mi esposa?" Y cuantos le veían y oían se dijeron: "¡El pobre ha perdido la razón! ¡El haber caído en desgracia con el sultán y la proximidad de la muerte le han vuelto loco!"

Al ver que ya sólo era para todo el mundo un motivo de compasión, Aladino se alejó rápidamente, sin que nadie tuviese corazón para seguirle. Y salió de la ciudad, y comenzó a errar por el campo, sin saber lo que hacía...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 768ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 768ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y salió de la ciudad, y comenzó a errar por el campo, sin saber lo que hacía. Y de tal suerte llegó a orillas de un gran río, presa de la desesperación, y diciéndose: "¿Dónde hallarás tu palacio, Aladino, y a tu esposa Badrú'l-Budur, ¡oh pobre!? ¿A qué país desconocido irás a buscarla, si es que está viva todavía? ¿Y acaso sabes siquiera cómo ha desaparecido?" Y con el alma oscurecida por estos pensamientos, y sin ver ya más que tinieblas y tristeza delante de sus ojos, quiso arrojarse al agua y ahogar allí su vida y su dolor. ¡Pero en aquel momento se acordó de que era un musulmán, un creyente, un puro! Y dió fe de la unidad de Alah y de la misión de Su Enviado. Y reconfortado con su acto de fe y su abandono a la voluntad del Altísimo, en lugar de arrojarse al agua se dedicó a hacer sus abluciones para la plegaria de la tarde. Y se puso en cuclillas a la orilla del río y cogió agua en el hueco de las manos y se puso a frotarse los dedos y las extremidades. Y he aquí que, al hacer estos movimientos, frotó el anillo que le había dado en la cueva el maghrebín. Y en el mismo momento apareció el efrit del anillo, que se prosternó ante él, diciendo "¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor del anillo en la tierra, en el aire y en el agua!" Y Aladino reconoció perfectamente, por su aspecto repulsivo y por su voz aterradora, al efrit que en otra ocasión hubo de sacarle del subterráneo. Y agradablemente sorprendido por aquella aparición, que estaba tan lejos de esperarse en el estado miserable en que se encontraba, interrumpió sus abluciones y se irguió sobre ambos pies, y dijo al efrit: "¡Oh efrit del anillo, oh compasivo, oh excelente! ¡Alah te bendiga y te tenga en su gracia! Pero apresúrate a traerme mi palacio y mi esposa, la princesa Badrú'l-Budur!" Pero el efrit del anillo le contestó: "¡Oh dueño del anillo! ¡lo que me pides no está en mi facultad, porque en la tierra, en el aire y en el agua yo sólo soy servidor del anillo! ¡Y siento mucho no poder complacerte en esto, que es de la competencia del servidor de la lámpara! ¡A tal fin, no tienes más que dirigirte a ese efrit, y él te complacerá!"

Entonces Aladino, muy perplejo, le dijo: "¡En ese caso, ¡oh efrit del anillo! y puesto que no puedes mezclarte en lo que no te incumbe, transportando aquí el palacio de mi esposa, por las virtudes del anillo a quien sirves te ordeno que me transportes a mí mismo al paraje de la tierra en que se halla mi palacio, y me dejes, sin hacerme sufrir sacudidas, debajo de las ventanas de mi esposa, la princesa Badrú'l-Budur!"

Apenas había formulado Aladino esta petición, el efrit del anillo contestó con el oído y la obediencia, y en el tiempo que se tarda solamente en cerrar un ojo y abrir un ojo, le transportó al fondo del Maghreb, en medio de un jardín magnífico, donde se alzaba, con su hermosura arquitectural, el palacio de Badrú'l-Budur. Y le dejó con mucho cuidado debajo de las ventanas de la princesa, y desapareció.

Entonces, a la vista de su palacio, sintió Aladino dilatársele el corazón y tranquilizársele el alma y refrescársele los ojos. Y de nuevo entraron en él la alegría y la esperanza. Y de la misma manera que está preocupado y no duerme quien confía una cabeza al vendedor de cabezas cocidas al horno, así Aladino, a pesar de sus fatigas y sus penas, no quiso descansar lo más mínimo. Y se limitó a elevar su alma hacia el Creador para darle gracias por sus bondades y reconocer que sus designios son impenetrables para las criaturas limitadas. Tras de lo cual se puso muy en evidencia debajo de las ventanas de su esposa Badrú'l-Budur.

Y he aquí que, desde que fué arrebatada con el palacio por el mago maghrebín, la princesa tenía la costumbre de levantarse todos los días a la hora del alba, y se pasaba el tiempo llorando y las noches en vela, poseída de tristes pensamientos en su dolor por verse separada de su padre y de su esposo bienamado, además de todas las violencias de que la hacía víctima el maldito maghrebín, aunque sin ceder ella. Y no dormía, ni comía, ni bebía. Y aquella tarde, por decreto del destino, su servidora había entrado a verla para distraerla. Y abrió una de las ventanas de la sala de cristal, y miró hacia fuera, diciendo: "¡Oh mi señora! ¡ven a ver cuán hermosos están los árboles y cuán delicioso es el aire esta tarde!" Luego lanzó de pronto un grito, exclamando: "¡Ya setti, ya setti! ¡He ahí a mi amo Aladino, he ahí a mi amo Aladino! ¡Está bajo las ventanas del palacio! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 769ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 769ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Ya setti, ya setti ! ¡He ahí a mi amo Aladino, he ahí a mi amo Aladino! ¡Está bajo las ventanas del palacio!"

Al oír estas palabras de su servidora, Badrú'l-Budur se precipitó a la ventana, y vió a Aladino, el cual la vió también. Y casi enloquecieron ambos de alegría. Y fué Badrú'l-Budur la primera que pudo abrir la boca, y gritó a Aladino: "¡Oh querido mío! ¡ven pronto, ven pronto! ¡mi servidora va a bajar para abrirte la puerta secreta! ¡Puedes subir aquí sin temor! ¡El mago maldito está ausente por el momento!" Y cuando la servidora le hubo abierto la puerta secreta, Aladino subió al aposento de su esposa y la recibió en sus brazos. Y se besaron, ebrios de alegría, llorando y riendo. Y cuando estuvieron un poco calmados se sentaron uno junto al otro, y Aladino dijo a su esposa: "¡Oh Badrú'l-Budur! ¡antes de nada tengo que preguntarte qué ha sido de la lámpara de cobre que dejé en mi cuarto sobre una mesilla antes de salir de caza!" Y exclamó la princesa: "¡Oh! ¡querido mío, esa lámpara precisamente es la causa de nuestra desdicha! ¡Pero todo ha sido por mi culpa, sólo por mi culpa!" Y contó a Aladino cuanto había ocurrido en el palacio desde su ausencia, y cómo, por reírse de la locura del vendedor de lámparas, había cambiado la lámpara de la mesilla por una lámpara nueva, y todo lo que ocurrió después, sin olvidar un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y concluyó diciendo: "Y sólo después de transportarnos aquí con el palacio es cuando el maldito maghrebín ha venido a revelarme que, por el poder de su hechicería y las virtudes de la lámpara cambiada, consiguió arrebatarme a tu afecto con el fin de poseerme. ¡Y me dijo que era maghrebín y que estábamos en Maghreb, su país!"

Entonces Aladino, sin hacerle el menor reproche, le preguntó: "¿Y qué desea hacer contigo ese maldito?" Ella dijo: "Viene una vez al día, nada más, a hacerme una visita, y trata por todos los medios de seducirme. ¡Y como está lleno de perfidia, para vencer mi resistencia no ha cesado de afirmarme que el sultán te había hecho cortar la cabeza por impostor, y que, al fin y al cabo, no eras más que el hijo de una pobre gente, de un miserable sastre llamado Mustafá, y que sólo a él debías la fortuna y los honores de que disfrutabas! Pero hasta ahora no ha recibido de mí, por toda respuesta, más que el silencio del desprecio y que le vuelva la espalda. ¡Y se ha visto obligado a retirarse siempre con las orejas caídas y la nariz alargada! ¡Y a cada vez temía yo que recurriese a la violencia! Pero hete aquí ya. ¡Loado sea Alah!"

Y Aladino le dijo: "Dime ahora ¡oh Badrú'l-Budur! en qué sitio del palacio está escondida, si lo sabes, la lámpara que consiguió arrebatarme ese maldito maghrebín". Ella dijo: "Nunca la deja en el palacio, sino que la lleva en el pecho continuamente. ¡Cuántas veces se la he visto sacar en mi presencia para enseñármela como un trofeo!"

Entonces Aladino le dijo: "¡Está bien! pero ¡por tu vida, que no ha de seguir enseñándotela mucho tiempo! ¡Para eso únicamente te pido que me dejes un instante sólo en esta habitación!" Y Badrú'l-Budur salió de la sala y fué a reunirse con sus servidoras.

Entonces Aladino frotó el anillo mágico que llevaba al dedo, y dijo al efrit que se presentó: "¡Oh efrit del anillo! ¿conoces las diversas especies de polvos soporíferos?" El efrit contestó: "¡Es lo que mejor conozco!" Aladino dijo: "¡En ese caso te ordeno que me traigas una onza de bang cretense, una sola toma del cual sea capaz de derribar a un elefante!" Y desapareció el efrit, pero para volver al cabo de un momento, llevando en los dedos una cajita, que entregó a Aladino, diciéndole: "¡Aquí tienes, ¡oh amo del anillo! bang cretense de la calidad más fina!" Y se fué.

Aladino llamó a su esposa Badrú'l-Budur, y le dijo. "¡Oh mi señora Badrú'l-Budur! si quieres que triunfemos de ese maldito maghrebín, no tienes más que seguir el consejo que voy a darte. ¡Y te advierto que el tiempo apremia, pues me has dicho que el maghrebín estaba a punto de llegar para intentar seducirte! ¡He aquí, pues, lo que tendrás que hacer!" Y le dijo: "¡Harás estas cosas, y le dirás estas otras cosas!" Y le dió amplias instrucciones respecto a la conducta que debía seguir con el mago. Y añadió: "En cuanto a mí, voy a ocultarme en este arca. ¡Y saldré en el momento oportuno!" Y le entregó la cajita de bang, diciendo: "¡No te olvides de lo que acabo de indicarte!" Y la dejó para ir a encerrarse en el arca.

Entonces la princesa Badrú'l-Budur, a pesar de la repugnancia que le producía desempeñar el papel consabido, no quiso perder la oportunidad de vengarse del mago, y se propuso seguir las instrucciones de su esposo Aladino. Se levantó, pues, y mandó a sus mujeres que la peinaran y la pusieran el tocado que sentaba mejor a su cara de luna, y se hizo vestir con el traje más hermoso de sus arcas. Luego se ciñó el talle con un cinturón de oro incrustado de diamantes, y se adornó el cuello con un collar de perlas dobles de igual tamaño, excepto la de en medio, que tenía el volumen de una nuez; y en las muñecas y en los tobillos se puso pulseras de oro con pedrerías que casaban maravillosamente con los colores de los demás adornos. Y perfumada y semejante a una hurí, se miró enternecida en su espejo, mientras sus mujeres maravillábanse de su belleza y prorrumpían en exclamaciones de admiración. Y se tendió perezosamente en los almohadones, esperando la llegada del mago...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 770ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 770ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y se tendió perezosamente en los almohadones, esperando la llegada del mago.

No dejó éste de ir a la hora anunciada. Y la princesa, contra lo que acostumbraba, se levantó en honor suyo, y con una sonrisa le invitó a sentarse junto a ella en el diván. Y el maghrebín, muy emocionado por aquel recibimiento, y deslumbrado por el brillo de los hermosos ojos que le miraban y por la belleza arrebatadora de aquella princesa tan deseada, sólo se permitió sentarse al borde del diván por cortesía y deferencia. Y la princesa, siempre sonriente, le dijo: "¡Oh mi señor! no te asombres de verme hoy tan cambiada, porque mi temperamento, que por naturaleza es muy refractario a la tristeza, ha acabado por sobreponerse a mi pena y a mi inquietud. Y además, he reflexionado sobre tus palabras con respecto a mi esposo Aladino, y ahora estoy convencida de que ha muerto a causa de la terrible cólera de mi padre el rey.

¡Lo que está escrito ha de ocurrir! Y mis lágrimas y mis pesares no darán vida a un muerto. Por eso he renunciado a la tristeza y al duelo y he resuelto no rechazar ya tus proposiciones y tus bondades. ¡Y ése es el motivo de mi cambio de humor!" Luego añadió: "¡Pero aun no te he ofrecido los refrescos de amistad!" Y se levantó, ostentando su deslumbradora belleza, y se dirigió a la mesa grande en que estaba la bandeja de los vinos y sorbetes, y mientras ella llamaba a una de sus servidoras para que sirviera la bandeja, echó un poco de bang cretense en la copa de oro que había en la bandeja. Y el maghrebín no sabía cómo darle gracias por sus bondades. Y cuando se acercó la doncella con la bandeja de los sorbetes, cogió él la copa y dijo a Badrú'l-Budur: "¡Oh princesa! ¡por muy deliciosa que sea esta bebida no podrá refrescarme tanto como la sonrisa de tus ojos!" Y tras de hablar así se llevó la copa a los labios y la vació de un solo trago, sin respirar. ¡Pero al instante fué a caer sobre el tapiz con la cabeza antes que con los pies, a las plantas de Badrú'l-Budur!

Al ruido de la caída Aladino lanzó un inmenso grito de triunfo y salió del armario para correr en seguida hacia el cuerpo inerte de su enemigo. Y se precipitó sobre él, le abrió la parte superior del traje y le sacó del pecho la lámpara que estaba allí escondida. Y se encaró con Badrú'l-Budur, que acudía a besarle en el límite de la alegría, y le dijo: "¡Te ruego que me dejes solo otra vez! ¡Porque ha de terminarse hoy todo!" Y cuando se alejó Badrú'l-Budur, frotó la lámpara en el sitio que sabía, y al punto vió aparecer al efrit de la lámpara, quien, después de la fórmula acostumbrada, esperó la orden. Y Aladino le dijo: "¡Oh efrit de la lámpara! ¡por las virtudes de esta lámpara que sirves, te ordeno que transportes este palacio, con todo lo que contiene, a la capital del reino de la China, situándolo exactamente en el mismo lugar de donde lo quitaste para traerlo aquí! ¡Y hazlo de manera que el transporte se efectúe sin conmoción, sin contratiempos y sin sacudidas!" Y el genni contestó: "¡Oír es obedecer!" Y desapareció. Y en el mismo momento, sin tardar más tiempo del que se necesita para cerrar un ojo y abrir un ojo, se hizo el transporte, sin que nadie lo advirtiera; porque apenas si se hicieron sentir dos ligeras agitaciones, una al salir y otra a la llegada.

Entonces Aladino, después de comprobar que el palacio estaba en realidad frente por frente al palacio del sultán, en el sitio que ocupaba antes, fué en busca de su esposa Badrú'l-Budur, y la besó mucho, y le dijo: "¡Ya estamos en la ciudad de tu padre! ¡Pero, como es de noche, más vale que esperemos a mañana por la mañana para ir a anunciar al sultán nuestro regreso! Por el momento, no pensemos más que en regocijarnos con nuestro triunfo y con nuestra reunión, ¡oh Badrú'l-Budur!" Y como desde la víspera Aladino aun no había comido nada, se sentaron ambos y se hicieron servir por los esclavos una comida suculenta en la sala de las noventa y nueve ventanas cruzadas. Luego pasaron juntos aquella noche en medio de delicias y dicha.

Al día siguiente salió de su palacio el sultán para ir, según su costumbre, a llorar por su hija en el paraje donde no creía encontrar más que las zanjas de los cimientos. Y muy entristecido y dolorido, echó una ojeada por aquel lado, y se quedó estupefacto al ver ocupado de nuevo el sitio del meidán por el palacio magnífico, y no vacío, como él se imaginaba. Y en un principio creyó que sería efecto de la niebla o de algún ensueño de su espíritu inquieto, y se frotó los ojos varias veces. Pero como la visión subsistía siempre, ya no pudo dudar de su realidad, y sin preocuparse de su dignidad de sultán echó a correr agitando los brazos y lanzando gritos de alegría, y atropellando a guardias y porteros subió la escalera de alabastro sin tomar aliento, no obstante su edad, y entró en la sala de la bóveda de cristal con noventa y nueve ventanas, en la cual precisamente esperaban su llegada, sonriendo, Aladino y Badrú'l-Budur. Y al verle se levantaron ambos y corrieron a su encuentro. Y besó él a su hija, derramando lágrimas de alegría y en el límite de la ternura; y ella también...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 771ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 771ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y besó a su hija, derramando lágrimas de alegría y en el límite de la ternura; y ella también. Y cuando pudo abrir la boca y articular una palabra, dijo: "¡Oh hija mía! veo con asombro que no se te ha demudado el rostro ni se te ha puesto la tez más amarilla, a pesar de todo lo sucedido desde el día en que te vi por última vez! ¡Sin embargo, ¡oh hija de mi corazón! debes haber sufrido mucho, y no habrás visto sin alarmas y terribles angustias cómo te transportaban de un sitio a otro con todo el palacio! ¡Porque, nada más que con pensarlo, yo mismo me siento invadido por el temblor y el espanto! ¡Date prisa, pues, ¡oh hija mía! a explícame el motivo de tan escaso cambio en tu fisonomía, y a contarme, sin ocultarme nada, cuanto te ha ocurrido desde el comienzo hasta el fin!"

Badrú'l-Budur contestó: "¡Oh padre mío! has de saber que si se me ha demudado tan poco el rostro es porque ya he ganado lo que había perdido con mi alejamiento de ti y de mi esposo Aladino. Pues la alegría de volver a encontraros a ambos me devuelve mi frescura y mi color de antes. Pero he sufrido y he llorado mucho, tanto por verme arrebatada a tu afecto y al de mi esposo bienamado, como por haber caído en poder de un maldito mago maghrebín, que es el causante de todo lo que ha sucedido, y que me decía cosas desagradables y quería seducirme después de raptarme. ¡Pero todo fué por culpa de mi atolondramiento, que me impulsó a ceder a otro lo que no me pertenecía!" Y en seguida contó a su padre toda la historia con los menores detalles, sin olvidar nada. Pero no hay ninguna utilidad en repetirla. Y cuando acabó de hablar, Aladino, que no había abierto la boca hasta entonces, se encaró con el sultán, estupefacto hasta el límite de la estupefacción, y le mostró, detrás de una cortina, el cuerpo inerte del mago, que tenía la cara toda negra por efecto de la violencia del bang, y le dijo: "¡He aquí al impostor, causante de nuestra pasada desdicha y de mi caída en desgracia! ¡Pero Alah le ha castigado!"

Al ver aquello, el sultán, enteramente convencido de la inocencia de Aladino, le besó muy tiernamente oprimiéndole contra su pecho y le dijo: "¡Oh hijo mío Aladino! ¡no me censures con exceso por mi conducta para contigo, y perdóname los malos tratos que te infligí! ¡Porque merece alguna excusa el afecto que experimento por mi hija única Badrú'l-Budur, y bien sabes que el corazón de un padre está lleno de ternura, y que hubiese preferido yo perder todo mi reino antes que un cabello de la cabeza de mi hija bienamada!" Y contestó Aladino: "Verdaderamente, tienes excusa, ¡oh padre de Badrú'l-Budur! porque sólo el afecto que sientes por tu hija, a la cual creías perdida por mi culpa, te hizo usar conmigo procedimientos enérgicos. Y no tengo derecho a reprocharte de ninguna manera. Porque a mí me correspondía prevenir las asechanzas pérfidas de ese infame mago y tomar precauciones contra él. ¡Y no te darás cuenta bien de toda su malicia hasta que, cuando tenga tiempo, te relate yo la historia de cuanto me ocurrió con él!"

Y el sultán besó a Aladino una vez más, y le dijo: "En verdad ¡oh Aladino! que es absolutamente preciso que busques ocasión de contarme todo eso. ¡Pero aun es más urgente desembarazarse ya del espectáculo de ese cuerpo maldito que yace inanimado a nuestros pies, y regocijarnos juntos con tu triunfo!" Y Aladino dió orden a sus efrits jóvenes de que se llevaran el cuerpo del maghrebín y lo quemaran en medio de la plaza del meidán sobre un montón de estiércol y echaran las cenizas en el hoyo de la basura. Lo cual se ejecutó puntualmente en presencia de toda la ciudad reunida, que se alegraba de aquel castigo merecido y de la vuelta del emir Aladino a la gracia del sultán.

Tras de lo cual, por medio de los pregoneros, que iban seguidos por tañedores de clarinetes, de timbales y de tambores, el sultán hizo anunciar que daba libertad a los presos en señal de regocijo público; y mandó repartir muchas limosnas a los pobres y a los menesterosos. Y por la noche hizo iluminar toda la ciudad, así como su palacio y el de Aladino y Badrú'l-Budur. Y así fué cómo Aladino, merced a la bendición que llevaba consigo, escapó por segunda vez a un peligro de muerte. Y aquella misma bendición debía aún salvarle por tercera vez, como vais a saber, ¡oh oyentes míos!

En efecto, hacía ya algunos meses que Aladino estaba de regreso y llevaba con su esposa una vida feliz bajo la mirada enternecida y vigilante de su madre, que entonces era una dama venerable de aspecto imponente, aunque desprovista de orgullo y de arrogancia, cuando la esposa del joven entró un día, con rostro un poco triste y dolorido, en la sala de la bóveda de cristal, donde él estaba casi siempre para disfrutar la vista de los jardines, y se le acercó, y le dijo: "¡Oh mi señor Aladino! Alah, que nos ha colmado con sus favores a ambos, hasta el presente me ha negado el consuelo de tener un hijo. Porque ya hace bastante tiempo que estamos casados y no siento fecundadas por la vida mis entrañas. ¡Vengo, pues, a suplicarte que me permitas mandar venir al palacio a una santa vieja llamada Fatmah, que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días, y a quien todo el mundo venera por las curaciones y alivios que proporciona y por la fecundidad que otorga a las mujeres sólo con la imposición de sus manos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 772ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 772ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Vengo, pues, a suplicarte que me permitas mandar venir al palacio a una santa vieja llamada Fatmah, que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días, y a quien todo el mundo venera por las curaciones y alivios que proporciona y por la fecundidad que otorga a las mujeres sólo con la imposición de sus manos!"

Aladino, que no quería contrariar a su esposa Badrú'l-Budur, no puso ninguna dificultad para acceder a su deseo, y dió orden a cuatro eunucos de que fueran en busca de la vieja santa y la llevaran al palacio. Y los eunucos ejecutaron la orden y no tardaron en regresar con la santa vieja, que iba con el rostro cubierto por un velo muy espeso y con el cuello rodeado por un inmenso rosario de tres vueltas que le bajaba hasta la cintura. Y llevaba en la mano un gran báculo, sobre el cual apoyaba su marcha vacilante por la edad y las prácticas piadosas. Y en cuanto la vió la princesa salió vivamente a su encuentro, y le besó la mano con fervor, y le pidió su bendición. Y la santa vieja, con acento muy digno, invocó para ella las bendiciones de Alah y sus gracias, y pronunció en su favor una larga plegaria, con el fin de pedir a Alah que prolongase y aumentase en ella la prosperidad y la dicha y satisficiese sus menores deseos. Y Badrú'l-Budur la rogó que se sentara en el sitio de honor en el diván, y le dijo: "¡Oh santa de Alah! ¡te agradezco tus buenas intenciones y tus plegarias! ¡Y como sé que Alah no ha de negarte nada de lo que le pidas, espero de su bondad, por intercesión tuya, lo que es el más ferviente anhelo de mi alma!"

La santa contestó: "¡Yo soy la más humilde de las criaturas de Alah; pero El es el Omnipotente, el Excelente! ¡No tengas miedo, pues, ¡oh mi señora Badrú'l-Budur! a formular lo que anhele tu alma!" Y Badrú'l-Budur se puso muy colorada, y bajó la voz, y con acento muy ardiente dijo: "¡Oh santa de Alah! ¡deseo de la generosidad de Alah tener un hijo! ¡Dime qué tengo que hacer para eso y qué beneficios y qué buenas acciones habré de llevar a cabo para merecer semejante favor! ¡Habla! ¡Estoy dispuesta a todo para obtener ese bien, que lo estimo en más que mi propia vida! ¡Y para demostrarte mi gratitud, yo te daré, en cambio, cuanto puedas anhelar y desear, no para ti, que ya sé ¡oh madre de todos nosotros! que te hallas al abrigo de las necesidades de las criaturas débiles, sino para alivio de los infortunados y de los pobres de Alah!"

Al oír estas palabras de la princesa Badrú'l-Budur, los ojos de la santa, que hasta entonces habían permanecido bajos, se abrieron y se iluminaron tras el velo con un brillo extraordinario, e irradió su rostro cual si tuviese fuego dentro, y todas sus facciones expresaron el sentimiento de un éxtasis de júbilo. Y miró a la princesa durante un momento sin pronunciar ni una palabra; luego tendió los brazos hacia ella, y le hizo en la cabeza la imposición de las manos, moviendo los labios como si rezase una plegaria entre dientes, y acabó por decirle: "¡Oh hija mía! ¡oh mi señora Badrú'l-Budur! ¡los santos de Alah acaban de dictarme el medio infalible de que debes valerte para ver habitar en tus entrañas la fecundidad! ¡Pero ¡oh hija mía! entiendo que ese medio es muy difícil, si no imposible, de emplear, porque se necesita un poder sobrehumano para realizar los actos de fuerza y valor que reclama!" Y al oír estas palabras la princesa Badrú'l-Budur no pudo reprimir más su emoción, y se arrojó a los pies de la santa, rodeándola las rodillas con sus brazos, y le dijo: "¡Por favor, ¡oh madre nuestra! ¡indícame ese medio, sea cual sea, pues nada resulta imposible de realizar para mi esposo bienamado, el emir Aladino! ¡Ah! ¡habla, o a tus pies moriré de deseo reconcentrado!"

Entonces la santa levantó un dedo en el aire, y dijo: "Hija mía, para que la fecundidad penetre en ti es necesario que cuelgues en la bóveda de cristal de esta sala un huevo del pájaro rokh, que habita en la cima más alta del monte Cáucaso. ¡Y la contemplación de ese huevo, que mirarás todo el tiempo que puedas durante días y días, modificará tu naturaleza íntima y removerá el fondo inerte de tu maternidad! ¡Y eso es lo que tenía que decirte, hija mía!" Y Badrú'l-Budur exclamó: "¡Por mi vida, ¡oh madre nuestra! que no sé cuál es el pájaro rokh, ni jamás vi huevos suyos; pero no dudo de que Aladino podrá al instante procurarme uno de esos huevos fecundantes, aunque el nido de esa ave esté en la cima más alta del monte Cáucaso!"

Luego quiso retener a la santa, que se levantaba ya para marcharse, pero ésta le dijo: "No, hija mía; déjame ahora marcharme a aliviar otros infortunios y dolores más grandes todavía que los tuyos. ¡Pero mañana ¡inschalah! yo misma vendré a visitarte y a saber noticias tuyas, que son preciosas para mí" Y no obstante todos los esfuerzos y ruegos de Badrú'l-Budur, que, llena de gratitud, quería hacerle don de varios collares y otras joyas de valor inestimable, no quiso detenerse un momento más en el palacio, y se fué como había ido, rehusando todos los regalos.

Algunos momentos después de partir la santa, Aladino fué al lado de su esposa y la besó tiernamente, como lo hacía siempre que se ausentaba, aunque fuese por un instante; pero le pareció que tenía ella un aspecto muy distraído y preocupado; y le preguntó la causa con mucha ansiedad...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 773ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 773ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero le pareció que tenía ella un aspecto muy distraído y preocupado; y le preguntó la causa con mucha ansiedad. Entonces le dijo Sett Badrú'l-Budur, sin tomar aliento: "¡Seguramente moriré si no tengo lo más pronto posible un huevo del pájaro rokh, que habita en la cima más alta del monte Cáucaso!" Y al oír estas palabras Aladino se echó a reír, y dijo: "¡Por Alah, ¡oh mi señora Badrú'l-Budur! si no se trata más que de obtener ese huevo para impedir que mueras, refresca tus ojos! ¡Pero para que yo lo sepa, dime solamente qué piensas hacer con el huevo de ese pájaro!"

Y Badrú'l-Budur contestó: "¡Es la santa vieja quien acaba de prescribirme que lo mire, como remedio soberanamente eficaz contra la esterilidad de la mujer! ¡Y quiero tenerlo para colgarlo del centro de la bóveda de cristal de la sala de las noventa y nueve ventanas!" Y Aladino contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh mi señora Badrú'l-Budur! ¡al instante tendrás ese huevo de rokh!"

Al punto dejó a su esposa y fué a encerrarse en su aposento. Y se sacó del pecho la lámpara mágica, que llevaba siempre consigo desde el terrible peligro que hubo de correr por culpa de su negligencia, y la frotó. Y en el mismo momento se apareció ante él el efrit de la lámpara, pronto a ejecutar sus órdenes. Y Aladino le dijo: "¡Oh excelente efrit, que me obedeces merced a las virtudes de la lámpara que sirves! ¡te pido que al instante me traigas, para colgarlo del centro de la bóveda de cristal, un huevo del gigantesco pájaro rokh, que habita en la cima más alta del monte Cáucaso!"

Apenas Aladino había pronunciado estas palabras, el efrit se convulsionó de manera espantosa, y le llamearon los ojos, y lanzó ante Aladino un grito tan amedrentador, que se conmovió el palacio en sus cimientos, y como una piedra disparada con honda, Aladino fué proyectado contra el muro de la sala de un modo tan violento, que por poco entra su longitud en su anchura. Y le gritó el efrit con su voz poderosa de trueno:

"¿Cómo te atreves a pedirme eso, miserable Adamita? ¡Oh el más ingrato entre las gentes de baja condición! ¡he aquí que ahora, no obstante los servicios que te presté con todo el oído y con toda la obediencia, tienes la osadía de ordenarme que vaya a buscar al hijo del rokh, mi amo supremo, para colgarle en la bóveda de tu palacio! ¿Ignoras, insensato, que yo y la lámpara y todos los genni servidores de la lámpara somos esclavos del gran rokh, padre de los huevos?

¡Ah! ¡suerte tienes con estar bajo la salvaguardia de la lámpara que sirvo, y con llevar al dedo ese anillo lleno de virtudes saludables! ¡De no ser así, ya hubiera entrado tu longitud en tu anchura!"

Y dijo Aladino, estupefacto e inmóvil contra el muro: "¡Oh efrit de la lámpara! ¡por Alah, que no es mía esta petición, sino que se la sugirió a mi esposa Badrú'l-Budur la santa vieja, madre de la fecundación y curadora de la esterilidad!"

Entonces se calmó de repente el efrit y recobró su acento acostumbrado para con Aladino, y le dijo: "¡Ah! ¡lo ignoraba! ¡Ah! ¡está bien! ¿conque es esa criatura la que aconsejó el atentado? ¡Puedes alegrarte mucho, Aladino, de no haber tenido la menor participación en ello! ¡Pues has de saber que por ese medio se quería obtener tu destrucción y la de tu esposa y la de tu palacio! La persona a quien llamas santa vieja no es santa ni vieja, sino un hombre disfrazado de mujer. Y ese hombre no es otro que el propio hermano del maghrebín, tu enemigo exterminado. Y se asemeja a su hermano como media haba se asemeja a su hermana.

Y cierto es el proverbio que dice: "¡El hermano menor de un perro es más inmundo que su hermano mayor, porque la posteridad de un perro siempre está bastardeándose!" Y ese nuevo enemigo, a quien no conoces, todavía está más versado en la magia y en la perfidia que su hermano mayor. Y cuando, por medio de las operaciones de su geomancia, se enteró de que su hermano había sido exterminado por ti y quemado por orden del sultán, padre de tu esposa Badrú'l-Budur, determinó vengarle en todos vosotros, y vino desde Maghreb aquí disfrazado de vieja santa para llegar hasta este palacio. ¡Y consiguió introducirse en él y sugerir a tu esposa esa petición perniciosa, que es el mayor atentado que se puede realizar contra mi amo supremo el rokh!

Te prevengo, pues, acerca de sus proyectos pérfidos, a fin de que los puedas evitar. ¡Uassalam!" Y tras de haber hablado así a Aladino, desapareció el efrit.

Entonces Aladino, en el límite de la cólera, se apresuró a ir a la sala de las noventa y nueve ventanas en busca de su esposa Badrú'l-Budur. Y sin revelarle nada de lo que el efrit acababa de contarle, le dijo: "¡Oh Badrú'l-Budur, ojos míos! Antes de traerte el huevo del pájaro rokh es absolutamente necesario que oiga yo con mis propios oídos a la santa vieja que te ha recetado ese remedio. ¡Te ruego, pues, que envíes a buscarla con toda urgencia, y que, con pretexto de que no la recuerdas exactamente, le hagas repetir su prescripción, mientras yo estoy escondido detrás del tapiz!" Y contestó Badrú'l-Budur: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y al punto envió a buscar a la santa vieja.

En cuanto ésta hubo entrado en la sala de la bóveda de cristal, y cubierta siempre con su espeso velo que le tapaba la cara, se acercó a Badrú'l-Budur...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 774ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 774ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... En cuanto ésta hubo entrado en la sala de la bóveda de cristal, y cubierta siempre con su espeso velo que le tapaba la cara, se acercó a Badrú'l-Budur, Aladino salió de su escondite, abalanzándose a ella con el alfanje en la mano, y antes de que ella pudiese decir: "¡Bem!", de un solo tajo le separó la cabeza de los hombros.

Al ver aquello, exclamó Badrú'l-Budur, aterrada: "¡Oh mi señor Aladino! ¡qué atentado acabas de cometer!" Pero Aladino se limitó a sonreír, y por toda respuesta se inclinó, cogió por el mechón central la cabeza cortada, y se la mostró a Badrú'l-Budur. Y en el límite de la estupefacción y del horror, vió ella que la tal cabeza, excepto el mechón central, estaba afeitada como la de los hombres, y que tenía el rostro prodigiosamente barbudo. Y sin querer asustarla más tiempo, Aladino le contó la verdad con respecto a la presunta Fatmah, falsa santa y falsa vieja, y concluyó: "¡Oh Badrú'l-Budur! ¡demos gracias a Alah, que nos ha librado por siempre de nuestros enemigos!" Y se arrojaron ambos en brazos uno de otro, dando gracias a Alah por sus favores.

Y desde entonces vivieron una vida feliz con la buena vieja, madre de Aladino, y con el sultán, padre de Badrú'l-Budur. Y tuvieron dos hijos hermosos como la luna. Y a la muerte del sultán, reinó Aladino en el reino de la China. Y de nada careció su dicha hasta la llegada inevitable de la Destructora de delicias y Separadora de amigos.

Después de contar así esta historia, Schehrazada dijo: "¡Y esto es ¡oh rey afortunado! cuanto sé acerca de Aladino y de la Lámpara Mágica! ¡Pero Alah es más sabio!"

Y dijo el rey Schahriar: "Admirable es esa historia, Schehrazada".

"En este caso, ¡oh rey! permite a tu esclava Schehrazada que te cuente la HISTORIA DE KAMAR Y DE LA EXPERTA HALIMA".

Y el rey Schahriar exclamó: "¡Desde luego, Schehrazada!"

Pero ella sonrió y contestó: "Está bien ¡oh rey! Pero antes, para revelarte el valor que tiene la admirable virtud de la paciencia y hacerte esperar, sin cólera contra tu servidora, la suerte llena de felicidad que Alah destina a tu raza por mediación mía, quiero contarte en seguida lo que nos transmitieron nuestros padres los Antiguos sobre el medio de adquirir LA VERDADERA CIENCIA DE LA VIDA..."

Y dijo el rey: "¡Oh hija de mi visir! date prisa a indicarme el medio de hacer esa adquisición. Pero ¡oh Schehrazada! ¿cuál es la suerte que Alah, por mediación tuya, destina a mi raza, si no tengo posteridad?"

Y dijo Schehrazada: "¡Permite ¡oh rey! a tu servidora Schehrazada que no te hable todavía de lo que ha pasado de misterioso en las veinte noches de silencio que tu bondad le ha concedido para reposar de una indisposición, y durante las cuales se ha revelado a tu servidora el esplendor de tu destino!" Y sin añadir nada más a este respecto, Schehrazada, la hija del visir, dijo:


LA PARABOLA DE LA VERDADERA CIENCIA DE LA VIDA[editar]

Cuentan que en una ciudad entre las ciudades, donde se enseñaban todas las ciencias, vivía un joven que era hermoso y estudioso. Y aunque nada faltara a la felicidad de su vida, le poseía el deseo de aprender siempre más. Un día, merced al relato de un mercader viajero, le fué revelado que en cierto país muy lejano existía un sabio que era el hombre más santo del Islam y que él solo poseía tanta ciencia, sabiduría y virtud como todos los sabios del siglo reunidos. Y se enteró de que aquel sabio, a pesar de su fama, ejercía sencillamente el oficio de herrero, que su padre y su abuelo habían ejercido antes que él. Y cuando hubo oído estas palabras entró en su casa, cogió sus sandalias, su alforja y su báculo, y abandonó inmediatamente su ciudad y sus amigos, y se encaminó al país lejano en que vivía el santo maestro, con objeto de ponerse bajo su dirección y adquirir un poco de su ciencia y de su sabiduría. Y anduvo durante cuarenta días y cuarenta noches, y después de muchos peligros y fatigas, gracias a la seguridad que escribióle Alah, llegó a la ciudad del herrero.

Al punto fué al zoco de los herreros y se presentó a aquel cuya tienda le habían indicado todos los transeúntes. Y luego de besarle la orla del traje, se mantuvo de pie delante de él en actitud de respeto. Y el herrero, que era un hombre de edad, con el rostro marcado por la bendición, le preguntó: "¿Qué deseas, hijo mío?" El otro contestó: "¡Aprender ciencia!" Y el herrero, por toda respuesta, le puso entre las manos la cuerda del fuelle de fragua y le dijo que tirara. Y el nuevo discípulo contestó con el oído y la obediencia, y al punto se puso a estirar y aflojar la cuerda del fuelle, sin interrupción, desde el momento de su llegada hasta la puesta del sol. Y al día siguiente se dedicó al mismo trabajo, así como los días posteriores, durante semanas, meses y todo un año, sin que nadie en la fragua, ni el maestro ni los numerosos discípulos, cada uno de los cuales tenía una tarea tan ruda como la suya, le dirigiesen una sola vez la palabra, y sin que nadie se quejase ni siquiera murmurase de aquel duro trabajo silencioso. Y de tal suerte pasaron cinco años. Y un día el discípulo se aventuró muy tímidamente a abrir la boca, y dijo: "¡Maestro!" Y el herrero interrumpió su trabajo. Y en el límite de la ansiedad, hicieron lo mismo todos los discípulos. Y el herrero, en medio del silencio de la fragua, se encaró con el joven, y le preguntó: "¿Qué quieres?"

El otro dijo: "¡Ciencia!" Y el herrero dijo: "¡Tira de la cuerda!" Y sin pronunciar una palabra más, reanudó el trabajo de la fragua. Y transcurrieron otros cinco años, durante los cuales, desde por la mañana hasta por la noche, el discípulo tiró de la cuerda del fuelle sin interrupción y sin que nadie le dirigiese la palabra ni una sola vez. Pero cuando alguno de los discípulos tenía necesidad de un informe acerca de algo, le estaba permitido escribir la demanda y presentársela al maestro por la mañana al entrar en la fragua. Y sin leer nunca el escrito, el maestro lo arrojaba al fuego de la fragua o se lo metía entre los pliegues del turbante. Si arrojaba al fuego el escrito, sin duda era porque la demanda no merecía respuesta. Pero si colocaba el papel en el turbante, el discípulo que se lo había presentado encontraba por la noche la respuesta del maestro escrita con caracteres de oro en la pared de su celda.

Cuando transcurrieron diez años, el viejo herrero se acercó al joven y le tocó en el hombro. Y por primera vez, desde hacía diez años, soltó el joven la cuerda del fuelle de fragua. Y descendió a él una gran alegría. Y el maestro le habló, diciendo: "Hijo mío, ya puedes volver a tu país y a tu morada llevando en tu corazón toda la ciencia del mundo y de la vida. ¡Pues todo eso adquiriste al adquirir la virtud de la paciencia!"

Y le dió el beso de paz. Y el discípulo regresó iluminado a su país, entre sus amigos; y vió claro en la vida.

Y exclamó el rey Schahriar: "¡Oh Schehrazada! ¡cuán admirable es esa parábola! ¡Y cómo me da que pensar!" Y por un instante permaneció absorto en sus pensamientos. Luego añadió: "¡Date prisa ahora ¡oh Schehrazada! a contarme la historia de Kamar y de la experta Halima!"

Pero Schehrazada dijo: "¡Permíteme ¡oh rey! que todavía retrase el relato de esa historia, porque esta noche no se siente mi espíritu inclinado a ella, y permíteme empezar antes la historia más amable, más lozana y más pura que conozco!"

Y dijo el rey: "Desde luego, ¡oh Schehrazada! estoy dispuesto a escucharte, porque también mi espíritu esta noche se inclina a las cosas amables. ¡Y además, esa espera me hará aprovechar la parábola de la paciencia!"

Entonces dijo Schehrazada:


FARIZADA LA DE SONRISA DE ROSA[editar]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado, oh dotado de buenas maneras! que en los días de antaño, hace ya mucho tiempo -pero Alah es el único sabio-, había un rey de Persia llamado Khosrú Schah, a quien el Retribuidor había dotado de poderío, de juventud y de hermosura, y en cuyo corazón hubo de poner tal sentimiento de la justicia, que, bajo su reinado, el tigre y la cabra marchaban uno al lado de otra y bebían en el mismo arroyo. Y aquel rey, al que le gustaba cerciorarse por sus propios ojos de cuanto pasaba en la ciudad de su trono, tenía costumbre de pasearse de noche, disfrazado de mercader extranjero, en compañía de su visir o de alguno de los dignatarios de su palacio.

Una noche en que daba una vuelta por un barrio de gente pobre, al pasar por cierta callejuela escuchó unas voces jóvenes que se dejaban oír al final de la tal calleja. Y se acercó, con su acompañante, a la humilde morada de donde partían las voces, y aplicando un ojo a una rendija de la puerta miró adentro. Y divisó, sentadas sobre una estera en torno de una luz, a tres jóvenes que hablaban después de la comida. Y aquellas tres jóvenes, que parecíanse como pueden parecerse tres hermanas, eran perfectamente bellas. Y la más joven era visiblemente, y con mucho, la más bella.

Y decía la primera: "Mi deseo, puesto que se trata de manifestar un deseo, sería, hermanas mías, llegar a ser la esposa del repostero del sultán. Porque ya sabéis cuánto me gustan los manjares de repostería, sobre todo esos admirables y delicados y deliciosos bocados de hojaldre que se llaman “bocados del sultán”. ¡Y para hacerlos a punto no hay como el repostero jefe del sultán! ¡Ah hermanas mías! ¡qué envidia me tendríais entonces al ver cómo ese régimen de repostería fina redondearía mis formas con grasa blanca, y me embellecería, y me afirmaría el color!"

Y decía la segunda: "Yo, hermanas mías, no soy tan ambiciosa. Me contentaría sencillamente con llegar a ser la esposa del cocinero del sultán. ¡Ah! ¡cómo lo deseo! ¡Eso me permitiría satisfacer mis apetitos reconcentrados en todo el tiempo que llevo anhelando probar tantos manjares extraordinarios que sólo en palacio se comen! ¡Especialmente hay, entre otras cosas, ciertas bandejas de cohombros rellenos y cocidos al horno, que nada más que con verlos pasar en la cabeza de los que los llevan los días de festines dados por el sultán, siento mi corazón lleno todo de emoción! ¡Oh! ¡Lo que yo comería de ese plato! ¡Sin embargo, no me olvidaría de convidaros alguna vez, si mi esposo el cocinero me lo permitiera; pero creo que no me lo permitiría!"

Y cuando hubieron manifestado así sus deseos las dos hermanas, se encararon con su hermana pequeña, que guardaba silencio, y le preguntaron, burlándose de ella: "Y tú, ¡oh pequeñuela! ¿qué deseas? ¿Y por qué bajas los ojos y no dices nada? ¡Pero no te apures, que nosotras te prometemos, para cuando tengamos los esposos que preferimos, tratar de casarte con algún palafrenero del sultán o con algún otro dignatario de la misma categoría, a fin de que siempre estés cerca de nosotras! Habla, ¿en qué piensas?"

Y confusa y ruborizada, la pequeña contestó con una vez dulce como agua de manantial: "¡Oh hermanas mías!" Y no pudo decir más. Y riéndose de su timidez, las dos jóvenes la acosaron a preguntas y bromas hasta que la decidieron a hablar. Y sin levantar los ojos, dijo la menor: "¡Oh hermanas mías! ¡yo desearía llegar a ser la esposa de nuestro amo el sultán! Y le daría una posteridad bendita. Y los hijos que Alah hiciera nacer de nuestra unión serían dignos de su padre. Y la hija que me gustaría tener ante mi vista sería una sonrisa del cielo mismo: ¡sus cabellos serían de oro por un lado y de plata por otro; sus lágrimas, cuando llorara, serían un gotear de perlas; sus risas, cuando riera, serían dinares de oro tintineantes, y sus sonrisas, cuando solamente sonriera, serían otros tantos botones de rosa que abriesen en sus labios!"

¡Eso fué todo!

Y el sultán Khosrú y su visir veían y oían. Pero temiendo que les advirtiesen, se decidieron a alejarse sin enterarse de más. Y en extremo divertido, Khosrú Schah sintió nacer en su alma el prurito de satisfacer los tres deseos; y sin comunicar ni por asomo su propósito a su acompañante, le dió orden de que se fijara bien en la casa para ir a ella al día siguiente por las tres jóvenes y llevárselas a palacio. Y el visir contestó con el oído y la obediencia, y al día siguiente se apresuró a ejecutar la orden del sultán, llevándole a su presencia las tres hermanas.

El sultán, que estaba sentado en su trono, les hizo con la cabeza y con los ojos una seña que quería decir: "¡Acercaos!" Y se acercaron ellas, temblorosas, enredándose en sus pobres trajes de tela grosera; y el sultán les dijo con una sonrisa de bondad: "La paz sea con vosotras, ¡oh jóvenes! ¡Estamos en el día de vuestro destino y en el que se realizará vuestro deseo! ¡Y conozco el tal deseo, ¡oh jóvenes! porque nada hay oculto para los reyes! Tú, la primera, verás cumplido tu deseo, y el repostero mayor será tu esposo hoy mismo. ¡Y tú, la segunda, tendrás por esposo a mi cocinero mayor!" Y habiendo hablado así, se detuvo el rey, y encaróse con la más pequeña, la cual, en extremo emocionada, sentía paralizársele el corazón y estaba a punto de desplomarse en la alfombra. Y se irguió él sobre ambos pies, y cogiéndole de la mano la hizo sentarse junto a él en el lecho del trono, diciéndole: "¡Eres la reina! ¡Y este palacio es tu palacio, y yo soy tu esposo!"

Y efectivamente, aquel mismo día se celebraron las bodas de las tres hermanas, las de la sultana con un esplendor sin precedentes, y las de la esposa del cocinero y la esposa del repostero con arreglo al ceremonial acostumbrado en matrimonios vulgares. Así es que en el corazón de las dos hermanas mayores penetraron la envidia y el odio; y desde aquel momento proyectaron la perdición de su hermana pequeña. Sin embargo, tuvieron buen cuidado de no dejar transparentar sus sentimientos lo más mínimo, y aceptaron con gratitud fingida las muestras de afecto que no cesó de prodigarles su hermana la sultana, quien; en contra de las costumbres reales, las admitía en su intimidad, a pesar de su linaje oscuro. Y lejos de sentirse satisfechas de la dicha que Alah les proporcionaba, experimentaban, en presencia de su hermana menor, las peores torturas del odio y de la envidia.

Y de tal suerte pasaron nueve meses, al cabo de los cuales, con ayuda de Alah, la sultana dió a luz un hijo príncipe, hermoso como el cuarto creciente de la luna nueva. Y las dos hermanas mayores, que, a petición de la sultana, la asistían al parto y actuaban de comadronas, lejos de conmoverse por las bondades de su hermana menor para con ellas y por la belleza del recién nacido, encontraron al fin la ocasión que buscaban de destrozar el corazón de la joven madre. Cogieron pues, al niño, mientras la madre aun era presa de los dolores del parto, le pusieron en un cesto de mimbre, que escondieron por el pronto, y le reemplazaron con un pequeño perro muerto, que presentaron a todas las mujeres de palacio, haciéndole pasar por el fruto del alumbramiento de la sultana. Y al saber esta noticia, el sultán Khosrú Schah vió ennegrecerse el mundo ante su vista; y en el límite de la pena fué a encerrarse en sus aposentos, negándose a despachar los asuntos del reino. Y la sultana quedó sumida en la aflicción, y sintió su alma humillada y su corazón destrozado.

En cuanto al recién nacido, le abandonaron sus tías en el cesto a la corriente del agua del canal que pasaba al pie del palacio. Y quiso la suerte que el intendente de los jardines del sultán, que se paseaba a lo largo del canal, divisase el cesto que flotaba en el agua. Y lo atrajo al borde del canal con ayuda de una azada, lo examinó y descubrió al hermoso niño. Y experimentó igual asombro que el de la hija del Faraón al ver a Moisés en los cañaverales.

Y he aquí que hacía largos años que estaba casado el intendente de los jardines y anhelaba tener uno, dos o tres niños que bendijeran a su Creador. Pero hasta entonces no fueron tomados en consideración por el Altísimo sus deseos y los de su esposa. Y sufrían ambos con el estéril aislamiento en que tenían que vivir. Así es que cuando el intendente de los jardines descubrió aquel niño, de belleza sin par, le cogió con el cesto, y en el límite de la alegría corrió hasta el final del jardín, en donde estaba su casa, y entró en el aposento de su mujer, y le dijo con voz emocionada: "La paz sea contigo, ¡oh hija del tío! ¡He aquí el don que nos hace el Generoso en este día bendito! Sea este niño que te traigo nuestro hijo, como hijo es del Destino".

Y le contó cómo le había hallado flotando en el cesto sobre el agua del canal; y le afirmó que Alah era quien se lo enviaba, premiando por fin de esta manera la constancia de sus plegarias. Y la esposa del intendente de los jardines tomó al niño y le prohijó.

¡Gloria a Alah, que ha llevado al seno de las mujeres estériles el sentimiento de la maternidad, como ha infundido en el corazón de las gallinas desgraciadas el deseo de empollar los guijarros...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 775ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 775ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... ¡Gloria a Alah, que ha llevado al seno de las mujeres estériles el sentimiento de la maternidad, como ha infundido en el corazón de las gallinas desgraciadas el deseo de empollar los guijarros!

Y he aquí que al año siguiente la pobre madre privada tan impíamente del fruto de su fecundidad, parió, con permiso del Donador, otro hijo más hermoso que el anterior. Pero las dos hermanas espiaban el parto con ojos llenos de interés por fuera y de odio por dentro; y sin tener para su hermana y el recién nacido más piedad que la primera vez, se apoderaron del niño a escondidas y le echaron al canal en un cesto, como habían hecho con el mayor. Y exhibieron por todo el palacio un pequeño gato, proclamando que acababa de parirlo la sultana. Y la consternación entró en los corazones. Y sin duda alguna, en el límite de la vergüenza, el sultán habríase dejado llevar de la rabia y del furor si no practicase en su alma la virtud de la humildad ante los decretos de la insondable justicia. Y la sultana quedó sumida en la amargura y la desolación, y su corazón lloró todas las lágrimas de los dolores.

Pero viendo al niño, Alah, que vela por el destino de los pequeñuelos, le puso a la vista del intendente, que se paseaba a orillas del canal. Y como la vez primera, el intendente le salvó de las aguas, y se lo llevó a su esposa, que le quiso como si fuese su propio hijo, y le crió con los mismos cuidados que al primero.

Y he aquí que, a fin de que no fuesen frustrados siempre los deseos de Sus Creyentes, Alah puso la fecundidad en el vientre de la sultana, que parió por tercera vez. Pero entonces dió a luz una princesa. Y las dos hermanas, cuyo odio, lejos de saciarse, les había hecho proyectar la perdición irremisible de su hermana menor, hicieron sufrir a la niña el mismo trato. Pero fué recogida por el intendente de corazón compasivo, como los dos príncipes hermanos suyos, con los cuales se crió, educó y se vió atendida.

Pero aquella vez, cuando las dos hermanas, después de realizado su proyecto, exhibieron, en lugar de la niña recién nacida, una pequeña rata ciega, el sultán, a pesar de toda su magnanimidad, no pudo contenerse por más tiempo, y exclamó: "¡Alah maldice mi raza por culpa de la mujer con quien me he casado! ¡Escogí un monstruo para madre de mi posteridad! ¡Sólo la muerte podrá librar de él a mi morada!" Y pronunció la sentencia de muerte de la sultana, y mandó a su portaalfanje que cumpliera su misión. Pero cuando vió bañada en lágrimas ante él y presa de un dolor sin límites a la que su corazón había amado, el sultán sintió que se apoderaban de él una gran piedad. Y volviendo la cabeza, ordenó que la alejaran y la encerraran para el resto de sus días en una mazmorra en lo último del palacio. Y dejó de verla desde aquel momento, abandonándola a sus lágrimas. Y la pobre madre hubo de conocer todos los dolores de la tierra.

Y las dos hermanas gozaron todas las alegrías del odio satisfecho, y pudieron saborear sin amargura en adelante los manjares y reposterías que confeccionaban sus esposos.

Pasaron los días y los años con igual rapidez sobre la cabeza de los inocentes que sobre la cabeza de los culpables, llevando a unos y a otros lo que les tenía deparado su destino, y he aquí que cuando llegaron a la adolescencia los tres hijos adoptivos del intendente de los jardines, se convirtieron en un deslumbramiento de los ojos. Y se llamaban: el mayor Farid, el segundo Faruz y la niña Farizada, y era Farizada una sonrisa del cielo mismo. Sus cabellos eran de oro por un lado y de plata por otro; sus lágrimas, cuando lloraba, eran un gotear de perlas; sus risas, cuando reía, eran dinares de oro tintineantes, y sus sonrisas, botones de rosa abriendo en sus labios bermejos.

Por eso, cuantos se acercaban a ella, así su padre como su madre y sus hermanos, no podían por menos, cuando la llamaban por su nombre, diciendo: "¡Farizada!" de añadir: "¡la de sonrisa de rosa!"; pero lo más frecuente era que la llamasen sencillamente "La de sonrisa de rosa". Y todos se maravillaban de su belleza, de su sabiduría, de su amabilidad, de su destreza en los ejercicios cuando montaba a caballo para acompañar a sus hermanos en la caza, tirar con el arco y lanzar la barra o la azagaya; de la elegancia de sus maneras, de sus conocimientos en poesía y en ciencias ocultas y del esplendor de su cabellera, que era de oro por un lado y de plata por otro. Y al verla tan hermosa, a la par que tan perfecta, las amigas de su madre lloraban de emoción.

Y así fué como crecieron los pequeñuelos del intendente de los jardines del rey. Y aquel hombre no tardó en llegar a la última vejez, rodeado del afecto y del respeto de los niños y con los ojos refrescados por su hermosura. Y pronto precedióle en la misericordia del Retribuidor su esposa, que ya había vivido lo que le correspondía de vida. Y aquella muerte fué para todos ellos causa de tanto pesar y tanta pena, que el intendente no pudo determinarse a habitar por más tiempo en la casa donde la difunta fué el manantial de su serenidad y de su dicha. Y se arrojó a los pies del sultán y le suplicó que se dignase relevarle de las funciones que llevaba a cabo entre sus manos desde hacía largos años. Y el sultán, muy apenado por el alejamiento del servidor tan fiel, accedió a su petición con mucho sentimiento. Y no le dejó partir hasta que le hubo hecho don de un magnífico dominio próximo a la ciudad, con grandes dependencias de tierras laborables, de bosques y praderas, con un palacio ricamente amueblado, con un jardín de arte perfecto trazado por el propio intendente y con un parque de vasta extensión cercado por altas murallas y poblado con pájaros de todos colores y animales salvajes y domésticos.

Allá se fué aquel hombre de bien a vivir retirado con sus hijos adoptivos. Y allá, rodeado de sus cuidados afectuosos, finó en la paz de su Señor. ¡Alah le tenga en su compasión! Y le lloraron sus hijos adoptivos como jamás se lloró a padre alguno. Y se llevó con él, bajo la losa que no se abre, el secreto del nacimiento de los niños, del cual, por otra parte, sólo estaba enterado a medias. Y en aquel dominio maravilloso continuaron viviendo los dos adolescentes en compañía de su hermana menor. Y como se les había hecho observar los principios de la honradez y la sencillez, no tenían otro anhelo ni otra ambición que continuar, durante toda su existencia, viviendo en aquella unión perfecta y en medio de aquella existencia tranquila.

Farid y Faruz iban de caza con frecuencia a los bosques y praderas que circundaban sus dominios. Y a Farizada la de sonrisa de rosa le gustaba sobre todo recorrer sus jardines. Y un día, cuando se disponía a ir allá, como tenía por costumbre, fueron sus esclavas a decirle que una buena vieja de rostro señalado por la bendición solicitaba la merced de descansar una hora o dos a la sombra de aquellos hermosos jardines. Y Farizada, cuyo corazón era tan compasivo como hermosa su alma y bello su rostro, quiso recibir por sí misma a la buena vieja. Y le ofreció de comer y beber, y le presentó una fuente de porcelana con hermosas frutas, reposterías, confituras secas y confituras en su jugo. Tras de lo cual la llevó a sus jardines, sabedora de que siempre es provechoso hacer compañía a las personas de experiencia y oír las palabras que dicta la sabiduría.

Y se pasearon juntas por los jardines. Y Farizada la de sonrisa de rosa ayudaba a andar a la buena vieja. Y llegadas que fueron ambas al árbol más hermoso de los jardines, Farizada la hizo sentarse a la sombra de aquel hermoso árbol. Y en el transcurso de la conversación acabó por preguntar a la vieja qué le parecía el sitio en que estaba y si lo encontraba de su agrado.

Entonces, tras de reflexionar una hora de tiempo, la vieja levantó la cabeza y contestó: "En verdad ¡oh mi señora! que me he pasado la vida recorriendo las tierras de Alah, a lo ancho y a lo largo, y nunca descansé en un sitio más delicioso. ¡Pero, ¡oh mi señora! ya que eres única en la tierra, como la luna y el sol lo son en el cielo, quisiera que tuvieses en este hermoso jardín, a fin de que también fuese único en su especie, las tres cosas incomparables que le faltan!" Y Farizada la de sonrisa de rosa quedó extremadamente asombrada al saber que a su jardín le faltaban tres cosas incomparables, y dijo a la vieja: "¡Por favor, mi buena madre, date prisa a decirme, para que yo lo sepa, cuáles son esas tres cosas incomparables que ignoro!" Y contestó la vieja: ";0h mi señora! para corresponder a la hospitalidad que acabas de ejercer con corazón tan compasivo para una vieja desconocida, voy a revelarte la existencia de esas tres cosas".

Se calló un instante todavía; luego dijo:

"Has de saber, pues, ¡oh mi señora! que, si en estos jardines se hallara la primera de esas tres cosas incomparables, vendrían a mirarla todos los pájaros de estos jardines, y al verla, cantarían a coro. Porque ruiseñores y pinzones, alondras y currucas, jilgueros y tórtolas, ¡oh mi señora! y todas las especies infinitas de los pájaros, reconocerían la supremacía de su hermosura. ¡Y es ¡oh mi señora! Bulbul el-Hazar, el Pájaro que habla!

"Si tuvieras en tus jardines la segunda de esas cosas incomparables, ¡oh mi señora! la brisa que hace cantar a los árboles de estos jardines se detendría para escucharla; y los laúdes y las arpas y las guitarras de estas moradas verían romperse sus cuerdas. Porque la brisa que hace cantar a los árboles de los jardines, los laúdes y las arpas y las guitarras ¡oh mi señora! reconocen la supremacía de su hermosura. ¡Y es el Árbol que canta! Pues ni la brisa en los árboles, ¡oh mi señora! ni los laúdes, ni las arpas, ni las guitarras producen una armonía comparable al concierto de las mil bocas invisibles que hay en las hojas del Árbol que canta.

"Y si tuvieras en tus jardines la tercera de estas cosas incomparables, ¡oh mi señora! todas las aguas de estos jardines detendrían su rumoroso curso y la contemplarían. Porque todas las aguas, las de la tierra y las de los mares, las de los jardines, reconocen la supremacía de su hermosura. ¡Y es el Agua Color de Oro! Pues si en un estanque vacío ¡oh mi señora! se vierte solamente una gota de esa agua, se hincha y crece, multiplicándose en surtidores de oro, y no cesa de brotar y caer, sin que el estanque se desborde nunca. Y con esa agua toda de oro y transparente como el topacio transparente, es con la que gusta de aplacar su sed Bulbul el-Hazar, el Pájaro que habla; y en esa agua toda de oro y tan fresca como fresco es el topacio, es en la que gustan de remojarse las mil bocas invisibles del Árbol de hojas cantarinas ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 776ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 776ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... las mil bocas invisibles del Árbol de hojas cantarinas".

Y tras de hablar así, añadió la vieja: "¡Oh mi señora, oh princesa! si tuvieras en tus jardines esas cosas maravillosas, exaltarían tu belleza, ¡oh propietaria de una cabellera de esplendor!"

Cuando Farizada la de sonrisa de rosa hubo oído estas palabras de la vieja, exclamó: "¡Oh rostro de bendición, madre mía, cuán admirable es todo eso! ¡Pero no me has dicho en qué lugar se hallan esas tres cosas incomparables!" Y contestó la vieja, incorporándose para marcharse: "¡Oh mi señora! esas tres maravillas, dignas de tus ojos, se encuentran en un paraje situado hacia los confines de la India. Y el camino que allá conduce pasa precisamente por detrás de este palacio que habitas. Si quieres, pues, enviar allí a alguno para que te las busque, no tienes más que decirle que siga ese camino durante veinte días, y al vigésimo día pregunte al primer transeúnte con quien se encuentre: «¿Dónde están el Pájaro que habla, el Árbol que canta y el Agua Color de Oro?» Y el transeúnte no dejará de informarle acerca del particular. ¡Y pluguiera a Alah remunerar tu alma generosa con la posesión de esas cosas creadas para tu belleza! Uassalam, ¡oh bienhechora, oh bendita!"

Y tras de hablar así, la vieja acabó de envolverse en sus velos, y se retiró murmurando bendiciones.

Ya había desaparecido la anciana, cuando Farizada, vuelta del ensueño en que teníala sumida la revelación de aquellas cosas tan extraordinarias, quiso llamarla de nuevo y correr en pos de ella para pedirle informes más precisos acerca del lugar que las encubría y de los medios para llegar allí. Pero al ver que era demasiado tarde, se puso a repetir palabra por palabra las escasas indicaciones que había oído, a fin de no olvidarse de nada. Y con ello sentía crecer en su alma el deseo irresistible de poseer o solamente de ver tales maravillas, por mucho que procurara no pensar más en ellas. Y empezó a recorrer entonces las avenidas de sus jardines y los rincones familiares que le eran tan queridos; pero le parecieron exentos de encanto y pletóricos de aburrimiento; y encontró inoportunas las voces de sus pájaros, que saludaban al pasar.

Y Farizada la de sonrisa de rosa se puso muy triste y lloró caminando por las avenidas. Y las lágrimas que derramaba dejaban en la arena tras ella un reguero de gotas de sus ojos cuajadas en perlas.

Entretanto regresaron de la caza sus hermanos Farid y Faruz, y como no encontraron a su hermana Farizada en el bosque de los jardines, donde, por lo general, esperaba su vuelta, apenáronse por aquella negligencia y dedicáronse a buscar a la joven. Y sobre la arena de las avenidas vieron las perlas cuajadas de sus ojos, y se dijeron: "¡Oh qué triste está nuestra hermana! ¿Y qué motivo de pena habrá anidado en su alma para hacerla llorar así?" Y siguieron sus huellas, guiados por las perlas de las avenidas, y la hallaron bañada en lágrimas en el fondo de la espesura. Y corrieron a ella y la besaron y la acariciaron para calmar su alma querida. Y le dijeron: "¡Oh hermana Farizada! ¿dónde están las rosas de tu alegría y el oro de tu buen humor? Respóndenos, ¡oh hermana!"

Farizada les sonrió, porque les quería; y en sus labios nació de pronto un leve botón de rosa enrojecido; y les dijo: "¡Oh hermanos míos!" Y no se atrevió a decir más, muy avergonzada de su primer deseo. Y ellos le dijeron: "¡Oh Farizada la de sonrisa de rosa, oh hermana nuestra! ¿qué emociones desconocidas turban así tu alma? ¡Cuéntanos tus penas, si es que no dudas de nuestro cariño!" Y Farizada, decidiéndose por fin a hablar, les dijo: "¡Oh hermanos míos! ¡ya no me gustan mis jardines!" Y rompió a llorar, y de sus ojos desbordaron las perlas. Y como ellos callaron, inquietos y entristecidos por noticia tan grave, les dijo: "¡Oh! ¡ya no me gustan mis jardines! ¡Les falta el Pájaro que habla, el Árbol que canta y el Agua Color de Oro!"

Y dejándose arrastrar de pronto por la intensidad de su deseo, Farizada contó sin interrupción a sus hermanos la visita de la buena vieja, y con acento excitado en extremo, les explicó en qué consistía la excelencia del Pájaro que habla, del Árbol que canta y del Agua Color de Oro.

Cuando la hubieron escuchado, sus hermanos llegaron al límite del asombro, y le dijeron: "¡Oh bienamada hermana nuestra! calma tu alma y refresca tus ojos. Porque aunque esas cosas estuvieran en la inaccesible cima de la montaña Kaf, iríamos a conquistarlas para ti. Pero para facilitar nuestras pesquisas, ¿podrás decirnos solamente en qué lugar nos es posible encontrarlas?" Y Farizada, muy ruborosa de haber expresado así su primer deseo, les explicó lo que sabía con respecto al paraje en que debían hallarse aquellas cosas Y añadió: "¡Eso, y nada más, es cuanto sé!" Y exclamaron a la vez ambos hermanos: "¡Oh hermana nuestra! ¡vamos a partir en busca de esas cosas!" Pero ella les gritó asustada: "¡Oh, no! ¡oh, no! ¡No partáis!"

Farid, el mayor, dijo: "Tu deseo está por encima de nuestra cabeza y de nuestros ojos, ¡oh Farizada! Pero a quien corresponde realizarlo es sólo a mí, que soy el mayor. ¡Todavía está ensillado mi caballo, y me conducirá sin cansarse a los confines de la India, donde se hallan esas tres maravillas, que he de traerte, si Alah quiere!" Y encaróse con su hermano Faruz, y le dijo: "Tú, hermano mío, te quedarás aquí para velar por nuestra hermana durante mi ausencia. ¡Porque no conviene que la dejemos completamente sola en la casa!" Y corrió en aquel mismo instante en busca de su caballo, saltó a lomos del bruto, e inclinándose, besó a su hermano Faruz y a su hermana Farizada, la cual le dijo toda desolada: "¡Oh hermano mayor! por favor abandona ese viaje lleno de peligros, y apéate del caballo. ¡Antes que sufrir con tu ausencia prefiero no ver ni poseer nunca al Pájaro que habla, al Árbol que canta y al Agua Color de Oro!" Pero Farid le dijo, volviéndola a besar: "¡Oh hermana mía! desecha tus temores, pues mi ausencia no será de larga duración, y con ayuda de Alah no me ocurrirá ningún contratiempo ni nada enfadoso en este viaje. ¡Y además, con objeto de que no te atormente la inquietud durante mi ausencia, toma este cuchillo que te confío!" Y se sacó del cinturón un cuchillo que tenía el mango incrustado con las primeras perlas vertidas por los ojos de Farizada en la niñez, y sé lo entregó, diciendo: "Este cuchillo ¡oh Farizada! te dará cuenta de mi estado. Sácalo de la vaina de cuando en cuando, y examina la hoja. Si la ves tan limpia y brillante como está en este momento, será prueba de que sigo con vida y lleno de salud; pero si la ves empañada y mohosa, has de saber que me ha ocurrido un grave contratiempo o que estoy cautivo; y si ves que gotea sangre, ¡ten la certeza de que ya no me cuento entre los vivos! ¡Y en ese caso, tú y mi hermano invocaréis para mí la compasión del Altísimo!" Dijo, y sin querer escuchar más, partió al galope de su caballo por el camino que conducía a la India.

Durante veinte días y veinte noches viajó por soledades en que no había más presencia que la de la hierba verde y la de Alah. Y al vigésimo día de su viaje llegó a cierta pradera al pie de una montaña.

Y en aquella pradera había un árbol. Y a la sombra de aquel árbol estaba sentado un jeique muy viejo. Y el rostro de aquel jeique tan viejo desaparecía por completo bajo sus largos cabellos, bajo los mechones de sus cejas y bajo los pelos de una barba que era prodigiosa y blanca como la lana recién cardada. Y sus brazos y sus piernas eran de una delgadez extremada. Y sus manos y sus pies terminaban en uñas de una longitud extraordinaria Y con la mano izquierda desgranaba un rosario, en tanto que la mano derecha la tenía inmóvil a la altura de su frente, con el índice levantado, con arreglo al rito, para atestiguar la Unidad del Altísimo. Y era, a no dudar, un viejo asceta retirado del mundo quién sabe desde qué tiempos desconocidos.

Y como precisamente él era el primer hombre con quien se encontraba en aquel vigésimo día de su viaje, el príncipe Farid echó pie a tierra, y teniendo su caballo de la brida avanzó hasta el jeique, y le dijo: "La zalema contigo, ¡oh santo hombre!" Y el anciano le devolvió su zalema, pero con una voz tan apagada por el espesor de su bigote y de su barba, que el príncipe Farid no pudo percibir más que palabras ininteligibles.

Entonces el príncipe Farid, que sólo se había detenido para pedir informes sobre lo que iba a buscar tan lejos de su país, se dijo: "¡Es preciso que le entienda!" Y sacó de su zurrón de viaje unas tijeras, y dijo al jeique: "¡Oh venerable tío! ¡permíteme que te preste algunos cuidados, de los cuales no has tenido tiempo de ocuparte por ti mismo, sumido como estás sin cesar en pensamientos de santidad!" Y como el viejo jeique no opusiera negativa ni resistencia, Farid empezó a cortarle y a arreglar a su antojo la barba, el bigote, las cejas, los cabellos y las uñas, de modo y manera que el jeique quedó con ello rejuvenecido en veinte años por lo menos. Y tras de prestar este servicio al anciano, le dijo, como es costumbre entre los barberos: "¡Que te sirva de frescura y de delicia!"

Cuando el viejo jeique sintióse de tal suerte aliviado de cuanto le abrumaba el cuerpo, se mostró en extremo satisfecho, y sonrió al viajero. Luego le dijo, con voz más clara ya que la de un niño: "Alah haga descender sobre ti sus bendiciones ¡oh hijo mío! por el beneficio que este anciano te debe. ¡También yo, quienquiera que seas, ¡oh viajero de bien! estoy dispuesto a ayudarte con mis consejos y con mi experiencia!" Y Farid apresuróse a contestarle: "Vengo desde muy lejos en busca del Pájaro que habla, del Árbol que canta y del Agua Color de Oro. ¿Puedes decirme, pues, en qué lugar me será posible encontrarlos? ¿0 acaso no sabes nada de esas cosas?"

Al oír estas palabras del joven viajero, el jeique cesó de desgranar su rosario, de tan emocionado como se hallaba. Y no contestó. Y Farid le preguntó: "Mi buen tío ¿por qué no hablas? ¡Para que no se enfríe aquí mi caballo, date prisa a decirme si sabes lo que te pregunto o si no lo sabes!" Y acabó el jeique por decirle: "Ciertamente, ¡oh hijo mío! conozco el lugar en que se encuentran esas tres cosas y el camino que allá conduce. ¡Pero tan grande es a mis ojos el servicio que me has prestado, que no puedo decidirme a exponerte, en cambio, a los peligros terribles de semejante empresa!" Luego añadió: "¡Ah! ¡hijo mío, mejor será que te apresures a volver sobre tus pasos y a regresar a tu país!" Y dijo Farid, lleno de arrestos: "Mi buen tío, indícame únicamente el camino que tengo que seguir, y no te preocupes de lo demás. ¡Porque Alah me ha dotado de brazos que saben defender a su propietario!" Y preguntó con lentitud el jeique: "¿Pero cómo van a defenderte contra lo Invisible, ¡oh hijo mío! máxime cuando Los de lo Invisible son millares y millares?"

Farid meneó la cabeza y contestó: "No hay fuerza ni poder más que en Alah el Exaltado, ¡oh venerable jeique! ¡Al cuello llevo mi destino, y si lo rehuyera me perseguiría! ¡Dime, pues, ya que lo sabes, qué tengo que hacer! ¡Y con ello harás que te quede muy reconocido!"

Cuando el Anciano del Árbol vió que no podía disuadir de su propósito al joven viajero, metió la mano en un saco que llevaba colgado a la cintura y extrajo de él una bola de granito rojo ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 777ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 777ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Cuando el Anciano del Árbol vió que no podía disuadir de su propósito al joven viajero, metió la mano en un saco que llevaba colgado de la cintura y extrajo de él una bola de granito rojo. Y ofreció esta bola al viajero, diciéndole: "Ella te conducirá donde tiene que conducirte. Monta a caballo y arrójala delante de ti. Rodará y tú la seguirás hasta el paraje en que se pare. Entonces echarás pie a tierra y atarás tu caballo por la brida a esta bola, y el animal no se moverá del sitio en que le dejes hasta tu vuelta. Y treparás a esa montaña cuya cima se divisa desde aquí. Y a tu paso verás por todas partes grandes piedras negras, y oirás voces que no son las voces de los torrentes ni las de los vientos en los abismos, sino voces de Los de lo Invisible. Y te gritarán palabras que hielan la sangre de los hombres. Pero no las escuches. Porque si vuelves la cabeza, para mirar detrás de ti mientras te llaman tan pronto de cerca como de lejos, en el mismo instante te convertirás en una piedra negra semejante a las piedras negras de la montaña; pero si resistiendo a esa llamada llegas a la cima, encontrarás allí una jaula, y en la jaula al Pájaro que habla. Y le dirás «La zalema contigo, ¡oh Babul el-Hazar! ¿Dónde está el Árbol que canta? ¿Dónde está el Agua Color de Oro?» Y el Pájaro que habla te responderá: «¡Uassalam!"

Y tras de hablar así, el jeique lanzó un profundo suspiro. Y nada más.

Entonces Farid apresuróse a montar a caballo; y con todas sus fuerzas arrojó ante sí la bola. Y la bola de granito rojo rodó, rodó, rodó. Y al caballo de Farid, que era un relámpago entre los corredores, le costaba trabajo seguirla por entre las breñas que franqueaba, las zanjas que saltaba y los obstáculos que salvaba. Y continuó la bola rodando así, con una velocidad no interrumpida, hasta que tropezó con los primeros peñascos de la montaña. Entonces se detuvo.

Y el príncipe Farid se apeó del caballo, y enrolló la brida en la bola de granito. Y el caballo se inmovilizó sobre sus cuatro patas, y no se meneó más que si estuviese clavado al suelo.

Al punto el príncipe Farid comenzó a escalar la montaña. Y en un principio no oyó nada. Pero a medida que iba subiendo veía cubrirse el suelo de bloques de basalto negro que semejaban figuras humanas petrificadas. Y no sabía que eran los cuerpos de los jóvenes señores que le precedieron en aquellos lugares de desolación Y de pronto dejóse oír entre las rocas un grito, cual jamás en su vida lo había oído el príncipe, y que fué seguido de otros gritos, a derecha y a izquierda, que nada tenían de humano. Y no eran los aullidos de los vientos salvajes en las soledades, ni los mugidos de las aguas de los torrentes, ni el ruido de las cataratas que se despeñan en los abismos, pues eran las voces de Los de lo Invisible. Y decían unas: "¿Qué quieres? ¿Qué quieres?" Y decían otras: "¡Detenedle! ¡Matadle!" Y decían otras: "¡Empujadle! ¡Tiradle!" Y se burlaban de él otras, gritando: "¡Huy! ¡Huy! ¡Joven! ¡Joven! ¡Huy! ¡Huy! ¡Huy! i Ven! ¡Ven!"

Pero el príncipe Farid continuó subiendo constantemente, sin dejarse engañar por aquellas voces. Y tan numerosas y tan terribles hiciéronse las voces bien pronto, y su aliento le pasaba a veces tan cerca del rostro al joven, y resultaba tan espantoso aquel estrépito a derecha y a izquierda, por delante y por detrás, y eran tan amenazadoras, y tan apremiante hacíase su llamamiento, que, a pesar suyo el príncipe Farid tuvo una vacilación, y olvidando la advertencia del Anciano del Árbol, volvió la cabeza al sentir el aliento más fuerte de una de las veces. Y en el mismo momento resonó un espantoso aullido lanzado por millares de voces y seguido de un silencio prolongado. Y el príncipe Farid quedó convertido en piedra de basalto negro.

Y al pie de la montaña sucedióle lo propio al caballo, que hubo de quedar convertido en bloque informe. Y la bola de granito rojo de nuevo emprendió, rodando, el camino del Árbol del Anciano.

Y he aquí que aquel día, como tenía por costumbre, la princesa Farizada sacó el cuchillo de la vaina, que llevaba constantemente al cinto. Y se puso pálida y temblorosa al ver la hoja, limpia y brillante todavía la víspera, toda empañada y enmohecida entonces. Y desplomándose en los brazos del príncipe Faruz, que acudió al llamarle ella, exclamó: "¡Ah! ¿dónde estás, hermano mío? ¿Por qué te dejé partir? ¿Qué ha sido de ti en esos países extranjeros? ¡Desgraciada de mí! ¡Oh culpable Farizada, ya no te quiero!" Y los sollozos la sofocaban e hinchaban su pecho. Y el príncipe Faruz, no menos afligido que su hermana, se puso a consolarla; luego le dijo: "Lo pasado, pasado, ¡oh Farizada! pues todo lo que está escrito debe ocurrir. Ahora me toca a mí ir en busca de nuestro hermano, y traerte, al mismo tiempo, las tres cosas que han ocasionado el cautiverio a que debe estar él reducido en este momento. Y exclamó Farizada, suplicante: "No, no, por favor, no partas, si ha de ser para ir en busca de lo que ha deseado mi alma insaciable ¡Oh hermano mío! ¡si te ocurriera algún contratiempo moriría yo!" Pero estas quejas y lágrimas no disuadieron de su resolución al príncipe Faruz. Y montó a caballo, y después de decir adiós a su hermana le dió un rosario de perlas hecho con las segundas lágrimas que lloró Farizada en la niñez, y le dijo: "¡Si estas perlas ¡oh Farizada! cesaran de correr unas tras otras entre tus dedos y pareciera que estaban pegadas, sería señal de que había yo sufrido la misma suerte que nuestro hermano!" Y Farizada, muy triste, dijo, besándole: "¡Haga Alah, ¡oh bienamado hermano mío! que no sea así! ¡Y ojalá regreses a la morada con nuestro hermano mayor!" Y el príncipe Faruz emprendió a su vez el camino que conducía a la India.

Y al vigésimo día de su viaje encontró al Anciano del Árbol, que estaba sentado, como le había visto el príncipe Farid, con el índice de la mano derecha alzado a la altura de su frente. Y después de las zalemas, el anciano, al ser interrogado, informó al príncipe de la suerte de su hermano e hizo cuanto pudo para disuadirle de su propósito. Pero ,al ver que de nada servía su insistencia, le entregó la bola de granito rojo. Y ésta le condujo al pie de la montaña fatal.

Y el príncipe Faruz se aventuró resueltamente por la montaña, y a su paso alzáronse las voces, pero él no las escuchaba. Y no respondía a las injurias, a las amenazas y a los llamamientos. Y había ya llegado a la mitad de su ascensión, cuando de pronto oyó gritar tras él: "¡Hermano mío! ¡hermano mío! ¡no huyas de mí!" Y olvidando toda prudencia, Faruz se volvió al oír esta voz, y al instante quedó convertido en bloque de basalto negro.

Y desde su palacio, Farizada, que ni de día ni de noche abandonaba el rosario de perlas, y sin cesar pasaba las cuentas entre sus dedos, advirtió que no obedecían al movimiento que les imprimía ella, y vió que estaban pegadas unas a otras. Y exclamó: "¡Oh pobres hermanos míos, víctimas de mis caprichos! ¡iré a reunirme con vosotros!" Y reconcentró en sí misma todo su dolor, y sin perder el tiempo en lamentaciones inútiles se disfrazó de caballero, se armó, se equipó, y partió a caballo, emprendiendo igual camino que sus hermanos.

Y al vigésimo día se encontró con el viejo jeique sentado debajo del árbol al borde del camino. Y le saludó con respeto, y le dijo: "¡Oh santo anciano, padre mío! ¿no has visto pasar, con intervalos de veinte días, a dos señores jóvenes y hermosos que buscaban el Pájaro que habla, el Árbol que canta y el Agua Color de Oro?" Y el anciano contestó: "¡Oh mi señora Farizada, la de sonrisa de rosa! les he visto y les enseñé el camino. ¡Pero ¡ay! les han detenido en su empresa Los de lo Invisible, como antes que a ellos les sucedió a tantos otros señores!"

Al ver que el santo hombre la llamaba por su nombre, Farizada llegó al límite de la perplejidad, y el anciano le dijo: "¡Oh dueña del esplendor! no te engañaron quienes te han hablado de las tres cosas incomparables en cuya busca vinieron tantos príncipes y señores. ¡Pero no te han dicho los peligros que hay que arrostrar para intentar una aventura tan singular como la que tú persigues!" E hizo saber a Farizada todo lo que se exponía al ir en busca de sus hermanos y de las tres maravillas. Y Farizada dijo: "¡Oh santo hombre! ¡mi alma interior está toda turbada por tus palabras, porque es muy asustadiza! ¿Pero cómo voy a retroceder, si se trata de encontrar a mis hermanos? ¡Oh santo hombre! escucha el ruego de una hermana amante, e indícame los medios para librarles del encanto!" Y contestó el viejo jeique: "¡Oh Farizada, hija de rey! he aquí la bola de granito que te pondrá sobre su pista. Pero no podrás librarles hasta que te hayas apoderado de las tres maravillas. Y ya que expones tu alma sólo a causa del amor de tus hermanos, y no impulsada por el deseo de conquistar lo imposible, lo imposible será esclavo tuyo. Porque has de saber que ninguno entre los hijos de los hombres puede resistir al llamamiento de las voces de lo Invisible. Por eso, para vencer a lo Invisible, hay que prevenirse de maña contra ello, pues la fuerza es suya. ¡Y la maña de los hijos de los hombres vencerá a todas las fuerzas de lo Invisible!"

Cuando hubo hablado así, el Anciano del Árbol entregó la bola de granito rojo a Farizada; luego se sacó del cinturón una vedija de lana, y dijo: "¡Con esta ligera vedija de lana ¡oh Farizada! vencerás a todos Los de lo Invisible!" Y añadió: "Inclina hacia mí la gloria de tu cabeza, ¡oh Farizada !" Y ella inclinó hacia el Anciano su cabeza con cabellos de oro por un lado y de plata por otro. Y dijo el Anciano: "¡Con esta ligera vedija triunfe la hija de los hombres de las fuerzas de los que están en los aires y de todas las emboscadas de lo Invisible!" Y partiendo en dos la vedija, metió a Farizada cada mechón en una oreja, y con la mano le hizo seña de partir. Y Farizada dejó al Anciano, y arrojó con ímpetu la bola en dirección a la montaña.

Y cuando hubo llegado a las primeras rocas, y echado pie a tierra avanzó hacia la altura, y a su paso las voces alzáronse de entre los bloques de basalto negro con una algarabía espantosa. Pero ella apenas oía un vago rumor, sin entender ninguna palabra y sin percibir ningún llamamiento, y por consiguiente no experimentaba temor alguno. Y subió sin detenerse, aun cuando era muy delicada y sus pies no habían hollado nunca más que la fina arena de las avenidas. Y llegó sin desfallecer a la cima de la montaña. Y en medio de la explanada que había en la cumbre advirtió delante de ella una jaula de oro sobre un pedestal de oro. Y vió en la jaula al Pájaro que habla.

Y Farizada se dirigió a él, y echó mano a la jaula, exclamando: "¡Pájaro! ¡Pájaro! ¡Ya te tengo! ¡Ya te tengo! ¡Y no te escaparás!" Y al propio tiempo se quitó, arrojándolos lejos de sí, los tapones de lana inútiles a la sazón, que la habían hecho sorda a los llamamientos y a las amenazas de lo Invisible. Porque ya habían muerto todas las voces de lo Invisible y dormía en la montaña un gran silencio.

Y del seno de aquel gran silencio, en la transparente sonoridad, se elevó la voz del Pájaro que habla...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 779ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 779ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y del seno de aquel gran silencio, en la transparente sonoridad, se elevó la voz del Pájaro que habla. Y con todas las armonías que atesoraba en sí, decía cantando en su lengua de pájaro:


¿Cómo, cómo
¡Oh Farizada, Farizada,
La de sonrisa de rosa!
¡Ah, ah! - ¡Ah, ah!
¿Cómo podré
Tener ganas
¡Oh noche! ¡Los ojos!
de escapar?
¡Ah, ah! - ¡Oh noche!
¡Yo sé, yo sé
Mejor que tú, mejor que tú
Quién eres, quién eres,
Farizada, Farizada!
¡Ah, ah! - ¡Ah, ah!
¡Los ojos! ¡oh noche! ¡Los ojos!
Mejor que tú, sé yo
Quién eres, quién eres,
Quién eres, quién eres,
Farizada, Farizada!
¡Los ojos! ¡los ojos! ¡los ojos!
¡Farizada, Farizada!
¡Tu esclavo soy,
Tu esclavo fiel,
Farizada, Farizada!


Así cantó ¡oh laúdes! el Pájaro que habla. Y Farizada, entusiasmada hasta el límite del entusiasmo, olvidó con ello sus penas y fatigas; y cogiendo la palabra al milagroso Pájaro que acababa de declararse esclavo suyo, se apresuró a decirle: "¡Oh Bulbul el-Hazar, oh maravilla del aire! ¡si eres mi esclavo, demuéstralo, demuéstralo!"

Y para responder, cantó Bulbul:


¡Farizada, Farizada,
ordena, ordena!
¡Porque oírte, porque oírte, porque oírte,
para mí es obedecerte!


Entonces Farizada le dijo que tenía que pedirle varias cosas, y empezó por rogarle que primero le indicara dónde se encontraba el Árbol que canta. Y Bulbul le dijo con sus cánticos que se dirigiera a la otra vertiente de la montaña. Y Farizada se dirigió a la vertiente opuesta a la que había franqueado, y miró. Y vió en medio de aquella vertiente un árbol tan inmenso, que hubiera podido su sombra cobijar todo un ejército. Y se asombró ella con toda su alma, y no supo cómo tenía que arreglarse para desarraigar y llevarse el tal árbol. Y Bulmul, que veía su perplejidad, le expresó, cantando, que no tenía necesidad de desarraigar el añoso árbol, sino que bastaba con cortar la rama más pequeña y plantarla en donde le pareciera, viéndola al punto echar raíces y convertirse en un árbol tan hermoso como el que veía. Y Farizada dirigióse al Árbol, y oyó el canto que se exhalaba de él. ¡Y comprendió que se hallaba en presencia del Árbol que canta! Porque ni la brisa en los jardines de Persia, ni los laúdes indios, ni las arpas de Siria, ni las guitarras de Egipto, produjeron jamás una armonía comparable al concierto de las mil bocas invisibles que había en las hojas de aquel Árbol músico.

Y cuando Farizada, repuesta ya del entusiasmo en que la había sumido aquella música, cogió una rama del Árbol que canta, regresó al lado de Bulbul y le rogó que le indicara dónde estaba el Agua Color de Oro. Y el Pájaro que habla le dijo que se dirigiera hacia Occidente y fuera a mirar detrás de la roca azul que vería allí. Y Farizada se dirigió hacia Occidente, y vió una roca de turquesa tenue. Y echó a andar por aquel lado, y detrás de la roca de turquesa tenue vió surgir un minúsculo arroyuelo semejante a oro en fusión. Y aquel agua, toda de oro, del arroyuelo emanado por la roca de turquesa, era más admirable todavía por ser transparente y fresca como el agua misma de los topacios.

Y en la roca, dentro de una cavidad, había un ánfora de cristal. Y Farizada cogió el ánfora y la llenó de agua espléndida. Y regresó al lado de Bulbul, con el ánfora de cristal al hombro y en la mano la rama cantarina.

Y así fué como Farizada la de sonrisa de rosa poseyó las tres cosas incomparables.

Y dijo a Bulbul: "¡Oh el más hermoso! todavía me queda por hacerte un ruego. ¡Y para que accedieras a él vine desde tan lejos en busca tuya!" Y como el Pájaro la invitase a hablar, dijo ella con temblorosa voz: "¡Mis hermanos, ¡oh Bulbul! mis hermanos!"

Cuando Bulbul oyó estas palabras se mostró muy preocupado. Porque sabía que no le era posible luchar con Los de lo Invisible y sus encantamientos, y que incluso él estaba siempre sometido a ellos. Pero pronto pensó que, puesto que la suerte había hecho triunfar a la princesa, podía en adelante sin temor servirla con exclusión de sus antiguos amos.

Y en respuesta, cantó:

¡Con gotas, con gotas, con gotas
Del Agua del ánfora de cristal,
¡Oh Farizada, oh Farizada!
Con gotas, con gotas, con gotas,
Riega, ¡oh rosa, oh rosa!
Riega, ¡oh rosa, oh rosa!
Con gotas, con gotas, con gotas,
¡Oh Farizada, oh Farizada!


Y Farizada cogió con una mano el ánfora de cristal y con la otra la jaula de oro de Bulbul y la rama cantarina, y empezó a bajar por la vereda. Y en cuanto encontraba una piedra de basalto negro la rociaba con algunas gotas de Agua Color de Oro. Y la piedra adquiría vida y se convertía en hombre. Y como no dejó pasar ninguna sin hacer lo propio, recuperó de tal suerte a sus hermanos. Y Farid y Faruz, libertados así, corrieron a besar a su hermana. Y todos los señores, a quienes ella había sacado de su sueño de piedra, fueron a besarle la mano. Y se declararon esclavos suyos. Y bajaron a la llanura todos juntos y de nuevo montaron en sus caballos cuando Farizada les hubo librado del encanto también. Y se encaminaron al lugar en que estaba el Árbol del Anciano. Pero el Anciano ya no estaba en la pradera, y el Árbol ya no estaba tampoco en la pradera. Y como Farizada le interrogase, contestó Bulbul con voz que se tornó grave de pronto: "¿Para qué quieres ver otra vez al Anciano, ¡oh Farizada!? Ha prestado a la hija de los hombres la enseñanza que encierra la vedija de lana que triunfa de las voces malas, de las voces odiosas, de las voces inoportunas y de todas las voces que turban el alma íntima y la impiden llegar a las cumbres. Y al igual que el maestro queda oscurecido por su enseñanza, el Anciano del Árbol ha desaparecido cuando te ha transmitido su sabiduría, ¡oh Farizada! Y en lo sucesivo no se adueñarán de tu alma los males que afligen a la mayoría de los hombres. Porque ya no entregarás tu alma a los acontecimientos exteriores, que sólo existen para quien se ocupa de ellos. ¡Y has aprendido a conocer la serenidad, que es madre de todas las bienandanzas!"

Así se expresó el Pájaro que habla, en el paraje donde se alzaba antes el Árbol del Anciano. Y todos se maravillaron de la belleza de su lenguaje y de la profundidad de sus pensamientos. Y el grupo que servía de cortejo a Farizada continuó su camino. Pero pronto empezó a disminuir, pues cuando uno tras otro encontraban el camino por donde habían llegado, los señores librados del encanto por Farizada iban a reiterarle la expresión de su gratitud, y besándole la mano se despedían de ella y de sus hermanos. Y en la noche del vigésimo día la princesa Farizada y los príncipes Farid y Faruz llegaron con seguridad a su morada.

En cuanto echaron pie a tierra Farizada se apresuró a colgar la jaula en un boscaje de su jardín. Y no bien Bulbul hubo lanzado la primera nota de su voz, todos los pájaros acudieron a mirarle, y al verle le saludaron a coro. Porque ruiseñores y pinzones, alondras y currucas, jilgueros y tórtolas, y todas las especies infinitas de los pájaros que habitan en los jardines, reconocieron al instante la supremacía de su hermosura. Y en voz alta y en voz baja, a manera de almeas, acompañaron con su gorjeo aquellas melopeas solitarias. Y siempre que daba fin a un trino bien hecho, manifestaban su entusiasmo con aclamaciones llenas de armonía en el lenguaje de las aves.

Y Farizada se acercó al estanque grande de alabastro, donde tenía costumbre de mirarse los cabellos, que eran de oro por un lado y de plata por otro, y vertió en él una gota del agua contenida en el ánfora de cristal. Y la gota de oro se hinchó y creció y se multiplicó en chispeantes surtidores, y no cesó de brotar y caer, llevando una frescura de gruta marina al aire incandescente.

Y con sus propias manos plantó Farizada la rama del Árbol que canta. Y al punto echó raíces la rama, y en unos instantes se convirtió en un árbol tan hermoso como aquel de donde fué cogida. Y se exhaló de él un canto tan lindo, que ni la brisa de los jardines de Persia, ni los laúdes indios, ni las arpas de Siria, ni las guitarras de Egipto podrían producir aquella celeste armonía. Y para escuchar a las mil bocas invisibles de las hojas musicales detuvieron su rumoroso curso los arroyos, callaron sus voces hasta las aves, y recogió sus sedas la brisa vagabunda de las avenidas.

Y en la morada recomenzó una vida con días de dichosa monotonía. Y Farizada reanudó sus paseos por los jardines, deteniéndose largas horas a charlar con el Pájaro que habla, a escuchar al Árbol que canta y a mirar al Agua Color de Oro. Y Farid y Faruz se entregaron a sus partidas de caza y a sus cabalgatas.

Pero un día, en la selva, al pasar por una vereda tan estrecha que no pudieron separarse a tiempo, ambos hermanos se encontraron con el sultán, que estaba cazando...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 780ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 780ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero un día, en la selva, al pasar por una vereda tan estrecha que no pudieron separarse a tiempo, ambos hermanos se encontraron con el sultán, que estaba cazando. Y a toda prisa apeáronse de los caballos y se prosternaron con la frente en tierra. Y el sultán, en el límite de la sorpresa al ver en aquella selva a dos jinetes que no conocía y vestidos tan ricamente como los de su séquito, tuvo curiosidad por verles la cara, y les dijo que se levantaran. Y se pusieron de pie ambos hermanos, y se mantuvieron entre las manos del sultán en una actitud llena de nobleza que cuadraba maravillosamente con su aspecto respetuoso. Y al sultán le conmovió su hermosura, y estuvo algún tiempo admirándoles sin hablar y considerándoles desde la cabeza hasta los pies. Luego les preguntó quiénes eran y dónde vivían. Porque su corazón sentíase atraído hacia ellos y se había emocionado. Y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! somos hijos de tu difunto esclavo el antiguo intendente de los jardines. ¡Y vivimos cerca de aquí, en la casa que debemos a tu generosidad!" Y el sultán se alegró mucho de conocer a los hijos de su fiel servidor; pero le asombró que no se hubiesen presentado en palacio hasta aquel día para formar parte de su séquito. Y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! ¡Perdónanos porque hasta el día nos hayamos abstenido de presentarnos entre tus generosas manos; pero tenemos una hermana, la menor de nosotros, que es la última recomendación de nuestro padre y por la cual velamos con tanto cariño que no podemos pensar en abandonarla!" Y el sultán quedó en extremo conmovido de aquella unión fraternal, y cada vez se felicitó más por su encuentro, diciéndose: "¡Jamás hubiese creído que existieran en mi reino jóvenes tan cumplidos y tan desprovistos de ambición a la vez!" Y sintió un deseo irresistible de visitarles en su morada para refrescarse mejor los ojos con su contemplación. Y así se lo manifestó en seguida a ambos jóvenes, que respondieron con el oído y la obediencia, y se apresuraron a darle escolta. Y el príncipe Farid pronto tomó la delantera para advertir a su hermana Farizada la llegada del sultán.

Y Farizada, que no tenía costumbre de recibir gente, no supo cómo comportarse para hacer dignamente los honores de su casa al sultán. Y en esta perplejidad, no halló nada mejor que ir a consultar a su amigo Bulbul, el pájaro que habla. Y le dijo: "¡Oh Bulbul! el sultán nos ha hecho el honor de venir a ver nuestra casa, y debemos obsequiarle. ¡Date prisa en decirme cómo podremos corresponder de manera que salga contento de nuestra casa!" Y contestó Bulbul: "¡Oh mi señora! Inútil es que la cocinera prepare bandejas y bandejas de manjares. Porque no hay más que un plato que convenga hoy al sultán, y es preciso servírselo. ¡Y es un plato de cohombros rellenos de perlas!" Y Farizada quedó asombrada, y creyendo que al Pájaro se le había trabado la lengua, exclamó: "¡Pájaro! ¡Pájaro! ¡No sabes lo que dices! ¡Cohombros rellenos de perlas! ¡Pero si eso es un guiso nunca oído! ¡Si el rey nos hace el honor de asistir a una comida en nuestra casa, sin duda es para comer y no para tragar perlas! ¡Por lo visto, quieres decir "un plato de cohombros con relleno de arroz!, ¡oh Bulbul!" Pero el Pájaro que habla exclamó, impaciente: "¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡Relleno de perlas, de perlas, de perlas! ¡Pero no de arroz, no de arroz, no de arroz!"

Y Farizada, que tenía plena confianza en el milagroso Pájaro, se apresuró a dar orden a la vieja cocinera de preparar el plato de cohombros con perlas. Y como no faltaban perlas en la morada, no fué difícil encontrarlas en una cantidad lo bastante grande para preparar el plato.

Entretanto hizo su entrada en el jardín el sultán, acompañado del príncipe Faruz. Y Farid, que le esperaba en el umbral, le tuvo el estribo y le ayudó a echar pie a tierra. Y Farizada la de sonrisa de rosa, con el rostro velado por primera vez (pues se lo había recomendado Bulbul), fué a besarle la mano. Y el sultán quedó en extremo conmovido de su gracia y de la pureza de jazmín que exhalaba toda ella, y al pensar en su vejez sin posteridad, lloró. Luego dijo, bendiciéndola: "¡Quien deja posteridad no muere! ¡Alah te conceda ¡oh padre de tan hermosos hijos! un sitio escogido a Su diestra entre los Bienaventurados!" Después añadió, posando de nuevo sus miradas en Farizada, inclinada: "¡Y tú, ¡oh hija de mi servidor, oh tallo perfumado! condúcenos a algún sombrajo delicioso que nos resguarde del calor!"

Y precedido por la temblorosa Farizada, y seguido de ambos hermanos el sultán echó a andar en pos de la frescura.

Y lo primero que hirió los ojos del sultán Khosru Schah fue el surtidor de Agua Color de Oro. Y se detuvo un momento a mirarlo con admiración, y exclamó: "¡Agua maravillosa, la que tanto complace a la vista!" Y se adelantó para contemplarla más de cerca, y de pronto percibió el concierto del Árbol que canta. Y prestó oído entusiasmado a aquella música que caía del cielo, y estuvo largo rato escuchándola. Luego exclamó. "¡Oh! ¡Jamás oí semejante música!" Y cuando, para escucharla mejor, avanzaba en la dirección por donde creía encontraría, he aquí que la música cesó, y un gran silencio adormeció todo el jardín. Y del seno de aquel gran silencio se elevó la voz del Pájaro que habla, y con un cántico solitario, brillante y entusiasta. Y decía: ¡Bienvenido -el sultán- Khosrú Schah! ¡Bienvenido! ¡bienvenido! ¡bienvenido!" Y tras la última nota emitida por aquella voz que encantaba el aire todo el coro de pájaros contestó en su lenguaje: "¡Bienvenido! ¡bienvenido! ¡bienvenido!"

Y el sultán Khosrú Schah quedó maravillado de todo aquello, y su alma, ya tan conmovida por cuanto había sentido en tan poco tiempo, llegó a una ternura sin límites. Y exclamó él: "¡He aquí la casa de la dicha! ¡Oh! daría mi poderío y mi trono por habitar con vosotros, ¡oh hijos de mi intendente!" Luego, cuando se disponía a interrogar a Farizada y a sus hermanos acerca de la procedencia de aquellas maravillas, de que no llegaba a darse cuenta exacta, le enseñaron el Árbol que canta y el Pájaro que habla. Y Farizada le dijo: "¡En cuanto a la procedencia de estas maravillas, es una historia que contaré a nuestro amo el sultán cuando descanse!"

E invitó al sultán a sentarse bajo el boscaje mismo que servía de cobijo a Bulbul, y adonde acababan de servir la comida en una bandeja grande. Y el sultán se sentó bajo el boscaje en el sitio de honor. Y en un plato de oro le ofrecieron los cohombros con perlas.

Y el sultán, a quien, por cierto, le gustaban mucho los cohombros rellenos, cuando los vió en el plato, que por sí misma le ofrecía Farizada, se emocionó con aquella atención que no esperaba. Pero no tardó en llegar al límite del asombro al ver que, en vez de estar rellenos, como es corriente, con arroz y alfónsigos, los cohombros estaban condimentados con perlas. Y dijo a Farizada y a sus hermanos: "¡por vida mía! ¡qué novedad en el condimento de los cohombros! ¿y desde cuándo reemplazan las perlas al arroz y a los alfónsigos?" y ya estaba Farizada a punto de soltar el plato y huir llena de confusión, cuando el Pájaro que habla, levantando la voz, llamó al sultán por su nombre, diciéndole: "¡Oh amo nuestro Khosrú Schah!" Y el sultán alzó la cabeza hacia el Pájaro, que continuó con voz grave:

"¡Oh amo nuestro Khosrú Schah! ¿Y desde cuándo pueden convertirse en animales al nacer los hijos de un sultán de Persia? ¡Si antaño ¡oh rey del tiempo! creíste cosa tan increíble, no tienes derecho a asombrarte de cosa tan sencilla como la de hoy!" Luego añadió: "¡Acuérdate ¡oh amo nuestro! de las palabras que hace veinte años oíste una noche en cierta morada humilde! ¡Si las olvidaste, ¡oh amo nuestro! permite al esclavo de Farizada que te las repita!"

Y con voz semejante a la dulce habla de las vírgenes, el Pájaro dijo: "¡Oh hermanas mías! ¡cuando yo sea la esposa del sultán le daré una posteridad bendita! ¡Porque los hijos que Alah hará nacer de nuestra unión serán de todo punto dignos de su padre; y la hija que refrescará nuestros ojos será una sonrisa del cielo mismo! ¡Sus cabellos serán de oro por un lado y de plata por otro; sus lágrimas, cuando llore, serán perlas; sus risas, dinares de oro, y sus sonrisas, botones de rosa!"

Al oír estas palabras, el sultán escondió la cabeza entre las manos y empezó a sollozar. Y su antiguo dolor se hizo más vivo que en los días amargos del pasado. Y todos los pensamientos acumulados en el fondo de su alma desesperada afluyeron a su corazón de pronto, y lo desgarraron. Pero en seguida se elevó de nuevo la voz de Bulbul, cantarina de alegría. Y decía: "¡Levanta tus velos, ¡oh Farizada! ante tu padre!"

Y Farizada, que no sabía desobedecer la voz de su amigo, se levantó los velos. Y con ellos se desprendió la banda que sujetaba su cabellera. Y el sultán, al ver aquello, se incorporó con los brazos en alto, dando un grito horrible. Y le gritó la voz de Bulbul: "Es tu hija, ¡oh rey!" Porque por un lado eran de oro los cabellos de la joven y por el otro lado eran de plata; y en sus párpados había dos perlas de júbilo, y en su boca un botón de rosa.

Y en el mismo momento miró el rey a los dos hermanos, que eran hermosos. Y se reconoció en ellos. Y le gritó la voz de Bulbul: "Son tus hijos, ¡oh rey!"

Y mientras el sultán Khosrú Schah permanecía aún inmóvil de emoción, el Pájaro que habla le contó rápidamente, así como a sus hijos, su verdadera historia, desde el principio hasta el fin, sin olvidar ni un detalle. Pero no hay utilidad en repetirla.

Y antes de que acabara su relato, el sultán y sus hijos, reunidos unos en brazos de otros, mezclaban ya sus lágrimas y sus besos. ¡Loores a Alah, el Magno, el Insondable, que reúne después de separar!

Y cuando se repusieron un poco de su emoción, el sultán dijo: "¡Oh hijos míos, vamos a toda prisa en busca de vuestra madre!" Pero ¡oh oyentes míos renunciemos a describir lo que pasó cuando la pobre madre, que vivía solitaria en el fondo de su mazmorra, volvió a ver a su esposo el sultán, y se reconoció madre de Farizada la de sonrisa de rosa y de sus hermanos los dos jóvenes espléndidos. Y sean dadas gracias Alah, cuya bondad es infinita y cuya justicia no defrauda nunca; a Alah, que hizo morir de rabia, en el día del triunfo, a las dos hermanas envidiosas, y que deparó las más prolongadas delicias y la vida llena de dicha al rey Khosrú Schah, a su esposa la sultana, al hermoso príncipe Farid, al hermoso príncipe Faruz y al hermosa princesa Farizada, hasta que llegó la Separadora de amigos y la Destructora de sociedades. Y gloria a Aquel que en su eternidad no conoce la mudanza.

Y es ésta la maravillosa historia de Farizada la de sonrisa de rosa. ¡Pero Alah es más sabio!

Cuando Schehrazada hubo contado esta historia, la pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y encantadoras y frescas y sabrosas son tus palabras! ¡Y qué admirable es esa historia!"

Y dijo el rey Schahriar: "¡Es verdad!"

Y Doniazada creyó ver humedecidos los ojos del rey, y dijo al oído de Schehrazada: "¡Oh hermana mía! ¡veo como una lágrima en el ojo izquierdo del rey y como otra lágrima en su ojo derecho!"

Schehrazada miró al rey con una mirada furtiva, sonrió, y dijo, besando a la pequeñuela: "¡Ojalá no experimente el rey menos placer en oír la historia de Kamar y de la experta Halima!" Y dijo el rey Schahriar: "¡No conozco esa historia, Schehrazada, y ya sabes que la aguardo y la deseo!"

Ella dijo: "¡Si Alah quiere, y si el rey me lo permite, la empezaré mañana". Y el rey Schahriar, que se acordaba de la parábola de la verdadera ciencia, se dijo: "¡Tendré paciencia hasta mañana para oír esa historia!".

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

La pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía Schehrazada! ¡por Alah sobre ti, date prisa a contarnos la HISTORIA DE KAMAR Y DE LA EXPERTA HALIMA!" Y dijo Schehrazada:


HISTORIA DE KAMAR Y DE LA EXPERTA HALIMA[editar]

Cuentan que, en la antigüedad del tiempo -¡pero Alah es más sabio!-, existía un mercader muy estimado, que se llamaba Abd el-Rahmán, y a quien Alah el Generoso había favorecido con una hija y un hijo. Dió el nombre de Estrella-de-la-Mañana a la niña, en vista de su perfecta belleza, y de Kamar al niño, por ser éste absolutamente como la luna. Pero cuando crecieron, el mercader Abd el-Rahmán, al ver cuántos encantos y perfecciones les había concedido Alah, tuvo por ellos un miedo infinito al mal de ojo de los envidiosos y a las argucias de los corrompidos, y los encerró en su casa, hasta la edad de catorce años, sin permitirles ver a nadie, más que a la vieja esclava, que les cuidaba desde niños. Pero un día en que, contra su costumbre, el mercader Abd el-Rahmán parecía predispuesto a expansiones, su esposa, madre de los niños, le dijo: "¡Oh padre de Kamar! he aquí que nuestro hijo Kamar acaba de llegar a su nubilidad, y en adelante puede comportarse como los hombres. Pero tú no has reparado en ello. ¿Es una muchacha o un muchacho? Di".

Y el mercader Abd el-Rahmán, extremadamente asombrado, le contestó: "¡Un muchacho!" Ella dijo: "En ese caso, ¿por qué te obstinas en tenerle oculto a los ojos de todo el mundo, como si fuese una muchacha, y no le llevas contigo al zoco, y le haces sentarse junto a ti en la tienda para que empiece a conocer gente y la gente le conozca, y sepa así, por lo menos, que tienes un hijo capaz de sucederte y de llevar a buen fin los negocios de venta y compra? De no ser así, cuando termine tu larga vida (¡pluguiera a Alah concedértela sin fin!) ninguno sospechará la existencia de tu heredero, quien, por más que diga a la gente: "¡Soy hijo del mercader Abd el-Rahmán!", verá que le contestan con una incredulidad indignada y justificada: "¡No te hemos visto nunca! ¡Y nunca oímos decir que el mercader Abd el-Rahmán hubiese dejado hijos ni nada que de lejos o de cerca se pareciese a un hijo!" ¡Y entonces ¡oh calamidad sobre nuestra cabeza! el gobierno vendrá a incautarse de tus bienes y privará a tu hijo de lo que le corresponde!" Y tras de hablar así, con mucha animación, continuó en el mismo tono: "¡Y lo mismo ocurre con nuestra hija Estrella-de-la-Mañana! ¡Yo quisiera darla a conocer a nuestras relaciones, en espera de que sea pedida en matrimonio por la madre de algún joven de su condición, y podamos, a nuestra vez, regocijarnos con sus esponsales! ¡Porque el mundo ¡oh padre de Kamar! se compone de vida y de muerte, e ignoramos cuál será el día de nuestro destino!"

Al oír estas palabras de su esposa, el mercader Abd el-Rahmán reflexionó una hora de tiempo; luego levantó la cabeza, y contestó: "¡Oh hija del tío! nadie puede rehuir el destino atado a su cuello. ¡Pero bien sabes que, si guardé así a nuestros hijos en la casa, fué sólo porque temía por ellos al mal de ojo! ¿A qué, pues, reprocharme mi prudencia y olvidar mi solicitud?" Ella dijo: "¡Alejado sea el Maligno, el Maléfico! Ruega al Profeta, ¡oh jeique!" El dijo: "¡La bendición de Alah sea con El y con todos los suyos!" Ella insistió: "Y ahora pon tu confianza en Alah, que sabrá resguardar a nuestro hijo de las malas influencias y del ojo nefasto. ¡Y por cierto que aquí tienes el turbante de seda blanca de Mossul que he confeccionado para Kamar, y en el cual he tenido cuidado de coser el estuche de plata que guarda el rollito de versículos santos, preservador de todo maleficio! ¡Puedes, por tanto, llevarte hoy sin escrúpulos a Kamar para hacerle visitar el zoco y enseñarle por fin la tienda de su padre!" Y sin esperar el asentimiento de su esposo, fué a buscar al muchacho, a quien ya se había cuidado de vestir con sus mejores ropas, y le condujo entre las manos de su padre, que se dilató y se esponjó a su vista, y murmuró "¡Maschalah! ¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡ya Kamar!" Luego, convencido por su esposa, se levantó, le cogió de la mano, y salió con él...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 781ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 781ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... se levantó, le cogió de la mano, y salió con él.

Y he aquí que, en cuanto franquearon el umbral de su casa y dieron algunos pasos por la calle, se encontraron rodeados por los transeúntes que, al verlos, se paraban, turbados hasta el límite extremo de la turbación, a causa del adolescente y de su belleza, llena de condenación para las almas. Pero aun fué más cuando llegaron a la puerta del zoco. Allí los transeúntes dejaron en absoluto de circular, y unos se acercaban para besar las manos a Kamar, después de las zalemas al padre, y otros exclamaban: "¡Ya Alah! ¡El sol sale por segunda vez esta mañana! ¡La tierna media luna de Ramadán brilla sobre las criaturas de Alah! ¡La luna nueva aparece en el zoco hoy!" Y así se expresaban por doquiera, absortos de admiración, y hacían votos por el adolescente, aglomerándose en muchedumbre alrededor suyo. Y por más que el padre, lleno de cólera reconcentrada y de confusión, les apostrofaba y denostaba, ellos no hacían caso y seguían contemplando la belleza extraordinaria que hacía su milagrosa entrada en el zoco aquel día de bendición.

Y con ello daban razón al poeta, aplicándose a sí mismos estas palabras:

¡Señor, has creado la Belleza para arrebatarnos la razón, y nos dices: "¡Temed mi reprobación!"
¡Señor, eres manantial de toda hermosura, y te gusta lo que es hermoso! ¿Cómo se arreglarían tus criaturas para no amar la Belleza o reprimir su deseo ante lo que es bello?

Cuando el mercader Abd el-Rahmán se vió de aquel modo entre filas compactas de hombres y mujeres, de pie entre sus manos y contemplando inmóviles a su hijo, llegó al límite de la perplejidad, y mentalmente se dedicó a abrumar de maldiciones a su esposa y a injuriarla con todas las injurias que hubiese querido lanzar a aquellos importunos, haciéndola responsable de aquello tan enfadoso que le ocurría. Luego, tras muchas argumentaciones inútiles, rechazó con rudeza a los que le rodeaban y ganó a toda prisa su tienda, que hubo de abrir para instalar en ella al punto a Kamar, pero de manera que las importunidades de los que pasaban sólo le alcanzasen de lejos.

Y la tienda se convirtió en el punto de parada del zoco entero y la aglomeración de grandes y pequeños se hizo más intensa de hora en hora porque los que habían visto querían ver más, y los que no habían visto se obstinaban con todas sus fuerzas en ver algo.

Y he aquí que, a la sazón, avanzó hacia la tienda un derviche de mirada extática, que en cuanto divisó al hermoso Kamar, sentado junto a su padre y tan hermoso, se detuvo, lanzando profundos suspiros y con voz extremadamente conmovida recitó esta estrofa:

¡Veo la rama del árbol balanceándose sobre un tallo de azafrán a la luz de la luna de Ramadán!
Y pregunté: "¿Cómo es tu nombre?, ¿cómo es tu nombre?' Me contesta "¡Lu-lu!" (¡Perla!), y exclamó: "¡Li! ¡li!" (¡para mí!), Pero me dice: "¡La! ¡la!" ( ¡Ah, eso no!)

Tras de lo cual, el viejo derviche, sin dejar de acariciarse la barba, que tenía larga y blanca, se acercó a la delantera de la tienda entre las filas de los circunstantes, que se separaban a su paso por respeto a su mucha edad. Y miró al muchacho con los ojos llenos de lágrimas y le ofreció una rama de menta dulce. Luego sentóse en el banco que allí había, lo más cerca posible del joven. Y sin ninguna duda, al verle en aquel estado, podían aplicársele estas palabras del poeta:

¡Mientras, el mozalbete de hermoso rostro permanecía en su sitio, su hermoso rostro era la luna apareciéndose a los ayudantes de Ramadán!
¡Mirad! ¡A pasos lentos se adelanta un jeique de aspecto venerable y ascético!
¡Durante mucho tiempo estudió el amor, trabajando en sus investigaciones noche y día y adquirió un singular saber acerca de lo lícito y lo ilícito!
¡Cultivó a la vez jovenzuelos y jovenzuelas, que le pusieron más delgado que un mondadientes! ¡Huesos de una piel vieja!
¡Jeique pederasta como un maghrebín, siempre seguido de su muchachito!
¡Pero más bien superficial para las mujeres, a lo que se dice, aunque versado en el estudio del sexo ácido y del sexo dulce; pues, en un momento dado, entre el joven Zeid y la joven Zeinab no advierte diferencia!
¡Es prodigioso con su corazón tierno y con lo demás duro como el granito! ¡Para el cabrón y para la cabra, para el imberbe y el barbudo, siempre erguido!
¡Pederasta es el jeique como un maghrebín!

Cuando las personas, que se aglomeraban delante de la tienda, vieron el estado de éxtasis del derviche, se participaron unas a otras sus reflexiones, diciendo: "¡Ualalah! ¡todos los derviches se parecen! Son como el cuchillo del vendedor de colocasias: ¡no diferencian el macho de la hembra!" Y exclamaban otras: "¡Alejado sea el Maligno! ¡El derviche se abrasa por el lindo mozuelo! ¡Alah confunda a los derviches de su especie!"

En cuanto al mercader Abd el-Rahmán, padre del joven Kamar, se dijo, al ver todo aquello: "Lo más sensato que podemos hacer será volver a casa más pronto que de costumbre". Y para decidir a marcharse al derviche, sacó del cinturón una moneda y se la ofreció, diciendo: "Toma tu suerte de hoy, ¡oh derviche!" Y al mismo tiempo se encaró con su hijo Kamar, y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío, que Alah trate como se merece a tu madre, que tantos sinsabores nos está causando hoy!"

Pero como el derviche no se movía de su sitio ni tendía la mano para coger la moneda ofrecida, le dijo: "¡Levántate, tío, que vamos a cerrar la tienda y nos marchamos por nuestro camino!"

Y hablando así, se irguió sobre ambos pies y se dispuso a cerrar las dos hojas de la puerta.

Entonces el derviche se vió obligado a levantarse del banco en que estaba clavado, y salió a la calle, pero sin poder separar un instante sus miradas del joven Kamar. Y cuando el mercader y su hijo, tras de cerrar la tienda, se abrieron paso entre la muchedumbre y se encaminaron a la salida, el derviche les siguió fuera del zoco, pisándoles los talones y acompasando su andar con el báculo, hasta la puerta de su casa. Y al ver la tenacidad del derviche y sin atreverse a injuriarle, por respeto a la religión, y también a causa de la gente que le miraba, el mercader se encaró con él, y le preguntó: "¿Qué quieres, ¡oh derviche!?"

El aludido contestó: "¡Oh mi señor! deseo con vehemencia ser esta noche invitado tuyo, y ya sabes que el invitado es el huésped de Alah (¡exaltado sea!)". Y dijo el padre de Kamar: "¡Bienvenido sea el huésped de Alah! Entra, pues, ¡oh derviche!"

Pero se dijo para sí, aparte: "¡Por Alah, que me enteraré de lo que persigue! ¡Si este derviche tiene malas intenciones para con mi hijo, y si su mal destino le impulsa a intentar algo, con gestos o palabras, seguramente le mataré y le enterraré en el jardín, escupiendo sobre su tumba! ¡De todos modos, empezaré por hacer que le den de comer, suerte deparada a todo huésped encontrado en el camino de Alah!" Y le introdujo en la casa, hizo que la negra le llevara el jarro y la palangana para las abluciones, y de comer y beber. Y una vez que hizo las abluciones, invocando el nombre de Alah, el derviche se puso en actitud de orar, y no salió de ella más que para recitar todo el capítulo de "la Vaca", al que hizo seguir el capítulo de "la Mesa" y el de "la Inmunidad". Tras de lo cual formuló el "Bismilah" y probó los alimentos servidos en la bandeja, pero con discreción y dignidad. Y dió gracias a Alah por sus beneficios.

Cuando el mercader Abd el-Rahmán se enteró, por la negra, de que el derviche había terminado su comida, se dijo: "¡Ha llegado el momento de aclarar la situación!" Y se encaró con su hijo, y le dijo: "¡Oh Kamar! ve con nuestro huésped el derviche, pregúntale si tiene todo lo que necesita, y conversa con él un rato, porque las palabras de los derviches, que recorren la tierra de ancho a largo, son a menudo gratas de escuchar, y sus historias provechosas para el espíritu de quien las escucha. Siéntate, pues, muy cerca de él, y si te coge la mano, no la retires, pues a quien enseña le gusta sentir entre él y su discípulo un contacto directo que contribuye a transmitir mejor la enseñanza. ¡Y guarda con él en todo las consideraciones y la obediencia que te imponen su calidad de huésped y su mucha edad!"

Y tras de predicar así a su hijo, le envió junto al derviche, y se apresuró a apostarse en cierto sitio del piso superior, desde donde podía, sin ser notado, ver todo y escuchar todo lo que pasaba en la sala en que estaba el derviche.

Y he aquí que, en cuanto apareció en el umbral el hermoso adolescente, el derviche fué presa de tal emoción que le brotaron lágrimas de los ojos y se puso a suspirar como una madre que hubiese perdido y encontrado a su hijo. Y Kamar se acercó a él, con voz dulce, y hasta poder tornar en miel la amargura de la mirra, le preguntó si no le faltaba nada y si tenía su parte en los bienes de Alah para Sus criaturas. Y fué a sentarse muy cerca de él con gracia y elegancia, y al sentarse, sin hacerlo a propósito, descubrió un muslo blanco y tierno como pasta de almendras. Y entonces fué cuando el poeta hubiera podido decir con toda verdad, sin temor a ser desmentido:

¡Un muslo ¡oh creyentes! todo de perlas y de almendras! ¡No os asombréis, pues, si es hoy la Resurrección, pues jamás se resucita mejor que cuando están al aire los muslos!

Pero el derviche, al verse solo con el jovenzuelo, lejos de tomarse con él confianza de ningún género, retrocedió algunos pasos del sitio en que estaba, yendo a sentarse un poco más lejos, en la estera, con una actitud irreprochable de decencia y de respeto para sí mismo. Y allá continuó mirándole en silencio, llenos de lágrimas los ojos y presa de la misma emoción que le había inmovilizado en el banco de la tienda. Y Kamar quedó muy sorprendido de aquel modo de portarse que tenía el derviche; y le preguntó por qué se retiraba y si tenía queja de él o de la hospitalidad de su casa. Y el derviche, por toda respuesta, recitó de manera muy sentida estas hermosas palabras del poeta:

¡Mi corazón está prendado de la Belleza, pues por el amor a la Belleza se alcanza la cima de la perfección!
¡Pero mi amor es sin deseo y está libre de cuanto atañe a los sentidos! ¡Y abomino de quienes aman de otra manera!

¡Eso fué todo!

Y el padre de Kamar veía y oía, y estaba en el límite de la perplejidad. Y se decía: "Me humillo ante Alah, a quien ofendí al suponer intenciones perversas en ese honrado derviche! ¡Alah confunda al Tentador, que sugiere al hombre tales pensamientos con respecto a sus semejantes!" Y edificado con la conducta del derviche, bajó a toda prisa y entró en la sala. E hizo zalemas y formuló sus deseos al huésped de Alah, y acabó por decirle: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! te conjuro a que me cuentes el motivo de tu emoción y de tus lágrimas y a que me expliques por qué la presencia de mi hijo te hace lanzar tan profundos suspiros. ¡Porque semejante efecto, ciertamente, debe obedecer a una causa!"

El derviche dijo: "Verdad dices, ¡oh padre de la hospitalidad!" El mercader dijo: "En ese caso, no me obligues a estar más tiempo sin saber por ti esa causa!" El derviche dijo: "¡Oh mi señor! ¿por qué me fuerzas a avivar una herida que se cierra y a revolver en mi carne el cuchillo?"

El mercader dijo: "¡Por los derechos que me confiere la hospitalidad, te ruego ¡oh hermano mío! que satisfagas mi curiosidad!" Entonces dijo el derviche: "Sabe, pues, ¡oh mi señor!...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 782ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 782ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Entonces dijo el derviche: "Sabe, pues, ¡oh mi señor! que soy un pobre derviche que peregrina continuamente por las tierras y las comarcas de Alah, maravillándose día y noche con la obra del Creador.

"Y he aquí que un viernes por la mañana me condujo mi destino a la ciudad de Bassra. Y al entrar en ella observé que los zocos y las tiendas y los almacenes estaban abiertos, con todas las mercancías expuestas en los escaparates, así como todas las vituallas, y en general, cuanto se vende y se compra, cuanto se come y se bebe; pero también observé que ni en los zocos ni en las tiendas se veían huellas de mercader o de comprador, de mujer o de muchacha, de yente o de viviente, y estaba todo tan abandonado y tan desierto, que en ninguna calle había ni siquiera un perro o un gato o un grupo de niños jugando, sino por doquiera la soledad y el silencio y sólo la presencia de Alah. Y me asombré de todo aquello, y dije para mi ánima: "¿Quién sabe adónde han podido ir los habitantes de esta ciudad, con sus gatos y sus perros, para abandonar de tal manera en los escaparates todas estas mercancías?" Pero como me torturaba interiormente un hambre horrible, no me entretuve en estas reflexiones, y escogiendo el mejor escaparate de repostero, comí lo que me deparaba mi suerte para satisfacción de mis anhelos de repostería. Tras de lo cual me dirigí a un escaparate de asados, y me comí dos o tres chuletas de cordero cebado y uno o dos pollos asados, que todavía conservaban el calor del horno, con algunos panecillos tostados como en mi vida los había probado mi lengua de derviche peregrino ni los habían olido mis narices, y di gracias a Alah por sus dones sobre la cabeza de Sus pobres. Luego subí a la tienda de un mercader de sorbetes, y me bebí una o dos jarras de cierto sorbete perfumado con nadd y con benjuí, solamente para acallar las primeras solicitaciones de mi gaznate, que desde hacía tanto tiempo había olvidado las bebidas de los ciudadanos ricos. Y di gracias al Bienhechor, que no olvida a Sus Creyentes y les da en la tierra un anticipo de la fuente Salsabil.

"Cuando me hube tranquilizado interiormente de aquel modo, me puse a reflexionar acerca de la extraña situación de aquella ciudad que, a no dudar, debía haber sido abandonada por sus habitantes hacía unos instantes nada más. Y mi perplejidad aumentaba con mis reflexiones; y comenzaba a sentir mucho miedo del eco de mis pasos en aquella soledad, cuando oí resonar un rumor de instrumentos musicales, que avanzaba precisamente en dirección mía, como podía percibirse escuchando con detenimiento.

"Entonces, con el espíritu un poco turbado por las cosas asombrosas de que yo era único testigo, no dudé de que estaba en una ciudad hechizada, y de que el concierto que oía lo daban los efrits y los genn malhechores (¡que Alah los confunda!) Y víctima de un miedo atroz, me precipité al fondo de un granero, y me escondí detrás de un costal de habas. Pero como en mí era natural ¡oh mi señor! estar bajo la dominación del vicio de la curiosidad -¡que Alah me perdone!-. me situé, a pesar de todo, de manera que pudiese mirar a la calle desde atrás del costal para ver sin ser visto.

Apenas había acabado de acomodarme en la postura menos fatigosa, cuando vi avanzar por la calle un cortejo deslumbrador, no de genn o de efrits, sino sin duda de huríes del Paraíso. Eran cuarenta jóvenes de rostro de luna que avanzaban con su belleza sin velos, en dos hileras, a un paso que por sí solo constituía una música. E iban precedidas de un grupo de tañedoras de instrumentos y de danzarinas, que llevaban el compás de la música con sus movimientos de pájaros. Porque pájaros eran, en verdad, y más blancas que las palomas y más ligeras, ciertamente. ¿Pues podían ser tan armoniosas y tan aéreas las hijas de los hombres? ¿Y no pertenecían más bien a ciertas especies llegadas del palacio de Iram de las Columnas o de los jardines del Edén, para encantar la tierra con su estancia?

"Quienesquiera que fuesen, ¡oh mi señor! apenas la última pareja había pasado por delante de la tienda donde yo estaba escondido detrás del costal de habas, cuando vi avanzar sobre una yegua de frente estrellada, que llevaban de la brida dos negras jóvenes, a una dama revestida de tanta juventud y de tanta belleza, que su vista acabó de dislocarme la razón, y perdí la respiración y estuve a punto de caerme de espaldas detrás del costal de habas, ¡oh señor mío! Y deslumbraba aun más ella, porque sus vestiduras estaban sembradas de pedrerías, y sus cabellos, su cuello, sus muñecas y sus tobillos desaparecían con el resplandor de los diamantes y los collares y pulseras de perlas y gemas preciosas. Y a su derecha marchaba una esclava, que tenía en la mano un sable desnudo con la empuñadura hecha de una sola esmeralda. Y la yegua que la conducía avanzaba como una reina orgullosa de la corona que llevase a la cabeza. Y la visión de esplendor alejóse inmediatamente, dejándome un corazón apuñalado por la pasión, un alma reducida para siempre a la esclavitud y unos ojos que recuerdan y dicen al ver cualquier belleza: «¿Quién eres tú en comparación con ella?»

"Cuando el cortejo se perdió de vista por completo y la música de las tañedoras de instrumentos no llevó hasta mí más que sones lejanos, me decidí a salir de detrás del costal de habas y de la tienda a la calle. E hice bien, porque en el mismo momento vi con sorpresa extremada que los zocos se animaban y todos los mercaderes salían como de debajo de la tierra para ir a ocupar sus respectivos puestos, y el tratante de granos propietario de la tienda en que me había ocultado yo apareció, salido de no sé donde, y se dedicó a vender sus granos a los que cebaban aves y a otros compradores. Y yo, cada vez más perplejo, me decidí a abordar a un transeúnte y a preguntarle qué significaba el espectáculo de que fui testigo y el nombre de la dama maravillosa que montaba en la yegua de frente estrellada. Pero, con gran asombro mío, el hombre me lanzó una mirada enloquecida, se puso muy amarillo, y recogiéndose la orla del traje me volvió la espalda y echó a correr con una carrera más rápida que si le persiguiese la hora de su destino. Y abordé a otro transeúnte y le hice la misma pregunta. Pero, en vez de contestarme, hizo como que no me había visto ni oído, y continuó su camino mirando a otro lado. Y todavía interrogué a una porción de personas más; pero ni una quiso responder a mis preguntas y todo el mundo huía de mí como si saliese yo de una fosa de excrementos o como si blandiese una espada cercenadora de cabezas.

Entonces me dije a mí mismo: «¡Oh derviche amigo! para averiguar el asunto sólo te resta entrar en la tienda de un barbero a que te afeite la cabeza, y a interrogar al barbero al mismo tiempo. Porque ya sabes que las gentes que ejercen este oficio tienen la lengua cosquillosa y siempre la palabra en la punta de la lengua. ¡Y quizá únicamente él te enterará de lo que intentas saber!» Y cuando hube reflexionado de tal suerte, entré en casa de un barbero, y después de pagarle generosamente con todo lo que poseía, le hablé de lo que tenía tantas ganas de saber y le pregunté quién era la dama de belleza sobrenatural. Y el barbero, bastante aterrado, giró los ojos de derecha a izquierda, y acabó por contestar: «¡Por Alah, ¡oh tío mío derviche! si quieres conservar la cabeza sobre el cuello y el cuello sano y salvo, guárdate bien de hablar a nadie de lo que tuviste la mala suerte de ver! ¡Y hasta harías bien, para mayor seguridad, en dejar inmediatamente nuestra ciudad, donde estás perdido sin remedio! Y esto es todo lo que puedo decirte acerca del particular, porque se trata de un misterio que tortura a toda la ciudad de Bassra, donde las gentes mueren como langostas si tienen la desgracia de no ocultarse con anterioridad a la llegada del cortejo. En efecto, la esclava que lleva el alfanje desnudo corta la cabeza de los indiscretos que tienen la curiosidad de mirar pasar al cortejo o que no se esconden a su paso. ¡Y he aquí cuanto puedo decirte!»

"Entonces yo ¡oh mi señor! cuando el barbero hubo acabado de afeitarme la cabeza, abandoné la tienda y me apresuré a salir de la ciudad, y no tuve tranquilidad hasta que me hallé muy lejos. Y viajé por tierras y desiertos, hasta que llegué a vuestra ciudad. Y tenía siempre habitada el alma por la belleza entrevista, y pensaba en ella día y noche, hasta el punto de que con frecuencia me olvidaba de comer y de beber. ¡Y en esta disposición fué como acerté a pasar hoy por delante de la tienda de tu señoría, y vi a tu hijo Kamar, cuya hermosura me recordó de una manera exacta la de la joven sobrenatural de Bassra, a quien se parece como un hermano se parece a su hermano. Y me conmovió de tal modo esta semejanza, que no pude contener mis lágrimas, lo cual, sin duda, es propio de un insensato! ¡Y ésa es ¡oh mi señor! la causa de mis suspiros y de mi emoción!"

Y cuando el derviche hubo terminado de tal suerte su relato, de nuevo rompió en lágrimas, mirando al joven Kamar; y añadió entre sollozos: "Por Alah sobre ti, ¡oh señor mío! Ahora que te he contado lo que tenía que contarte, y como no quiero abusar de la hospitalidad que has concedido a un servidor de Alah, ábreme la puerta de salida y déjame marchar en tal estado por mi camino. Y si me es posible formular un anhelo sobre la cabeza de mis bienhechores, ¡pluguiera a Alah, que ha creado dos criaturas tan perfectas como tu hijo y la joven de Bassra, acabar Su obra permitiendo que se uniesen!"

Y tras de hablar así, el derviche se levantó, no obstante los ruegos del padre de Kamar, que le instaba a quedarse, invocó una vez más la bendición sobre sus huéspedes, y se marchó, suspirando, como había venido. Y he aquí lo referente a él.

En cuanto al joven Kamar, no pudo cerrar los ojos en toda la noche, de tan preocupado como estaba por el relato del derviche y de tanto como hubo de impresionarle la descripción que hizo de la joven. Y al día siguiente por la aurora entró en el aposento de su madre y la despertó, y le dijo: "¡Oh madre! ¡hazme un fardo de ropa, pues tengo que partir al instante para la ciudad de Bassra, donde me aguarda mi destino!" Y al oír estas palabras, su madre empezó a lamentarse, llorando, y llamó a su esposo y le participó aquella noticia tan asombrosa y tan inesperada. Y el padre de Kamar trató, aunque en vano, de hacer ponerse en razón a su hijo, que no quiso escuchar ningún argumento, y que dijo, a manera de conclusión: "¡Si no parto en seguida para Bassra, seguramente moriré!" Y en vista de lenguaje tan decisivo y de resolución tan firme, el padre y la madre de Kamar se limitaron a suspirar, aceptando lo que estaba escrito por el Destino. Y el padre de Kamar no dejó de echar en cara a su esposa todas las contrariedades que les habían ocurrido desde la hora en que hubo de escuchar sus consejos él y había conducido a Kamar al zoco.

Y se decía: "¡He aquí en lo que pararon tus cuidados y tu prudencia, ¡ya Abd el-Rahmán! ¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Todopoderoso! ¡Lo que está escrito ha de ocurrir, y nadie puede luchar contra los designios de la suerte!" Y la madre de Kamar, doblemente entristecida por ser víctima de los reproches de su esposo y por la pena que le producía el proyecto de su hijo, se vió obligada a hacerle sus preparativos de marcha. Y le dió un saquito, en que había metido cuarenta gruesas piedras preciosas, como rubíes, diamantes y esmeraldas, diciéndole: "Lleva contigo muy cuidadosamente este saquito, ¡oh hijo mío! Podrá serte útil, si llega a faltarte dinero!" Y su padre le dió noventa mil dinares de oro para sus gastos de viaje y su estancia en el extranjero. Y ambos se abrazaron, llorando, y se despidieron de él. Y su padre le recomendó al jefe de la caravana que partía para el Irak. Y después de besar la mano a su padre y a su madre, Kamar salió para Bassra, acompañado por los votos de sus padres. Y Alah le escribió la seguridad, y llegó él sin contratiempo a aquella ciudad...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 783ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 783ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y llegó él sin contratiempo a aquella ciudad.

Y aconteció que el día de su llegada era precisamente un viernes por la mañana; y Kamar pudo observar que cuanto le había contado el derviche era la pura verdad. Y vió, en efecto, que los zocos estaban vacíos, las calles desiertas y las tiendas abiertas, pero sin vendedores ni compradores. Y como tenía hambre, comió y bebió de lo que le convino, hasta la saciedad. Y apenas había acabado su comida, oyó la música y se apresuró a esconderse, como lo había hecho el derviche. Y en seguida vió aparecer a la bella joven con sus cuarenta mujeres. Y a la vista de su belleza le poseyó una emoción tan fuerte que se cayó desvanecido en su escondite.

Cuando recobró el sentido vió que los zocos estaban animados y llenos de transeúntes, que iban y venían, exactamente igual que si no se hubiese interrumpido el movimiento comercial. Y detallando aún en su espíritu los encantos sobrenaturales de la joven, comenzó por ir a comprarse trajes magníficos, de lo más rico y suntuoso que pudo encontrar en casa de los principales mercaderes. Y se presentó después en el hammam, del cual salió brillante como un rey joven, tras de tomar un baño prolongado y minucioso. Y solamente entonces se dedicó a buscar la tienda del barbero que la otra vez había afeitado la cabeza al derviche, y no tardó en encontrarla. Y entró en la tienda, y después de las zalemas por una y otra parte, dijo al barbero: "¡Oh padre de manos ligeras! deseo hablarte en secreto. ¡Te ruego, pues, que cierres tu tienda a los clientes que tienes costumbre de recibir, y toma esto para indemnizarte de la pérdida de tu tiempo!" Y le entregó una bolsa llena de dinares de oro, la cual se apresuró el barbero a guardarse en su cinturón, tras de tomarla a peso con un leve movimiento de mano. Y cuando ambos estuvieron solos en la tienda, Kamar le dijo: "¡Oh padre de manos ligeras! soy extranjero en esta ciudad. ¡Y únicamente deseo saber por ti el motivo del abandono matinal de los zocos este viernes!" Y conquistado por la generosidad del joven y por su aire de emir, el barbero le contestó: "¡Oh mi señor! se trata de un secreto que no he tratado de penetrar nunca, y hago como todo el mundo y tengo cuidado de ocultarme todos los viernes por la mañana. Pero, ya que la cosa te preocupa, voy a hacer por ti lo que no haría por mi hermano. Te pondré pues en comunicación con mi mujer, que sabe todo lo que pasa en la ciudad, porque vende perfumes en todos los harenes de Bassra y en los palacios de los grandes y del sultán. Y como, por tu talante, veo que estás impaciente por esclarecer este asunto, y que, por otra parte, te ha agradado mi proposición, voy al instante en busca de la hija de mi tío para someterle el caso.

¡Espérame, pues, tranquilamente en la tienda hasta mi regreso!"

Y el barbero dejó a Kamar en la tienda y se apresuró a ir en busca de su mujer, a quien explicó el motivo que le llevaba; y al mismo tiempo le entregó la bolsa llena de dinares de oro. Y la esposa del barbero, que era fértil de ingenio y servicial de corazón, contestó: "Bienvenido sea a nuestra ciudad. ¡Heme aquí pronta a servirle con mi cabeza y mis ojos! ¡Ve a buscarle y tráemele para que le ponga al corriente de lo que quiere saber!" Y el barbero regresó a su tienda, donde encontró sentado a Kamar esperándole, y le dijo: "¡Oh hijo mío! levántate y ven conmigo a ver a tu madre, la hija de mi tío, que me encarga te diga: "¡El asunto es fácil!"

Y le cogió de la mano y le condujo a su casa, donde su esposa dió al joven la bienvenida con acento afable y atrayente, y le hizo sentarse en el sitio de honor del diván, y le dijo: "¡Familia y comodidad al huésped encantador! ¡La casa es tu casa y esclavos tuyos los dueños de la casa! ¡Estás por encima de nuestra cabeza y de nuestros ojos! ¡Ordena! ¡Oír es obedecer!" Y se apresuró a ofrecerle en una bandeja de cobre los refrescos y las confituras de la hospitalidad, y le obligó a tomar una cucharada de cada especie, formulando cada vez el deseo de que obtuviese: "¡Delicias y reparación para el corazón del huésped!"

Entonces Kamar cogió un puñado grande de dinares de oro y se lo puso en las rodillas a la esposa del barbero, diciendo: "¡Dispénsame lo poco que es! ¡Pero ¡inschalah! ya sabré agradecer mejor tus bondades!"

Luego le dijo: "¡Ahora, madre mía, cuéntame todo lo que sepas acerca de lo que sabes!"

Y dijo la esposa del barbero: "Sabe ¡oh hijo mío! ¡oh luz de mis ojos y corona de mi cabeza! que el sultán de Bassra recibió un día en calidad de regalo del sultán de la India una perla tan hermosa, que debió nacer de un rayo de sol posado en alguna hueva milagrosa del mar. Era a la vez blanca y dorada, según como se la mirara, y parecía encender en su seno un incendio en leche. Y el rey la estuvo contemplando durante todo un día, y para no separarse de ella nunca, quiso llevarla sujeta a su cuello con una cinta de seda. Pero como era virgen e imperforada, mandó llamar a todos los joyeros de Bassra, y les dijo: Deseo que agujeréis con destreza esta perla soberana. Y quien sepa hacerlo, sin estropear la maravillosa substancia que la compone, podrá pedirme cuanto quiera, y será complacido con creces. ¡Pero si no obtiene un resultado perfecto o si su mal destino le hace estropearla lo más mínimo, puede contarse en la pira de los muertos, porque haré que le corten la cabeza después de obligarle a sufrir todos los suplicios a que se haya hecho acreedor por su torpeza sacrílega! ¿Qué os parece, ¡oh joyeros!?"

"Al oír estas palabras del sultán, y comprendiendo que arriesgaban sus almas, los joyeros sintieron un miedo extremado, y contestaron: «¡Oh rey del tiempo ¡es cosa muy delicada una perla como ésa! Y sabido es que, para horadar las perlas ordinarias, hacen falta una habilidad y un pulso muy raros, y que pocos maestros joyeros obtienen en ello buen resultado sin algunos accidentes inevitables. Te suplicamos, pues, que no nos obligues a lo que nuestros débiles medios no pueden soportar, porque declaramos que de nuestras manos jamás podrá salir una habilidad como la que es preciso desplegar para eso.

¡Sin embargo, podemos indicarte quién sabrá llevar a cabo ese prodigio de arte, y es nuestro jeique! «Y el rey preguntó: ¿Y quién es vuestro jeique?» Ellos contestaron: «¡El maestro joyero Obeid! ¡Es infinitamente más hábil que nosotros, y tiene un ojo en la punta de cada dedo y una delicadeza extremada en cada ojo!» Y dijo el rey: «¡Id a buscármele, y no tardéis!» Y los Joyeros se apresuraron a obedecer y volvieron con su jeique, el maestro Obeid, quien, tras de besar la tierra entre las manos del rey, se mantuvo de pie esperando órdenes. Y el rey le explicó el trabajo que exigía de él y la recompensa o el castigo que le esperaba en caso de éxito o de fracaso. Y al propio tiempo le enseñó la perla. Y el joyero Obeid tomó la maravillosa perla y la examinó una hora de tiempo, y contestó:

«¡Moriré si no la horado!»

Y acto seguido se puso en cuclillas, con permiso del rey, y sacando de su cinturón ciertas herramientas sutiles, colocó la perla entre ambos dedos gordos de sus pies juntos, y con una habilidad y una ligereza increíbles, manejó sus herramientas igual que un niño manejaría un peón, y en menos tiempo del que se necesita para horadar un huevo, perforó la perla de parte a parte, sin una rebaja ni la menor lasca, con dos agujeros iguales y simétricos. Luego la limpió con el revés de la manga y se la ofreció al rey, el cual se dilató y osciló de satisfacción y de contento. Y se la colgó al cuello con un cordón de seda, y subió a sentarse en su trono. Y miró a todos lados con ojos iluminados de alegría, en tanto que la perla era cual un sol que le colgase del cuello.

"Tras de lo cual se encaró con el joyero Obeid, y le dijo: «¡Oh maestro Obeid! ¡di ya lo que deseas!» Y el joyero reflexionó una hora de tiempo, y contestó: «¡Alah prolongue los días del rey! pero el esclavo cuyas manos tullidas han tenido el honor insigne de tocar la perla maravillosa y de devolvérsela a nuestro amo, perforada con arreglo a su deseo, posee una esposa muy joven, a la que tiene que mimar mucho, pues ya es bastante viejo, y cuando los hombres están de regreso en la vida, si no quieren hacerse antipáticos a sus esposas, deben tratarlas con toda clase de miramientos y no hacer nada sin consultarlas. El esclavo, pues, querría ir a pedir opinión a su esposa con respecto a la petición que le permite hacer nuestro amo magnánimo, y ver si no tiene ella misma que formular un deseo preferible al que pudiera imaginar yo. ¡Porque Alah no sólo le ha dado juventud y gracia, sino un ingenio fértil y perspicaz y una cordura a toda prueba!»

Y dijo el rey: «¡Date prisa, Osta-Obeid, a ir a consultar a tu esposa y volver a traerme la respuesta, pues no tendré reposo espiritual mientras no haya cumplido mi promesa!» Y el joyero salió del palacio y fué en busca de su esposa y le sometió el caso. Y exclamó la joven: «¡Glorificado sea Alah, que hace que llegue mi día antes de tiempo! ¡En efecto, tengo que formular un deseo y poner en práctica una idea singular en verdad! Gracias a los beneficios de Alah y a la prosperidad de tus negocios, somos ricos y estamos al abrigo de la necesidad para el resto de nuestros días. Por ese lado nada tenemos, pues, que desear y el anhelo que quiero satisfacer no costará un dracma al tesoro del reino. ¡Helo aquí! ¡Ve a pedir sencillamente al rey que me dé permiso para pasearme todos los viernes con un cortejo, semejante al de las hijas de los reyes, por los zocos y las calles de Bassra, sin que ose nadie mostrarse entonces en la calle, so pena de perder la cabeza! ¡Y eso es cuanto deseo del rey como recompensa a tu trabajo referente a la perla perforada!»

"Al oír estas palabras de su joven esposa, el joyero llegó al límite del asombro, y se dijo: «¡Alah karim! ¡Muy sagaz tiene que ser quien pueda envanecerse de saber lo que bulle en el cerebro de una mujer!» Pero como amaba a su esposa, y era viejo y muy feo además, ni quiso contrariarla, y se limitó a contestar: «¡Oh hija del tío! tu deseo está por encima de la cabeza y de los ojos. ¡Pero si cuando pase el cortejo abandonan sus tiendas los mercaderes de los zocos para ir a ocultarse, los perros y los gatos devastarán los escaparates y cometerán otros males que han de pesar sobre nuestra conciencia!» Ella dijo: «Para evitarlo, a los habitantes y guardias de los zocos se les dará orden de encerrar aquel día a todos los perros y a todos los gatos. ¡Pues deseo que queden abiertas las tiendas mientras pasa mi cortejo! ¡Y todos, grandes y pequeños, irán a ocultarse en las mezquitas, cuyas puertas se cerrarán para que nadie pueda asomar la cabeza y mirar!»

"Entonces el joyero Obeid fué en busca del rey, y extremadamente confuso, le transmitió el deseo de su esposa. Y el rey le dijo: «¡No hay inconveniente!» Y por los pregoneros públicos hizo proclamar en toda la ciudad la orden de que los habitantes dejaran abiertas sus tiendas todos los viernes, dos horas antes de la plegaria, y fueran a ocultarse en las mezquitas, guardándose muy mucho de mostrar en la calle sus cabezas, so pena de verlas saltar de sus hombros. Y les recomendó que encerraran a los perros y a los gatos, a los asnos y a los camellos y a cuantos animales de carga pudiesen circular por los zocos.

"Y desde entonces la esposa del joyero se pasea así todos los viernes, dos horas antes de la plegaria de mediodía, sin que se atreva a mostrarse por las calles hombre, ni perro, ni gato. ¡Y precisamente es a ella misma, ya sidi Kamar, a quien viste esta mañana con su belleza verdaderamente sobrenatural, en medio de su cortejo de jóvenes y precedida de la esclava que llevaba en la mano el sable desnudo para cortar la cabeza de quien osase mirarla pasar!"

Y cuando la esposa del barbero hubo contado así a Kamar lo que él quería saber, se calló un momento, le observó sonriendo y añadió: "¡Pero bien veo, ¡oh propietario del rostro encantador! ¡oh mí señor bendito! que no te satisface este relato y que deseas de mi algo más: por ejemplo, que te indique un medio de volver a ver a la maravillosa joven, esposa del anciano joyero!" Y contestó Kamar: "¡Oh madre mía! Tal es, en efecto, el deseo íntimo de mi corazón. Porque para verla vine de mi país, después de haber abandonado la morada, donde mi ausencia deja llorando a un padre y a una madre que me quieren bien". Y la esposa del barbero dijo: "¡En ese caso, ¡oh hijo mío! enumérame algunas de las cosas preciosas y de valor que posees!" El dijo: "¡Oh madre mía! entre otras cosas buenas, tengo conmigo piedras preciosas de cuatro clases: las piedras de la primera clase valen quinientos dinares de oro cada una; las de la segunda clase valen setecientos dinares de oro cada una; las de la tercera, ochocientos cincuenta, y las de la cuarta, mil dinares de oro cada una, por lo menos". Ella preguntó: "¿Y está tu alma dispuesta a ceder cuatro de esas piedras, cada una de clase diferente?" El contestó: "¡Mi alma está dispuesta a ceder gustosa todas las piedras que poseo y todo lo que en mi mano haya!" Ella dijo: "¡Pues bien; levántate, ¡oh hijo! ¡oh corona de la cabeza de los más generosos! y ve al zoco de los joyeros y orfebres en busca del joyero Osta-Obeid, y haz exactamente lo que voy a decirte!"

Y le indicó cuanto quiso indicarle para hacerle llegar al fin deseado, y añadió: "Para todo se necesita prudencia y paciencia, hijo mío. ¡Pero cuando hayas hecho lo que acabo de indicarte no te olvides de venir a darme cuenta de ello y de traer contigo cien dinares de oro para mi esposo el barbero, que es un pobre...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 784ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 784ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y de traer contigo cien dinares de oro para mi esposo el barbero, que es un pobre!" Y Kamar contestó con el oído y la obediencia y salió de la casa del barbero, repitiéndose, para grabarlas bien en su memoria, las instrucciones de la vendedora de perfumes, esposa del barbero. Y bendecía a Alah, que en su camino puso, como piedra indicadora, a aquella mujer de bien.

Y de tal suerte llegó al zoco de los joyeros y orfebres, en donde todo el mundo se apresuró a indicarle la tienda del jeique de los joyeros Osta-Obeid. Y entró en la tienda y vió entre sus aprendices al joyero, a quien saludó con la mayor cortesía, llevándose la mano al corazón, a los labios y a la cabeza, y diciendo: "¡La paz sea contigo!"

Osta-Obeid le devolvió la zalema y le recibió con finura y le rogó que se sentara. Y Kamar sacó entonces de su bolsa una gema escogida, pero de la especie menos hermosa de las cuatro que poseía, y le dijo: "¡Oh maestro! ¡anhelo vivamente que para esta gema me hagas una montura digna de tus capacidades, pero de la manera más simple y con un peso que no exceda de un miskal!" Y al mismo tiempo le entregó veinte monedas de oro, diciendo: "¡Esto ¡oh maestro! no es más que un ínfimo anticipo de la cantidad con que pienso remunerar el trabajo que me hagas!" Y asimismo entregó una moneda de oro a cada uno de los numerosos aprendices, y también a cada uno de los numerosos mendigos que habían hecho su aparición en la calle en cuanto vieron entrar en la tienda a aquel joven extranjero vestido tan suntuosamente. Y tras de portarse de tal modo, se retiró él, dejando a todo el mundo maravillado de su liberalidad, de su belleza y de sus modales distinguidos.

En cuanto a Osta-Obeid, no quiso retrasar lo más mínimo la confección de la sortija, y como estaba dotado de una destreza extraordinaria y tenía a su disposición medios que ningún otro joyero poseía en el mundo, la empezó y la concluyó al terminar el día, dejándola toda cincelada y limpia. Y como el joven Kamar no debía volver hasta el día siguiente, se la llevó consigo por la noche para enseñársela a su esposa, la joven consabida, pues la piedra le parecía maravillosa, y de un agua tan limpia, que daba gana de humedecerse con ella la boca.

Cuando la joven esposa de Osta-Obeid hubo visto la sortija, la encontró muy hermosa, y preguntó: "¿Para quién?" El contestó: "Para un joven extranjero, que es mucho más deslumbrador que esta maravillosa gema. Porque has de saber que el dueño de esta sortija que ya me ha pagado de antemano como nunca se me pagó trabajo alguno, es hermoso y encantador, con ojos que hieren de deseo, mejillas como pétalos de anémona en un parterre lleno de jazmines, una boca como el sello de Soleimán, labios empapados en sangre de cornalinas, y un cuello como el cuello del antílope, que soporta graciosamente su cabeza fina cual un tallo soporta su corola. Y para resumir lo que está por encima de toda alabanza, bástete oír que es hermoso, verdaderamente hermoso, y tan encantador como hermoso, lo que le hace parecerse a ti, no sólo por sus perfecciones, sino también por su tierna edad y por las facciones de su rostro".

Así describió el joyero a su esposa al joven Kamar, sin advertir que sus palabras acababan de encender en el corazón de la joven una pasión repentina y tanto más viva cuanto que el objeto de ella era invisible. Y aquel propietario de una frente en que iban a crecer cuernos como cohombros en un terreno estercolado, olvidaba que no existe tercería peor ni de éxito más seguro que la de un marido que ante su esposa ensalza los méritos y la belleza de un desconocido, sin cuidarse de las consecuencias. Así es como Alah el Altísimo, cuando quiere que se cumplan los designios decretados con respecto a sus criaturas, las hace tantear en las tinieblas de la ceguera.

Y he aquí que la joven esposa del joyero oyó aquellas palabras y las retuvo en el fondo de su espíritu, pero sin dejar traslucir, ni por asomo, los sentimientos que la agitaban. Y dijo a su esposo con acento indiferente: "¡Déjame ver esa sortija!" Y Osta-Obeid se la entregó, y ella la miró con aire distraído y se la puso en el dedo, impensadamente. Luego dijo: "¡Parece que la han hecho a medida de mi dedo! ¡Mira qué bien me está!" Y contestó el joyero: "¡Vivan los dedos de las huríes! ¡Por Alah, ¡oh mi señora! que, como el propietario de esta sortija está dotado de generosidad y de galantería, mañana le rogaré que me la venda al precio que sea, y te la traeré!"

Mientras tanto, Kamar había ido a dar cuenta a la esposa del barbero de la manera como se había conducido con arreglo a sus instrucciones; y le entregó cien monedas de oro en calidad de regalo para aquel pobre barbero. Y preguntó a su protectora qué le quedaba que hacer. Y ella le dijo: "¡Mira! Cuando veas al joyero, no admitas la sortija que te tenga hecha. Finges que te está muy estrecha en el dedo, y se la das de regalo; y preséntale otra gema mucho más hermosa que la primera, de las que valen a setecientos dinares la pieza, y dile que te la monte con cuidado. Al mismo tiempo, dale sesenta dinares de oro para él y dos para cada uno de sus obreros, como gratificación. Y tampoco olvides a los mendigos de la puerta. Y conduciéndote así, irán a tu gusto las cosas. ¡Y no te olvides ¡oh hijo! de volver a darme cuenta del asunto y de traer contigo algo para mi pobre esposo el barbero!"

Y contestó Kamar: "¡Escucho y obedezco!"

Y salió de casa de la mujer del barbero, y al día siguiente no dejó de ir al zoco en busca del joyero Osta-Obeid, el cual en cuanto le advirtió, levantóse en honor suyo, y después de las zalemas y cumplimientos, le presentó la sortija. Y Kamar hizo como que se la probaba, y dijo después: "Por Alah, ¡oh maestro Obeid! que la sortija está muy bien hecha, pero me viene un poco estrecha al dedo. ¡Toma! ¡te la doy para que se la regales a cualquiera de las numerosas esclavas de tu harem! Y aquí tienes otra gema, que prefiero a la anterior, y que, montada sencillamente, resultará mucho más hermosa". Y así diciendo, le entregó una gema de setecientos dinares de oro; y al mismo tiempo le dió sesenta dinares de oro para él y dos para cada uno de sus aprendices, diciendo: "¡Sólo es para que refresquéis con un sorbete pero, si este trabajo se acaba con prontitud, espero que quedaréis satisfechos del modo como seréis remunerados!" Y salió, distribuyendo a derecha e izquierda monedas de oro a los mendigos congregados delante de la puerta de la tienda.

Cuando el joyero vió tanta liberalidad en su joven cliente, quedó extremadamente sorprendido. Y a la noche, una vez que hubo entrado en su casa, no se cansaba de alabar en presencia de su esposa a aquel generoso extranjero, del que decía: "¡Por Alah, que no se contenta con ser hermoso, como jamás lo fueron los más hermosos, sino que tiene la mano abierta de los hijos de los reyes!" Y cuanto más hablaba, hacía incrustarse más en el corazón de su mujer el amor sentido por el joven Kamar. Y cuando él la hubo entregado la sortija, don de su cliente, se la puso ella lentamente en el dedo, y preguntó: "¿Y no te ha encargado otra?" El dijo: "¡Sí, por cierto! Y tanto he trabajado en ella todo el día, que aquí la tienes acabada". Ella dijo: "¡Déjamela ver!" Y la cogió, la miró, sonriendo, y dijo: "¡Quisiera quedarme con ella!" El dijo: "¿Quién sabe? ¡Capaz es de dejármela, como ha hecho con su hermana! "

Mientras tanto, Kamar había ido a concertarse con la esposa del barbero acerca de lo que había pasado y de lo que tenía que hacer. Y le entregó cuatrocientos dinares de oro para su pobre esposo el barbero.

Y ella le dijo: "Hijo mío, tu asunto va por el camino mejor. Cuando veas al joyero, no admitas la sortija encargada, sino haz como que te está muy grande, y déjasela de regalo. Luego entrégale otra piedra preciosa, de las que valen casi a novecientos dinares de oro la pieza; y en espera de que terminen el trabajo, da cien dinares para el maestro y tres para cada uno de los aprendices. ¡Y al volver a darme cuenta de la marcha del asunto, no te olvides de traer para mi pobre esposo el barbero algo con que pueda comprarse un pedazo de pan! Y Alah te guarde y prolongue tus días preciosos, ¡oh hijo de la generosidad!"

Y he aquí que Kamar siguió puntualmente el consejo de la vendedora de perfumes. Y el joyero no encontró ya palabras ni expresión con qué pintar a su mujer la liberalidad del hermoso extranjero. Y ella le dijo, probándose la nueva sortija: "¿No te da vergüenza ¡oh hijo del tío! no haber invitado todavía a tu casa a un hombre que tan generoso se ha mostrado contigo? ¡Y sin embargo, gracias a los beneficios de Alah, no eres avaro ni descendiente de una familia de avaros; pero me parece que a veces faltas a las prácticas sociales! ¡Así, es absolutamente un deber de parte tuya rogar a ese extranjero que venga a tomar mañana la sal de tu hospitalidad!

Por su parte, Kamar, después de haber consultado a la mujer del barbero, a la cual entregó para aquel pobre hombre ochocientos dinares de gratificación, lo preciso para que comprara un pedazo de pan, no dejó de presentarse en la tienda del joyero, a fin de probarse la tercera sortija. Y después de ponérsela en el dedo, se la sacó, la miró un instante con cierto desdén, y dijo: "Está bastante bien; pero no me gusta del todo esta piedra. ¡Quédate, pues, con ella para una de tus esclavas, y móntame esta otra gema! Y aquí tienes un anticipo de doscientos dinares y cuatro para cada uno de tus aprendices. ¡Y perdóname todas las molestias que te causo!" Y así diciendo, le entregó una gema blanca y maravillosa que valía mil dinares de oro. Y en el límite de la confusión, le dijo el joyero: "¡Oh mi señor! ¿querrías honrar mi casa con tu presencia y concederme la gracia de ir a cenar conmigo esta noche? ¡Porque tus beneficios están por encima de mí, y mi corazón se siente atraído por tu mano generosa!"

Y contestó Kamar: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y le dió las señas del khan donde paraba.

Y he aquí que, llegada la noche, el joyero se presentó en el khan consabido para recoger a su invitado. Y le condujo a su casa...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 785ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 785ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"… Y le condujo a su casa, donde le festejó con una recepción suntuosa y un espléndido festín. Y tras de retirar las bandejas de manjares y bebidas, una esclava les sirvió sorbetes preparados por las propias manos de la joven dueña de la casa. No obstante, a pesar del deseo que de ello tenía, no quiso infringir la costumbre de las recepciones, donde las mujeres jamás toman parte en las comidas, y permaneció en el harem. Y se limitó a esperar allí que produjese efecto su estratagema. Y he aquí que, apenas Kamar y su huésped probaron el delicioso sorbete, cayeron ambos en un profundo sueño; porque la joven había tenido cuidado de echar en las copas un polvo adormecedor. Y la esclava que les servía se retiró en cuanto los vió tendidos sin movimiento.

Entonces la joven, vestida solamente con su camisa, y preparada toda ella como para la primera entrada nupcial, levantó el cortinaje y penetró en la sala del festín. Y quien hubiese visto a aquella joven, en todo el esplendor de su belleza, con sus ojos cargados de crímenes, habría sentido que se le desmenuzaba el corazón y que la razón se le huía. Avanzó ella, pues, hasta Kamar, a quien hasta entonces no había entrevisto más que por la ventana, cuando entraba él en la casa, y se puso a contemplarle. Y vió que era en absoluto de su conveniencia. Y empezó por sentarse junto a él, y se puso a acariciarle el rostro dulcemente con la mano. Y de pronto, aquella gallina hambrienta se arrojó glotonamente sobre el jovenzuelo y empezó a picotearle los labios y las mejillas con tanta violencia, que hizo saltar la sangre. Y aquellos picotazos crueles duraron algún tiempo y fueron reemplazados por tales movimientos, que sólo Alah sabría lo que pudo ocurrir a consecuencia de toda aquella agitación de la gallina montada a horcajadas sobre el joven gallo dormido.

Y con aquel juego transcurrió la noche entera.

Pero cuando apareció la mañana, aquella ardiente jovenzuela se decidió a levantarse; y se sacó del seno cuatro tabas de cordero y se las metió en el bolsillo de Kamar. Y hecho lo cual, le dejó y volvió al harem. Y mandó a la sala del festín a la esclava confidente que de ordinario ejecutaba sus órdenes, la misma que llevaba el alfanje desnudo al paso del cortejo por los zocos de Bassra. Y la esclava, para disipar el sueño del joven Kamar y del viejo joyero, les echó en las narices unos polvos que eran poderoso antídoto. Y no tardaron en producir su efecto aquellos polvos, porque los dos durmientes se despertaron después de estornudar. Y la joven esclava dijo al joyero: "¡Oh amo vuestro! nuestra ama Halima me envía a despertarte y te dice: "Es la hora de la plegaria de la mañana, y he aquí que desde el minarete el muezín hace el llamamiento a los creyentes. ¡Y he aquí, además, la palangana para las abluciones!" Y exclamó el viejo, aturdido aún: "¡Por Alah ! ¡qué pesadamente se duerme en esta habitación! ¡Siempre que me acuesto aquí no me despierto hasta muy entrado el día!"

Kamar no supo qué responder. Pero, al levantarse para hacer sus abluciones, sintió que le ardían como el fuego los labios y el rostro, sin contar lo que no se veía. Y se asombró de ello en extremo, y dijo al joyero: "No sé qué será, pero siento que los labios y el rostro me arden como el fuego y me queman como carbones encendidos. ¿A qué obedecerá?"

Y el viejo contestó: "¡Oh! eso no es nada. ¡Sencillamente picaduras de mosquitos!" Y dijo Kamar: "Está bien; pero ¿cómo es que en tu rostro no veo trazas de picaduras de mosquitos, si has dormido a mi lado?" El otro contestó: "¡Por Alah, que es verdad! Sin embargo, has de saber ¡oh cara hermosa! que a los mosquitos les gustan las mejillas jóvenes y vírgenes de pelo, y detestan los rostros barbudos. Y he aquí que bajo tu lindo semblante circula una sangre delicada, mientras que de mis mejillas descienden unas barbas luengas". Dicho esto, hicieron sus abluciones, se dedicaron a la plegaria y almorzaron juntos. Tras de lo cual, Kamar se despidió de su huésped, y salió para ir en busca de la mujer del barbero.

Y he aquí que se encontró con que estaba ella esperándole. Y le acogió riéndose, y le dijo: "¡Vamos, ¡oh hijo! cuéntame la aventura de esta noche, por más que la veo escrita con mil signos en tu rostro!" El dijo: "¡Estos signos son simples picaduras de mosquitos y nada más, madre mía!" Y la mujer del barbero se rió aun más fuerte al oír estas palabras, y dijo: "¿De verdad son picaduras de mosquitos? ¿Y no ha tenido otros resultados tu visita a la casa de la que amas?" El contestó: "¡Por Alah, que no, a no ser estas cuatro tabas de jugar los niños, y que me he encontrado en el bolsillo, sin saber cómo han entrado en él!"

Ella dijo: "¡Enséñamelas!" Y las cogió, las miró un momento, y continuó diciendo: "Eres muy inocente, hijo mío, al no haber adivinado que en tu cara llevas todavía la huella, no de picaduras de mosquitos, sino de besos apasionados de la que amas. En cuanto a esos huesos, que ella misma te ha metido en el bolsillo, son un reproche que te dirige por haberte pasado el tiempo durmiendo, pudiéndolo emplear mejor con ella. Ha querido decirte: "Eres un niño que se pasa el tiempo durmiendo. Aquí tienes unas tabas, como cumple a los niños que no saben divertirse con otro juego". Tal es la explicación de estas tabas, hijo mío. Y ha sido hablar bastante claro para la primera vez. Y por otra parte, no tienes más que hacer la prueba esta misma noche. En efecto, te aprovecharás de la invitación del joyero, el cual, sin duda, te convidará de nuevo a cenar, ¡y creo que no te olvidarás de portarte de manera que te satisfaga y la satisfaga, y hagas dichosa a tu madre que te quiere, hijo mío! ¡Y para cuando estés de vuelta en mi casa, ¡oh pupila del ojo! piensa en la miserable condición de mi pobrísimo esposo el barbero!"

Y Kamar contestó: "¡Por encima de la cabeza y de los ojos!" Y regresó al khan en que se alojaba. Y he aquí lo referente a él.

En cuanto a la joven Halima, preguntó a su esposo, el viejo joyero, cuando fué él a buscarla al harem: "¿Cómo te has portado con tu huésped el joven extranjero?" El contestó: "Con todas las galanterías y todas las consideraciones, ¡oh Halima! ¡Pero ha debido pasar muy mala noche, porque le han picado con encarnizamiento los mosquitos!" Ella dijo: "Tú tienes la culpa por no haberle hecho dormir con mosquitero. Pero, sin duda, estará menos incómodo la próxima noche. Pues supongo que le invitarás otra vez. ¡Y es lo menos que con él puedes hacer en agradecimiento por todas las pruebas de generosidad con que te ha colmado!" Y el joyero sólo pudo responder con el oído y la obediencia, máxime cuando él también sentía gran afecto por el joven.

Así es que, cuando Kamar llegó a la tienda, no dejó de invitarle el joyero, y aquella noche sucedió lo mismo que la anterior, a pesar del mosquitero. Porque, una vez que la bebida adormecedora hubo surtido su efecto, la joven Halima se pasó toda la noche agitándose y moviéndose a horcajadas sobre el gallo dormido, y de manera aun más extraordinaria que la primera vez. Y cuando, por la mañana, el joven Kamar salió de su profundo sueño, merced a los polvos que le echaron en las narices, sintió que le ardía el rostro y que tenía todo el cuerpo acribillado a succiones, mordiscos y otras cosas semejantes realizadas por su ardiente enamorada. Pero no dejó entrever nada al joyero, que le interrogaba sobre cómo había dormido, y tras de despedirse de él, salió para ir a dar cuenta a la mujer del barbero de lo que había pasado. Y al mirar en su bolsillo, encontró un cuchillo que le habían metido allí.

Y enseñó a su protectora aquel cuchillo, dándole quinientos dinares de oro de gratificación para aquel pobre barbero esposo suyo. Y después de besarle la mano, exclamó la vieja al ver el cuchillo: "¡Alah os resguarde de la desgracia, ¡oh hijo mío! He aquí que tu bienamada está irritada, y te amenaza con matarte si te vuelve a encontrar dormido. ¡Porque ésa es la explicación del cuchillo encontrado en tu bolsillo!" Y preguntó Kamar, muy perplejo: "¿Pero qué voy a hacer para no dormirme? ¡La noche última estaba yo resuelto a velar a todo trance, pero no lo conseguí!" Ella contestó: "Pues bien; para ello, no tendrás más que dejar beber al joyero solo y fingiendo que te tomas la copa de sorbete, cuyo contenido arrojarás detrás de ti, simularás dormir en presencia de la esclava. ¡Y de tal suerte conseguirás el objeto deseado!" Y Kamar contestó con el oído y la obediencia, y no dejó de seguir exactamente aquel excelente consejo.

Y he aquí que pasaron las cosas de la manera prevista por la vieja. Porque el joyero, por consejo de su esposa, invitó a Kamar a la tercera cena, con arreglo a la costumbre que exige sea el huésped invitado tres noches seguidas. Y cuando la esclava que había llevado los sorbetes vió dormidos a ambos hombres, se retiró para anunciar a su señora que ya se había producido el efecto deseado.

Al escuchar esta noticia, la ardiente Halima, furiosa de ver que el joven no había comprendido ninguna de sus advertencias, entró en la sala del festín, cuchillo en mano, dispuesta a hundirlo en el corazón del imprudente. Pero de pronto Kamar se irguió sobre ambos pies, riendo, y se inclinó hasta tierra ante la joven, que hubo de preguntarle: "¡Ah! ¿y quién te ha enseñado esa estratagema?" Y Kamar no le ocultó que había obrado de acuerdo con los consejos de la mujer del barbero. Y ella sonrió, y dijo: "¡Es lista la vieja! Pero en adelante sólo tienes que tratar conmigo. ¡Y no te arrepentirás!" Y así diciendo, atrajo hacia ella al jovenzuelo, de carne virgen todavía de todo contacto de mujer, y manipuló con él de manera tan experta...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 786ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 786ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... y manipuló con él de manera tan experta, que el joven aprendió de pronto a declinar todos los casos sin vacilar, a poner el régimen pasivo en acusativo, y a exigir el régimen directo en su misión activa. ¡Y en aquella batalla de piernas y de muslos se portó con tanta valentía y tal maestría de choques de vaivén, que aquella noche fué la noche del gallo por excelencia! ¡Loores a Alah, que da alas al primer vuelo de los pájaros, que hace danzar al cabrón desde su nacimiento, que hace desarrollarse el cuello del león joven, que hace saltar al río brotando de la roca y que pone en el corazón de sus creyentes un instinto invencible y hermoso como el canto del gallo por la aurora!

Cuando por medio de aquel valiente justador, que acababa de romper el cascarón, la experta Halima hubo aplacado el ardor que la consumía, le dijo, entre mil caricias: "Sabe ¡oh fruto de mi corazón! que ya no podré pasarme sin ti. ¡Por tanto, no te creas que me bastarán una o dos noches, una o dos semanas, uno o dos meses, uno o dos años! Quiero pasarme contigo la vida entera, abandonando al esposo viejo y feo, y siguiéndote a tu patria. Escúchame, pues, y si me amas y te ha satisfecho la experiencia de esta noche, haz lo que voy a decirte. ¡Helo aquí!

Cuando mi anciano esposo te invite a cenar una vez más, contéstale: "¡Por Alah, tío mío, que Ibn-Adán es demasiado pesado por naturaleza, y tiene muy densa la sangre! ¡Y cuando reitera las visitas a casa de los demás, hace que se harten de él ricos y pobres! ¡Excúsame, por no poder aceptar tu graciosa oferta, pues temería cometer una indiscreción reteniéndote tres o cuatro noches fuera de tu harem!" Y tras de hablarle así, le rogarás que alquile para ti una casa en la vecindad nuestra, con pretexto de que así podréis veros cómodamente ambos y pasar juntos, por turno, parte de la noche, sin que ello resulte importuno para uno ni para otro. Desde luego, sé que mi marido vendrá a consultármelo, y le afirmaré en ese proyecto. ¡Y cuando lo realicemos, Alah se encargará de lo demás!" Y el joven Kamar contestó: "¡Oír es obedecer!" Y le juró conformarse con todos sus deseos, y para sellar su juramento, hizo con ella una repetición de regímenes todavía más detallada que la primera. Y en verdad que aquella noche funcionó con celo el báculo del peregrino sobre el camino allanado ya por la primera marcha del jinete.

Hecho lo cual, Kamar, por consejo de su enamorada, fué a tenderse junto al joyero, como si nada hubiese pasado. Y por la mañana, cuando los polvos antídotos despertaron al joyero, Kamar quiso despedirse de él, como tenía por costumbre. Pero el otro le retuvo a la fuerza, y le invitó a compartir con él una vez más la comida de la noche. Y Kamar no olvidó la recomendación de su enamorada, y no quiso aceptar la invitación del joyero pero le participó el plan concertado, y le dijo que era el único medio de no importunarse uno a otro en lo sucesivo. Y contestó el viejo joyero: "¡No hay inconveniente!" Y sin más tardanza se levantó y fué a alquilar la casa inmediata a la suya, la amuebló ricamente e instaló en ella a su joven amigo. Y por su parte, la experta Halima se cuidó de hacer practicar, con gran secreto, en la medianería, una abertura grande, que se disimulaba por ambos lados con un armario.

Así es que, al día siguiente, quedó Kamar extremadamente asombrado al ver entrar en su aposento a su enamorada, como si surgiera de lo invisible. Pero ella, tras de haberle colmado de caricias, le descubrió el misterio del armario, y acto seguido le hizo seña de que se dedicara a su oficio de gallo. Y Kamar se prestó a ello con diligencia y celeridad, y manejó siete veces seguidas el báculo del peregrino. Tras de lo cual, la joven Halima, húmeda aún del ardor satisfecho, sacó de su seno un puñal espléndido de la pertenencia de su esposo el joyero, que lo había labrado por sí mismo con el mayor cuidado y cuyo puño había adornado con hermosas piedras preciosas, y se lo entregó a Kamar, diciéndole: "Guárdate este puñal en el cinturón y preséntate en la tienda de Osta-Obeid, mi marido; enséñale el puñal y pregúntale si le gusta y cuánto vale. Y te preguntará cómo es que lo tienes; dile entonces, que, al pasar por el zoco de los armeros, has oído a dos hombres hablar entre sí y que uno de ellos decía al otro: "¡Mira el regalo que me ha hecho mi amante, que me da los objetos que pertenecen a su anciano marido, el más feo y el más repugnante de los maridos ancianos!" Y añade que, cuando se te acercó el hombre que así hablaba, le compraste el puñal. ¡Abandona la tienda luego y ven a toda prisa a casa, donde me encontrarás en el armario para recoger el puñal!" Y tomando el puñal, Kamar se presentó en la tienda del joyero, donde desempeñó el papel que le había indicado su amada.

Cuando el joyero vió el puñal y oyó las palabras de Kamar, se sintió muy turbado, y contestó con frases entrecortadas, como hombre a quien se le extravía la razón. Y al ver el estado del joyero, Kamar salió de la tienda y corrió a devolver el puñal a su amada, que ya le esperaba en el armario. Y le pintó el estado cruel y el desvarío en que hubo de dejar a su marido el joyero.

En cuanto al desdichado Osta-Obeid, corrió a su vez a la casa, presa de los tormentos de los celos y silbando cual una serpiente furiosa. Y entró, con los ojos fuera de las órbitas, gritando: "¿Dónde está mi puñal?" Y Halima aparentando el aire más inocente, contestó, abriendo unos ojos muy extrañados: "Está en su sitio, en la arquilla. ¡Pero, por Alah, que me guardaré de dártelo, ¡oh hijo del tío! porque veo que tienes extraviada la razón y temo que quieras herir con él a alguien!" Y el joyero insistió, jurando que no quería herir a nadie. Entonces, abriendo la arquilla, le presentó ella el puñal. Y exclamó él: "¡Oh, prodigio!" Ella preguntó: "Pues, ¿qué tiene de sorprendente?" El dijo: "¡Hace un instante creí ver este puñal en el cinturón de mi joven amigo!" Ella dijo: "¡Por mi vida! ¿has podido abrigar sospechas infundadas de tu esposa, ¡oh el más indigno de los hombres!?" Y el joyero le pidió perdón y se esforzó cuanto pudo por aplacar la cólera de la joven.

Y he aquí que, al día siguiente, Halima, tras de haber jugado con su amante una partida de ajedrez en siete asaltos, pensó de qué medio se valdría para hacer que el viejo joyero se divorciara de ella, y dijo a Kamar: "Ya has visto que el primer medio no nos ha dado resultado. Ahora voy a vestirme de esclava, y me conducirás a la tienda de mi marido. Y me levantarás el velo, diciéndole que acabas de comprarme en el mercado. ¡Y veremos si eso le abre los ojos!" Y se levantó y se vistió de esclava, efectivamente, y acompañó a su amante a la tienda de su marido. Y dijo Kamar al anciano joyero "Mira qué esclava acabo de comprar por mil dinares de oro. ¡A ver si te gusta!" Y así diciendo, le levantó el velo. Y el joyero creyó desmayarse al reconocer a su mujer, adornada con magníficas pedrerías labradas por él mismo y llevando en los dedos las sortijas que le había regalado Kamar. Y exclamó: "¿Cómo se llama esta esclava?" Y Kamar contestó: "¡Halima! " Y al oír estas palabras, el joyero sintió que se le secaba la garganta, y cayó de espaldas. Y Kamar y la joven se aprovecharon del desmayo para retirarse.

Cuando Osta-Obeid volvió de su desvanecimiento, corrió a su casa con todas sus fuerzas, y estuvo a punto de morirse de sorpresa y de espanto al encontrar a su esposa con el mismo atavío con que acababa de verla, y exclamó: "¡No hay fuerza y protección más que en Alah el Omnisciente!" Y ella le dijo: "Y bien, ¡oh hijo del tío! ¿de qué te asombras?" El dijo: "¡Alah confunda al Maligno! ¡Acabo de ver una esclava que ha comprado mi amigo y que parece ser tú misma, de tanto como se te asemeja!" Y Halima, fingiendo sofocarse de indignación, exclamó: "¿Cómo ¡oh calamitoso de barba blanca! te atreves a ultrajarme con sospechas tan vergonzosas? ¡Ve a convencerte por tus propios ojos, y corre a casa de tu vecino para ver si encuentras allí a la esclava!" El dijo: "¡Tienes razón! ¡No hay sospecha que ceda a semejante prueba!" Y bajó la escalera, y salió de su casa para ir a la de su amigo Kamar.

Y como había pasado por el armario, ya se encontraba allí Halima cuando entró su esposo. Y confuso ante tan gran parecido, el infortunado no supo más que murmurar: "¡Alah es grande! ¡El crea los juegos de la Naturaleza y cuanto le place!" Y regresó a su casa en el límite de la turbación y de la perplejidad; y al encontrar a su mujer como la había dejado, no pudo por menos de colmarla de elogios y pedirle perdón. Luego se volvió a su tienda.

En cuanto a Halima, fué a reunirse con Kamar, pasando por el armario, y le dijo: "¡Ya ves que no hay medio de abrir los ojos a ese padre de la barba vergonzosa! Ya sólo nos queda marcharnos de aquí sin tardanza. ¡He tomado mis medidas, y están prontos los camellos cargados, así como los caballos, y la caravana no espera a nadie más que a nosotros para partir!" Y se levantó, y envolviéndose en sus velos, le decidió a llevarla al sitio en que se hallaba la caravana. Y montaron ambos en los caballos que les aguardaban, y partieron. Y Alah les escribió la seguridad, y llegaron a Egipto sin ningún incidente desagradable.

Cuando llegaron a la casa del padre de Kamar, y el venerable mercader se enteró del regreso de su hijo, la alegría dilató todos los corazones, y Kamar fué recibido con lágrimas de dicha. Y cuando Halima entró en la casa, todos los corazones quedaron deslumbrados por su belleza. Y el padre de Kamar preguntó a su hijo: "¡Oh hijo mío! ¿es una princesa?" El joven contestó: "No es una princesa, sino aquella cuya hermosura motivó mi viaje. Pues de ella es de quien nos habló el derviche. ¡Y ahora me propongo casarme con ella conforme a la Sunnah y a la Ley!" Y contó a su padre, desde el principio hasta el fin, toda su historia. Pero no hay utilidad en repetirla.

Al saber aquella aventura de su hijo, el venerable mercader Abd el-Rahmán exclamó: "¡Oh hijo mío! ¡Sea contigo mi maldición en este mundo y en el otro si persistes en querer casarte con esa mujer salida del infierno! ¡Ah! ¡teme ¡oh hijo mío! que un día se conduzca contigo de manera tan desvergonzada como con su primer marido! ¡Mejor será que me dejes buscar para ti una esposa entre las jóvenes de buena familia!" Y le amonestó largamente, y le habló tan cuerdamente, que contestó Kamar: "Haré lo que deseas, ¡oh padre mío!" Y al oír estas palabras, el venerable mercader besó a su hijo y ordenó que al punto encerraran a Halima en un pabellón retirado, mientras tomaba una decisión con respecto a ella.

Tras de lo cual, se ocupó de buscar por toda la ciudad una esposa conveniente para su hijo. Y después de numerosos pasos dados por la madre de Kamar cerca de las mujeres de los notables y de los mercaderes ricos, se celebraron los esponsales de Kamar con la hija del kadí, la cual, sin duda, era la jovenzuela más bella de El Cairo. Y con aquel motivo, durante cuarenta días enteros no se escatimaron los festines, ni las iluminaciones, ni las danzas, ni los juegos. Y el último día tuvo lugar una fiesta reservada especialmente a los pobres, a quienes se cuidaron de invitar a sentarse en torno a las bandejas servidas para ellos con toda generosidad.

Y he aquí que Kamar, que por sí mismo vigilaba a los servidores durante aquel festín, advirtió entre los pobres a un hombre peor vestido que los más pobres y quemado del sol, llevando en su cara las huellas de prolongadas fatigas y de penas abrasadoras. Y al detener en él sus miradas para llamarle, reconoció al joyero Osta-Obeid. Y corrió a participar su descubrimiento a su padre, que le dijo: "¡Ha llegado el momento de reparar, en cuanto nos es posible, el daño que cometiste por instigación de la desvergonzada a quien he encerrado!" Y se adelantó al anciano joyero, que ya se disponía a alejarse, y llamándole por su nombre, le abrazó tiernamente y le interrogó acerca del motivo que habíale reducido a tal estado de pobreza. Y Osta-Obeid le contó que se había marchado de Bassra para que no se difundiese su aventura y no tuviesen ocasión de burlarse de él sus enemigos, pero en el desierto había caído en manos de bandoleros árabes, que le quitaron cuanto poseía. Y el venerable Abd el-Rahmán se apresuró a hacer que le condujeran al hammam, y después del baño que le vistieran con ricos trajes; luego le dijo: "¡Eres mi huésped, y te debo verdad! Sabe, pues, que tu esposa Halima está aquí, encerrada por orden mía en un pabellón retirado. Y pensaba devolvértela con escolta a Bassra pero ya que Alah te condujo hasta aquí, es porque, de antemano, estaba señalada la suerte de esa mujer. Voy, pues, a conducirte a su aposento, y la perdonarás o la tratarás como se merezca. Porque no debo ocultarte que conozco toda la penosa aventura, de que es única culpable tu mujer; pues el hombre que se deja seducir por una mujer no tiene nada que reprocharse, dado que no puede resistir al instinto que Alah ha infundido en él; pero la mujer no está constituida de igual manera, y si no rechaza la aproximación y el ataque de los hombres, siempre será culpable.

¡Ah! ¡hermano mío, se necesita gran acopio de sabiduría y paciencia en el hombre que posee una mujer!" Y dijo el joyero: "¡Tienes razón, hermano mío! Mi mujer es la única culpable en este caso. Pero ¿dónde está? Y dijo el padre de Kamar: "¡En ese pabellón que ves delante de ti, y cuyas llaves aquí tienes!" Y el joyero cogió las llaves con gran alegría y fué al pabellón, cuyas puertas hubo de abrir, y entró en el aposento de su mujer. Y avanzó hacia ella sin decir una palabra, y echándola de repente al cuello las dos manos, la estranguló, exclamando: "¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 787ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 787ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... la estranguló, exclamando: "¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie!"

Y el mercader Abd el-Rahmán, para acabar de reparar los yerros de su hijo Kamar con el joyero, creyó equitativo y meritorio ante Alah el Altísimo casar, el mismo día de las bodas de Kamar, a su hija Estrella-de-la-Mañana con Osta-Obeid. ¡Pero Alah es más grande y más generoso!

Tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló.

Y exclamó el rey Schahriar: "Haga Alah ¡oh Schehrazada! que todas las mujeres desvergonzadas sufran la suerte de la esposa del joyero. ¡Porque así es como debieran terminar varias historias de las que me has contado! Con frecuencia, en efecto, me he irritado en el alma, Schehrazada, al ver que ciertas mujeres tenían un fin contrario a mis ideas y a mis inclinaciones. ¡Pues ya sabes cómo he tratado, por mi parte, a la esposa impúdica y maligna (que Alah no la tenga en su compasión), así como a todas sus infieles esclavas!"

Pero Schehrazada, sin querer que el rey se entregase por mucho tiempo a tales pensamientos, se guardó mucho de responder al particular, y apresuróse a comenzar, como sigue, la HISTORIA DE LA PIERNA DE CARNERO.


Las mil y una noches - Tomo V
historia de la pierna de carnero

de Anónimo


HISTORIA DE LA PIERNA DE CARNERO[editar]

Cuentan -¡pero Alah es más sabio!- que en El Cairo, bajo el reinado de un rey entre los reyes de aquel país, había una mujer dotada de tanta astucia y de tanta destreza, que pasar por el ojo de la aguja más pequeña era para ella tan sencillo como beberse un sorbo de agua. Y he aquí que Alah (que distribuye a su antojo cualidades y defectos) había infundido a aquella mujer tal ardor de temperamento, que si le hubiese cabido en suerte ser una de las cuatro esposas de un creyente y compartir con justicia las cuatro noches en cuatro lotes, uno para cada una, se hubiera muerto de deseo reconcentrado. Así es que supo ella arreglarse de manera que llegó, no sólo a ser la esposa única de un hombre, sino a casarse a la vez con dos hombres, de la raza de los gallos del Alto Egipto, que podían consolar una tras otra a veinte gallinas. Y había usado de tanta sutileza, y tan bien supo tomar sus medidas, que ninguno de los dos hombres sospechaba un reparto tan contrario a la ley y a las costumbres de los verdaderos creyentes. Y por cierto que favorecía los manejos de ella la profesión que ejercían sus dos maridos, porque uno era ladrón nocturno y el otro ratero diurno. Con lo cual, cuando uno regresaba a casa por la noche, una vez terminada su tarea, el otro había salido ya en busca de algún trabajo apropiado. En cuanto a sus nombres, se llamaban: el ladrón, Haram, y el ratero, Akil.

Y transcurrieron días y meses, y el ladrón Haram y el ratero Akil se dedicaban con provecho en casa a su oficio de gallos, y fuera de casa al de zorros.

Un día entre los días, el ladrón Haram, después que el heredero de su padre hubo consolado a la hija del tío más excelentemente aún que de costumbre, dijo a la mujer: "Un asunto de gran importancia ¡oh mujer! me obliga a ausentarme por algún tiempo. ¡Plugue a Alah escribirme el éxito, a fin de que esté yo de vuelta junto a ti lo más pronto posible!" Y contestó la mujer: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh cabeza de los hombres! Pero ¿qué va a ser de esta desventurada mientras dura la ausencia de su enamorado?" Y se desoló mucho y le dijo mil palabras de desconsuelo, y sólo le dejó partir después de las más cálidas pruebas de afecto. Y cargado con un saco de provisiones de boca que la joven había tenido cuidado de prepararle para el viaje, el ladrón Haram se fué por su camino, satisfecho y chasqueando la lengua de contento.

Haría apenas una hora de tiempo que había partido él, cuando regresó Akil el ratero. Y quiso la suerte que, teniendo necesidad de abandonar la ciudad, precisamente fuese a anunciar su marcha a su esposa. Y la joven no dejó de hacer presente a su otro marido toda la pena que le producía su alejamiento, y después de las pruebas diversas y multiplicadas de una pasión extraordinaria, le llenó de provisiones de boca un saco para el viaje, y le dijo adiós, invocando sobre su cabeza las bendiciones de Alah (¡exaltado sea!) Y el ratero Akil salió de su casa alabándose de tener una esposa tan cálida y tan atenta y chasqueando la lengua de contento.

Y como por lo general, a cada criatura le espera su destino en cualquier encrucijada del camino, ambos maridos debían encontrar el suyo donde menos pensaban. En efecto, al fin de la jornada, el ratero Akil entró en un khan que le pillaba de camino, proponiéndose pasar allí la noche. Y al entrar en el khan, sólo encontró en él a un viajero, con el cual entabló conversación en seguida, después de las zalemas y cumplimientos por una y otra parte. Y he aquí que su interlocutor era precisamente el ladrón Haram, que tomó el mismo camino que su asociado, a quien no conocía. Y el primero dijo al segundo: "¡Oh compañero! ¡parece que estás muy fatigado!" Y el otro contestó: "¡Por Alah! ¡hoy me he hecho de una tirada todo el camino de El Cairo! Y tú, compañero, ¿de dónde vienes?" El aludido contestó: "¡De El Cairo también! Y glorificado sea Alah, que pone en mi camino un compañero tan agradable para continuar el viaje. Porque ha dicho el profeta (¡con él la plegaria y la paz!) : "¡Un compañero es la mayor provisión para el camino!" ¡Pero, entretanto, para sellar nuestra amistad, partamos juntos el mismo pan y probemos la misma sal! ¡He aquí ¡oh compañero! mi saco de provisiones, en el que tengo, para ofrecértelos, dátiles frescos y asado con ajo!" Y el otro contestó: "Alah aumente tus bienes, ¡oh compañero! Acepto la oferta de todo corazón amistoso. ¡Pero permíteme que también contribuya con lo mío!" Y mientras el primero sacaba del saco sus provisiones, puso él las suyas en la estera donde estaban sentados.

Cuando acabaron ambos de colocar sobre la estera lo que tenían que ofrecerse, advirtieron que llevaban provisiones exactamente iguales: panes de sésamo, dátiles y media pierna de carnero. Y hubieron de asombrarse hasta el límite extremo del asombro en cuanto observaron que las dos medias piernas de carnero se acoplaban con perfecta exactitud. Y exclamaron: "¡Alahu akbar! ¡estaba escrito que esta pierna de carnero vería reunirse sus dos mitades, a pesar de la muerte, el horno y el guiso!"

Luego el ratero preguntó al ladrón: "Por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿puedo saber de dónde procede ese trozo de pierna de carnero?" Y el ladrón contestó: "¡Me lo ha dado la hija de mi tío antes de ponerme en marcha! Pero, por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿puedo, a mi vez, saber de dónde sacaste esa media pierna?" Y el ratero dijo: "¡También me la metió en el saco la hija del tío! Pero ¿puedes decirme en qué barrio se encuentra tu honorable casa?" El aludido dijo: "¡Junto a la Puerta de las Victorias!" Y el otro exclamó: "¡Y la mía también!" Y de pregunta en pregunta, pronto ambos ladrones adquirieron la convicción de que desde el día de su matrimonio eran, sin saberlo, asociados de la misma cama y del mismo tizón. Y exclamaron: "¡Alejado sea el Maligno! ¡He aquí que nos ha burlado la maldita!"

Luego, aunque en un principio este descubrimiento les incitó a realizar alguna violencia, como eran avisados y prudentes, acabaron por pensar que el mejor partido que podían tomar consistía en volver sobre sus pasos y esclarecer por sus propios ojos y sus propias orejas lo que tenían que esclarecer con la taimada. Y de acuerdo sobre el particular, emprendieron de nuevo ambos la ruta de El Cairo, y no tardaron en llegar a su vivienda común.

Cuando, tras de abrirles la puerta, la joven vió juntos a sus dos maridos, no pudo dudar de que habían descubierto su estratagema, y como era prudente y avisada, comprendió que sería inútil buscar entonces un pretexto con que ocultar por más tiempo la verdad. Y pensó: "¡El corazón del hombre más duro no puede resistir a las lágrimas de la mujer amada!" Y de pronto, estallando en sollozos y despeinándose los cabellos, se arrojó a los pies de sus dos maridos, implorando su misericordia.

Y he aquí que la amaban ambos y tenían el corazón prendado por los encantos de ella. Así que, a pesar de tan notoria perfidia, sintieron que no se había debilitado su afecto hacia ella y la levantaron y le otorgaron su perdón, pero después de haberle hecho los cargos con ojos furibundos. Luego, como ella permaneciera silenciosa con un aire muy contrito, le dijeron que aquello no era todo, pues tenía que cesar sin tardanza aquel estado de cosas tan contrario a las costumbres y usos de los creyentes. Y añadieron: "¡Es absolutamente necesario que, al punto, te decidas a escoger entre nosotros dos al que quieras conservar como esposo!"

Al oír estas palabras de sus dos maridos, la joven bajó la cabeza, y reflexionó profundamente. Y por más que la apremiaron ellos para que, sin tardanza, tomase una determinación, les fué imposible hacerle designar al que prefería, porque a ambos les encontraba iguales gallardía, fuerza y resistencia. Pero como, impacientes por el silencio de ella, le gritasen con voz amenazadora que tenía que escoger, acabó por levantar la cabeza, y dijo: "¡No hay recurso y misericordia más que en Alah el Altísimo, el Todopoderoso! ¡Oh hombres! ¡ya que me obligáis a escoger entre vosotros y a tomar un partido me lastima al afecto que os dediqué por igual, y como, hecha la reflexión y pesadas las consecuencias, no tengo ningún motivo para preferir el uno al otro, he aquí lo que os propongo! Ambos vivís de vuestra destreza, y sobre eso tenéis tranquila la conciencia, y Alah, que juzga las acciones de sus criaturas conforme a las aptitudes que les ha puesto en el corazón, no os rechazará del seno de Su bondad. Tú, Akil, escamoteas durante el día, y tú, Haram, robas por la noche. ¡Pues bien; declaro ante Alah y ante vosotros que conservaré como esposo a aquel de vosotros dos que dé la mejor prueba de destreza y realice la proeza más ingeniosa!" Y ambos contestaron con el oído y la obediencia, admitiendo en seguida la proposición y preparándose al punto a rivalizar en ingenio.

Y he aquí que el ratero Akil fué quien empezó a actuar, yendo con su asociado Haram al zoco de los cambistas. Y le mostró con el dedo a un viejo judío que se paseaba con lentitud de una tienda a otra, y dijo: "¿Ves ¡oh Haram! a ese hijo de perro? ¡Pues me comprometo a quitarle su saco de cambista antes de que acabe de dar ese paseo!" Y habiendo hablado así, ligero como una pluma, se acercó al judío que paseaba y le sustrajo el saco lleno de dinares de oro que llevaba consigo. Y volvió al lado de su compañero, el cual, poseído de extremado pavor, quiso evitarle en un principio para no arriesgarse a que le detuvieran como cómplice del otro; pero maravillado luego de golpe de mano tan feliz, empezó a felicitarle por la maestría de que acababa de dar prueba, y le dijo: "¡Por Alah! ¡me parece que, por mi parte, jamás podré llevar a cabo una empresa tan brillante! ¡Yo creía que robar a un judío era cosa que superaba a las fuerzas de un creyente!" Pero el ratero se echó a reír, y le dijo: "¡Oh pobre! ¡eso no es más que el principio de la cosa, pues no es así como pretendo apropiarme el saco del judío! Porque un día u otro podría ponerse sobre mi pista la justicia y obligarme a decir la verdad. ¡Quiero convertirme en propietario legal del saco con su contenido, conduciéndome de manera que el propio kadí me adjudique lo que le pertenece a ese judío relleno de oro!" Y así diciendo, se marchó a un rincón retirado del zoco, abrió el saco, contó las monedas de oro, que contenía, quitó de ellas diez dinares y puso en su lugar un anillo de cobre que le pertenecía. Tras de lo cual volvió a cerrar el saco cuidadosamente, y acercándose de nuevo al judío despojado, se lo deslizó diestramente en el bolsillo del kaftán, como si no hubiese pasado nada.

La destreza es un don de Alah, ¡oh creyentes!

Y he aquí que, apenas había dado algunos pasos el judío, cuando el ratero se lanzó otra vez sobre él, pero entonces muy ostensiblemente, gritándole: "¡Miserable hijo de Aarón, se acerca tu castigo! ¡Devuélveme mi saco o vamos ambos a casa del kadi!" Y en el límite de la sorpresa, al verse tratado así por un hombre a quien no conocía, ni de padre, ni de madre, y a quien nunca en su vida había visto, el judío, para eludir los golpes, empezó a deshacerse en excusas, y juró por Ibrahim, Ishak y Yacub que su agresor se equivocaba de persona y que, por su parte, jamás se le había ocurrido, ni por pienso, arrebatarle el saco. Pero Akil, sin querer escuchar sus protestas, amotinó contra el judío a todo el zoco y acabó por agarrarle del kaftán, diciéndole: "¡Yo y tú a casa del kadí!" Y como el otro se resistiese, le cogió de la barba, y entre el tumulto le arrastró a la presencia del kadí.

Y el kadí preguntó: "¿De qué se trata?" Y al punto contestó Akil: "¡Oh nuestro amo el kadí! este judío, de la tribu de los judíos, que traigo entre tus manos, dispensadoras de justicia, es sin duda el ladrón más audaz que ha entrado en la sala de tus decretos. ¡He aquí que, después de haberme robado mi saco lleno de oro, se atreve a pasearse por el zoco con la tranquilidad del musulmán irreprochable!" Y gimió el judío, con la barba a medio arrancar: "¡Oh nuestro amo el kadí, protesto de eso! ¡Jamás he visto ni conocido a este hombre que me ha maltratado y reducido al estado lamentable en que me hallo, después de haber amotinado al zoco contra mí y haber destruido para siempre mi crédito y arruinado mi reputación de cambista irreprochable!"

Pero Akil exclamó: "¡Oh maldito hijo de Israel! ¿desde cuándo la palabra de un perro de tu raza prevalece sobre la palabra de un creyente? ¡Oh nuestro amo el kadí! ¡este embaucador niega su robo con tanta audacia como cierto mercader de las Indias, cuya historia contaré a tu señoría, si no la conoce!"

Y el kadí contestó: "¡No conozco la historia del mercader de las Indias! ¿Pero qué le sucedió? ¡Dímelo brevemente!" Y Akil dijo: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡oh amo nuestro! Para hablar brevemente, te diré que el tal mercader de las Indias era un hombre que había conseguido inspirar tanta confianza a la gente del zoco, que un día le confiaron en depósito una importante cantidad de dinero, sin pedirle recibo. Y se aprovechó de esta circunstancia para negar el depósito el día en que fué a reclamárselo el propietario. Y como éste no podía exhibir contra el demandado testigos ni escrituras, sin duda el mercader se habría comido con toda tranquilidad la hacienda ajena, si el kadí de la ciudad, con su talento, no hubiese logrado hacerle declarar la verdad. ¡Y obtenida esta declaración, le hizo aplicar doscientos palos en la planta de los pies, y le echó de la ciudad!" Luego continuó Akil: "¡Y ahora, ¡oh nuestro amo el kadí! espero de Alah que tu señoría, llena de sagacidad y de talento, hallará fácilmente el medio de demostrar la doblez de este judío! ¡Y primeramente permite a tu esclavo que te ruegue des orden de registrar a mi ladrón para convencerte de su robo!"

Cuando el kadí hubo oído este discurso de Akil, ordenó a los guardias que registraran al judío. Y no tardaron mucho tiempo en encontrarle encima el saco consabido. Y el acusado, gimiendo, insistió en que el saco era de su propiedad legítima. Y por su parte, Akil aseguraba, con toda clase de juramentos e injurias dirigidas al descreído, que él reconocía perfectamente el saco que le habían sustraído. Y el kadí, como juez avisado, ordenó entonces que cada una de las partes declarase lo que había dentro del saco en litigio. Y el judío declaró: "¡En el saco ¡oh amo nuestro! hay quinientos dinares de oro que metí en él esta mañana, ni uno más, ni uno menos!" Y Akil exclamó: "¡Mientes, ¡oh hijo de judíos! a no ser que, al revés de lo que ocurre con los de tu raza, me devuelvas más de lo que cogiste! Yo declaro que en el saco sólo hay cuatrocientos noventa dinares, ni uno más, ni uno menos. ¡Y, además, debe estar guardado ahí un anillo de cobre con mi sello, como no sea que lo hayas tú quitado ya!" Y el kadí abrió el saco en presencia de los testigos, y su contenido hubo de dar la razón al ratero. Y al punto el kadí entregó el saco a Akil y ordenó que inmediatamente se administrase una paliza al judío, ¡que se había quedado mudo de estupefacción!

Cuando el ladrón Haram vió el éxito de la acertada jugarreta de su asociado Akil, le felicitó y le dijo que a él le resultaría muy difícil superarle. No obstante, se citó con él para aquella misma noche en las inmediaciones del palacio del sultán, a fin de intentar, a su vez, alguna hazaña que no fuese indigna de la maravillosa jugarreta de que acababa de ser testigo.

Así es que, al caer la noche, ya estaban en el punto de cita convenido ambos asociados. Y Haram dijo a Akil: "Compañero, te has reído de la barba de un judío y de la del kadí. Yo quiero obrar sobre el propio sultán. ¡Aquí tienes una escala de cuerda, de la que voy a valerme para penetrar en el aposento del sultán! ¡Pero tienes que acompañarme para ser testigo de lo que ocurra!" Y a Akil, que no estaba acostumbrado al robo, sino sencillamente a las raterías, en un principio le asustó mucho la temeridad de aquella tentativa; pero se avergonzó de retroceder ante su asociado, y le ayudó a arrojar por encima de la muralla del palacio la escala de cuerda. Y treparon ambos por ella, bajaron por el lado opuesto, atravesaron los jardines y se adentraron en el mismo palacio, a favor de las tinieblas, y se deslizaron por las galerías hasta el propio aposento del sultán; y levantando una cortina, Haram hizo a su compañero ver al sultán dormido y junto al cual había un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 788ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 788ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies. E incluso el mozalbete aquél, que favorecía el dormir del rey con semejante maniobra, parecía abrumado de sueño, y para no dejarse vencer por el sopor mascaba un trozo de almácigo. Al ver aquello, Akil, lleno de pavor, estuvo a punto de caerse de espaldas, y Haram le dijo al oído: "¿Por qué te asustas así compañero? ¡Tú has hablado con el kadí, y yo, a mi vez, quiero hablar con el rey!" Y dejándole escondido detrás de la cortina, se acercó al mozalbete con una agilidad maravillosa, le amordazó, le ató, y le colgó del techo como a un fardo. Luego se sentó en el sitio del otro, y se puso a hacer cosquillas al rey en la planta de los pies con la ciencia de un masajista del hammam. Y al cabo de un momento, maniobró de manera que se despertase el sultán, quien empezó a bostezar. Y Haram, imitando la voz de un mozalbete, dijo al sultán: "¡Oh rey del tiempo! ya que tu Alteza no duerme, ¿quiere que le cuente algo?" Y cuando contestó el sultán: "¡Está bien!" Haram dijo: "En una ciudad entre las ciudades había ¡oh rey del tiempo! un ladrón llamado Haram y un ratero llamado Akil, que rivalizaban en audacia y destreza. ¡Y he aquí lo que cada uno de ellos hizo un día!" Y contó al sultán la jugarreta de Akil con todos sus detalles, y llevó su audacia hasta enterarle de cuanto pasaba en su propio palacio, cambiando solamente el nombre del sultán y el lugar de la escena. Y cuando hubo terminado su relato, dijo: "Y ahora, ¡oh rey del tiempo! ¿me dirás a cuál de ambos compañeros encuentra más hábil tu señoría?"

Y contestó el sultán: "¡Indudablemente, al ladrón que se introdujo en el palacio del rey!"

Cuando hubo oído esta respuesta, Haram pretextó una urgente necesidad de orinar, y salió como si fuera a los retretes. Y fué a reunirse con su compañero, que, durante todo el tiempo que duró la conversación, estuvo sintiendo que el alma se le escapaba de terror por la nariz. Y de nuevo emprendieron el camino que ya habían recorrido y salieron del palacio tan felizmente como habían entrado.

Al día siguiente, el sultán, que estaba muy asombrado de no haber vuelto a ver a su favorito, a quien creía en los retretes, llegó al límite de la sorpresa al hallarle colgado del techo, exactamente igual que en la historia que oyó contar. Y en seguida adquirió la certeza de que él mismo acababa de ser víctima de tan audaz ladrón. Pero, lejos de irritarse contra quien así le había burlado, quiso conocerle; y a tal fin hizo proclamar, por los pregoneros públicos, que perdonaba al que se introdujo de noche en su palacio y le prometía una gran recompensa si se presentaba ante él. Y fiado en esta promesa, fué Haram al palacio y se presentó entre las manos del sultán, que hubo de alabarle mucho por su valor, y para recompensar tanta maestría, le nombró en el momento jefe de policía del reino. Y la joven, por su parte, al enterarse de la cosa, no dejó de escoger a Haram por único esposo, y vivió con él entre delicias y alegrías. ¡Pero Alah es más sabio!

Y Schehrazada no quiso dejar al rey aquella noche bajo la impresión de esta historia, e inmediatamente comenzó a contarle la prodigiosa historia que sigue.

Dijo:


Las mil y una noches - Tomo V
las llaves del destino

de Anónimo


LAS LLAVES DEL DESTINO[editar]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el califa Mohammad ben-Theilún, sultán de Egipto, era un soberano tan mesurado y bueno como cruel y opresor fué su padre Theilún. Porque, lejos de obrar como éste, torturando a sus súbditos con objeto de que pagasen tres y cuatro veces los mismos impuestos, y haciendo que les administrasen palizas para obligarles a desenterrar los pocos dracmas que guardaban bajo tierra por temor a los recaudadores, se apresuró a hacer que renaciera la tranquilidad y de nuevo se aposentara entre su pueblo la justicia. Y los tesoros que su padre Theilún había acumulado a fuerza de violencia los empleaba él en proteger a los poetas y a los sabios, en recompensar a los valientes y en acudir en ayuda de los pobres y de los desgraciados. Así es que Alah el Retribuidor hizo que todo saliese bien bajo el reinado bendito de aquel rey; pues jamás fueron tan regulares y abundantes las crecidas del Nilo, jamás las mieses fueron tan ricas y multiplicadas, jamás estuvieron tan verdes los campos de alfalfa y de altramuz y jamás los mercaderes vieron afluir a sus tiendas tanto oro.

Un día entre los días el sultán Mohammad hizo ir a su presencia a todos los dignatarios de su palacio para interrogarles, por turno, acerca de sus funciones, de sus servicios pretéritos y de la paga que recibían del tesoro. Porque de tal suerte quería enterarse por sí mismo de su conducta y de sus medios de existencia, diciéndose: "Si veo que alguno tiene un empleo penoso y una paga ligera, disminuiré su trabajo y aumentaré su sueldo pero si veo que uno tiene una paga considerable y un empleo fácil, disminuiré su sueldo y aumentaré su trabajo".

Y los primeros que se presentaron entre sus manos fueron sus visires, que eran cuarenta, todos ancianos venerables, con luengas barbas blancas y rostro marcado por la sabiduría. Y llevaban a la cabeza tiaras enturbantadas, enriquecidas con piedras preciosas; y se apoyaban en largas pértigas con remate de ámbar, signo de su poder. Luego llegaron los walíes de provincias los jefes del ejército y cuantos, de cerca o de lejos, tenían que mantener la tranquilidad y hacer justicia. Y unos tras de otros, se arrodillaron y besaron la tierra entre las manos del califa, que les interrogó largamente, y les retribuyó o destituyó con arreglo a lo que opinaba de sus méritos.

Y el último que se presentó fué el eunuco portaalfanje, ejecutor de la justicia. Y aunque estaba gordo, como hombre bien alimentado que no tiene nada que hacer, ofrecía un aspecto muy triste y en vez de ir orgullosamente con su alfanje desnudo al hombro, llevaba la cabeza baja y tenía el alfanje envainado. Y cuando estuvo entre las manos del sultán Mohammad ben-Theilún, besó la tierra y dijo: "¡Oh señor nuestro y corona de nuestra cabeza! ¡he aquí que por fin va a lucir el día de la justicia para el esclavo ejecutor de la justicia! ¡Oh mi señor, oh rey del tiempo! desde la muerte de tu difunto padre, el sultán Theilún (¡Alah lo tenga en Su misericordia!), he visto disminuir día por día las ocupaciones de mi cargo y desaparecer el provecho que me proporcionaban. Y mi vida, que antaño era dichosa, transcurre ahora aburrida e inútil. Y si el Egipto continúa de tal suerte gozando de tranquilidad y de abundancia, corro mucho riesgo de morirme de hambre, no dejando ni siquiera lo preciso para que me compren un sudario (¡Alah prolongue la vida de nuestro señor!)".

Cuando el sultán Mohammad ben-Theilún hubo oído estas palabras de su portaalfanje, reflexionó durante un buen rato, y comprendió que tales quejas eran justificadas, porque el provecho mayor que su cargo le producía al verdugo no procedía de su paga, que era poco considerable, sino de los dones y herencias que sacaba de quienes ejecutaba.

Y exclamó: "¡De Alah venimos y a El retornaremos! ¡Verdad es que la dicha de todos es una ilusión, y que lo que ocasiona la alegría de uno hace correr las lágrimas de otro! ¡Oh portaalfanje! ¡tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, pues en adelante, para ayudarte a subsistir, ahora que casi no se retribuyen tus funciones, recibirás cada año doscientos dinares de emolumentos! ¡Y haga Alah que, durante todo mi reinado permanezca siendo tu alfanje tan inútil como lo es en este momento y se cubra con el orín pacífico de reposo!" Y el portaalfanje besó la orla del traje del califa y se volvió a su sitio. He narrado lo anterior para demostrar qué soberano tan justo y clemente era el sultán Mohammad.

Cuando ya iba a levantarse la sesión, el sultán divisó, detrás de las filas de dignatarios, a un jeique de edad, con la cara llena de arrugas y cargado de espaldas, que aun no había sido interrogado. Y le hizo seña de que se acercara, y le preguntó cuál era su empleo en el palacio. Y el jeique contestó: "¡Oh rey del tiempo! mi empleo se reduce sencillamente a vigilar un cofrecillo que me fué entregado; para su custodia, por tu padre el difunto sultán. ¡Y por este empleo se me dan del tesoro todos los meses diez dinares de oro!" Y el sultán Mohammad se asombró de aquello, y dijo: "¡Oh jeique! ¡ése es un sueldo muy crecido para un empleo tan descansado! Pero ¿qué hay en el cofrecillo?" El otro contestó: "¡Por Alah, ¡oh señor nuestro! que hace cuarenta años que lo guardo, e ignoro lo que contiene!" Y dijo el sultán: "¡Ve a traerlo cuanto antes!" Y el jeique se apresuró a ejecutar la orden.

Y he aquí que el cofrecillo que el jeique llevó al sultán era de oro macizo y estaba ricamente labrado. Y por orden del sultán, lo abrió el jeique por primera vez. Pero no contenía más que un manuscrito trazado con letras brillantes sobre piel de gacela teñida de púrpura. Y en el fondo había un poco de tierra roja.

Y el sultán cogió el manuscrito de piel de gacela, que estaba escrito en caracteres brillantes, y quiso leer lo que decía. Pero, aunque se hallaba muy versado en la escritura y en las ciencias, no pudo descifrar ni una sola palabra de los caracteres desconocidos que había trazados en él. Y ni los visires ni los ulemas que estaban presentes lograron un resultado mejor. Y el sultán hizo ir, unos tras otros, a todos los sabios afamados de Egipto, Siria, Persia e Indias; pero ninguno de ellos pudo decir siquiera en qué lenguaje estaba escrito aquel manuscrito. Porque, por lo general, los sabios no son más que pobres ignorantes con sus grandes turbantes por toda ciencia.

Entonces el sultán Mohammad hizo publicar por todo el imperio que otorgaría la mayor de las recompensas a quien pudiera solamente indicarle un hombre lo bastante instruido para descifrar los desconocidos caracteres.

Poco tiempo después de la publicación de aquel aviso; se presentó en la audiencia del sultán un anciano de turbante blanco, y después de obtener permiso para hablar, dijo: "¡Alah prolongue la vida de nuestro amo el sultán! ¡El esclavo que está entre tus manos es un antiguo servidor de tu padre, el difunto sultán Theilún, y hoy mismo acaba de volver del destierro a que había sido condenado! ¡Alah tenga en su compasión al difunto, que me condenó a verme relegado! ¡Pero me presento entre tus manos ¡oh señor soberano nuestro! para decirte que sólo un hombre puede leer el manuscrito de piel de gacela! Y es su dueño legítimo, el jeique Hassán Abdalah, hijo de El-Aschar, que hace cuarenta años fué arrojado a un calabozo por orden del difunto sultán. ¡Y sólo Alah sabe si gemirá él allá aún o si estará muerto!" Y el sultán preguntó: "¿Por qué motivo se encerró en un calabozo al jeique Hassan Abdalah?"

El otro contestó: "¡Porque el difunto sultán quería obligar por fuerza al jeique a leerle el manuscrito, después que le desposeyó de él!"

Al oír estas palabras, el sultán Mohammad al punto envió a los jefes de los guardias a visitar todas las prisiones, con la esperanza de encontrar en ellas al jeique Hassán Abdalah vivo todavía, y hacerle salir de allí. Y quiso la suerte que aún estuviese vivo el jeique. Y los jefes de los guardias, por orden del sultán, le vistieron con un traje de honor, y le llevaron entre las manos de su amo. Y el sultán Mohammad vió que el prisionero era un hombre de aspecto venerable y de rostro dolorido por los sufrimientos. Y se levantó en honor suyo, y le rogó que perdonara el injusto trato que le había hecho sufrir su padre, el califa Theilún. Luego le hizo sentarse junto a él, y entregándole el manuscrito de piel de gacela, le dijo: "¡Oh venerable jeique! ¡no quiero guardar por más tiempo este objeto que no me pertenece, aunque por él poseyera todos los tesoros de la tierra!"

Al oír estas palabras del sultán, el jeique Hassán Abdalah vertió abundantes lágrimas, y volviendo hacia el cielo las palmas de las manos, exclamó: "¡Señor, fuente de toda sabiduría eres Tú, que en el mismo suelo haces brotar el veneno y la planta salutífera! ¡En el fondo de un calabozo pasé cuarenta años de mi vida, y he aquí que es al hijo de mi opresor a quien ahora tengo que agradecer el morir al sol! ¡Señor, loores y gloria a Ti, cuyos decretos son insondables!"

Luego se encaró con el sultán, y dijo: "¡Oh amo, nuestro soberano! ¡lo que rehusé a la violencia se lo concedo a la bondad! ¡Este manuscrito, para la posesión del cual arriesgué varias veces mi vida, te pertenece como propiedad legítima en lo sucesivo! ¡Es el principio y fin de toda ciencia, y el único bien que traje de la ciudad de Scheddad ben-Aad, la ciudad misteriosa donde no puede entrar ningún humano, Aram-de-las-columnas!"

El califa abrazó al anciano, y le dijo: "¡Oh padre mío! ¡por favor, apresúrate a decirme lo que sepas con respecto a ese manuscrito de piel de gacela y a la ciudad de Scheddad ben-Aad, Aram-de-las-columnas!" Y contestó el jeique Hassán Abdalah: "¡Oh rey! la historia de este manuscrito es la historia de toda mi vida. ¡Y si estuviera escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto!" Y contó:

"Has de saber ¡oh rey del tiempo! que mi padre era uno de los mercaderes más ricos y más respetados de El Cairo. Y yo soy su hijo único. Y mi padre no escatimó nada para mi instrucción, y me dió los mejores maestros de Egipto. Así que a los veinte años ya era yo famoso entre los ulemas por mi saber y mis conocimientos en los libros de los antiguos. Y queriendo regocijarme con mis bodas, mi padre y mi madre me dieron por esposa a una joven virgen de ojos llenos de estrellas, de talle flexible y gracioso, y gacela por la elegancia y la ligereza. Y mis bodas fueron magníficas. Y pasé con mi esposa días de tranquilidad y noches de ventura. Y de tal suerte viví diez años tan hermosos como la primera noche nupcial.

Pero ¡oh mi señor! ¿quién puede saber lo que le reserva la suerte del mañana? Al cabo de aquellos diez años, que pasaron como el sueño de una noche tranquila., fuí presa del Destino, y todos los azotes cayeron a la vez sobre la dicha de mi casa. Porque en el transcurso de unos días, la peste hizo perecer a mi padre, el fuego devoró mi casa y las aguas del mar se tragaron a los navíos que traficaban a lo lejos con mis riquezas. Y pobre y desnudo como el niño al salir del seno de su madre, no tuve más recurso que la misericordia de Alah y la piedad de los creyentes. Y hube de frecuentar el patio de las mezquitas con los mendigos de Alah; y vivía en la compañía de los santones de hermosas palabras. Y en los días peores me ocurría con frecuencia volver sin un pedazo de pan a mi albergue, y después de haber ayunado toda la jornada, no tener nada que comer por la noche. Y sufría en extremo con mi propia miseria y la de mi madre, de mi esposa y de mis hijos.

Un día en que Alah no había enviado ninguna limosna a su mendigo, mi esposa se quitó su último vestido y me lo entregó llorando, y me dijo: "Ve a ver si lo vendes en el zoco, a fin de comprar a nuestros hijos un pedazo de pan". Y cogí el vestido de la mujer, y salí para ir a venderlo a la salud de nuestros hijos ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 789ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 789ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y cogí el vestido de la mujer, y salí para ir a venderlo a la salud de nuestros hijos. Y cuando me dirigía al zoco, me encontré con un beduino montado en una camella roja. Y al verme, el beduino paró de repente a su camella, la hizo arrodillarse, y me dijo: "La zalema contigo, ¡oh hermano mío! ¿No podrías indicarme la casa de un rico mercader que se llama el jeique Hassán Abdalah, hijo de Al-Achar?" Y Yo ¡oh mi señor! tuve vergüenza de mi pobreza, aunque la pobreza, como la riqueza, nos viene de Alah, y contesté, bajando la cabeza: "Y contigo la zalema y la bendición de Alah, ¡oh padre de los árabes! ¡Pero en El Cairo, que yo sepa, no hay ningún hombre con el nombre que acabas de pronunciar!" Y quise continuar mi camino. Pero el beduino se apeó de su camella, y tomando mis manos en las suyas, me dijo, con acento de reproche: "Alah es grande y generoso, ¡oh hermano mío! ¿Acaso no eres tú el jeique Hassán Abdalah, hijo de Al-Achar? ¿Y es posible que te desentiendas del huésped que Alah te envía, ocultando tu nombre?" Entonces yo, en el límite de la confusión, no pude contener mis lágrimas, y rogándole que me perdonara, le cogí las manos para besárselas; pero no quiso dejarme hacer, y me estrechó en sus brazos, como haría un hermano con su hermano. Y le conduje a mi casa.

Y mientras de aquel modo caminaba con el beduino, que llevaba del ronzal a su camella, mi corazón y mi espíritu estaban torturados por la idea de no tener nada para agasajar al huésped. Y cuando llegué, me apresuré a contar a la hija de mi tío el encuentro que acababa de tener; y ella me dijo: "¡El extranjero es el huésped de Alah, y para él será incluso el pan de los hijos! Vuélvete, pues, a vender el traje que te di, y con el dinero que por ello saques compra con qué alimentar a nuestro huésped. ¡Y si deja sobras, nos las comeremos nosotros!" Y para salir, tenía yo que pasar por el vestíbulo en que había dejado al beduino. Y como ocultara yo el traje, me dijo él: "¿Qué llevas entre la ropa, hermano mío?" Y contesté, bajando la cabeza, confuso: "¡Nada!" Pero él insistió, diciendo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! te suplico me digas qué llevas escondido entre las vestiduras!" Y contesté, muy azorado: "¡Es el traje de la hija de mi tío, que se lo llevo a nuestro vecina, la cual tiene el oficio de remendar trajes!" Y el beduino insistió aún, y me dijo: "Déjame ver ese traje, ¡oh hermano mío!" Y ruborizándome, le enseñé el traje; y exclamó él: "¡Alah es clemente y generoso, oh hermano mío! ¡Lo que ibas a hacer ahora era vender en subasta el traje de tu esposa, madre de tus hijos, para cumplir con el extranjero los deberes de hospitalidad!" Y me abrazó, y me dijo: "¡Toma, ya Hassán Abdalah, aquí tienes diez dinares de oro, que proceden de Alah, a fin de que los gastes y nos compres con ellos lo preciso para nuestras necesidades y las de tu casa!" Y no pude rechazar la oferta del huésped, y cogí las monedas de oro. Y en mi casa entraron el bienestar y la abundancia. Y he aquí que, a diario, me entregaba el beduino la misma suma, y por orden suya la gastaba yo de la misma manera. Y duró aquello quince días.

Y glorifiqué al Retribuidor por sus beneficios.

Y he aquí que, a la mañana del decimosexto día, mi huésped el beduino me dijo, después de las zalemas: "Ya Hassán Abdalah, ¿quieres venderte a mí?" Y yo le contesté: "¡Oh mi señor! ¡ya soy tu esclavo, y te pertenezco por agradecimiento!" Pero me dijo él: "¡No Hassán Abdalah, no es eso lo que quiero decirte! Al preguntarte si te vendes a mí, es porque deseo comprarte realmente. ¡Así es que no voy a regatear tu venta, y te dejo que tú mismo fijes el precio en que quieres venderte!"

Ni por un instante dudé de que hablara en broma, y contesté, burlándome: "El precio de un hombre libre ¡oh mi señor! está fijado por el Libro en mil dinares, si se le mata de un solo golpe. ¡Pero si se hacen varias intentonas para matarle, produciéndole dos o tres o cuatro heridas o si se le corta en pedazos, entonces su precio llega a mil quinientos dinares!"

Y me dijo el beduino: "¡No hay inconveniente, Hassán Abdalah! ¡te pagaré esta última suma, si consientes en tu venta!" Y comprendiendo entonces que mi huésped no bromeaba, sino que estaba seriamente decidido a comprarme, pensé para mi ánima: "Alah es quien te envía este beduino para salvar a tus hijos del hambre y de la miseria, ya jeique Hassán! ¡Si tu destino es ser cortado en pedazos, no te escaparás de él!" Y contesté: "¡Oh hermano árabe, acepto mi venta! ¡Pero permíteme solamente consultar acerca de ello a mi familia!" Y me contestó: "¡Está bien!" Y me dejó y salió para dedicarse a sus asuntos.

Y he aquí ¡oh rey del tiempo! que fui en busca de mi madre, de mi esposa y de mis hijos, y les dije: "¡Alah os salva de la miseria!" Y les conté la proposición del beduino. Y al oír mis palabras, mi madre y mi esposa se maltrataron el rostro y el pecho, exclamando: "¡Oh calamidad sobre nuestra cabeza! ¿Qué quiere hacer de ti ese beduíno?" Y corrieron a mí los niños y se cogieron a mis ropas. Y lloraban todos. Y añadió mi esposa, que era prudente y de buen consejo: "¿Quién sabe si ese beduíno maldito, como te opongas a tu venta, reclamará lo que ha gastado aquí? Así es que, para que no te pille desprevenido, es preciso que vayas cuanto antes en busca de alguien que consienta en comprar esta miserable casa, última hacienda que te queda, y con el dinero que te produzca pagarás a ese beduino. Y de tal suerte no le deberás nada, y quedará libre tu persona". Y estalló en sollozos; pensando ver ya a nuestros hijos sin asilo, en la calle. Y yo me puse a reflexionar acerca de la situación, y ya estaba en el límite de la perplejidad. Y pensaba de continuo: "¡Oh Hassán Abdalah! ¡no desaproveches la ocasión que Alah te depara! ¡Con la suma que te ofrece el beduíno por tu venta aseguras el pan de tu casa!"

Luego pensé: "¿Pero por qué quiere él comprarte? ¿Y qué quiere hacer de ti? ¡Si aun fueras joven e imberbe! Pero si tienes la barba como la cola de Agar, y ni siquiera tentarías a un indígena del Alto Egipto! ¡Por lo visto, quiere matarte poco a poco, ya que te paga con arreglo a la segunda condición!"

Sin embargo, cuando, al caer la tarde, regresó a casa el beduino, yo había tomado mi partido y tenía decidido lo que había de hacer. Y le recibí con cara sonriente, y después de las zalemas, le dije: "¡Te pertenezco!" Entonces se desató el cinturón, sacó de él mil quinientos dinares de oro, y me los contó, diciendo: "¡Ruega por el Profeta, ya Hassán Abdalah!" Y contesté: "¡Con él la plegaria, la paz y las bendiciones de Alah!" Y me dijo: "Pues bien, hermano mío, ahora que te vendiste, puedes estar sin temor, porque tu vida será salva y tu libertad completa. Al hacer tu adquisición solamente deseé tener un compañero agradable y fiel en el largo viaje que quiero emprender. Porque ya sabes que el Profeta (¡Alah lo tenga en su gracia!) ha dicho: "¡Un compañero es la mejor provisión para el camino!"

Entonces entré muy alegre en el aposento donde se hallaban mi madre y mi esposa, y puse delante de ellas, en la estera, los mil quinientos dinares de mi venta. Y al ver aquello, sin querer escuchar mis explicaciones, empezaron ellas a lanzar gritos estridentes, mesándose los cabellos y lamentándose, como se hace junto al ataúd de los muertos. Y exclamaban: "¡Es el precio de la sangre! ¡Qué desgracia! ¡que desgracia! ¡Jamás tocaremos el precio de tu sangre! ¡Antes morir de hambre con los niños!" Y al ver la inutilidad de mis esfuerzos para calmarlas, las dejé un rato para que desahogaran su dolor. Luego me puse a hacerles razonamientos, jurándoles que el beduino era un hombre de bien con intenciones excelentes; y acabé por conseguir que amenguaran un poco sus lamentos. Y me aproveché de aquella calma para besarlas, así como a los niños, y decirles adiós. Y con el corazón dolorido, las dejé bañadas en las lágrimas de la desolación. Y abandoné la casa en compañía de mi amo el beduino.

Y en cuanto estuvimos en el zoco de las acémilas, por indicación suya compré una camella conocida por su rapidez. Y por orden de mi amo llené los sacos de provisiones necesarias para un viaje largo. Y terminados todos nuestros preparativos, ayudé a mi amo a montar en su camella, monté yo en la mía, y después de invocar el nombre de Alah nos pusimos en camino.

Y viajamos sin interrupción, y pronto ganamos el desierto, en donde no había más presencia que la de Alah, y en donde no se veía huella de viajeros en la movible arena. Y mi amo el beduino se guiaba, en aquellas inmensidades, por indicaciones conocidas sólo de él y de su cabalgadura. Y así caminamos, bajo un sol abrasador, durante diez días, cada uno de los cuales me pareció más largo que una noche de pesadillas.

Al undécimo día por la mañana llegamos a una llanura inmensa, cuyo suelo brillante parecía formado de pepitas de plata...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 790ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 790ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Al undécimo día por la mañana llegamos a una llanura inmensa, cuyo suelo brillante parecía formado de pepitas de plata. Y en medio de aquella llanura se elevaba una alta columna de granito. Y en lo alto de la columna se erguía un joven de cobre rojo, que tenía la mano derecha extendida y abierta, con una llave colgando de cada uno de sus cinco dedos. Y la primera llave era de oro, la segunda de plata, la tercera de cobre chino, la cuarta de hierro y la quinta de plomo. Y cada una de estas llaves era un talismán. Y el hombre que se apropiara de cada una de aquellas llaves tenía que sufrir la suerte que iba aneja a ella. Porque eran las llaves del Destino: la llave de oro era la llave de las miserias, la llave de plata la de los sufrimientos, la llave de cobre chino la de la muerte, la llave de hierro la de la gloria y la llave de plomo la de la sabiduría y de la dicha.

Pero yo ¡oh mi señor! en aquel tiempo ignoraba estas cosas que mi amo era solo en conocer. Y mi ignorancia fué causa de todas mis desventuras. Pero las desventuras, como las venturas, nos vienen de Alah el Retribuidor. Y la criatura debe aceptarlas con humildad.

El caso es ¡oh rey del tiempo! que, cuando llegamos al pie de la columna, mi amo el beduino hizo arrodillarse a su camella y echó pie a tierra. Y yo hice lo que él. Y allá mi amo sacó de su carcaj un arco de forma extraña, y puso en él una flecha. Y tendió el arco y lanzó la flecha al joven de cobre rojo. Pero, sea por torpeza real, sea por torpeza fingida, la flecha no dió en el blanco. Y entonces me dijo el beduino: "Ya Hassán Abdalah, ahora es cuando puedes rescatarte conmigo, y si quieres, comprar tu libertad. Porque sé que eres fuerte y listo, y sólo tú podrás dar en el blanco. ¡Coge, pues, este arco y procura tirar esas llaves!"

Entonces, ¡oh mi señor! feliz yo de poder pagar mi deuda y rescatar mi libertad a aquel precio, no vacilé en obedecer a mi amo. Y cogí el arco, y al examinarle, observé que era de fabricación india y había salido de manos de un obrero hábil. Y deseoso de mostrar a mi amo mi saber y mi destreza, estiré el arco con fuerza y di en la mano del joven de la columna. Y a la primera flecha hice caer una llave: y era la llave de oro. Y muy orgulloso y alegre, la recogí y se la presenté a mi amo. Pero no quiso cogerla, y me dijo, rechazándola: "¡Guárdatela para ti ¡oh pobre! como premio por tu destreza!" Y le di las gracias, y me metí en el cinturón la llave de oro. Y no sabía que era la llave de las miserias.

Luego, al segundo tiro, hice caer otra llave, que era la llave de plata. Y el beduino no quiso tocarla, y yo me la guardé en el cinturón con la primera. Y no sabía que era la llave de los sufrimientos.

Tras de lo cual, con otras dos flechas, descolgué dos llaves más: la llave de hierro y la llave de plomo. Y una era la de la gloria, y otra la de la sabiduría y la dicha. Pero yo no lo sabía. Y sin darme tiempo a recogerlas, mi amo se apoderó de ellas, lanzando exclamaciones de alegría y diciendo: "¡Bendito sea el seno que te ha llevado!, ¡oh Hassán Abdalah! ¡Bendito sea quien adiestró tu brazo y ejercitó tu golpe de vista!" Y me estrechó en sus brazos, y me dijo: "¡En adelante eres tu propio amo!" Y le besé la mano, y de nuevo quise devolverle la llave de oro y la llave de plata. Pero las rehusó, diciendo: "¡Para ti!"

Entonces saqué del carcaj la quinta flecha, y me apercibí a tirar la última llave, la de cobre chino, que no sabía era la llave de la muerte. Pero mi amo se opuso vivamente a mi propósito, deteniéndome el brazo y exclamando: "¿Qué vas a hacer, desgraciado?" Y muy aturdido, dejé caer inadvertidamente la flecha a tierra. Y precisamente se me clavó en el pie izquierdo y me le atravesó, haciéndome una herida dolorosa. ¡Y aquello fué el principio de mis desventuras!

Cuando mi amo, afligido por aquel accidente que hubo de sobrevenirme, me curó la herida como mejor pudo, ayudóme a montar en mi camella. Y proseguimos nuestro camino.

Después de tres días y tres noches de una marcha muy penosa a causa del pie herido, llegamos a una pradera, donde nos detuvimos para pasar la noche. Y en aquella pradera había árboles de una especie que yo no había visto nunca. Y aquellos árboles ostentaban hermosos frutos maduros, cuya apariencia, fresca y encantadora, excitaba la mano a cogerlos. Y yo, acuciado por la sed, me arrastré hasta uno de aquellos árboles, y me apresuré a coger uno de aquellos frutos. Y era de un color rojo dorado y de un perfume delicioso. Y me lo llevé a la boca y lo mordí. Y he aquí que clavé los dientes con tanta fuerza, que no pude desencajar las mandíbulas. Y quise gritar, pero de mi boca no salió más que un sonido inarticulado y sordo. Y sufría horriblemente. Y eché a correr de un lado para otro con mi pierna coja y con el fruto cogido entre mis mandíbulas encajadas, y empecé a gesticular como un loco. Luego me tiré al suelo con los ojos fuera de las órbitas.

Entonces mi amo el beduino, al verme en aquel estado, se asustó mucho al principio. Pero cuando comprendió la causa de mi tormento, se acercó a mí e intentó desencajarme las mandíbulas. Pero sus esfuerzos sólo sirvieron para aumentar mi mal. Y al ver aquello, me dejó y fué a recoger al pie de los árboles algunos de los frutos caídos. Y los contempló atentamente, y acabó por escoger uno y tirar los demás. Y volvió conmigo y me dijo: "¡Mira este fruto, Hassán Abdalah! ¡Ya ves los insectos que lo roen y lo destruyen! Pues bien; estos insectos van a servir de remedio para tu mal. ¡Pero se necesitan calma y paciencia!" Y añadió: "¡Porque he calculado que, poniendo en el fruto que obstruye tu boca alguno de estos insectos, se dedicarán o roerlo, y en dos o tres días, a lo más, estarás libre!" Y como se trataba de un hombre de experiencia, le dejé hacer, pensando: "¡Ya Alah! ¡tres días y tres noches de semejante suplicio! ¡Oh! ¡preferible la muerte!" Y sentándose a la sombra junto a mí, mi amo hizo lo que había dicho, llevando al fruto maldito los insectos salvadores. Y en tanto que los insectos roedores comenzaban su obra, mi amo sacó de su saco de provisiones dátiles y pan seco, y se puso a comer. Y de cuando en cuando se interrumpía para recomendarme paciencia, diciéndome: "¿Ves, ya Hassán, cómo tu glotonería me detiene en mi camino y retrasa la ejecución de mis proyectos? ¡Pero soy prudente y no me atormento con exceso por este contratiempo! ¡Haz como yo!" Y se dispuso a dormir, y me aconsejó que hiciese lo propio.

Pero ¡ay! que me pasé sufriendo la noche y el día siguiente. Y aparte los dolores de mis mandíbulas y de mi pie, estaba torturado por la sed y el hambre. Y para consolarme, el beduino me aseguraba que adelantaba el trabajo de los insectos. Y de tal suerte me hizo tener paciencia hasta el tercer día. Y por la mañana de aquel tercer día al fin sentí que se me desencajaban las mandíbulas. E invocando y bendiciendo el nombre de Alah, tiré el fruto maldito con los insectos salvadores.

Entonces, libre ya, mi primer cuidado fué registrar el saco de provisiones y palpar el odre que contenía el agua. Pero observé que mi amo lo había agotado todo en los tres días que duró mi suplicio, y me eché a llorar, acusándole de mis sufrimientos. Pero él, sin alterarse, me dijo con dulzura: "Eres injusto, Hassán Abdalah. ¿Acaso también yo iba a dejarme morir de hambre y de sed? ¡Pon, pues, tu confianza en Alah y en Su Profeta, y levántate en busca de un manantial donde aplacar tu sed!"

Y entonces me levanté y me dediqué a buscar agua o alguna fruta que me fuese conocida. Pero no había allí otros frutos que los de la especie perniciosa cuyos efectos hube de experimentar. Por fin, a fuerza de pesquisas, acabé por descubrir en el hueco de una roca un pequeño manantial de agua brillante y fresca, que invitaba a aplacar la sed.

Y me puse de rodillas, ¡y bebí, y bebí, y bebí! Y me detuve un instante, y seguí bebiendo. Tras de lo cual, un poco calmado, consentí en ponerme en camino, y seguí a mi amo, que ya se había alejado en su camella roja. Pero no habría dado cien pasos mi cabalgadura, cuando sentí que me acometían retorcijones tan violentos, que creí tener en las entrañas todo el fuego del infierno. Y me puse a gritar: ¿Oh madre mía! ¡Ya Alah! ¡Oh madre mía!" Y en vano traté de moderar el paso de mi camella que, a grandes zancadas, corría con toda su velocidad en pos de su rápida compañera. Y con los saltos que daba y el vaivén de su paso, se hizo tan intenso mi suplicio que empecé a dar aullidos espantosos y a lanzar tales imprecaciones contra mi camella contra mí mismo y contra todo, que acabó por oírme el beduino, y retrocediendo hasta mí, me ayudó a parar mi camella y a echar pie a tierra. Y me acurruqué en la arena, y -dispensa esta confianza a tu esclavo, ¡oh rey del tiempo!- di libre curso al torrente que llevaba dentro. Y sentí como si se me desgarrasen todas las entrañas. Y en mi pobre vientre se levantó una tempestad completa, con todos los truenos de la Creación, mientras mi amo el beduino me decía: "¡Ya Hassán Abdalah, ten paciencia!" Y a consecuencia de todo aquello, caí desmayado en el suelo.

No sé cuánto tiempo duró mi desmayo. Pero cuando volví en mí, me vi otra vez a lomos de la camella, que seguía a su compañera. Y era por la tarde. Y se ponía el sol detrás de una montaña alta, al pie de la cual llegábamos. Y nos paramos a descansar. Y mi amo dijo: "¡Loado sea Alah, que no permite que nos quedemos en ayunas hoy! ¡Pero no te preocupes tú de nada, y estate tranquilo, pues mi experiencia del desierto y de los viajes me hará encontrar un alimento sano y refrescante donde tú no podrías recoger más que venenos!" Y tras de hablar así, fué al matorral formado por plantas de hojas apretadas, carnosas y cubiertas de espinas, poniéndose a cortar con un sable algunas de ellas. Y las mondó, y extrajó una pulpa amarilla y azucarada, parecida, en el sabor, a la de los higos. Y me dió cuanta quise; Y comí hasta que estuve harto y refrescado.

Entonces empecé a olvidar un poco mis sufrimientos; y confié en pasar por fin la noche tranquilamente en un sueño, de cuyo sabor hacía tanto tiempo que no me acordaba. Y al salir la luna, extendí en tierra mi capote de pelo de camello, y ya me aprestaba a dormir, cuando me dijo mi amo el beduino: "¡Ya Hassán Abdalah, ahora es cuando tienes ocasión de probarme si realmente me guardas alguna gratitud... !

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 791ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 791ª NOCHE[editar]

Ella dijo

"¡Ya Hassán Abdalah ahora es cuando tienes ocasión de probarme si realmente me guardas alguna gratitud! Porque deseo que esta noche asciendas a esa montaña, y cuando hayas llegado a la cima, esperes allí la salida del sol. Entonces, de pie, mirando a oriente, recitarás la plegaria de la mañana; luego bajarás: ¡Y ése es el servicio que te pido! Pero guárdate bien de dejarte sorprender por el sueño, ¡oh hijo de El-Aschar! Pues las emanaciones de esta tierra son en extremo malsanas, y tu salud se resentiría de ello sin remedio!"

Entonces, ¡oh mi señor! a pesar de mi estado de fatiga excesiva y de mis sufrimientos de toda especie, contesté con el oído y la obediencia, porque no me olvidaba de que el beduino había dado el pan a mis hijos, a mi esposa y a mi madre; y también se me ocurrió que, si acaso yo me negara a prestarle aquel extraño servicio, me abandonaría él en aquellos lugares salvajes.

Poniendo mi confianza en Alah, trepé, pues, a la montaña, y no obstante el estado de mi pie y de mi vientre, llegué a la cima al mediar la noche. Y el suelo estaba allí blanco y pelado, sin un arbusto ni la menor brizna de hierba. Y el viento helado, que soplaba con violencia por aquella cúspide, y el cansancio de todos aquellos días calamitosos, me sumieron en un estado de modorra tal, que no pude por menos de dejarme caer en tierra y dormirme hasta por la mañana, a pesar de todos los esfuerzos de mi voluntad.

Cuando me desperté acababa de aparecer el sol en el horizonte. 'Y quise al punto seguir las instrucciones del beduino. Hice, pues, un esfuerzo para saltar sobre ambos pies, pero en seguida caí al suelo, inerte, porque mis piernas, gordas a la sazón cual patas de elefante, estaban flojas y doloridas, y se negaban en absoluto a sostener mi cuerpo y mi vientre, que estaban hinchados como un odre. Y la cabeza me pesaba sobre los hombros más que si fuese toda de plomo; y no podía yo levantar mis brazos paralizados.

Entonces, temiendo disgustar al beduino, obligué a mi cuerpo a obedecer al esfuerzo de mi voluntad, y aunque a trueque de los sufrimientos horribles que experimentaba, conseguí ponerme en pie. Y me volví hacia oriente, y recité la plegaria de la mañana. Y el sol saliente iluminaba mi pobre cuerpo y proyectaba en occidente su sombra desmesurada.

Y he aquí que, cumplido de tal suerte mi deber, pensé bajar de la montaña. Pero era tan pina su pendiente y tan débil estaba yo, que, al primer paso que quise dar, se me doblaron las piernas con mi peso y caí y rodé como una bola con asombrosa rapidez. Y las piedras y las zarzas a que intentaba yo agarrarme desesperadamente, lejos de detener mi carrera, no hacían más que arrancar jirones de mi carne y de mis vestiduras. Y no cesé de rodar de aquel modo, regando el suelo con mi sangre, hasta que llegué al principio de la montaña, al paraje donde se hallaba mi amo el beduino.

Y he aquí que estaba echado de bruces en tierra y trazaba líneas en la arena con tanta atención, que ni siquiera advirtió mi presencia ni se dió cuenta de la manera como llegaba yo. Y cuando le distrajeron del trabajo en que estaba absorto mis gemidos insistentes, exclamó, sin volverse hacia mí y sin mirarme: "¡Al hamdú lilah! ¡Hemos nacido bajo una feliz influencia, y todo nos saldrá bien! ¡Gracias a ti, ya Hassán Abdalah, pude descubrir por fin lo que buscaba desde hace luengos años, midiendo la sombra que proyectaba tu cabeza desde lo alto de la montaña!"

Luego añadió, sin levantar tampoco la cabeza: "¡Date prisa a venir a ayudarme a cavar el suelo en el sitio donde he clavado mi lanza!" Pero como no contestase yo más que con un silencio entrecortado por gemidos lamentables, acabó por levantar la cabeza y volverse hacia mi lado. Y vió en qué estado me encontraba y que seguía inmóvil en tierra y encogido como una bola. Y avanzó a mí, y me gritó: "Imprudente Hassán Abdalah, ya veo que me has desobedecido y que te dormiste en la montaña. ¡Y los vapores malsanos se te han metido en la sangre y te han envenenado!" Y como daba yo diente con diente y movía a compasión el verme, se calmó y me dijo: "¡Bueno! ¡pero no desesperes de mi solicitud! ¡Voy a curarte!" Y así diciendo, se sacó del cinturón un cuchillo de hoja pequeña y cortante, y antes de que yo tuviese tiempo de oponerme a sus propósitos, me pinchó profundamente en varios sitios, en el vientre, en los brazos, en los muslos y en las piernas. Y al punto salió de las incisiones agua en abundancia; y me desinflé como un pellejo vacío. Y se me quedó la piel flotando sobre los huesos, como un vestido demasiado ancho que se hubiese comprado en almoneda. Pero no tardé en aliviarme un poco; y a pesar de mi debilidad, pude levantarme y ayudar a mi amo en el trabajo para que me reclamara.

Nos pusimos, pues, a cavar la tierra en el mismo sitio en que estaba clavada la lanza del beduino. Y no tardamos en descubrir un ataúd de mármol blanco. Y el beduino levantó la tapa del ataúd, y encontró en él algunos huesos humanos y el manuscrito de piel de gacela teñida de púrpura que tienes entre las manos, ¡oh rey del tiempo! y en el cual hay trazados caracteres de oro que brillan.

Y mi amo cogió el manuscrito, temblando, y aunque estaba escrito en lengua desconocida, se puso a leerlo con atención. Y a medida que lo iba leyendo, su frente pálida se coloreaba de placer y sus ojos brillaban de alegría. Y acabó por exclamar: "¡Ahora conozco el camino de la ciudad misteriosa! ¡Oh Hassán Abdalah! regocíjate, que pronto entraremos en Aram-de-las-Columnas, donde jamás ha entrada ningún adamita. ¡Y allí hallaremos el principio de las riquezas de la tierra, germen de todos los metales preciosos: el azufre rojo!"

Pero yo, que ante aquella idea de viajar más, me asustaba hasta el límite extremo del susto, exclamé, al oír estas palabras: "¡Ah! ¡señor, perdona a tu esclavo! ¡Pues aunque haya compartido él tu alegría, cree que los tesoros le aprovechan poco, y prefiere ser pobre y estar con buena salud en El Cairo a ser rico sufriendo todas las miserias en Aram-de-las-Columnas!" Y al oír estas palabras, mi amo me miró con piedad, y me dijo: "¡Oh pobre! ¡Por tu dicha trabajo tanto como por la mía! ¡Y hasta el presente siempre lo hice así!" Y exclamé: "¡Verdad es, por Alah! Pero ¡ay, que a mí solo me tocó llevar la peor parte, y el Destino se ha desencadenado contra mí!"

Y sin prestar más atención a mis quejas y recriminaciones, mi amo hizo gran acopio de la planta de pulpa parecida en el sabor a la pulpa de los higos. Luego montó en su camella. Y me vi obligado a hacer lo que él. Y proseguimos nuestro camino por oriente, bordeando los flancos de la montaña.

Y aun viajamos durante tres días y tres noches. Y al cuarto día por la mañana divisamos ante nosotros, en el horizonte, como un anchuroso espejo que reflejase el sol. Y al aproximarnos a ello, vimos que era un río de mercurio que nos cortaba el camino. Y estaba surcado por un puente de cristal sin balaustrada, tan estrecho, tan pendiente y tan escurridizo, que ningún hombre dotado de razón intentaría pasar por él.

Pero mi amo el beduino, sin vacilar un momento, echó pie a tierra y me ordenó hacer lo propio y desensillar a las camellas para dejarlas paciendo hierba en libertad. Luego sacó de las alforjas unas babuchas de lana, que hubo de calzarse, y me dió otro par, ordenándome que le imitara. Y me dijo que le siguiera sin mirar a derecha ni a izquierda. Y cruzó con paso firme el puente de cristal. Y yo, todo tembloroso, me vi obligado a seguirle. Y Alah no me escribió aquella vez la muerte por ahogo en el mercurio. Y llegué a la otra orilla.

Después de algunas horas de marcha en silencio, llegamos a la entrada de un valle negro, rodeado por todos lados de rocas negras, y donde no crecían más que árboles negros. Y a través del follaje negro vi deslizarse espantables serpientes gordas, negras y cubiertas de escamas. Y poseído de terror, volví la espalda para huir de aquel lugar de horror. Pero no pude dar con el sitio por donde había entrado, pues en torno mío alzábanse por todas partes, como paredes de un pozo, rocas negras.

Y al ver aquello, me dejé caer en tierra, llorando, y grité a mi amo: "¡Oh hijo de gentes de bien! ¿por qué me has conducido a la muerte por el camino de los sufrimientos y de las miserias? ¡Ay de mí! ¡Ya nunca volveré a ver a mis hijos y a su madre y a mi madre! ¡Ah! ¿por qué me sacaste de mi vida pobre, pero tan tranquila? ¡Verdad es que yo solamente era un mendigo en el camino de Alah, pero frecuentaba el patio de las mezquitas, y oía las hermosas sentencias de los santones...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 792ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 792ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"...y oía las hermosas sentencias de los santones!" Y mi amo, sin enfadarse, me dijo: "Sé hombre, Hassán Abdalah, y cobra valor. ¡Porque no morirás aquí, y pronto volverás a El Cairo, sin ser ya pobre entre los pobres, sino rico cual el más rico de los reyes!"

Y tras de hablar así, mi amo se sentó en tierra, abrió el manuscrito de piel de gacela, y se puso a hojearle, mojándose el pulgar, y a leerle tranquilamente como si estuviese en medio de su harem. Luego, al cabo de una hora de tiempo, levantó la cabeza, me llamó y me dijo: "¿Quieres, ya Hassán Abdalah, que salgamos de aquí cuanto antes y demos fin a nuestro viaje?" Y exclamé. "¡Ya Alah! ¡claro que quiero!" Y añadí: "Por favor, dime solamente qué tengo que hacer para eso. ¿Es preciso que recite todos los capítulos del Korán? ¿O acaso es preciso que repita todos los nombres y todos los atributos sagrados de Alah? ¿O bien es preciso que haga voto de ir en peregrinación diez años seguidos a la Meca y a Medina? ¡Habla, ¡oh mi señor! que estoy dispuesto a todo, y aun a más!"

Entonces mi amo, mirándome siempre con bondad, me dijo: "¡No, Hassán Abdalah, no! Lo que quiero pedirte es más sencillo que todo eso. Sólo tienes que coger este arco y esta flecha que ves aquí, y recorrer este valle hasta que encuentres una gran serpiente con cuernos negros. ¡Y como eres diestro, la matarás de primera intención, y me traerás su cabeza y su corazón! ¡Y esto es todo lo que necesito que hagas, si quieres salir de estos lugares de desolación!" Y al oír estas palabras, exclamé: "¡Ah! ¿Conque es una cosa tan fácil? ¿Por qué, entonces, ¡oh mi señor! no lo haces tú mismo? ¡Por mi parte, declaro que voy a dejarme morir aquí mismo, sin preocuparme de mi vida miserable!" Pero el beduino me tocó el hombro, y me dijo: "¡Acuérdate ¡oh Hassán Abdalah! del traje de tu esposa y del pan de tu casa!" Y a este recuerdo, rompí a llorar, y comprendí que no podía rehusar nada al hombre que había salvado a mi casa y a los de mi casa. Y temblando, cogí el arco y la flecha, y me encaminé hacia las rocas negras, por donde veía arrastrarse a los reptiles aterradores. Y no estuve mucho tiempo sin descubrir al que buscaba, y al cual reconocí por los cuernos que coronaban su cabeza negra y hedionda. E invocando el nombre de Alah, apunté y disparé la flecha. Y saltó herida la serpiente, se agitó, estremeciéndose de una manera terrible, y se estiró para caer luego inmóvil en el suelo. Y cuando tuve la certeza de que estaba bien muerta, le corté la cabeza con mi cuchillo, y abriéndole el vientre, le saqué el corazón. Y llevé a mi amo el beduino ambos despojos.

Y mi amo me recibió con afabilidad, cogió los dos despojos de la serpiente, y me dijo: "¡Ahora ven a ayudarme a encender lumbre!" Y recogí hierbas secas y ramas pequeñas, llevándoselas. Y con ellas hizo un montón muy grande. Luego se sacó del pecho un diamante, lo volvió hacia el sol, que se hallaba en el punto más alto del cielo, y con ello produjo un rayo de luz que prendió en seguida fuego al montón de ramaje seco.

Encendida ya la lumbre, el beduino se sacó de entre el traje un vasito de hierro y una redoma, que estaba tallada en un solo rubí, y contenía una materia roja. "¡Ya ves esta redoma de rubí, Hassán Abdalah; pero no sabes lo que contiene!" Y se interrumpió un momento, y añadió: "¡Es la sangre del Fénix!" Y así diciendo, destapó la redoma, echó su contenido en el vaso de hierro, y lo mezcló con el corazón y los sesos de la serpiente cornuda. Y puso el vaso en la lumbre, y abriendo el manuscrito de piel de gacela, leyó palabras ininteligibles para mi entendimiento.

Y de pronto se irguió sobre ambos pies, dejó al descubierto sus hombros, como hacen los peregrinos de la Meca al partir, y empapando un extremo de su cinturón en la sangre del Fénix mezclada con los sesos y el corazón de la serpiente, me ordenó que le frotara la espalda y los hombros con aquella mixtura. Y me puse a ejecutar la orden. Y a medida que le frotaba, veía que la piel de los hombros y la espalda se le hinchaba y estallaba para dar paso a unas alas que, aumentando a ojos vistas, no tardaron en llegarle hasta el suelo. Y el beduino las agitó con fuerza, y tomando impulso de improviso, se elevó por los aires. Y prefiriendo yo mil muertes antes que quedar abandonado en aquellos lugares siniestros, recurrí a lo que me quedaba de fuerza y de valor, y me agarré fuertemente al cinturón de mi amo, una de cuyas puntas colgaba, por fortuna. Y con él fui transportado fuera de aquel valle negro, del que no esperaba salir ya. Y llegamos a la región de las nubes.

No podría decirte ¡oh mi señor! cuánto tiempo duró nuestra carrera aérea. Pero si sé que al punto nos encontramos por sobre una llanura inmensa, con el horizonte limitado a lo lejos por un recinto de cristal azul. Y el suelo de aquella llanura parecía formado con polvo de oro, y sus guijarros con piedras preciosas. Y en medio de aquella llanura se alzaba una ciudad llena de palacios y de jardines.

Y exclamó mi amo: "¡Ahí está Aram-de-las-Columnas!" Y cesando de mover sus alas, se dejó caer, y yo con él. Y tocamos tierra al pie mismo de las murallas de la ciudad de Scheddad, hijo de Aad. Y poco a poco disminuyeron y desaparecieron las alas de mi amo.

Y he aquí que aquellas murallas estaban construidas con ladrillos de oro alternados con ladrillos de plata, y en ellas se abrían ocho puertas semejantes a las puertas del Paraíso. La primera era de rubí, la segunda de esmeralda, la tercera de ágata, la cuarta de coral, la quinta de jaspe, la sexta de plata y la séptima de oro.

Y penetramos en la ciudad por la puerta de oro, y avanzamos invocando el nombre de Alah. Y atravesamos calles bordeadas de palacios con columnatas de alabastro y jardines donde el aire que se respiraba era de leche y los arroyos de aguas embalsamadas. Y llegamos a un palacio que dominaba la ciudad y que estaba construido con un arte y una magnificencia inconcebibles, y cuyas terrazas estaban sostenidas por mil columnas de oro con balaustradas formadas de cristales de color y con muros incrustados de esmeraldas y zafiros. Y en el centro del palacio se glorificaba un jardín encantado, cuya tierra, odorífera como el almizcle, estaba regada por tres ríos de vino puro, de agua de rosas y de miel. Y en medio del jardín se alzaba un pabellón con bóveda formada por una sola esmeralda, que resguardaba a un trono de oro rojo incrustado de rubíes y de perlas. Y en el trono había un cofrecillo de oro.

Aquel cofrecillo ¡oh rey del tiempo! era precisamente el que ahora tienes entre tus manos.

Y mi amo el beduino cogió el cofrecillo y lo abrió. Y encontró dentro unos polvos rojos, y exclamó: "¡He aquí el Azufre rojo, ya Hassán Abdalah! ¡Esta es la Kimia de los sabios y de los filósofos, todos los cuales murieron sin dar con ella!" Y dije yo: "¡Tira ese vil polvo ¡oh mi señor! y llenemos mejor ese cofrecillo con riquezas de las que rebosan en este palacio!" Y mi amo me miró con conmiseración, y me dijo: "¡Oh pobre! ¡Ese polvo es la fuente misma de todas las riquezas de la tierra! Y un sólo grano de este polvo basta para convertir en oro los metales más viles. ¡Es la Kimia! ¡Es el Azufre rojo!, ¡oh pobre ignorante! ¡Con este polvo, si quiero, construiré palacios más hermosos que éste, fundaré ciudades más magníficas que ésta, compraré la vida de los hombres y la conciencia de los puros, seduciré a la propia virtud y me haré rey, hijo de rey!" Y le dije: "Y con ese polvo, ¡oh mi señor! ¿podrás prolongar un sólo día tu vida o borrar una hora de tu existencia pasada?" Y me contestó: "¡Sólo Alah es grande!"

Y como yo no estaba seguro de la eficacia de las virtudes de aquel Azufre rojo, preferí recoger las piedras preciosas y las perlas. Y ya me había llenado con ellas el cinturón, los bolsillos y el turbante, cuando exclamó mi amo: "¡Mal hayas, hombre de espíritu grosero! ¿Qué estás haciendo? ¿Ignoras que, si nos lleváramos una sola piedra de este palacio y de esta tierra, caeríamos heridos de muerte en el instante?" Y salió del palacio a grandes pasos, llevándose el cofrecillo. Y yo, bien a pesar mío, vacié mis bolsillos, mi cinturón y mi turbante, y seguí a mi amo, no sin volver bastantes veces la cabeza hacia aquellas riquezas incalculables. Y en el jardín me reuní con mi amo, que me cogió de la mano para atravesar la ciudad, temeroso de que me dejara yo tentar por cuanto se ofrecía a mi vista y estaba al alcance de mis dedos. Y salimos de la ciudad por la puerta de rubí.

Y cuando nos aproximamos al horizonte de cristal azul, se abrió ante nosotros y nos dejó pasar. Y cuando le hubimos franqueado, nos volvimos para mirar por última vez la llanura milagrosa y la ciudad de Aram; pero llanura y ciudad habían desaparecido. Y nos encontramos a orillas del río de mercurio, que atravesamos por el puente de cristal como la primera vez. Y en la otra orilla hallamos a nuestras camellas paciendo hierba juntas. Y me acerqué a la mía como a un antiguo amigo. Y después de asegurar bien las correas de las sillas, montamos en nuestros brutos; y me dijo mi amo: "¡Ya regresamos a Egipto!" Y alcé los brazos en acción de gracias a Alah por aquella buena noticia.

Pero ¡oh mi señor! en mi cinturón estaban siempre la llave de oro y la llave de plata, y no sabía yo que eran las llaves de las miserias y de los sufrimientos.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llegó la 793ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGÓ LA 793ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y no sabía yo que eran las llaves de las miserias y de los sufrimientos.

Así es que durante todo el viaje, hasta nuestra llegada a El Cairo, soporté muchas miserias y muchas privaciones, y sufrí todos los males, que hubo de ocasionarme la pérdida de mi salud. Pero, por una fatalidad cuya causa ignoraba siempre, sólo yo era víctima de los contratiempos del viaje, mientras que mi amo, tranquilo, dilatado hasta el límite de la dilatación, parecía prosperar con todos los males que me asaltaban. Y pasaba sonriente por entre plagas y peligros, y marchaba por la vida como sobre un tapiz de seda.

Y de tal suerte llegamos a El Cairo, y mi primer cuidado fué correr a mi casa en seguida. Y me encontré la puerta rota y abierta y los perros errantes habían hecho de mi morada asilo suyo. Y nadie estaba allí para recibirme. Y no vi ni trazos de mi madre, de mi esposa y de mis hijos. Y un vecino, que me había visto entrar y oía mis gritos de desesperación, abrió su puerta, y me dijo: "¡Ya Hassán Abdalah, prolónguense tus días con los días que perdieron ellos! ¡En tu casa han muerto todos!" Y al oír esta noticia, caí al suelo, inanimado.

Y he aquí que, cuando volví de mi desmayo, vi a mi lado a mi amo el beduino, que me auxiliaba y me echaba en la cara agua de rosas. Y ahogándome de lágrimas y de sollozos, aquella vez no pude menos de lanzar imprecaciones contra él y acusarle de ser causante de todas mis desdichas. Y durante largo rato le abrumé con injurias, haciéndole responsable de los males que pesaban sobre mí y se encarnizaban conmigo. Pero él, sin perder su serenidad y sin abandonar su calma, me tocó en el hombro, y me dijo: "¡Todo nos viene de Alah y a Alah va todo!" Y cogiéndome de la mano, me arrastró fuera de mi casa.

Y me condujo a un palacio magnífico a orillas del Nilo, y me obligó a habitar allí con él. Y como veía que nada conseguía distraer a mi alma de sus males y de sus penas, con la esperanza de consolarme, quiso compartir conmigo cuanto poseía. Y llevando la generosidad a sus límites extremos, se dedicó a iniciarme en las ciencias misteriosas, y me enseñó a leer en los libros de alquimia y a descifrar los manuscritos cabalísticos. Y con frecuencia, hacía traer ante mí quintales de plomo que ponía en fusión, y echando entonces una partícula de azufre rojo del cofrecillo, convertía el vil metal en el oro más puro. Sin embargo, aun rodeado de tesoros, y en medio de la alegría y las fiestas que a diario daba mi amo, yo tenía el cuerpo afligido de dolores y mi alma era desgraciada. Y ni siquiera podía soportar el peso ni el contacto de los ricos trajes y de las telas preciosas con que me obligaba él a cubrirme. Y se me servían los manjares más delicados y las bebidas más deliciosas; pero en vano, pues yo sólo sentía repugnancia por todo aquello. Y tenía para mí aposentos soberbios, y lechos de madera olorosa, y divanes de púrpura; pero el sueño no cerraba mis ojos. Y los jardines de nuestro palacio, refrescados por la brisa del Nilo, estaban poblados de los más raros árboles, traídos de la India, de Persia, de China y de las Islas, sin reparar en gastos; y unas máquinas construidas con arte elevaban el agua del Nilo y la hacían caer en surtidores refrescantes dentro de estanques de mármol y de pórfido; pero yo no sentía ningún gusto con todas aquellas cosas, porque un veneno sin antídoto había saturado mi carne y mi espíritu.

En cuanto a mi amo el beduino, sus días transcurrían en el seno de los placeres y de las voluptuosidades, y sus noches eran un anticipo de las alegrías del Paraíso. Y habitaba él, no lejos de mí, en un pabellón colgado de telas de seda brochadas de oro, donde la luz era dulce como la de la luna. Y aquel pabellón estaba entre bosquecillos de naranjos y de limoneros, con cuyo aroma se mezclaba el de los jazmines y las rosas. Y allí era donde cada noche recibía a numerosos convidados, a quienes trataba magníficamente. Y cuando sus corazones y sus sentidos estaban preparados a la voluptuosidad, a causa de los vinos exquisitos y de la música y los cantos, hacía desfilar ante los ojos de ellos a jóvenes hermosas como huríes, compradas a peso de oro en los mercados de Egipto, de Persia y de Siria. Y si alguno de los convidados posaba una mirada de deseo en cualquiera de ellas, mi amo la cogía de la mano, y presentándosela al que la deseaba, le decía: "¡Oh mi señor! ¡permíteme que conduzca esta esclava a tu casa!" Y de tal suerte, cuantos se acercaban a él se hacían amigos suyos. Y ya no se le llamaba más que el Emir Magnífico.

Un día, mi amo, que a menudo iba a visitarme al pabellón donde mis sufrimientos me forzaban a vivir solitario, fué a verme de improviso, llevando consigo una nueva joven. Y tenía él la cara iluminada por la embriaguez y el placer, y unos ojos exaltados que brillaban con un fuego extraordinario. Y fué a sentarse muy cerca de mí, puso en sus rodillas a la joven, y me dijo: "¡Ya Hassán Abdalah voy a cantar! Todavía no has oído mi voz. ¡Escucha! Y cogiéndome de la mano, se puso a cantar estos versos con una voz extática, llevando el compás con la cabeza:

¡Ven, joven! ¡El sabio es quien deja a la alegría ocupar su vida por entero!

¡Guarden el agua para la plegaria, las gentes religiosas!

¡Tú, échame de ese vino, que harás más exquisita la rojez de tus mejillas!

¡Quiero beber hasta perder la razón!

¡Pero bebe tú primero, bebe sin temor, y dame la copa que perfuman tus labios!

¡No tenemos por testigos más que a los naranjos, que esparcen sus perfumes en el viento, y a los arroyos rientes que corren fugitivos!

¡Cánteme tu voz cosas apasionadas, y enmudecerán los ruiseñores envidiosos!

¡Canta sin temor, cántame cosas apasionadas, que estoy solo para escucharte!

¡Y no oirás otro ruido que el de las rosas que se abren y el latir de mi corazón!

¡Estoy solo para escucharte, estoy solo para verte! ¡Oh! ¡Deja caer tu velo!

¡Que no tenemos por testigos de nuestros placeres más que a la luna y a sus compañeras!

¡E inclínate y déjame besar tu frente! ¡Déjame besar tu boca y tus ojos y tu seno blanco cual la nieve!

¡Ah! ¡Inclínate sin temor, que no tenemos por testigos más que a los jazmines y a las rosas!

¡Ven a mis brazos, que el amor me abrasa y ya no puedo más! ¡Pero baja tu velo antes que nada, porque si Alah nos viera, tendría envidia!

Y tras de cantar así, mi amo el beduino lanzó un gran suspiro de dicha, inclinó la cabeza sobre el pecho y pareció dormirse. Y la joven, que estaba en sus rodillas, se desenlazó de sus brazos para no turbar su reposo y se esquivó ligeramente. Y me aproximé yo a él para taparle y recostar su cabeza en un cojín, y advertí que su aliento había cesado; y me incliné sobre él en el límite de la ansiedad, ¡y observé que había muerto como los predestinados, sonriendo a la vida! ¡Alah le tenga en su compasión!

Entonces yo, con el corazón oprimido por la desaparición de mi amo, que, a pesar de todo, siempre había estado para conmigo lleno de serenidad y de benevolencia, y olvidando que se habían acumulado sobre mi cabeza todas las desdichas desde el día en que hube de encontrarme con él, ordené que se le hiciesen funerales magníficos. Yo mismo lavé su cuerpo con aguas aromáticas, cerré cuidadosamente con algodón perfumado todas sus aberturas naturales, le depilé, peiné con esmero su barba, teñí sus cejas, ennegrecí sus pestañas y le afeité la cabeza. Luego le envolví en una especie de sudario de cierto tisú maravilloso que se labró para un rey de Persia, y le metí en un ataúd de madera de áloe incrustado en oro.

Tras de lo cual convoqué los numerosos amigos con que se había hecho la generosidad de mi amo; y ordené a cincuenta esclavos, vestidos todos con trajes apropiados a las circunstancias, que llevaran por turno el ataúd a hombros. Y formado ya el cortejo, salimos para el cementerio. Y un número considerable de plañideras, que había yo pagado a tal efecto, seguía al cortejo, lanzando gritos lamentables y agitando sus pañuelos por encima de sus cabezas, mientras abrían la marcha los lectores del Korán, cantando los versículos sagrados, a los cuales respondía la muchedumbre, repitiendo: "¡No hay más Dios que Alah! ¡Y Mohamed es el enviado de Alah!" Y cuantos musulmanes pasaban apresurábanse a ayudar a llevar el ataúd, aunque sólo fuese tocándolo con la mano. Y le sepultamos entre los lamentos de todo un pueblo. Y sobre su tumba hice degollar un rebaño entero de carneros y crías de camello.

Habiendo cumplido de tal modo mis deberes para con mi difunto amo, y después de presidir el festín de los funerales, me aislé en el palacio para empezar a poner en orden los asuntos de la sucesión. Y mi primer cuidado fué comenzar por abrir el cofrecillo de oro para ver si aún tenía los polvos del Azufre rojo. Pero no encontré más que lo poco que ahora queda y que tienes ante los ojos, ¡oh rey del tiempo! Porque, con sus prodigalidades inusitadas, mi amo había ya agotado todo para transformar en oro quintales de plomo. Pero lo poco que todavía quedaba en el cofrecillo bastaba para enriquecer al más poderoso de los reyes. Y no estaba inquieto yo por eso. Además, ni siquiera me preocupaba por las riquezas, dado el estado lamentable en que me encontraba. Sin embargo, quise saber lo que contenía el manuscrito misterioso de piel de gacela, que mi amo no había querido dejarme leer nunca, aunque me había enseñado a descifrar los caracteres talismánicos. Y lo abrí y recorrí su contenido. Y solamente entonces ¡oh mi señor! fué cuando supe, entre otras cosas extraordinarias que te diré un día, las virtudes fastas y nefastas de las cinco llaves del Destino. Y comprendí que el beduino me había comprado y llevado consigo sólo para sustraerse a las tristes propiedades de las dos llaves de oro y de plata, atrayendo sobre mí sus malas influencias. Y hube de invocar en mi ayuda todos los pensamientos más hermosos del Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!) para no maldecir al beduino y escupir sobre su tumba.

Así es que me apresuré a sacar de mi cinturón las dos llaves fatales, y para desembarazarme de ellas para siempre, las eché en un crisol y encendí debajo lumbre, a fin de derretirlas y volatilizarlas. Y al mismo tiempo me dediqué a la busca de las dos llaves de la gloria, de la sabiduría y de la dicha. Pero por más que registré en los menores rincones del palacio, no pude encontrarlas. Y volví al crisol, y puse todo mi ahínco en la fusión de las dos llaves malditas.

Mientras estaba yo ocupado en aquel trabajo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 794ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 794ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Mientras estaba yo ocupado en aquel trabajo, creyendo verme desembarazado para siempre de mi mal destino con la anulación de las dos llaves nefastas, y en tanto que activaba el fuego para favorecer aquella destrucción, que no se hacía tan de prisa como yo quisiera, de pronto vi el palacio invadido por los guardias del califa, que se precipitaron sobre mí y me arrastraron entre las manos de su amo.

Y tu padre, el califa Theilún ¡oh mi señor! me dijo con severidad que estaba enterado de que yo poseía el secreto de la alquimia, y que era necesario que en el momento se lo revelara y le hiciera aprovecharse de él. Pero como yo sabía ¡ay! que el califa Theilún, opresor del pueblo, emplearía la ciencia contra la justicia y para el mal, me negué a hablar. Y en el límite de la cólera, el califa hizo que me cargaran de cadenas y me arrojaran al más negro de los calabozos. Y al mismo tiempo mandó saquear y destruir, de arriba a abajo, nuestro palacio, y se apoderó del cofrecillo de oro que contenía el manuscrito de piel de gacela y las escasas partículas de polvo rojo. Y encargó la custodia del cofrecillo a ese venerable jeique que la ha traído entre tus manos, ¡oh rey del tiempo! Y a diario me sometía a tortura, esperando así obtener de la debilidad de mi carne la revelación de mi secreto.

Pero Alah dióme la virtud de la paciencia. Y durante años y años he vivido de tal manera, aguardando de la muerte mi liberación. ¡Y ahora ¡oh mi señor! moriré consolado, ya que mi perseguidor fué a rendir cuenta a Alah de sus acciones, y yo pude hoy acercarme al más justo y al más grande de los reyes!"

Cuando el sultán Mohammed ben-Theilún hubo oído este relato del venerable Hassán Abdalah, se levantó de su trono y abrazó al anciano, exclamando: "¡Loores a Alah, que permite a su servidor reparar la injusticia y calmar los daños!" Y en el acto nombró a Hassán Abdalah gran visir, y le puso su propio manto real. Y le confió al cuidado de los médicos más expertos del reino, a fin de que contribuyesen a su curación. Y ordenó a los escribas más hábiles del palacio que escribieran cuidadosamente en letras de oro aquella historia extraordinaria y la conservaran en el archivo del reino.

Tras de lo cual, sin dudar ya de la virtud del Azufre rojo, el califa quiso experimentar su efecto sin tardanza. Y mandó echar y poner en fusión, en calderas enormes de barro cocido, mil quintales de plomo; y lo mezcló con las escasas partículas de Azufre rojo que quedaban en el fondo del cofrecillo, pronunciando las palabras mágicas que le dictó el venerable Hassán Abdalah. Y al punto convirtióse todo el plomo en el oro más puro.

Entonces, sin querer que todo aquel tesoro se gastara en cosas fútiles, el sultán resolvió emplearlo en una obra que resultase agradable al Altísimo. Y decidió la construcción de una mezquita que no tuviese igual en todos los países musulmanes. E hizo ir a los arquitectos más famosos de su imperio, y les ordenó que trazaran los planos de aquella mezquita con arreglo a sus indicaciones, sin pensar en las dificultades de la ejecución ni en las sumas de dinero que pudiera costar. Y al pie de la colina que dominaba la ciudad trazaron los arquitectos un cuadrilátero inmenso, cada uno de cuyos lados miraba a uno de los cuatro puntos cardinales del cielo. Y en cada ángulo dispusieron una torre de proporción admirable, cuya parte alta estaba adornada con una galería y coronada por una cúpula de oro. Y en cada fachada de la mezquita alzaron mil pilastras que soportaban arcos de una curvatura elegante y sólida, y allí establecieron una terraza cuya balaustrada era de oro maravillosamente cincelado. Y en el centro del edificio erigieron una cúpula inmensa, de construcción tan ligera y aérea, que parecía colocada entre el cielo y la tierra, sin punto de apoyo. Y la bóveda de la cúpula se recubrió de esmalte color azul y salpicado de estrellas de oro. Y el pavimento se formó con mármoles raros. Y el mosaico de los muros se hizo con jaspe, pórfido, ágatas, nácar opalino y gemas preciosas. Y los pilares y los arcos se cubrieron con versículos del Korán, entrelazados, esculpidos y pintados con colores puros. Y para que aquel maravilloso edificio estuviese al abrigo del fuego, no se empleó en su construcción madera alguna. Y en la erección de aquella mezquita se invirtieron siete años enteros y siete mil hombres y siete mil quintales de dinares de oro. Y se la llamó la Mezquita del sultán Mohammed ben-Theilún. Y todavía se la conoce con este nombre en nuestros días.

En cuanto al venerable Hassán Abdalah, no tardó en recobrar su salud y sus fuerzas, y vivió honrado y respetado hasta la edad de ciento veinte años, que fué el término marcado por su destino. ¡Pero Alah es más sabio! ¡El es el único viviente!

Y tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló. Y dijo el rey Schahriar: "¡Ciertamente, nadie puede rehuir su destino! ¡Pero cómo me ha entristecido esta historia!, ¡oh Schehrazada!"

Y Schehrazada dijo: "Perdóneme el rey; pero por eso voy a contar en seguida la historia de LAS BABUCHAS INSERVIBLES, entresacada del DIVÁN DE LOS FÁCILES DONAIRES Y DE LA ALEGRE SABIDURÍA, del jeique Magid-Eddin Abu-Taher Mohammad. (¡Alah le cubra con su Misericordia y le tenga en Su Gracia!) ".

Y dijo Schehrazada:


EL DIVAN DE LOS FACILES DONAIRES Y DE LA ALEGRE SABIDURIA[editar]

Las Babuchas Inservibles



Cuentan que había en El Cairo un droguero llamado Abu-Cassem Et-Tamburi, que era muy célebre por su avaricia. Y he aquí que, aunque Alah le deparaba la riqueza y la prosperidad en sus negocios de venta y compra, vivía y vestía como el más pobre de los mendigos, y no llevaba encima más ropas que pingos y harapos; y estaba su turbante tan viejo y tan sucio, que ya no era posible distinguir su color; pero, de toda su indumentaria, lo que más pregonaba la sordidez del individuo eran sus babuchas, pues no solamente estaban claveteadas con enormes tachuelas y eran resistentes como máquina de guerra, con suelas más gordas que la cabeza del hipopótamo y recompuestas mil veces, sino que sus palas habían sido remendadas, durante veinte años que hacía que las babuchas eran babuchas, por los más hábiles zapateros remendones y zurradores de El Cairo, que agotaron su arte para unir los trozos dispersos de aquel calzado. Y a consecuencia de todo eso, las babuchas de Abu-Cassem pesaban tanto ya, que desde hacía mucho tiempo se habían hecho proverbiales en todo el Egipto; porque cuando se quería expresar la pesadez de algo, se las tomaba siempre como término comparativo.

Así, cuando un invitado prolongaba demasiado su visita en casa de su huésped, se decía de él: "¡Tiene la sangre como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando un maestro de escuela, de la especie de los maestros de escuela afligidos de pedantería, quería alardear de ingenio, se decía de él: "¡Alejado sea el Maligno! ¡Tiene el ingenio tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando un mandadero estaba abrumado por el peso de su carga, suspiraba, diciendo: "¡Alah maldiga al propietario de esta carga! ¡Pesa tanto como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando en algún harén una matrona vieja, de la especie maldita de las viejas gruñonas, quería impedir que se divirtieran entre sí las jóvenes esposas de su amo, se decía:

"¡Haga Alah que se quede tuerta la calamitosa! ¡Es tan pesada como las babuchas de Abu-Cassem!". Y cuando un manjar demasiado indigesto obstruía los intestinos y producía una tempestad dentro del vientre, se decía: "¡Líbreme Alah! ¡Este manjar maldito es tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!" Y así sucesivamente en cuantas circunstancias la pesadez hacía sentir su peso.

Un día en que Abu-Cassem había hecho un negocio de compra y venta más ventajoso todavía que de costumbre, estaba de muy buen humor. Así es que, en vez de dar un festín grande o pequeño, como es uso entre los mercaderes a quienes Alah favorece con un éxito de mercado, le pareció más conveniente ir a tomar un baño en el hammam, en donde no tenía idea de haber puesto los pies nunca. Y tras de cerrar su tienda, se dirigió al hammam, cargándose las babuchas a la espalda en vez de ponérselas; porque lo hacía así desde mucho tiempo atrás para no destrozarlas. Y llegado que fué al hammam, dejó en el umbral sus babuchas con todos los pares de calzado que allí estaban puestos en fila, como es costumbre.

Y entró a tomar su baño.

Y he aquí que Abu-Cassem tenía tanta grasa infiltrada en la piel que a los frotadores y masajistas les costó un trabajo extremado llenar su cometido; y no lo consiguieron más que al fin de la jornada, cuando ya se habían marchado todos los bañistas. Y por fin pudo salir del hammam Abu-Cassem, y buscó sus babuchas; pero ya no estaban allí, y en lugar de ellas había un hermoso par de pantuflas de cuero amarillo limón. Y Abu-Cassem se dijo: "Sin duda Alah me las envía, sabiendo que desde hace tiempo estoy pensando en comprarlas parecidas. ¡0 acaso sean de alguien que las ha cambiado por las mías sin darse cuenta!". Y lleno de alegría por verse exento del disgusto de tener que comprar otras, las cogió y se marchó.

Pero las pantuflas de cuero amarillo limón pertenecían al kadí, que aún se hallaba en el hammam. Y en cuanto a las babuchas de Abu-Cassem, al ver el hombre encargado de la custodia del calzado que aquel horror olía y apestaba la entrada del hammam, se apresuró a recogerlas y a esconderlas en un rincón. Luego, como había transcurrido la jornada y la hora de su guardia había pasado, se marchó, sin acordarse de volver a ponerlas en su sitio.

Así es que, cuando concluyó de bañarse el kadí, los servidores del hammam, que se desvivían por servirle, buscaron en vano sus pantuflas; y acabaron por encontrar en un rincón las fabulosas babuchas que al punto reconocieron como las de Abu-Cassem. Y lanzándose en su persecución, y cuando le atraparon, le llevaron al hammam con el cuerpo del delito al hombro. Y tras de coger lo que le pertenecía, el kadí hizo que devolvieran al otro sus babuchas, y a pesar de sus protestas, le envió a la cárcel. Y para no morirse en la cárcel, Abu-Cassem no tuvo más remedio, bien a pesar suyo, que mostrarse generoso en propinas con los guardias y oficiales de la policía; pues, como era sabido que estaba tan relleno de dinero como podrido de avaricia, no le costó poco recobrar su libertad.

Y de tal suerte pudo salir de la prisión Abu-Cassem; pero en extremo afligido y despechado, y atribuyendo a sus babuchas su desdicha, corrió a tirarlas al Nilo para desembarazarse de ellas.

Y he aquí que algunos días después, al retirar unos pescadores su red, que pesaba más que de costumbre, encontraron en ellas las babuchas, reconociéndolas al punto como las de Abu-Cassem. Y observaron, llenos de furor, que las tachuelas con que estaban claveteadas habían estropeado las mallas de la red. Y corrieron a la tienda de Abu-Cassem y arrojaron con violencia las babuchas dentro de ella, maldiciendo a su propietario. Y como las babuchas habían sido arrojadas con ímpetu, dieron en los frascos de agua de rosas y otras aguas que había en las anaquelerías, y los derribaron, rompiéndolos en mil pedazos.

Al ver aquello, el dolor de Abu-Cassem llegó a su límite extremo, y exclamó él: "¡Ah! ¡babuchas malditas, hijas de mi trasero, no me causáis más que estragos!". Y las cogió y se fué a su jardín y se puso a cavar un agujero para enterrarlas allí. Pero un vecino suyo, que estaba resentido con él, aprovechó la ocasión para vengarse, y corrió en seguida a advertir al walí que Abu-Cassem se hallaba desenterrando un tesoro en su jardín. Y como el walí tenía conocimiento de la riqueza y la avaricia del droguero, no dudó de la realidad de aquella noticia, y al punto envió a los guardias para que se apoderaran de Abu-Cassem y le llevaran a su presencia. Y por más que el desgraciado Abu-Cassem juró que no se había encontrado ningún tesoro, sino que solamente había querido enterrar sus babuchas, el walí no se avino a creer cosa tan extraña y tan contraria a la avaricia legendaria del acusado, y como, fuese por lo que fuese, contaba éste con dinero, obligó al afligido Abu-Cassem a desembolsar una importante suma para obtener su libertad.

Y libre ya, después de aquella formalidad dolorosa, Abu-Cassem...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 795ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 795ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y libre ya, después de aquella formalidad dolorosa; Abu-Cassem empezó a mesarse las barbas con desesperación, y cogiendo sus babuchas, juró desembarazarse de ellas a toda costa. Y anduvo al azar mucho tiempo, reflexionando acerca del medio mejor de llevarlo a término, y acabó por decidirse a arrojarlas en un canal situado en el campo, muy lejos. Y supuso que ya no volvería a oír hablar de ellas. Pero quiso la suerte que el agua del canal arrastrase las babuchas hasta la entrada de un molino cuyas ruedas movían aquel canal. Y las babuchas se engancharon en las ruedas y las hicieron saltar, alterando su marcha. Y acudieron a reparar el daño los dueños del molino, y observaron que todo ello obedecía a las enormes babuchas que encontraron enganchadas en el engranaje, y que al punto reconocieron como las babuchas de Abu-Cassem. Y de nuevo encarcelaron al desgraciado droguero, y aquella vez le condenaron a pagar una fuerte indemnización a los propietarios del molino por el daño que les había ocasionado. Y además hubo de pagar crecida fianza para recobrar su libertad. Y al propio tiempo se le devolvieron sus babuchas.

Entonces, en el límite de la perplejidad, regresó a su casa, y subiendo a la terraza, se recostó en la baranda y se puso a reflexionar profundamente sobre lo que haría. Y había colocado en la terraza cerca de él las babuchas; pero les daba la espalda, con objeto de no verlas. Y en aquel momento, precisamente, un perro de los vecinos divisó las babuchas, y lanzándose desde la terraza de sus amos a la de Abu-Cassem, cogió con la boca una de las babuchas y se puso a jugar con ella. Y estando en lo mejor de su juego con la babucha, el perro la tiró lejos, y el Destino funesto la hizo caer de la terraza en la cabeza de una vieja que pasaba por la calle. Y el peso formidable de la babucha barbada de hierro aplastó a la vieja, dejándola más ancha que larga. Y los parientes de la vieja reconocieron la babucha de Abu-Cassem, y fueron a querellarse al kadí, reclamando el precio de la sangre de su parienta o la muerte de Abu-Cassem. Y el infortunado se vió obligado a pagar el precio de la sangre, con arreglo a la ley. Y además, para librarse de la cárcel tuvo que pagar una gruesa fianza a los guardias y a los oficiales de policía.

Pero aquella vez había ya tomado su resolución. Regresó, pues, a su casa, cogió las dos babuchas fatales, y volviendo a casa del kadí, alzó las dos babuchas por encima de su cabeza, y exclamó con una vehemencia que hizo reír al kadí, a los testigos y a los circunstantes: "¡Oh señor kadí, he aquí la causa de mis tribulaciones! Y pronto me voy a ver reducido a mendigar en el patio de las mezquitas. ¡Te suplico, pues, que te dignes dictar un decreto que declare que Abu-Cassem ya no es propietario de las babuchas, pues las lega a quien quisiera cogerlas, y que ya no es responsable de las desgracias que ocasionen en el porvenir!" Y tras de hablar así, tiró las babuchas en medio de la sala de los juicios, y huyó con los pies descalzos, mientras, a fuerza de reír, se caían de trasero todos los presentes. ¡Pero Alah es más sabio!

Y sin detenerse, Schehrazada contó aún:


BAHLUL, BUFON DE AL-RASCHID[editar]

He llegado a saber que el califa Harún Al-Raschid tenía, viviendo con él en su palacio, a un bufón encargado de divertirle en sus momentos de humor sombrío. Y aquel bufón se llamaba Bahlul el Cuerdo. Y un día le dijo el califa: "Ya Bahlul, ¿sabes el número de locos que hay en Bagdad?". Y Bahlul contestó: "¡Oh mi señor! un poco larga sería la lista". Y dijo Harún: "Pues quedas encargado de hacerla. ¡Y supongo que será exacta!" Y Bahlul hizo salir de su garganta una carcajada prolongada. Y le preguntó el califa: "¿Qué te pasa?" Y Bahlul dijo: "¡Oh mi señor! soy enemigo de todo trabajo fatigoso. ¡Por eso, para complacerte, voy en seguida a extender la lista de los cuerdos que hay en Bagdad! Porque ése es un trabajo que apenas exigirá el tiempo que se tarda en beber un sorbo de agua. Y con esta lista, que será muy corta, ¡por Alah que te enterarás del número de locos que hay en la capital de tu imperio!"

Y estando sentado en el trono del califa, aquel mismo Bahlul recibió, por esta temeridad, una tanda de palos que le propinaron los ujieres. Y los gritos espantosos que con tal motivo hubo de lanzar pusieron en conmoción a todo el palacio y llamaron la atención del propio califa. Y al ver que su bufón lloraba ardientes lágrimas, intentó consolarle. Pero Bahlul le dijo: "¡Ay! ¡oh Emir de los Creyentes! ¡mi dolor no tiene consuelo, pues no es por mí por quien lloro, sino por mi amo el califa! Si yo, en efecto, he recibido tantos golpes por haber ocupado un instante su trono, ¿qué tunda no le amenazará a él después de ocuparlo años y años?".

Y también el mismo Bahlul tuvo la suficiente cordura para tomar horror al matrimonio. Y con el objeto de jugarle una mala pasada, Harún le hizo casarse a la fuerza con una joven de entre sus esclavas, asegurándole que le haría dichoso, y que incluso él respondería de la cosa. Y Bahlul se vió obligado a obedecer, y entró en la cámara nupcial, donde esperaba su joven esposa, que era de una belleza selecta. Pero apenas se había echado junto a ella, cuando se levantó de pronto con terror y huyó de la habitación, como si le persiguiesen enemigos invisibles, y echó a correr por el palacio, igual que un loco. Y el califa, informado de lo que acababa de pasar, hizo ir a Buhlul a su presencia, y le preguntó, con voz severa: "¿Por qué ¡oh maldito! has inferido esa ofensa a tu esposa?".

Y contestó Bahlul: "¡Oh mi señor! ¡el terror es un mal que no tiene remedio! Claro que yo no tengo que formular reproche alguno contra la esposa que has tenido la generosidad de concederme, porque es hermosa y modesta. Pero ¡oh mi señor! apenas entré en el lecho nupcial, cuando oí distintamente varias voces que salían a la vez del seno de mi esposa. Y una de ellas me pedía un traje, y otra me reclamaba un velo de seda; y ésta, unas babuchas; y aquélla, una túnica bordada; y la de más allá, otras cosas. ¡Entonces, sin poder reprimir mi espanto, y no obstante tus órdenes y los encantos de la joven, huí a todo correr, temiendo volverme más loco y más desgraciado todavía de lo que soy!"

Y el mismo Bahlul rehusó un día cierto regalo de mil dinares que le ofreció por dos veces el califa. Y como el califa, extremadamente asombrado de aquel desinterés, le preguntara la razón que para ello tenía, Bahlul, que estaba sentado con una pierna extendida y la otra encogida, se limitó a extender bien ostensiblemente ante Al-Raschid ambas piernas a la vez, siendo ésta toda su respuesta. Y al ver semejante grosería y tan suprema falta de respeto para con el califa, el jefe eunuco quiso hacerle violencia y castigarle; pero Al-Raschid se lo impidió con una seña, y preguntó a Bahlul a qué obedecía aquel olvido de las prácticas corteses. Y Bahlul contestó: "¡Oh mi señor! ¡si hubiera extendido la mano para recibir tu regalo habría perdido para siempre el derecho de extender las piernas!".

Y por último, el propio Bahlul fué quien, entrando un día en la tienda de campaña de Al-Raschid, que regresaba de una expedición guerrera, le encontró sediento y pidiendo a grandes gritos un vaso de agua. Y Bahlul echó a correr para llevarle un vaso de agua fresca, y presentándoselo, le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te ruego que antes de beber me digas a qué precio habrías pagado este vaso de agua si, por casualidad, hubiese sido imposible de encontrar o difícil de procurártelo!" Y dijo Al-Raschid: "¡Sin duda habría dado, por tenerlo, la mitad de mi imperio!"

Y dijo Bahlul: "¡Bébetelo ahora, y Alah lo vuelva lleno de delicias para tu corazón!" Y cuando el califa hubo acabado de beber, Bahlul le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! y si, ahora que te lo has bebido, ese vaso de agua no pudiera salir de tu cuerpo por culpa de alguna retención de orina en tu vejiga honorable, ¿a qué precio pagarías la manera de hacerlo salir?" Y Al-Raschid contestó: "¡Por Alah, que en ese caso daría todo mi imperio de ancho y de largo!"

Y Bahlul, poniéndose muy triste de pronto, dijo: "¡Oh mi señor! ¡un imperio que no pesa en la balanza más que un vaso de agua o un chorro de orines no debería producir todas las preocupaciones que te proporciona y las guerras sangrientas que nos ocasiona!"

Al oír aquello, Harún se echó a llorar.

Y aun dijo aquella noche Schehrazada:


LA INVITACION A LA PAZ UNIVERSAL[editar]

Cuentan que un venerable jeique rural tenía en su cortijo un hermoso corral, al que dedicaba todos sus afanes, y que estaba bien provisto de aves machos y aves hembras que le producían muy buenos huevos y soberbios pollos sabrosos de comer. Y entre las aves machos poseía un grande y hermoso Gallo de voz clara y plumaje brillante y dorado, el cual, además de todas sus cualidades de belleza exterior, estaba dotado de instinto vigilante, de sabiduría y de experiencia en las cosas del mundo, las mudanzas del tiempo y los reveses de la vida. Y estaba lleno de justicia y de atención para sus esposas, y cumplía sus deberes respecto a ellas con tanto celo como imparcialidad, para no dejar entrar los celos en sus corazones y la animosidad en sus miradas. Y entre todos los habitantes del corral se le citaba como modelo de maridos por su potencia y su bondad. Y su amo le había puesto de nombre Voz-de-Aurora.

Un día, mientras sus esposas dedicábanse a cuidar de sus pequeñuelos y a peinarse las plumas, Voz-de-Aurora salió a visitar las tierras del cortijo. Y sin dejar de maravillarse de lo que veía, revolvía y picoteaba a más y mejor en el suelo, según iba encontrando a su paso granos de trigo o de cebada o de maíz o de sésamo o de alforfón o de mijo. Y como sus hallazgos y pesquisas le llevaron más lejos de lo que hubiese querido, en un momento dado se vió fuera del cortijo y del villorrio, y completamente solo en un paraje abrupto que jamás había visto. Y por más que miró a derecha y a izquierda, no vió ninguna cara amiga ni ningún ser que le fuese familiar. Y empezó a quedarse perplejo, y dejó oír algunos gritos leves de inquietud. Y en tanto que tomaba sus disposiciones para volver sobre sus pasos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 796ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 796ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y en tanto que tomaba sus disposiciones para volver sobre sus pasos, he aquí que su mirada se posó en un Zorro que a lo lejos iba en dirección suya a grandes zancadas. Y al ver aquello, tembló por su vida, y volviendo la espalda a su enemigo, tomó impulso con toda la fuerza de sus alas abiertas, y ganó la altura de un muro en ruinas, donde no había más que el sitio preciso para agarrarse, y donde no podría atraparle de ninguna manera el Zorro.

Y llegó al pie del muro el Zorro, sin aliento, husmeando y ladrando. Pero, al ver que no había medio de encaramarse hasta donde estaba el volátil que apetecía, levantó la cabeza hacia él, y le dijo: "La paz sea contigo, ¡oh rostro de buen augurio! ¡oh hermano mío! ¡oh encantador camarada!" Pero Voz-de-Aurora no le devolvió su zalema y ni quiso mirarle. Y el Zorro, al ver aquello, le dijo: "¡Oh amigo mío! ¡oh tierno! ¡oh hermoso! ¿por qué no quieres favorecerme con un saludo o con una mirada, cuando tan vehementemente deseo anunciarte una gran noticia?" Pero el Gallo declinó con su silencio toda proposición y toda cortesía, y el Zorro insistió: "¡Ah! -¡hermano mío, si supieras solamente lo que tengo el encargo de anunciarte, bajarías cuanto antes a abrazarme y a besarme en la boca!" Pero el Gallo continuaba fingiendo indiferencia y distracción; y sin contestar nada, miraba a lo lejos con ojos redondos y fijos. Y el Zorro añadió: "Sabe, pues, ¡oh hermano mío! que el sultán de los animales, que es el señor León, y la sultana de las aves, que es la señora Águila, acaban de darse cita en una verdeante pradera adornada de flores y de arroyos, y han congregado en torno suyo a los representantes de todas las fieras de la Creación: los tigres, las hienas, los leopardos, los linces, las panteras, los chacales, los antílopes, los lobos, las liebres, los animales domésticos, los buitres, los gavilanes, los cuervos, las palomas, las tórtolas, las codornices, las perdices, las aves de corral y todos los pájaros. Y cuando estuvieron entre sus manos los representantes de todos sus súbditos, nuestros dos soberanos proclamaron, por real decreto, que en adelante habrán de reinar juntas, en toda la superficie de la tierra habitable, la seguridad, la fraternidad y la paz; que el afecto, la simpatía, la camaradería y el amor habrán de ser los únicos sentimientos permitidos entre las tribus de las fieras, de los animales domésticos y de las aves; que el olvido deberá borrar las antiguas enemistades y los odios de raza; y que la meta a que deben tender todos los esfuerzos es la dicha general y universal. Y decidieron que cualquier transgresión que se realizara de tal estado de cosas se llevaría sin tardanza al tribunal supremo y se juzgaría y se condenaría sin remisión. Y me nombraron heraldo del presente decreto, y me encargaron ir proclamando por toda la tierra la decisión de la asamblea, con orden de darles los nombres de los rebeldes, a fin de que se les castigase con arreglo a la gravedad de su rebeldía. Y por eso ¡oh hermano mío Gallo! me ves actualmente al pie de este muro en que estás encaramado, pues en verdad que soy yo, yo con mis propios ojos, yo y no otro, el representante, el comisionado, el heraldo y el apoderado de nuestros señores y soberanos. Y por eso te abordé hace poco con el deseo de paz y las palabras de amistad, ¡oh hermano mío!"

¡Eso fué todo!

Pero el Gallo, sin prestar a toda aquella elocuencia más atención que si no la oyese, continuaba mirando a lo lejos en actitud indiferente y con unos ojos redondos y distraídos, que cerraba de cuando en cuando, meneando la cabeza. Y el Zorro, cuyo corazón ardía en deseos de triturar deliciosamente aquella presa, insistió: ";Oh hermano mío! ¿por qué no quieres honrarme con una respuesta o acceder a dirigirme una palabra o posar solamente tu mirada en mí, que soy el emisario de nuestro sultán el León, soberano de los animales, y de nuestra sultana el Águila, soberana de las aves? Permíteme, pues, que te recuerde que, si persistes en tu silencio para conmigo, me veré obligado a dar cuenta de la cosa al consejo; y sería muy de lamentar que cayeses bajo el peso de la nueva ley, que es inexorable en su deseo de establecer la paz universal, aun a trueque de hacer degollar a la mitad de los seres vivos. ¡Así es que por última vez te ruego ¡oh hermano mío encantador! que me digas solamente por qué no me respondes!"

A la sazón el Gallo, que hasta entonces se había encastillado en su altanera indiferencia, estiró el pescuezo, e inclinando a un lado la cabeza, posó la mirada de su ojo derecho en el Zorro, y le dijo: "En verdad ¡oh hermano mío! que tus palabras están por encima de mi cabeza y de mis ojos, y te honro en mi corazón como enviado y comisionado y mensajero y apoderado y embajador de nuestra sultana el Águila. ¡Pero no vayas a creer que, si no te respondía, era por arrogancia o por rebeldía o por cualquier otro sentimiento reprobable; no, por tu vida que no, si no solamente porque me tenía turbado lo que veía y sigo viendo ante mí allá lejos!"

Y el Zorro preguntó: "Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! ¿Y qué veías y sigues viendo para que así te turbe? ¡Alejado sea el Maligno! ¡Supongo que no será nada grave ni calamitoso!" Y el Gallo estiró el pescuezo más todavía, y dijo: "¿Cómo, ¡oh hermano mío!? ¿Acaso no divisas lo que estoy divisando yo, por más que Alah puso encima de tu venerable hocico dos ojos penetrantes, aunque un poco bizcos, dicho sea sin ánimo de ofenderte?" Y el Zorro preguntó con inquietud: "¡Pero acaba, por favor, de decirme qué ves! ¡Porque tengo los ojos hoy un poco malos, aunque no sabía que fuese bizco ni por asomo, dicho sea sin ánimo de contrariarte!"

Y el Gallo Voz-de-Aurora dijo: "¡La verdad es que estoy viendo levantarse una nube de polvo, y en el aire diviso una bandada de halcones de caza que describen inciertos giros!" Y al oír estas palabras, el Zorro se echó a temblar, y preguntó, en el límite de la ansiedad: "¿Y es eso todo lo que divisas, ¡oh rostro de buen augurio!? ¿Y no ves correr a nadie por el suelo?" Y el Gallo fijó en el horizonte una mirada prolongada, imprimiendo a su cabeza un movimiento de derecha a izquierda, y acabó por decir: "¡Sí! veo que por el suelo corre a cuatro pies un animal de patas largas, grande, delgado, con cabeza fina y puntiaguda y largas orejas gachas. ¡Y se acerca a nosotros con rapidez!" Y el Zorro preguntó, temblando con todo su cuerpo: "¿No será un perro lebrel lo que ves, ¡oh hermano mío!? ¡Alah nos proteja!" Y el Gallo dijo: "¡No sé si es un lebrel, porque nunca los he visto de esa especie, y sólo Alah lo sabrá! Pero, de todos modos, creo que es un perro, ¡oh cara hermosa!"

Cuando el Zorro hubo oído estas palabras, exclamó: "¡Me veo obligado ¡oh hermano mío! a despedirme de ti!" Y así diciendo, le volvió la espalda y echó a correr azorado, confiándose a la Madre-de-la-Seguridad. Y el Gallo le gritó: "¡Escucha, escucha, hermano mío, que ya bajo, que ya bajo! ¿Por qué no me esperas?" Y el Zorro dijo: "¡Es que siento una gran antipatía por el lebrel, que no se cuenta entre mis amigos ni entre mis relaciones!" Y el Gallo añadió: "¿Pero no me has dicho hace un instante ¡oh rostro de bendición! que venías como comisionado y heraldo de parte de nuestros soberanos para proclamar el decreto de la paz universal, decidida en asamblea plena de los representantes de nuestras tribus?" Y el Zorro contestó desde muy lejos: "¡Sí, por cierto! ¡sí, por cierto! ¡oh hermano mío Gallo! pero ese lebrel entrometido (¡Alah le maldiga!) se abstuvo de ir al congreso, y su raza no ha enviado allá ningún representante, y su nombre no se ha pronunciado en la proclamación de las tribus adheridas a la paz universal. ¡Y por eso ¡oh Gallo lleno de ternura! siempre existirá enemistad entre mi raza y la suya, y aversión entre mi individuo y el suyo! ¡Y que Alah te conserve con buena salud hasta mi regreso!"

Y tras de hablar así, el Zorro desapareció en la lejanía. Y de tal suerte escapó el Gallo a los dientes de su enemigo, gracias a su ingenio y a su sagacidad. Y se dió prisa en bajar desde lo alto del muro y a volver al cortijo, glorificando a Alah, que le reintegraba a su corral en seguridad. Y se apresuró a contar a sus esposas y a sus vecinos la jugarreta que acababa de hacer a su enemigo hereditario. Y todos los gallos del corral lanzaron al aire el canto sonoro de su alegría para celebrar el triunfo de Voz-de-Aurora.

Y aquella noche aun dijo Schehrazada:


LAS AGUJETAS[editar]

Se cuenta que un rey entre los reyes estaba un día sentado en su trono, en medio de su diwán, y daba audiencia a sus súbditos, cuando entró un jeique, hortelano de oficio, que llevaba a la cabeza un cesto de hermosas frutas y de legumbres diversas, primicias de la estación. Y besó la tierra entre las manos del rey, e invocó sobre él las bendiciones y le ofreció como regalo el cesto de primicias. Y después de devolverle la zalema, el rey le preguntó: "¿Y qué hay en este cesto cubierto de hojas, ¡oh jeique!?" Y el hortelano dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡son las primeras verduras y las primeras frutas nacidas en mis tierras, que te traigo como primicias de la estación!" Y el rey dijo: "¡Las acepto de corazón amistoso!" Y quitó las hojas que preservaban del mal de ojo a! contenido del cesto, y vió que había en él magníficos cohombros rizados, gombos muy tiernos, dátiles, berenjenas, limones y otras diversas frutas y legumbres tempranas. Y exclamó: "¡Maschala!" y cogió un cohombro rizado y lo engulló con mucho gusto. Luego dijo a los eunucos que llevaran los demás al harén. Y los eunucos se apresuraron a ejecutar la orden. Y también se deleitaron mucho las mujeres comiendo aquellas primicias. Y cada cual cogió lo que quería, felicitándose mutuamente diciendo: "¡Que las primicias del año que viene nos den salud y nos encuentren con vida y con belleza!" Luego distribuyeron a las esclavas lo que quedaba en el cesto. Y de común acuerdo, dijeron: "¡Por Alah, que son exquisitas estas primicias! ¡Y tenemos que dar una buena propina al hombre que las ha traído!" Y enviaron al felah, por mediación de los eunucos, cien dinares de oro.

Y el rey, asimismo, estaba extremadamente satisfecho del cohombro rizado que había comido, y aun añadió doscientos dinares al donativo de sus mujeres. Y de tal suerte percibió el felah trescientos dinares de oro por su cesto de primicias.

Pero no fué eso todo. Porque el sultán que le había hecho diversas preguntas acerca de cosas agrícolas y de otras cosas más, le había encontrado en absoluto de su conveniencia y se había complacido con sus respuestas, pues el felah tenía la palabra elegante, la lengua expedita, la réplica en los labios, el ingenio fértil, la actitud muy cortés y el lenguaje correcto y distinguido. Y el sultán quiso hacer de él su comensal inmediatamente, y le dijo: "¡Oh jeique! ¿sabes hacer compañía a los reyes?" Y el felah contestó: "Sé". Y el sultán le dijo: "Bueno, ¡oh jeique! ¡Vuélvete en seguida a tu pueblo para llevar a tu familia lo que Alah te ha concedido hoy, y regresa conmigo a toda prisa para ser mi comensal en adelante!"

Y el felah contestó con el oído y la obediencia. Y después de llevar a su familia los trescientos dinares que Alah le había otorgado, volvió al lado del rey, que en aquel momento estaba cenando. Y el rey le mandó sentarse junto a él, ante la bandeja, y le hizo comer y beber lo que tenía gana. Y le encontró aún más divertido que la primera vez, y acabó de encariñarse con él, y le preguntó:

"¿Verdad que sabes historias hermosas de contar y de escuchar, ¡oh jeique!?"

Y el felah contestó: "¡Sí, por Alah! ¡Y la próxima noche le contaré una al rey!" Y al oír esta noticia, el rey llegó al límite del júbilo y se estremeció de contento. Y para dar a su comensal una prueba de cariño y de amistad, hizo salir de su harén a la más joven y más bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 797ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 797ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... hizo salir de su harén a la más joven y bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada, y se la dió como regalo, aunque la había hecho apartar para sí mismo el día en que la compraron, reservándosela como bocado selecto. Y puso a disposición de los recién casados un hermoso aposento del palacio, contiguo al suyo, y magníficamente amueblado y provisto de todas las comodidades. Y tras de desearles todo género de delicias aquella noche, les dejó solos y entró en su harén.

Cuando la joven se hubo desnudado, esperó, acostada, que fuera a ella su nuevo señor. Y el jeique hortelano, que en su vida había visto ni probado la carne blanca, se maravilló de lo que veía y glorificó en su corazón a Quien forma la carne blanca. Y se acercó a la joven, y empezó a hacer con ella todas las locuras usuales en casos como aquél. Y he aquí que, sin que pudiese él saber cómo ni por qué, el niño de su padre no quiso levantar cabeza y siguió adormecido con la mirada sin vida y mustio. Y por más que el frutero le amonestaba y alentaba, no quiso oír nada, y permaneció obstinado, oponiendo a todas las exhortaciones una inercia y una tozudez inexplicable. Y el pobre frutero llegó al límite de la confusión, y exclamó: "¡En verdad que es cosa prodigiosa!"

Y la joven, con objeto de despertar los deseos del niño, se puso a hacerle cosquillas y a juguetear con él con mano ardiente, y a mimarle con todos los mimos, y a hacerle entrar en razón, tan pronto con caricias como con golpes; pero tampoco consiguió decidirle a despertarse.

Y acabó por exclamar: "¡Oh mi señor! ¡puede que Alah lo anime!" Y al ver que nada servía de nada, dijo: "¡Oh mi señor! ¿a que no sabes por qué no quiere despertarse el niño de su padre?" El jeique dijo: "¡No, por Alah, que no lo sé!" Ella dijo: "¡Pues porque su padre tiene agujetas!" El jeique preguntó: "¿Y qué hay que hacer ¡oh perspicaz para curar las agujetas!?" Ella dijo: "No te preocupes por eso. ¡Yo sé lo que tengo que hacer!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, tomó incienso macho, y echándolo en un pebetero se puso a dar fumigaciones a su esposo, como se hace sobre el cuerpo de los muertos, diciendo: "¡Alah resucite a los muertos! ¡Alah despierte a los dormidos!" Y hecho lo cual, cogió un cántaro lleno de agua y empezó a regar al niño de su padre, como se hace con el cuerpo de los muertos antes de amortajarles. Y tras de bañarle así, cogió un pañuelo de muselina y cubrió con él al niño dormido, como se cubre a los muertos con el sudario. Y después de llevar a cabo todas aquellas ceremonias preparatorias de un sepelio, y que ella hacía por simulacro, llamó a las numerosas esclavas que el sultán había puesto a su servicio y al de su esposo, y les mostró lo que tenía que mostrarles del pobre frutero, que estaba tendido inmóvil, con el cuerpo cubierto a medias por el pañuelo y envuelto en una nube de incienso. Y al ver aquello, lanzando gritos de hilaridad y carcajadas, las mujeres echaron a correr por el palacio, contando lo que acababan de ver a todas las que no lo habían visto.

Por la mañana, el sultán, que se había levantado más temprano que de costumbre, envió a buscar a su comensal el frutero, y le formuló los deseos de la mañana, y le preguntó: "¿Cómo se ha pasado la noche, ¡oh jeique!?" Y el felah contó al sultán cuanto le había ocurrido, sin ocultar un detalle. Y el sultán, al oír aquello, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero; luego exclamó: "¡Por Alah, que la joven que de tan oportuna manera ha tratado tus agujetas es una joven dotada de ciencia y de ingenio y de gracia! ¡Y la recupero para mi uso personal!" Y la hizo ir, y le ordenó que le contara lo que había pasado. Y la joven repitió al rey la cosa tal como había sucedido, y le narró con todos sus detalles los esfuerzos que había hecho para disipar el sueño del testarudo niño de su padre, y el tratamiento que acabó por aplicarle sin resultado. Y en el límite del júbilo, el rey se encaró con el felah, y le preguntó: "¿Es verdad eso?" Y el felah hizo con la cabeza un signo afirmativo y bajó los ojos. Y le dijo el rey, riendo a más y mejor: "¡Por mi vida sobre ti, ¡oh jeique! vuelve a contarme lo que ha pasado!" Y cuando el pobre hombre hubo repetido su relato, el sultán se echó a llorar de alegría, y exclamó: "¡Ualah! ¡es cosa prodigiosa!" Luego, como desde el minarete el muezín acababa de llamar a la plegaria, el sultán y el frutero cumplieron sus deberes para con su Creador, y el sultán dijo: "¡Ahora ¡oh jeique de los hombres deliciosos! date prisa a contarme las historias prometidas, para completar mi alegría!" Y el frutero dijo: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a nuestro generoso señor!" Y sentándose con las piernas encogidas frente al rey, contó:


HISTORIA DE LOS DOS TRAGADORES DE HASCHISCH[editar]

Has de saber ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! que en una ciudad entre las ciudades había un hombre que tenía el oficio de pescador y la distracción de tomar haschisch. Y he aquí que cuando había cobrado el producto de una jornada de trabajo, se comía una parte de su ganancia en provisiones de boca y el resto en esa hierba alegre de que se extrae el haschisch. Y tomaba al día tres tomas de haschisch: una se la tragaba por la mañana en ayunas, otra a mediodía y otra al ponerse el sol. Y de tal suerte se pasaba la vida muy alegremente y haciendo extravagancias. Y esto no le impedía ir a su trabajo, que era la pesca; pero con frecuencia lo hacía de una manera muy singular, como vas a ver.

Una tarde, tras de tomar una dosis de haschisch más fuerte que de costumbre, empezó por encender una vela de sebo, y se sentó delante de ella y se puso a hablar consigo mismo, formulándose las preguntas y las respuestas, y disfrutando todas las delicias del ensueño y del placer tranquilo. Y así permaneció mucho tiempo, y sólo le sacaron de su ensueño la frescura de la noche y la claridad de la luna llena. Y dijo entonces, hablando consigo mismo: "¡Eh, amigo, mira! La calle está silenciosa, la brisa es fresca y la claridad de la luna invita al paseo. ¡Harás bien, pues, en salir a tomar el aire y a mirar el aspecto del mundo ahora que las gentes no circulan y no pueden distraerte de tu placer y tu fasto solitario!" Y pensando de este modo, el pescador salió de su casa y encaminó su paseo por el lado del río. Era en el decimocuarto día de la luna, y la noche estaba toda iluminada. Y al mirar reflejado en el piso el disco argénteo, el pescador tomó por agua aquel reflejo de la luna, y su extravagante imaginación le dijo: "Por Alah, ¡oh pescador! hete aquí llegado a orillas del río, y en el ribazo no hay ningún otro pescador. ¡Por tanto, harás bien en ir en seguida a coger tu sedal y volver para ponerte a pescar lo que te depare tu suerte de esta noche!" Así pensó en su locura, y así lo hizo. Y cuando cogió su sedal, fué a sentarse en una escarpadura, y se puso a pescar en medio de la claridad lunar, arrojando el hilo con el anzuelo al caudal blanco reflejado en el piso. Y he aquí que, atraído por el olor de la carne que servía de cebo, un perro enorme fué a arrojarse sobre el sedal, y lo devoró. Y se le clavó el anzuelo en el gaznate, y le molestó tanto, que empezó a dar sacudidas desesperadas para librarse del hilo. Y el pescador, que creía haber cogido un pez monstruoso, tiraba todo lo que podía; y el perro, que sufría de un modo insoportable, tirada por su parte, lanzando aullidos tremendos; de modo que el pescador, que no quería dejar escapar su presa, acabó por ser arrastrado y rodó por tierra. Y creyendo entonces que iba a ahogarse en el río que le mostraba su haschisch, se puso a dar gritos espantosos, pidiendo socorro. Y al oír aquel ruido, acudieron los guardias del barrio, y el pescador, al verles, les gritó: "¡Socorredme, ¡oh musulmanes! ¡Ayudadme a sacar el monstruoso pez de las profundidades del río, adonde va a arrastrarme! ¡Yalah, yalah! ¡venid aquí, valientes, que me ahogo!" Y los guardias le preguntaron, muy sorprendidos: "¿Qué te ocurre, ¡oh pescador!? ¿Y de qué río hablas? ¿Y de qué pez se trata?" Y les dijo: "Alah os maldiga, ¡oh hijos de perros! ¿Vais a gastarme ahora bromas o a ayudarme a salvar mi alma del ahogo y a sacar el pez fuera del agua?" Y los guardias, que al principio se rieron de aquella extravagancia, se irritaron contra él al oírle tratarles de hijos de perros, y se arrojaron sobre él, y después de molerle a golpes, le condujeron a casa del kadí.

Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 798ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 798ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch. Y cuando, a la primera ojeada que dirigió al pescador, comprendió que el hombre a quien los guardias acusaban de haber turbado el reposo del barrio estaba bajo el poder de la alegre droga que tanto consumía él mismo, se apresuró a amonestar severamente a los guardias y a mandarles que se fueran. Y recomendó a sus esclavos que tuvieran mucho cuidado con el pescador y que le dieran una buena cama para que pasase la noche con toda tranquilidad. Y en su fuero interno se prometió tenerle por compañero del placer que pensaba disfrutar al siguiente día.

En efecto, después de pasarse toda la noche en reposo y calma y de llevarse buena vida, al día siguiente, por la noche, fué llamado el pescador a la presencia del kadí, que le recibió con toda cordialidad y le trató como a un hermano. Y tras de cenar con él, se sentó al lado suyo ante las velas encendidas, y ofreciéndole haschisch, se dedicó a tomarlo en su compañía. Y entre ambos consumieron una dosis capaz de derribar con las cuatro patas en alto a un elefante de cien años.

Cuando se disolvió bien el haschisch en su razón, exaltó las disposiciones naturales de sus caracteres. Y quitándose la ropa, se quedaron completamente desnudos, y empezaron a bailar, a cantar y hacer mil extravagancias.

Pero en aquel momento se paseaban por la ciudad el sultán y su visir, disfrazados ambos de mercaderes. Y oyeron todo el ruido que salía de la casa del kadí; y como no estaban cerradas las puertas, entraron y se encontraron al kadí y al pescador en el delirio de la alegría. Y al ver entrar a los huéspedes del destino, el kadí y su compañero dejaron de bailar y les desearon la bienvenida y les hicieron. sentarse con cordialidad, sin que, por lo demás, le azorase su presencia. Y al ver el sultán bailar al kadí de la ciudad todo desnudo frente a un hombre todo desnudo también, y que tenía un zib de longitud interminable y negro y revoltoso, abrió mucho los ojos, e inclinándose al oído de su visir, le dijo: "¡Por Alah! No está nuestro visir tan bien provisto como su negro compañero". Y el pescador se encaró con él, y dijo: "¿Qué estás hablando así al oído de ése? ¡Sentaos ambos, que os lo ordeno yo, vuestro señor, el sultán de la ciudad! Si no, voy a hacer que al instante os rebane la cabeza mi visir el bailarín. ¡Porque supongo no ignoráis que yo soy el sultán en persona, que éste es mi visir, y que en la palma de mi mano derecha tengo, como a un pez, al mundo entero!" Y al oír estas palabras, el sultán y el visir comprendieron que estaban en presencia de dos comedores de haschisch de la variedad más extraordinaria. Y el visir, para divertir al sultán, dijo al pescador. "¿Y desde cuándo ¡oh mi señor! eres sultán de la ciudad? ¿Y podrías decirme qué fué de tu predecesor, nuestro antiguo amo?"

El otro dijo: "La verdad es que le destroné, diciéndole: «¡Vete!» Y se fué. ¡Y me quedé en lugar suyo!"

Y el visir preguntó: "¿Y no protestó el sultán?"

El pescador dijo: "¡Ni siquiera! Incluso se alegró de descargar sobre mi el pesado fardo del reino. Y yo, con objeto de corresponder a sus amabilidades, le guardé conmigo para que me sirviera. ¡Y ya le contaré historias, si algún día se arrepiente de su dimisión!"

Y tras de hablar así, el pescador añadió: "¡Oh, qué ganas tengo de mear!" Y enarbolando su interminable herramienta, se acercó al sultán y se dispuso a desahogarse encima de él. Y por su parte, dijo el kadí: "¡También yo tengo mucha gana de mear!" Y se acercó al visir, y también quiso hacer lo mismo que el pescador. Y al ver aquello, el sultán y el visir, en el colmo de la hilaridad, se levantaron, saltando sobre sus pies, y huyeron, exclamando: "¡Alah maldiga a los comedores de haschisch de vuestra especie!" Y les costó mucho trabajo a ambos escapar de los dos extravagantes compañeros.

Y he aquí que al día siguiente el sultán, que quería poner remate a la diversión de su velada de la víspera, ordenó a los guardias que avisaran al kadí de la ciudad que tenía que presentarse en el palacio con el huésped que albergaba en su casa. Y el kadí, acompañado del pescador, no tardó en llegar entre las manos del sultán, que le dijo: "¡Te he hecho venir con tu compañero, ¡oh representante de la ley! a fin de que me enseñes cuál es el modo más cómodo de mear! ¿Es preciso, en efecto, ponerse en cuclillas, alzándose con cuidado la ropa, como prescribe el rito? ¿0 tal vez es preferible hacer como los cochinos descreídos, que mean de pie? ¿0 acaso hay que mearse en sus semejantes, poniéndose completamente desnudo, como hicieron anoche dos tragadores de haschisch que yo conozco?"

Cuando el kadí hubo oído estas palabras del sultán -y como, por otra parte, sabía que el sultán tenía costumbre de pasearse disfrazado por la noche-, comprendió que su extravagancia y su delirio de la víspera bien pudieron tener por testigo al propio sultán, y llegó al límite del estremecimiento al pensar que había faltado el respeto al sultán y al visir. Y cayó de rodillas, gritando: "¡Amán! ¡Amán! ¡oh mi señor! ¡fué el haschisch lo que me indujo a la grosería y a la descortesía!"

Pero el pescador, que a causa de las dosis diarias de haschisch que tomaba, continuaba en estado de embriaguez, dijo al sultán: "Bueno, ¿y qué? ¡Si tú estás en tu palacio, nosotros estábamos en el nuestro anoche!"

Y en extremo divertido con los modales del pescador, el sultán le dijo: "¡Oh el más divertido parlanchín de mi reino! ya que tú eres sultán y yo lo soy también, te suplico que en lo sucesivo me hagas compañía en mi palacio. ¡Y puesto que sabes contar historias, supongo que querrás endulzarnos el oído con alguna!"

Y el pescador contestó:

"¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido! ¡Pero no sin que hayas perdonado a mi visir, que está de rodillas a tus pies!" Y el sultán se apresuró a dar orden de levantarse al kadí, y le perdonó su extravagancia de la víspera y le dijo que retornara a su casa y a sus funciones. Y únicamente retuvo consigo al pescador, quien, sin esperar a más, le contó, como sigue, la HISTORIA DEL " KADI PADRE-DEL-CUESCO.”


HISTORIA DEL KADI PADRE-DEL-CUESCO[editar]

Cuentan que en la ciudad de Trablús, de Siria, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, había un kadí que ejercía las funciones de su cargo con una severidad y un rigor extremados, lo cual era notorio entre los hombres.

Y he aquí que aquel kadí funesto tenía a su servicio a una vieja negra de piel ruda y endurecida como el cuero de un búfalo del Nilo. Y era ella la única mujer que poseía en su harén. ¡Alah le rechace de Su misericordia! Porque aquel kadí era de una mezquindad extremada, a la que sólo podía igualar su rigor en los juicios que fallaba. ¡Alah le maldiga! Y aunque era rico, no vivía más que de pan duro y cebollas. Y no obstante, estaba lleno de ostentación y se avergonzaba de su avaricia pues quería siempre dar prueba de fasto y de generosidad, por más que viviese con la economía de un camellero próximo a agotar sus provisiones. Y para hacer creer en un lujo que su casa ignoraba, tenía la costumbre de cubrir el taburete de comer con un mantel adornado de franjas de oro. Y de tal suerte, cuando, por casualidad, entraba alguien para cualquier asunto a la hora de la comida, el kadí no dejaba de llamar a su negra y de decirle en voz alta: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y pensaba que así hacía creer a la gente que su mesa era suntuosa y que los manjares equivalían en bondad y en cantidad a la hermosura del mantel con franjas de oro. Pero jamás había sido invitado nadie a una de aquellas comidas servidas en el mantel espléndido; y nadie, por el contrario, ignoraba la verdad con respecto a la avaricia sórdida del kadí. De modo que, por lo general, se decía cuando se había comido mal en un festín: "¡Lo han servido en el mantel del kadí!"

Y así, aquel hombre, a quien Alah había dotado de riquezas y de honores, vivía una vida que no contentaría a los perros de la calle. ¡Confundido sea por siempre!

Un día, algunas personas que querían inclinarle en favor suyo en cierto juicio, le dijeron: "¡Oh nuestro amo el kadí! ¿por qué no tomas esposa? ¡Porque la vieja negra que tienes en tu casa no es digna de tus méritos!"

Y contestó él: "¿Quiere buscarme mujer alguno de vosotros?" Y contestó uno de los presentes: "¡Oh amo nuestro! yo tengo una hija muy bella, y honrarías a tu esclavo si quisieras tomarla por esposa". Y el kadí aceptó la oferta; y en seguida se celebró el matrimonio; y aquella misma noche se condujo a la joven a casa de su esposo. Y la tal joven estaba muy asombrada de que no se le preparase comida, ni siquiera se le preguntara acerca del particular; pero, como era discreta y muy reservada, no hizo ninguna reclamación, y queriendo conformarse a las costumbres de su esposo, procuró distraerse. En cuanto a los testigos de la boda y a los invitados, presumían que aquella unión del kadí daría lugar a alguna fiesta, o por lo menos a una comida; pero fueron vanas sus esperanzas, y transcurrieron las horas sin que el kadí invitase a nadie.

Y se retiró cada cual maldiciendo al destino.

Volviendo a la recién casada, es el caso que, después de haber sufrido cruelmente con aquel ayuno tan riguroso y tan prolongado, por fin oyó a su esposo llamar a la negra de piel de búfalo y ordenarle que colocara el taburete de comer, poniendo el mantel de franjas de oro y los ornamentos mejores. Y la infortunada creyó entonces que por fin iba a resarcirse del ayuno penoso a que acababa de ser condenada, ella, que en casa de su padre había vivido siempre nadando en la abundancia, en el lujo y en el bienestar. Pero ¡ay de ella! ¿qué sentiría cuando la negra llevó, por toda bandeja de manjares, una fuente con tres pedazos de pan negro y tres cebollas? Y como no se atreviera ella a hacer un movimiento ni se explicase aquello, el kadí cogió con cierto sentimiento un pedazo de pan y una cebolla, dió una parte igual a la negra, e invitó a su joven esposa a hacer honor al festín, diciéndole: "¡No temas abusar de los dones de Alah!" Y empezó a comer él mismo con una prisa que denotaba hasta qué punto saboreaba la excelencia de aquella comida. Y también la negra se tragó de un bocado la cebolla, única comida del día. Y la pobre esposa, burlada, trató de hacer lo que ellos; pero, como estaba acostumbrada a los manjares más delicados, no pudo tragar bocado. Y acabó por levantarse de la mesa en ayunas, maldiciendo en su alma la negrura de su destino. Y de tal suerte transcurrieron tres días de abstinencia, con el mismo llamamiento a la hora de comer, los mismos adornos hermosos en la mesa, el mismo mantel de franjas de oro, el pan negro y las tristes cebollas. Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 799ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 799ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles que partían del harén. Y fué la negra a anunciarle alzando los brazos al cielo, que su ama se había rebelado contra todos los de la casa, y acababa de enviar a buscar a su padre. Y el kadí, furioso, entró en el aposento de la joven con los ojos llameantes, le lanzó toda clase de injurias, y acusándola de entregarse a todas las variedades del libertinaje, le cortó los cabellos a la fuerza y la repudió, diciéndole: "¡Quedas divorciada por tres veces!" Y la echó violentamente y cerró la puerta detrás de ella.

¡Alah le maldiga, que merece la maldición!

Pocos días después de su divorcio, el ruin hijo de ruin, con motivo de sus funciones, que le hacían indispensable para mucha gente, encontró otro cliente que le propuso a su hija en matrimonio. Y se casó con la joven, que fué servida de la misma manera, y que, sin poder soportar más de tres días el régimen de cebollas, se rebeló y también fué repudiada. Pero no sirvió aquello de lección a las demás personas, pues aun encontró el kadí varias jóvenes con quienes casarse, y se fué casando con ellas sucesivamente para repudiarlas al cabo de un día o dos a causa de su rebeldía ante el pan negro y las cebollas.

Pero, cuando los divorcios se multiplicaron de manera tan exagerada, el rumor de la mezquindad del kadí llegó a oídos que hasta entonces no se habían enterado de ella, y su conducta para con sus mujeres se hizo motivo de todas las conversaciones en los harenes. Y perdió todo el crédito posible con las casamenteras, y dejó en absoluto de ser un buen partido.

Una noche se paseaba por los alrededores de la ciudad el kadí, atormentado por la herencia de su padre, a la cual no quería ya ninguna mujer, cuando vió acercarse una dama en una mula de color castaño. Y quedó conmovido por la apostura elegante de ella y por sus ricos vestidos. Así es que retorciéndose el bigote, avanzó hacia ella con galante cortesanía, le hizo una profunda reverencia, y después de las zalemas, le dijo: "¡Oh noble dama! ¿de dónde vienes?" Ella contestó: "¡Del camino que dejo atrás!"

Y el kadí sonrió, y dijo: "¡Sin duda! ¡sin duda! ya lo sé; pero ¿de qué ciudad?" Ella contestó: "¡De Mossul!" El preguntó: "En ese caso, ¿quieres servirme de esposa en adelante, y que yo, en cambio, sea para ti el hombre?" Ella contestó: "Dime dónde vives y mañana te mandaré la respuesta". Y el kadí le explicó quién era y dónde vivía. ¡Pero ya lo sabía ella! Y le dejó, dedicándole de soslayo la más comprometedora de las sonrisas.

Y he aquí que al siguiente día por la mañana la joven envió al kadí un mensaje para informarle de que consentía en casarse con él mediante un donativo de cincuenta dinares. Y el ruin, con un violento esfuerzo de su avaricia, en vista de la pasión que experimentaba por la joven, hizo contarle y entregarle los cincuenta dinares, y encargó a la negra que fuese a buscarla. Y sin faltar a sus compromisos, la joven, en efecto, fué a casa del kadí; y en seguida se llevó a cabo el matrimonio, ante testigos, que se marcharon inmediatamente sin que tampoco se les obsequiara.

Y el kadí, fiel a su régimen, dijo a la negra con tono enfático: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y como de ordinario, en la mesa suntuosamente adornada, se sirvieron, por todo manjar, los tres panes duros y las tres cebollas. Y la recién casada cogió la tercera ración con muy buen talante, y cuando hubo acabado, dijo: "¡Alhamdú lillah! ¡Loor a Alah! ¡Qué excelente comida acabo de hacer!" Y acompañó esta exclamación con una sonrisa de extremada satisfacción. Y exclamó el kadí, al oír y ver aquello: "¡Glorificado sea el Altísimo que, en Su generosidad, me ha deparado al fin una esposa que reúne en sí todas las perfecciones y sabe contentarse con el presente, dando gracias a su Creador por lo mucho y por lo poco!" Pero el ciego miserable, el cochino (¡Alah le confunda!) no sabía que su suerte estaba echada en el cerebro maligno de su joven esposa.

Y he aquí que, al día siguiente, por la mañana, el kadí fué al diwán, y durante su ausencia, la joven se dedicó a visitar, una tras otra, todas las habitaciones de la casa. Y de tal suerte llegó a un gabinete cuya puerta, cuidadosamente cerrada y provista de tres candados enormes y asegurada por tres fuertes barras de hierro, le inspiró viva curiosidad. Y después de dar muchas vueltas y examinar bien lo que tenía que examinar, acabó por distinguir una rendija de poco más de un dedo de ancho en una moldura. Y miró por aquella rendija, y se sintió extremadamente sorprendida y alegre al ver que estaba acumulado allí dentro el tesoro del kadí en oro y en plata, guardado en amplios vasos de cobre puestos en el suelo. Y al punto ideó aprovecharse sin tardanza de aquel descubrimiento inesperado: y corrió a buscar una varilla larga hecha con un tallo de palmera, untó la punta con una pasta pegajosa y la introdujo por la rendija de la moldura. Y a fuerza de dar vueltas a la varilla, se pegaron varias monedas de oro, retirándolas ella en seguida.

Y fué a su aposento y llamó a la negra, y le dijo, dándole las monedas de oro: "¡Ve inmediatamente al zoco, y compra tortas calientes todavía del horno con sésamo por encima, arroz con azafrán, carne tierna de cordero y todo lo mejor que encuentres de frutas y pastelerías!" Y la negra, asombrada, contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a ejecutar las órdenes de su ama, quien, a su regreso del zoco, le hizo poner los platos y compartir con ella las suculentas cosas que había traído. Y exclamó la negra, que por primera vez en su vida hacía una comida tan excelente: "Alah te alimente ¡oh mi señora! y haga que se te conviertan en grasa de buena calidad las cosas deliciosas con que acabas de nutrirme. ¡Por tu vida, que en esta sola comida, debida a la generosidad de tu mano, me has hecho comer manjares tan suculentos como no los probé jamás en todo el tiempo que llevo sirviendo en casa del kadí!" Y la joven le dijo: "¡Pues bien; si deseas a diario un alimento análogo y aún superior al de hoy, no tienes más que obedecer a todo lo que te diga, y guárdate la lengua dentro de la boca en presencia del kadí!" Y la negra invocó sobre ella las bendiciones, y le dió gracias y le besó la mano, prometiéndole obediencia y abnegación. Porque no era dudosa la elección entre la largueza y buena vida por una parte, y por otra la privación y la economía sórdida.

Y cuando, hacia mediodía, regresó el kadí a la casa, gritó a la negra: "¡Oh esclava, pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo sentado, su mujer se levantó y le sirvió por sí misma los restos de la excelente comida. Y comió él con mucho apetito y le alegró un trato tan bueno, y preguntó: "¿De dónde proceden estas provisiones?" Ella contestó: "¡Oh mi señor! ¡en esta ciudad tengo muchas parientas, y una de ellas es quien me ha enviado hoy este regalo, que me agrada, por poder compartirlo con mi señor!" Y el kadí se felicitó en el alma por haberse casado con una mujer que tenía parientes tan preciosos.

Y he aquí que el día siguiente la varilla de palmera obró como la primera vez, y extrajo del tesoro del kadí algunas monedas de oro, con las cuales la esposa del kadí mandó comprar provisiones admirables, entre ellas un cordero relleno de alfónsigos, e invitó a algunas vecinas suyas a compartir con ella la excelente comida. Y pasaron el tiempo juntas de la manera más agradable hasta la hora de que volviese el kadí. Y entonces se separaron las mujeres, prometiéndose que se repetiría con toda amabilidad aquel día de bendición.

Y el kadí, en cuanto entró, gritó a la negra: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo servida la comida, el miserable (¡Alah le maldiga!) se asombró mucho de ver en las bandejas carnes y provisiones más delicadas y más selectas todavía que las de la víspera. Y preguntó, lleno de inquietud: "¡Por mi cabeza! ¿de dónde proceden estos manjares tan costosos?" Y la joven, que le servía por sí misma, contestó: "¡Oh señor! tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, y no pienses más que en comer y regocijarte en tu fuero interno, sin atormentarte más por los bienes que Alah nos depara. ¡Porque una de mis tías me ha enviado estas bandejas de manjares, y me tendré por muy dichosa si le satisfacen a mi señor!"

Y en el límite de la alegría, por tener una esposa tan bien emparentada y tan amable y tan atenta, el kadí sólo pensó ya en aprovecharse lo más que pudiera de tanto honor gratuito. Así es que, al cabo de un año de aquel régimen, creó tanta grasa y se le desarrolló el vientre de manera tan notoria, que cuando los habitantes de la ciudad querían establecer un término comparativo con respecto a una cosa enorme, decían: "¡Es tan gordo como el vientre del kadí!"

Pero el miserable (¡alejado sea el Maligno!) no sabía lo que le esperaba, y que su mujer había jurado vengar a todas las pobres mujeres con quienes él hubo de casarse para hacerlas morir casi de inanición y echarlas después de haberles cortado los cabellos y haberlas repudiado con el triple divorcio definitivo. Y he aquí cómo se arregló la joven para alcanzar el fin deseado y jugarle una mala pasada.

Entre las vecinas a quienes daba de comer a diario se encontraba una pobre mujer encinta, madre ya de cinco hijos, y cuyo marido era un mandadero que apenas ganaba con qué atender a las necesidades urgentes de la casa. Y la esposa del kadí le dijo un día: "¡Oh vecina mía! Alah te ha dado una familia numerosa, y tu hombre no tiene con qué alimentarla. ¡Y hete aquí de nuevo encinta por voluntad del Altísimo! ¿Quieres, pues, cuando hayas parido tu futuro recién nacido, dármele, a fin de que yo le cuide y le eduque como si fuera mi propio hijo, ya que Alah no me favorece con la fecundidad? ¡Y en cambio te prometo que no carecerás de nada y que la prosperidad favorecerá tu casa! ¡Pero solamente te pido que no hables de la cosa a nadie, y me entregues a escondidas el niño, con objeto de que nadie del barrio sospeche la verdad!" Y la mujer del mandadero aceptó la oferta y prometió reserva. Y el día de su parto, que tuvo lugar con gran secreto, entregó a la esposa del kadí el niño recién nacido, que era un muchacho tan abultado como dos muchachos de su especie.

Y he aquí que aquel día la joven preparó por sí misma, para la hora de comer, un plato compuesto de una mezcla de habas, guisantes, judías blancas, coles, lentejas, cebollas, cabezas de ajo, harinas diversas y toda clase de cereales pesados y especias molidas. Y cuando entró el kadí, con mucha hambre, porque tenía completamente vacío su enorme vientre, ella le sirvió aquel guisado, bien sazonado, que le pareció a él delicioso y del cual comió glotonamente. Y repitió varias veces, y acabó por devorar todo el plato, diciendo: "¡Jamás comí un manjar que pasara con tanta facilidad por el gaznate! ¡Deseo ¡oh mujer! que todos los días me prepares un plato mayor que éste del mismo guiso! ¡Pues supongo que tus parientes no interrumpirán su generosidad!" Y contestó la joven: "¡Que te sea delicioso y de fácil digestión!" Y el kadí le agradeció su deseo, y una vez más se felicitó por tener una esposa tan perfecta y cuidadosa de sus gustos.

Pero apenas había transcurrido una hora desde que se terminó la comida, cuando el vientre del kadí empezó a hincharse y a aumentar por momentos; y en su interior se hizo oír un gran estrépito como el estruendo de una tempestad; y conmovieron sus paredes unos gruñidos sordos como truenos amenazadores, tan pronto acompañados de terribles retorcijones, como de espasmos y de dolores. Y se le puso el color muy amarillo, y empezó a gimotear y a rodar por el suelo como un tonel, sujetándose el vientre a dos manos y exclamando: "¡Ya Alah! ¡en mi vientre hay una tempestad! ¡Ah! ¿Quién me librará de ella?" Y a poco, no pudo menos que lanzar aullidos bajo el impulso de crisis más fuertes de su vientre, que ya estaba más hinchado que un odre lleno. Y a los gritos que daba acudió su esposa, y para aliviarle le hizo tomar un puñado de polvos de anís y de hinojo, que en breve debían producir su efecto. Y al mismo tiempo, para consolarle y animarle, se puso a acariciarle por todas partes, como se acaricia a un niño enfermo, y a frotarle dulcemente el sitio dolorido, pasándole la mano por él con regularidad.

Y de repente interrumpió su masaje, lanzando un grito penetrante, seguido de repetidas exclamaciones de sorpresa y espanto, diciendo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡milagro! ¡prodigio! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" Y no obstante los violentos dolores, que le hacían contorsionarse, el kadí preguntó: "¿Qué te pasa? ¿Y de qué milagro se trata?" Ella dijo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" El preguntó: "¿Qué te pasa? ¡Di!" Ella contestó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti!" Y de nuevo le pasó la mano por el vientre tempestuoso, añadiendo: "¡Exaltado sea el Altísimo! ¡El puede hacer y hace todo lo que quiere! Cúmplanse Sus decretos, ¡oh mi señor!"

Y el kadí preguntó, entre dos quejidos. "¿Qué te pasa, ¡oh mujer!? ¡Habla! ¡Qué Alah te maldiga por torturarme así!" Ella dijo: "¡Oh mi señor!, ¡oh mi señor! cúmplase su voluntad! ¡Estás encinta! ¡Y el parto viene muy de prisa!"

Al oír estas palabras de su esposa, el kadí se incorporó, a pesar de los cólicos y los espasmos, y exclamó: "¿Estás loca, ¡oh mujer!? ¿Y desde cuándo se quedan encinta los hombres?" Ella dijo: "¡Por Alah, que no lo sé! Pero el niño se mueve en tu vientre. ¡Y le siento patear, y toco su cabeza con mis manos!" Y añadió: "¡Alah arroja donde quiere la semilla de la fecundidad! ¡Exaltado sea! Ruega al Profeta, ¡oh hombre!" Y dijo el kadí, presa de convulsiones: "¡Con él las bendiciones y todas las gracias!" Y como sus dolores aumentaban, volvió a revolcarse, aullando, como un loco; y se retorcía las manos, y ya no podía ni respirar, de tan violento como era el combate que se libraba en su vientre.

¡Y he aquí que de pronto llegó el alivio! Largo y resonante, y le salió de dentro un cuesco espantoso que hizo estremecerse toda la casa y desmayarse al kadí bajo el violento impulso de su choque. Y por el aire enrarecido de la casa continuó rodando en gradación atenuada una serie numerosa de otros cuescos. Luego, tras un último estrépito, semejante al fragor del trueno, se restableció el silencio en la morada.

Y poco a poco fué volviendo en sí el kadí, y vió ante él, echado en una colchoneta, a un recién nacido, en mantillas, que lloraba haciendo muecas. Y vió que su esposa decía: "¡Loores a Alah y a Su Profeta por este feliz alumbramiento! Alhandú Lillah, ¡oh hombre!" Y empezó a invocar todos los nombres sagrados sobre el pequeñuelo que venía al mundo y sobre la cabeza de su esposo. Y el kadí no sabía si estaba dormido o despierto, o si los dolores que hubo de sentir habían destruido sus facultades intelectuales. Sin embargo, no podía desmentir el testimonio de sus sentidos; y la vista de aquel niño recién nacido y la cesación de sus dolores y el recuerdo de la tempestad que le había salido del vientre, le obligaban a creer en su asombroso alumbramiento. Y el amor maternal se sobrepuso y le hizo aceptar al niño, y decir: "¡Alah arroja las semillas y crea donde quiere! ¡Y hasta los hombres, si están predestinados a ello, pueden quedarse encinta y parir a la postre!" Luego se encaró con su esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! ¡es necesario que te ocupes de buscar una nodriza para este niño! ¡Porque yo no puedo criarle!" Y ella contestó: "Ya he pensado en ello. ¡Y la nodriza está esperando en el harén! ¿Pero estás seguro ¡oh mi señor! que no se te han desarrollado los senos y no puedes criar a este niño? ¡Porque ya sabes que nada hay mejor que la leche de la madre!" Y el kadí, cada vez más absorto, se palpó el pecho con ansiedad, y contestó: "¡No, por Alah!, están como estaban, sin nada dentro!"

¡Eso fué todo!

Y la maligna joven se regocijaba en el alma del éxito de su estratagema. Luego, queriendo llevar su burla hasta el límite, obligó al kadí a meterse en la cama y a estar sin salir de ella, como las parturientas, cuarenta días y cuarenta noches. Y se puso a hacerle las tisanas que se dan de ordinario a las paridas y a cuidarle y a mimarle en todos los sentidos. Y el kadí, extremadamente fatigado de los dolorosos retorcijones que había tenido y de todo su trastorno interno, no tardó en dormirse profundamente para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 800ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 800ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu. Y su primer cuidado fué rogar a su esposa que guardara escrupulosamente el secreto de aquella aventura, diciéndole: "¡Qué calamidad para nosotros si la gente se enterara de que el kadí ha parido un niño viable!" Y la maligna, lejos de tranquilizarle sobre el particular, se complació en aumentar su inquietud, diciéndole: "¡Oh mi señor! ¡no somos los únicos en conocer este acontecimiento maravilloso y bendito! ¡Porque todas nuestras vecinas, lo saben ya por la nodriza, que, a pesar de mis recomendaciones, ha ido a revelar el milagro y a chismorrear de un lado a otro; y es muy difícil impedir a una nodriza que charle, como también detener ahora la difusión de esta noticia por la ciudad!"

Y extremadamente mortificado al saberse motivo de todas las conversaciones y objeto de comentarios más o menos descorteses, el kadí se pasó los cuarenta días del puerperio quieto en el lecho, sin osar moverse por temor a las complicaciones y a los flujos de sangre, y reflexionando, cejijunto, acerca de su triste situación.

Y se decía: "Seguramente, la malignidad de mis enemigos, que son numerosos, me acusará ahora de cosas más o menos ridículas; por ejemplo, de haberme dejado ensartar de una manera extraordinaria, diciendo: "¡El kadí es un marica! ¡Alah! ¡no valía la pena, verdaderamente, mostrarse tan severo en sus juicios, si tenía que acabar porque le ensartaran y por parir! ¡Por Alah, que nuestro kadí es un marica extraño! ¡Por otra parte, bien sabe Alah que hace mucho tiempo que no me ocupo de semejante cosa, y no es mi edad la más a propósito para tentar a los aficionados a eso!

Así pensaba el kadí, sin ocurrírsele que su ruindad era la que le había traído aquel estado de cosas. Y cuando más reflexionaba, más se ennegrecía el mundo ante él y su posición le parecía más irrisoria y digna de piedad. Así es que, cuando su esposa creyó oportuno que se levantara sin temor a las complicaciones puerperales, se apresuró él a salir del lecho y a lavarse, pero sin atreverse a abandonar su casa para ir al hammam. Y con objeto de evitar las burlas y alusiones que en lo sucesivo no dejaría de oír si continuaba habitando en la ciudad, resolvió abandonar Trablús y reveló este proyecto a su esposa, quien, simulando una gran pena por verle alejarse de su casa y prescindir de su situación de kadí, no dejó de abundar en su opinión, empero, y de alentarle a que se marchara, diciéndole: "Ciertamente, ¡oh mi señor! tienes razón al abandonar esta ciudad maldita habitada por las malas lenguas; pero hazlo por algún tiempo solamente y hasta que se olvide esta aventura. ¡Y entonces volverás para educar a este niño, de quien eres a la vez padre y madre, y a quien, si te parece, llamaremos, para recordar su maravilloso nacimiento, Fuente-de-los-Milagros!" Y contestó el kadí: "¡No hay inconveniente!" Y salió de su casa por la noche, dejando allí a su mujer al cuidado de Fuente-de-los-Milagros. Y de los efectos y muebles de la casa. Y salió de la ciudad, evitando las calles frecuentadas, y partió en dirección de Damasco.

Y llegó a Damasco, después de un viaje fatigoso, aunque consolándose con pensar que en aquella ciudad nadie le conocía ni conocía su historia. Pero tuvo la desgracia de oír contar su historia en todos los sitios públicos por todos los narradores, a oídos de los cuales había llegado ya. Y como se temía él, los narradores de la ciudad, cada vez que la contaban, no dejaban de añadir un detalle nuevo para hacer reír a sus oyentes, y de atribuir al kadí órganos extraordinarios, y de endosarle todas las herramientas de los muleteros de Trablús, y de adjudicarle el nombre que temía él tanto, llamándole hijo, nieto y biznieto del nombre que ni a sí mismo se pronuncia. Pero, felizmente para él; nadie conocía su rostro, y pudo de tal suerte pasar inadvertido. Y cuando, por la tarde, cruzaba por los lugares donde se estacionaban narradores, no podía por menos de pararse para escuchar su historia, que en boca de ellos resultaba prodigiosa; porque ya no era un niño lo que había tenido, sino una pollada de niños en ringlera; y tanta hilaridad producía aquello a la concurrencia, que él mismo acababa por reírse como los demás , dichoso de no ser reconocido, y diciéndose: "¡Por Alah, que me motejen de lo que quieran, pero que no me reconozcan!" Y de tal suerte vivió muy retraído y con una economía mayor aún que antes. Y así y todo, acabó por agotar el repuesto de dinero que se había llevado consigo, y acabó por vender, para vivir, sus vestiduras; pues no se determinaba a pedir dinero a su mujer, por mediación de un correo, para no verse obligado a revelarle el lugar en que se hallaba su tesoro. Porque el pobre no sospechaba que aquel tesoro estaba descubierto hacía mucho tiempo. Y se imaginaba que su esposa seguía viviendo a costa de sus parientes y de sus vecinas, como le había hecho creer ella. Y llegó a un grado tal su estado de miseria, que vióse obligado él, antiguo kadí, a ponerse a jornal con un albañil, para llevar durante todo el día cal y yeso.

De tal suerte transcurrieron algunos años. Y el desgraciado, que soportaba el peso de todas las maldiciones lanzadas contra él por las víctimas de sus juicios y las víctimas de su mezquindad, se había quedado tan flaco como un gato abandonado en un granero. Y entonces pensó en volver a Trablús, confiando en que los años hubieran borrado el recuerdo de su aventura. Y partió de Damasco, y después de un viaje muy duro para su cuerpo debilitado, llegó a la entrada de Trablús, su ciudad. Y en el momento en que franqueaba la puerta, vió a unos niños que jugaban entre sí, y oyó que uno de ellos decía al otro: "¿Cómo quieres ganar el juego tú, que naciste en el año nefasto del kadí padre-del-cuesco?" Y el infortunado se alegró mucho al oír aquello, pensando: "¡Por Alah! se ha olvidado tu aventura, puesto que otro kadí, que no eres tú, es quien sirve de proverbio a los niños" Y se acercó al que había hablado del año del kadí padre-del-cuesco, y le preguntó: "¿Quién es ese kadí de que hablas, y por qué le llaman padre-del-cuesco?" Y el niño contó toda la historia de la malicia de la esposa del kadí, con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla.

Cuando el viejo mezquino hubo oído el relato del niño, ya no dudó de su desgracia, y comprendió que había sido el juguete y la burla de la malicia de su esposa. Y dejando a los niños con su juego, se precipitó en dirección de su casa, queriendo, en su furor, castigar a la audaz que se había burlado de él tan cruelmente. Pero, al llegar a la casa, la encontró con las puertas abiertas a los cuatro vientos, el techo hundido, los muros a medio derribar, y devastada de arriba a abajo; y corrió al tesoro, pero ya no había allí tesoro, ni huella de tesoro, ni olor de tesoro, ni nada absolutamente. Y los vecinos que acudieron al verle llegar, en medio de la hilaridad general, le enteraron de que hacía mucho tiempo que se había marchado su esposa, creyéndole muerto, y que se había llevado consigo, no se sabía a qué país lejano, cuanto había en la casa. Y al enterarse así de la totalidad de su desgracia, y al verse blanco del sarcasmo público, el viejo miserable se apresuró a abandonar su ciudad sin volver la cabeza. Y nunca más se oyó hablar de él.

Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el tragador de haschisch la historia del kadí padre-del-cuesco, que hasta mí ha llegado. ¡Pero Alah es más sabio!"

Y al oír esta historia, el sultán se bamboleó de satisfacción y de contento, le regaló al pescador un ropón de honor, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh boca de azúcar! cuéntame alguna otra entre las historias que conoces!"

Y contestó el tragador de haschisch: "¡Escucho y obedezco!"

Y contó:


EL POLLINO KADI[editar]

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en una ciudad del país de Egipto había un hombre que tenía la profesión de recaudador de contribuciones, y que, por consiguiente, se veía obligado a ausentarse de su casa con frecuencia. Y como no estaba dotado de gallardía para las lides amorosas, su esposa no dejaba de aprovechar las ausencias de él para recibir a su amante, que era un jovenzuelo como la luna y siempre dispuesto a satisfacerla en sus deseos. Así es que ella le amaba en extremo, y a cambio de los placeres que le proporcionaba él, no se limitaba a hacerle probar todo lo que era bueno en su jardín, sino que, como no era rico y todavía no sabía ganar dinero en los negocios de venta y compra, se gastaba ella con él todo lo necesario, sin pedirle nunca que se lo reintegrara de otro modo que con caricias, copulaciones y otras cosas análogas. Y así vivían ambos la vida más deliciosa, satisfaciéndose y amándose entre sí con arreglo a sus capacidades. ¡Gloria a Alah, que da potencia a unos y aflige de impotencia a otros! Sus decretos son insondables.

Y he aquí que un día en que el recaudador de contribuciones, esposo de la joven, tenía que partir para asuntos del servicio, preparó su pollino, llenó sus alforjas con papeles oficiales y con ropa, y dijo a su esposa que le llenara el otro bolso de las alforjas con provisiones para el camino. Y la joven, feliz por librarse de él, se apresuró a darle cuanto deseaba, pero no pudo encontrar pan, pues se había acabado la hornada de la semana, y la negra precisamente estaba amasando lo de la semana próxima. Entonces, sin poder esperar a que se cociese el pan de la casa, el recaudador de contribuciones se fué al zoco para procurárselo. Y dejó al pollino enalbardado por el momento en la cuadra ante el pesebre . . .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 801ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 801ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y dejó al pollino enalbardado por el momento en la cuadra ante el pesebre. Y su esposa se quedó en el patio para esperar allí su regreso, y de pronto vió entrar a su amante, que creía que ya se había marchado el recaudador de contribuciones. Y dijo a la joven: "Tengo una apremiante necesidad de dinero. ¡Y es preciso que me des en seguida trescientos dracmas!" Y contestó ella: "¡Por el Profeta! ¡No los tengo hoy, y no sé de dónde sacarlos!" Y dijo el jovenzuelo: "¿Para qué está el pollino, ¡ oh hermana mía!? Dame el pollino de tu marido, que está ahí enalbardado delante del pesebre, para que lo venda. ¡Y sin duda sacaré por él los trescientos dracmas, que me son imprescindibles, absolutamente imprescindibles!" Y la joven exclamó muy asustada: "¡Por el Profeta, que no sabes lo que dices! ¿Y cuando vuelva mi marido, y no encuentre a su pollino? ¡Ni siquiera pienses en ello! ¡Sin duda me regañaría por haber perdido el burro, habiéndome encargado que me quedara aquí, y me pegaría!" Pero el jovenzuelo se puso tan compungido y la rogó con tanta elocuencia que le diera el pollino, que no pudo ella resistirse a sus ruegos, y no obstante todo el terror que le inspiraba su esposo el recaudador, le dejó llevarse el pollino, aunque después de haberle quitado los arreos.

Y he aquí que, algunos instantes más tarde, volvió el marido con los panecillos debajo del brazo, y fue a la cuadra para meterlos en las alforjas y coger el pollino. Y vió colgado de un clavo el cabezal del animal, y la albarda y las alforjas encima de la paja, pero no el pollino, ni trazas del pollino, ni el olor del pollino. Y extremadamente sorprendido, buscó a su esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! ¿dónde está el pollino?" Y su esposa, sin inmutarse, contestó con voz tranquila: "¡Oh hijo del tío! ¡el pollino acaba de salir, y desde la puerta se encaró conmigo, y me dijo que iba a celebrar audiencia en el diwán de justicia de la ciudad!" Al oír estas palabras, el recaudador, lleno de cólera, levantó la mano a su mujer, y le gritó: "¡Oh desvergonzada! ¿te atreves a burlarte de mí? ¿Es que no sabes que de un solo puñetazo puedo dejarte más ancha que larga?" Y dijo ella, sin perder nada de su aplomo: "¡El nombre de Alah sobre ti y sobre mí, y alrededor de ti y alrededor de mí! ¿Por qué voy a burlarme de ti, ¡oh hijo del tío!? ¿Y desde cuándo soy capaz de engañarte en algo? Además de que, caso de que me atreviera a ello, tu perspicacia y tu fino ingenio hubieran echado por tierra en seguida mis groseras y pesadas invenciones. ¡Pero, con tu permiso, ¡oh hijo del tío! creo que debo decirte al fin una cosa que hasta ahora no me atreví a contarte, temiendo que su revelación atrajera sobre nosotros alguna desgracia sin remedio! ¡Has de saber, en efecto, que tu pollino está hechizado, y que, de cuando en cuando, se transforma en kadí!" Y al oír aquello, el recaudador exclamó: "¡Ya Alah!"

Pero la joven sin darle tiempo a lanzar otras exclamaciones, ni a reflexionar, ni a hablar, continuó en el mismo tono de seguridad tranquila: "En efecto; la primera noche que vi salir de la cuadra a un hombre desconocido a quien no había visto entrar allí y con quien jamás me había encontrado antes, tuve un miedo espantoso, y volviéndole la espalda y levantándome el vestido para cubrirme con él la cara, porque no llevaba velo a la cabeza en aquel momento, quise recurrir a la fuga para mayor seguridad, ya que tú estabas ausente de la casa. Pero el hombre se me acercó, y me dijo con voz llena de gravedad y bondad, sin alzar hacia mí sus ojos, por temor a ofender mi pudor: «¡Tranquiliza tu alma, hija mía, y refresca tus ojos! ¡No soy para ti un desconocido, puesto que soy el pollino del hijo de tu tío! Pero mi naturaleza real es la de un ser humano, kadí de profesión. Y me transformaron en pollino los enemigos que tengo, que están versados en la hechicería y en los encantamientos. Y como no conozco las ciencias ocultas, me veo privado de recursos y armas contra ellos. Sin embargo, como, a pesar de todo, son creyentes, permiten que de vez en cuando, en los días de sesiones de justicia, recobre mi forma humana, dejando de ser pollino, para ir a dar audiencia en el diwán. ¡Y de tal suerte tengo que vivir, siendo pollino unas veces y kadí otras, hasta que Alah el Altísimo quiera librarme de los encantos de mis enemigos y romper el hechizo que me escribieron! Pero ¡oh caritativa! te suplico por tu padre, por tu madre y por todos los tuyos, que me hagas el favor de no hablar de mi estado a nadie, ni siquiera a mi amo, el hijo de tu tío, el recaudador de contribuciones. Pues, si conociera mi secreto, como es un hombre de fe esclarecida y un observante riguroso de la religión, sería capaz de desembarazarse de mí para no tener en su casa a un ser que está a merced de los hechizos; y me vendería a cualquier felah, que me maltrataría desde por la mañana hasta por la noche y me daría de comer habas podridas, mientras que aquí estoy a gusto en todos sentidos». Luego añadió: «¡Aun tengo otra cosa que pedirte, ¡oh mi señora! ¡oh buena! ¡caritativa! y es que ruegues a mi amo el recaudador, el hijo de tu tío, que no me espolee muy fuerte en el trasero cuando tiene prisa, porque tengo esta parte de mi persona, por desgracia, afligida de una extremada sensibilidad y de una delicadeza inconcebible!»

"Y tras de hablar así, nuestro pollino, convertido en kadí, me dejó sumida en una gran perplejidad y se fué a presidir el diwán. Y allá le encontrarás, si quieres.

"¡En cuanto a mí, ¡oh hijo del tío! ya no podía guardar por más tiempo para mí sola este abrumador secreto, sobre todo ahora que aparezco como culpable y corro riesgo de atraerme tu cólera y caer en tu desgracia! ¡Y pido perdón a Alah por faltar con ello a la promesa que hice al pobre kadí de no hablar a nadie nunca de su estado de pollino! ¡Y desde el momento en que la cosa está hecha, permíteme ¡oh mi señor! que te de un consejo, y es que no te deshagas de ese pollino, que no solamente es un excelente animal lleno de celo, sobrio, al que no se le escapan cuescos, que es muy decente y sólo muy de tarde en tarde saca su herramienta cuando se le mira, sino que, en caso necesario, podrá darte muy buenos consejos acerca de cuestiones delicadas de jurisprudencia y de la legalidad de tal o cual procedimiento!"

Cuando el recaudador de contribuciones hubo oído estas palabras de su esposa, que había escuchado en una actitud cada vez más sorprendida, llegó al límite de la perplejidad, y dijo: "¡Sí, por Alah, que la cosa es asombrosa! ¿Pero qué voy a hacer ahora que no tengo pollino disponible y necesito irme a recaudar las contribuciones de los pueblos de los alrededores? ¿Sabes, por lo menos, a qué hora va a volver? ¿O no te ha dicho nada respecto a eso?" Y la joven contestó: "No, no ha precisado hora. ¡Solamente me ha dicho que iba a celebrar audiencia en el diwán! ¡En cuanto a mí, bien sé lo que haría si estuviera en tu lugar! ¡Pero no tengo para qué dar consejos a quien es más inteligente e incontestablemente más listo y perspicaz que yo!"

Y el buen hombre dijo: 'Di siempre lo que se te ocurra. ¡Ya veré yo si no eres completamente tonta!" Ella dijo: "Pues bien; yo en tu lugar, iría directamente al diwán en que se halla el kadí, llevaría en la mano un puñado de habas, y cuando estuviera en presencia del infeliz hechizado que preside el diwán, le enseñaría desde lejos las habas, que tendría en la mano, y por señas le haría comprender que tengo necesidad de sus servicios como pollino. ¡Y me comprendería, y como sabe cumplir con su deber, saldría del diwán y me seguiría, máxime cuando viera las habas, que son su alimento favorito, y no podría por menos de echar a andar detrás de mí!"

Y he aquí que el recaudador de contribuciones, al oír estas palabras, le pareció muy razonable la idea de su esposa, y dijo: "Creo que es lo mejor que puedo hacer. Decididamente, eres una mujer de buen consejo". Y salió de la casa después de haber cogido un puñado de habas, con objeto de atraerse al pollino por medio de la gula, su vicio principal, si no podía llevársele por persuasión. Y cuando se marchaba él, su mujer le gritó aún: "¡Y sobre todo ¡oh hijo del tío! Guárdate bien, ocurra lo que ocurra, de dejarte llevar por tu genio y maltratarle; porque ya sabes que es muy susceptible, y además, como pollino y kadí, es doblemente testarudo y vengativo!" Y tras este último consejo de su mujer, el recaudador de contribuciones se encaminó al diván y entró en la sala de audiencia, donde estaba sentado el kadí sobre su estrado.

Y se detuvo a lo último de la sala, detrás de los concurrentes, y levantando la mano en que tenía el puñado de habas, se puso a hacer con la otra mano al kadí señas de invitación apremiante, que querían significar claramente: "¡Ven pronto! ¡Tengo que hablarte!" Y el kadí acabó por advertir aquellas señales, y reconociendo al hombre que actuaba de recaudador principal de contribuciones, creyó que quería decirle particularmente algo importante o transmitirle alguna comunicación urgente de parte del walí. Y al instante se levantó, suspendiendo la sesión de justicia, y siguió al vestíbulo al recaudador quien, para atraerle mejor, iba delante de él enseñándole las habas y animándole con el gesto y con la voz, como se hace con los pollinos.

Y he aquí que, en cuanto estuvieron ambos en el vestíbulo, el recaudador se inclinó al oído del kadí, y le dijo: "Por Alah, ¡oh amigo mío! que estoy muy contrariado y muy apenado y muy enfadado con el hechizo que te tiene encantado. Y no es por contrariarte, ciertamente, por lo que vengo aquí a buscarte, sino porque es absolutamente preciso que parta en seguida para asuntos del servicio, y no puedo esperar a que acabes tu misión aquí. ¡Te ruego, pues, que, sin tardanza, te transformes en pollino y me dejes montar en tu lomo!" Y al ver que el kadí retrocedía asustado, conforme le iba oyendo, el recaudador habló con un acento de gran conmiseración, y añadió: "¡Te juro por el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) que, si quieres seguirme en seguida, nunca más te pincharé en el trasero con la espuela, pues ya sé que tienes muy sensible y muy delicada esa parte de tu persona! ¡Vamos, ven, mi querido pollino; mi buen amigo! Y esta noche tendrás doble ración de habas y de alfalfa fresca!"

¡Eso fué todo!

Y el kadí, creyendo que tenía que habérselas con algún loco escapado del maristán, retrocedía cada vez más hacia la entrada de la sala, en el colmo de la estupefacción y del terror y más amarillo que el azafrán. Pero el recaudador, al ver que iba a escapársele, dió una vuelta rápida y se interpuso entre él y la puerta del diván, cortándole la retirada. Y el kadí, como no veía ningún guardia ni nadie a quien pedir socorro, se decidió por la dulzura, la prudencia y el miramiento, y dijo al recaudador: "A lo que entiendo, parece ser ¡oh mi señor! que has perdido tu pollino y estás deseoso de reemplazarle. Nada más justo, a mi juicio. He aquí, pues, de parte mía, trescientos dracmas que te doy para que puedas comprar otro. Y como hoy es día de mercado en el zoco de las acémilas, te será fácil escoger por ese precio el más hermoso de los asnos. ¡Uassalam!" Y así diciendo, sacó del cinturón los trescientos dracmas, se los entregó al recaudador, que aceptó la oferta, y volvió a la sala de audiencia, tomando una actitud grave y reflexiva, como si acabaran de comunicarle un asunto de gran importancia. Y se decía a sí mismo: "¡Por Alah! ¡culpa mía fué si he perdido de tal suerte los trescientos dracmas! Pero más vale eso que haber provocado un escándalo ante los que vienen a pedirme justicia. ¡Además, ya entraré otra vez en posesión de ese dinero explotando a mis querellantes!" Y se sentó en su sitio, y continuó la sesión de justicia. Y he aquí lo referente a él. ¡En cuanto al recaudador, he aquí ahora lo que a él atañe! Cuando llegó al zoco de las acémilas para comprar un pollino, se dedicó a examinar con atención, y tomándose el tiempo suficiente, todos los animales, uno tras otro. Y acabó por encontrar un pollino muy bueno que le pareció que tenía todas las condiciones requeridas, y se aproximó a él para examinarle de cerca, y de pronto observó que era su propio pollino. Y el pollino le reconoció también, y echando las orejas atrás, se puso a resoplar y a rebuznar de alegría. Pero el recaudador, muy molesto al ver aquel cinismo después de cuanto había sucedido, retrocedió golpeándose las manos, y exclamó: "¡No, por Alah, no será a ti a quien compre cuando tenga necesidad de un pollino fiel, pues, con eso de ser kadí unas veces y pollino otras, no me convienes!" Y se alejó, malhumorado por la audacia de su pollino, que se atrevía a invitarle a que se le llevara. Y fué a comprar otro, y se apresuró a volver a su casa para aparejarle y montarle después de contar a su esposa cuanto acababa de sucederle.

Y de tal suerte, merced al ingenio lleno de recursos de la joven esposa del recaudador, todo el mundo quedó satisfecho, y no se lesionó a nadie. Porque el enamorado logró el dinero de que tenía necesidad, el marido se procuró un pollino mejor sin gastar un dracma de su bolsillo, y el kadí no tardó en recuperar su dinero, ganado honradamente, a costa de los que iban a pedirle justicia y le quedaron agradecidos, el doble de lo que había dado al recaudador.

Y esto es ¡oh rey afortunado! todo lo que sé respecto al pollino kadí. ¡Pero Alah es más sabio!"

Cuando el sultán hubo oído esta historia, exclamó: "¡Oh boca de azúcar! ¡oh el más delicioso de los compañeros! ¡te nombro mi gran chambelán!" Y en el momento hizo que le pusieran las insignias de su cargo, y le hizo sentarse más cerca de él, y le dijo: "Por mi vida sobre ti, ¡oh gran chambelán mío! sin duda conocerás alguna otra historia. ¡Y quisiera oírtela contar!"

Y el pescador tragador de haschisch convertido en chambelán de palacio por decreto del Destino, contestó: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido!" Y meneando la cabeza, contó...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 802ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 802ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el pescador tragador de haschisch, convertido en chambelán de palacio por decreto del Destino, contestó: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido!" Y meneando la cabeza contó:


EL KADI Y EL BUCHE[editar]

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que, en una ciudad entre las ciudades, había un hombre y su esposa, que eran gente pobre, vendedores ambulantes de maíz tostado, que tenían una hija como la luna y en estado de merecer. Y quiso Alah que un kadí la pidiera en matrimonio y la obtuviera de sus padres, que en seguida dieron su consentimiento, aunque el kadí era de una gran fealdad, con unos pelos de barba tan duros como púas de erizo, y tuerto de un ojo, y tan viejo, que habría podido pasar por padre de la joven. Pero era rico y gozaba de toda consideración. Y los padres de la joven, sin fijarse más que en lo que aquel matrimonio mejoraría su estado y condición, no pensaron que, si la riqueza contribuye a la felicidad, no constituye el fondo de ella. Pero el kadí, por cierto, era quien pronto debía experimentarlo por su cuenta y riesgo.

Empezó, pues, por intentar hacerse agradable, a pesar de las desventajas ajenas a su persona en cuanto a la vejez y fealdad, por colmar todos los días de nuevos presentes a su joven esposa y por satisfacer sus menores caprichos. Pero olvidaba que ni los regalos ni la satisfacción de los caprichos valen lo que el amor joven, que aplaca los deseos. Y lamentaba en el alma no encontrar lo que esperaba de su esposa, quien, por otra parte, no podía darle lo que no conocía por falta de experiencia.

Tenía el kadí bajo su mano a un joven escriba, a quien quería mucho, y con el cual no podía por menos de hablar muy a menudo de su esposa. Y tampoco podía por menos, aunque estuviese en pugna con la costumbre, de divagar con el jovenzuelo acerca de la belleza de su esposa y del amor que sentía por ella, y de la frialdad de su esposa para con él, no obstante todo lo que por ella hacía. ¡Porque así es como Alah ciega a la criatura que merece la perdición! ¡Más aún! Para que se cumpliesen los supremos decretos, el kadí llevó su locura y su ceguera hasta mostrar un día por la celosía al adolescente a su joven esposa. Y como era muy hermoso y amable, la joven amó al joven. Y como cuando dos corazones se buscan acaban siempre por encontrarse y unirse, a pesar de todos los obstáculos, ambos jóvenes pudieron burlar la vigilancia del kadí y adormecer sus celos despiertos. Y la jovenzuela amó al jovenzuelo más que a las niñas de sus ojos, y al darle su alma, se abandonó a él con todo el cuerpo. Y el joven escriba supo corresponder y le hizo experimentar lo que nunca había conseguido producir el kadí. Y de tal suerte vivieron ambos en el límite de la dicha, viéndose con frecuencia y amándose más cada día. Y el kadí se mostraba satisfecho de ver que su esposa se ponía aun más hermosa y llena de juventud, salud y lozanía. Y cada cual era feliz a su manera.

Y he aquí que la joven, para poder entrevistarse sin peligro con su enamorado, había convenido con él que, cuando fuese blanco el pañuelo que colgaba de la ventana que daba al jardín podía entrar a hacerle compañía; pero cuando el pañuelo fuera rojo, debía abstenerse de ello y marcharse, porque la tal señal significaba que el kadí estaba en casa.

Pero quiso el Destino que un día, cuando acababa ella de tender el pañuelo blanco, después de salir el kadí para el diwán, oyese a la puerta golpes precipitados y gritos; y en seguida vió entrar a su marido apoyado en brazos de los eunucos, y muy amarillo, y muy demudado de color y de aspecto. Y los eunucos le explicaron que había acometido al kadí en el diwán una indisposición repentina, y se había apresurado a ir a casa para que le cuidaran y descansar. Y efectivamente, tanto movía a piedad el aspecto del pobre viejo, que la joven, no obstante el contratiempo que acaba él de producir y el trastorno que ocasionaba, empezó a rociarle con agua de rosas y a prodigarle sus cuidados. Y ayudándole a desnudarse, le acostó en el lecho, que le preparó por sí misma, y en donde, merced a las solicitudes de su esposa, no tardó él en dormirse. Y la joven quiso aprovechar aquel alivio súbito de su marido para ir a tomar un baño en el hammam. Y contrariada como estaba, se olvidó de quitar el pañuelo blanco de las entrevistas y de tender el de las prohibiciones. Y cogiendo un paquete de ropa blanca perfumada, salió de casa y fué al hammam.

Y he aquí que el joven escriba, al ver en la ventana el pañuelo blanco, ganó con paso ligero la terraza contigua, desde la cual saltó a la del kadí, como de costumbre, y penetró en la habitación en que, por lo general, se hallaba su amante esperándole completamente desnuda entre las mantas del lecho. Y como las celosías de la habitación estaban cerradas del todo y en el aposento reinaba una gran oscuridad, precisamente para favorecer el sueño del kadí, y como a menudo la joven le recibía en silencio por broma y no daba señales de estar allí, se acercó al lecho, riendo, y levantando las mantas, echó mano con viveza a la presunta historia de la joven para hacerle cosquillas. Y he aquí que (¡alejado sea el Maligno!) fué a parar a una cosa fláccida y blanda que se perdía entre maleza, y que no era otra cosa que la vieja herramienta del kadí. Y en vista de aquel contacto, retiró la mano con horror y espanto, pero no con la suficiente rapidez para que el kadí, despertado con sobresalto y súbitamente repuesto de su indisposición, no agarrase aquella mano que le había hurgado en el vientre y no se precipitase con furor sobre su propietario. Y como la cólera le daba fuerzas, mientras que el estupor clavaba en la inmovilidad al propietario de la mano, le derribó en el centro de la habitación echándole la zancadilla, v apoderándose de él y levantándole en alto en la oscuridad, le arrojó en el cajón donde se guardan de día los colchones, y que estaba abierto y vacío por haber sacado ya los colchones. Y echó la tapa en seguida, y cerró el cajón con llave, sin pararse a mirar la cara del que había encerrado. Tras de lo cual, como aquella excitación, que le había hecho tomar sangre rápidamente, produjo en él una reacción saludable, recobró por completo las fuerzas, y vistiéndose, preguntó al eunuco adónde había ido su esposa, y corrió a esperarla en el umbral del hammam. Pues se decía: "Antes de matar al intruso es preciso que yo sepa si estaba en connivencia con mi esposa. Por eso voy allí a esperar a que salga ella, y la llevaré a casa, y ante testigos, la carearé con el encerrado. Porque, ya que soy kadí, conviene que las cosas se hagan legalmente. Y entonces veré si sólo hay un culpable o si se trata de dos cómplices. ¡En el primer caso, con mi propia mano ejecutaré ante los testigos al encerrado; y en el segundo caso, les estrangularé a ambos con mis diez dedos!"

Y reflexionando así y barajando en su cerebro estos proyectos de venganza, se dedicó a parar a todas las bañistas que entraban en el hammam, diciendo a cada una: "¡Por Alah sobre ti, di a mi mujer que salga en seguida, porque tengo que hablarle!" Pero les decía estas palabras con tanta brusquedad y excitación, y tenía los ojos tan llameantes, y el color tan amarillo, y los gestos tan desordenados, y la voz tan temblorosa, y tanto furor denotaba su aspecto, que las mujeres, aterradas, huían de él dando agudos gritos, pues le tomaban por loco. Y la primera de entre ellas que dió en voz alta el recado en medio del hammam, llevó a la memoria de la joven esposa del kadí el recuerdo de su negligencia y de su olvido con respecto al pañuelo blanco dejado en la ventana. Y se dijo: "¡No cabe duda! ¡estoy perdida sin remedio! ¡Y sólo Alah sabe lo que habrá sucedido a mi amante!" Y se dió prisa en tomar el baño, en tanto que en la sala se sucedían con rapidez los recados de las bañistas que iban entrando, y el kadí se tornaba en el único motivo de conversación de las asustadas mujeres. Pero ninguna de ellas, por fortuna, conocía a la joven, quien, por otra parte, fingía que no le interesaba lo que se decía, como si la cosa no le importara. Y cuando estuvo vestida, fué a la sala de entrada, en donde vió a una pobre vendedora de garbanzos que estaba sentada ante el montón de los garbanzos que vendía a las bañistas. Y la llamó y le dijo: "¡Aquí tienes, mi buena tía, un dinar para ti, si quieres prestarme por una hora tu velo azul y el cesto vacío que hay a tu lado!" Y la vieja, entusiasmada con aquella dádiva, le dió el cesto de mimbre y el pobre velo de tela grosera. Y la joven se envolvió en el velo, tomó el cesto en la mano, y así disfrazada salió del hammam.

Y en la calle vió a su marido, que iba y venía delante de la puerta, y que maldecía en voz alta de los hammams y de las que iban a los hammams y de los propietarios de los hammams y de los constructores de los hammams. Y se le salían de las órbitas los ojos y la espuma de la boca. Y se acercó ella a él, y disfrazando la voz e imitando la de las vendedoras ambulantes, le preguntó si quería comprar garbanzos. Y entonces él se puso a maldecir de los garbanzos y de las vendedoras de garbanzos y de los plantadores de garbanzos y de los comedores de garbanzos. Y la joven, riéndose de aquella locura, se alejó en dirección a su casa y sin ser reconocida bajo su disfraz. Y entró, y subió a su estancia inmediatamente, y oyó gemidos. Y como no veía a nadie en el aposento, cuyas ventanas se había apresurado a abrir, sintió miedo, y ya se disponía a llamar al eunuco para que la tranquilizara, cuando oyó con precisión que los gemidos partían del cajón de los colchones. Y corrió a aquel cajón, que tenía la llave puesta, y lo abrió, exclamando: "¡En nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso..."

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 803ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 803ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y corrió a aquel cajón, que tenía la llave puesta, y lo abrió, exclamando: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso!" Y se encontró con su amante, que estaba próximo a expirar por falta de aire. Y no obstante toda la emoción que sentía, no pudo por menos de echarse a reír al verle acurrucado y con los ojos en blanco. Pero se apresuró a rociarlo con agua de rosas y a volverle a la vida. Y cuando le vió repuesto y ágil, hizo que le explicara rápidamente lo sucedido; y al punto dió con la manera de arreglarlo todo.

En efecto; en la cuadra había una burra que la víspera había parido un buchecillo. Y la joven corrió a la cuadra, cogió en brazos al gracioso buchecillo, y transportándole a su habitación le metió en el cajón donde estuvo encerrado su amante y cerró con llave la tapa. Y tras de besar a su amante, se despidió de él, diciéndole que no volviese hasta que viese la señal del pañuelo blanco. Y por su parte se apresuró a volver al hammam, y vió a su marido paseándose todavía de un lado a otro y maldiciendo de los hammams y de todo lo que traen consigo. Y al verla entrar, la llamó él, y le dijo: "¡Oh vendedora de garbanzos! ¡di a mi mujer que, si se retrasa más todavía en salir, juro a Alah que la mataré antes de la noche y que hundiré el hammam sobre su cabeza!" Y la joven, riendo con toda el alma, entró en el vestíbulo del hammam, entregó el velo y el cesto a la vendedora de garbanzos, e inmediatamente salió con su paquete al brazo y contoneando las caderas.

En cuanto la divisó su marido, el kadí, avanzó hacia ella, y gritó: "¿Dónde estabas? ¿dónde estabas? ¡Hace dos horas que te aguardo! ¡Anda, sígueme! ¡Ven!, ¡oh maligna! ¡oh perversa! ¡Ven!" Y deteniendo su marcha, contestó la joven: "¡Por Alah! ¿qué te pasa? ¡El nombre de Alah sobre mí! ¿Qué te pasa, ¡oh hombre! ? ¿Te has vuelto loco de pronto para dar así un espectáculo en la calle, tú, el kadí de la ciudad? ¿O es que tu enfermedad te ha obstruido la razón y te ha trastornado el juicio hasta el punto de faltar al respeto en público y en la calle a la hija de tu tío?" Y el kadí replicó: "¡Basta de palabrería inútil! ¡Ya dirás en casa lo que quieras! ¡Sígueme!" Y echó a andar delante de ella, gesticulando, gritando y dando rienda suelta a su cólera, aunque sin aludir de un modo directo a su esposa, que le seguía silenciosamente a diez pasos de distancia.

Y llegados que fueron a su casa, el kadí encerró a su esposa en la habitación de arriba, y fué a buscar al jeique del barrio y a cuatro testigos legales, así como a cuantos vecinos pudo encontrar. Y les llevó a todos a la habitación del cofre en la cual estaba encerrada su esposa, y donde quería que actuasen de testigos de lo que iba a ocurrir. Cuando el kadí y todos los que le acompañaban entraron en el aposento, vieron a la joven, cubierta con sus velos todavía, que se había retirado a un rincón y que hablaba consigo misma de manera que pudiesen oír todos. Y decía: "¡Oh, qué calamidad la nuestra! ¡ay! ¡ay! ¡pobre esposo mío! ¡Esta indisposición le ha vuelto loco! ¡Sin duda tiene que haberse vuelto completamente loco para cubrirme así de injurias y para introducir en el harén a hombres extraños! ¡Qué calamidad la nuestra! ¡Haber en el harén extraños que van a mirarme! ¡Ay! ¡ay! ¡está loco, completamente loco!"

Y en efecto; el kadí se hallaba en tal estado de furor, de amarillez y de sobreexcitación, que, con su barba temblorosa y sus ojos que echaban llamas, tenía toda la apariencia de un individuo atacado de fiebre alta y de delirio. Así es que algunos de los que le acompañaban intentaron calmarle y aconsejarle que volviera en sí; pero sus palabras sólo conseguían excitarle más, y les gritaba: "¡Entrad! ¡entrad! ¡No escuchéis a la menguada! ¡No os dejéis enternecer por los lamentos de la pérfida! ¡Ahora veréis! ¡Ahora veréis! ¡Ha llegado su último día! ¡Ha llegado la hora de la justicia! ¡Entrad! ¡Entrad!"

Cuando hubieron entrado todos, el kadí cerró la puerta y se dirigió al cofre de los colchones, ¡y levantó la tapa! Y he aquí que el buchecillo sacó la cabeza, movió las orejas, miró a todos con sus ojos grandes y dulces, respiró ruidosamente, y alzando la cola y poniéndola muy tiesa, se puso a rebuznar de alegría por haber vuelto a ver la luz, llamando a su madre.

Al ver aquello, el kadí llegó al límite extremo de la rabia y del furor y le acometieron convulsiones y espasmos; y de pronto se precipitó sobre su esposa, intentando estrangularla. Y ella empezó a gritar, corriendo por la habitación: "¡Por el Profeta! ¡que quiere estrangularme! Detened al loco, ¡oh musulmanes! ¡Socorro!"

Y al ver todos los presentes, efectivamente, la espuma de la rabia en los labios del kadí, ya no dudaron de su locura, y se interpusieron entre él y su esposa, y le cogieron en brazos y a la fuerza le tiraron a la alfombra, en tanto que él articulaba palabras ininteligibles y trataba de escaparse de ellos para matar a su mujer. Y extremadamente afectado por ver al kadí de la ciudad en aquel estado, el jeique del barrio, observando su locura furiosa, no pudo menos, a pesar de todo, de decir a los presentes: "¡No hay que perderle de vista ¡ay! hasta que Alah le calme y le haga entrar en razón!"

Y exclamaron todos: "¡Ojalá le cure Alah! ¡Un hombre tan respetable como era! ¡Qué enfermedad tan funesta!" Y algunos decían: "¿Cómo puede tener celos de un buche?" Y preguntaban otros: "¿Cómo ha entrado ese buche en el cofre de los colchones?" Y otros decían: "¡Ay! ¡él mismo es quien ha encerrado dentro al buche, tomándole por un hombre!" Y el jeique del barrio añadió, para concluir: "¡Alah venga en su ayuda y aleje al Maligno!".

Y se retiraron todos, excepto los que sujetaban al kadí sobre la alfombra, porque, de repente, acometió al kadí una crisis de furor tan violenta, y se puso a gritar tan fuerte palabras ininteligibles, y a debatirse con tanto encarnizamiento, siempre tratando de lanzarse sobre su esposa, quien desde lejos le hacía disimuladamente muecas y señales burlonas, que se le rompieron las venas del cuello y murió, escupiendo una bocanada de sangre. ¡Alah le tenga en su compasión, porque no sólo era un kadí íntegro, sino que dejó a su esposa, la consabida joven, riquezas bastantes para que pudiese vivir con holgura y casarse con el joven escriba a quien amaba y que la amaba!"

Y tras de contar así esta historia, el pescador tragador de haschisch, al ver que el rey le escuchaba con entusiasmo, se dijo: "¡Voy a contarle otra cosa todavía!"

Y dijo:


EL KADI AVISADO[editar]

"Cuentan que había en El Cairo un kadí que hubo de cometer tantas prevaricaciones y de pronunciar tantas sentencias interesadas, que se le destituyó de sus funciones, y para no morirse de hambre se veía obligado a vivir de trapisondas.

Y he aquí que un día, por más que se devanaba los sesos, no se le ocurrió medio de hacerse con algún dinero, porque ya había agotado todos los recursos de su ingenio, del mismo modo que hubo de exprimir los de su vida. Y viéndose reducido a aquel extremo, llamó al único esclavo que le quedaba, y le dijo: "¡Oh Mubarak! estoy muy enfermo hoy y no puedo salir de casa; pero tú puedes ir a ver si encuentras algo de comer, o a procurarme algunas personas que quieran hacerme consultas jurídicas. ¡Y ya sabré recompensar bien tu trabajo!" Y el esclavo, que era un pillastre tan avezado como su amo a las jugarretas y a las trapisondas, y que estaba tan interesado como él en el éxito del proyecto, salió, diciéndose: "Voy a molestar, unos tras otro, a varios transeúntes y a entablar disputa con ellos. ¡Y como no todo el mundo sabe que mi amo está destituido, les llevaré a su presencia, con pretexto de arreglar el litigio, y haré que vacíen su cinturón en manos de él!" Y así pensando, tropezó con un paseante que iba delante de él y que caminaba tranquilamente con el báculo apoyado a dos manos en la nuca, y echándole la zancadilla, le hizo rodar por el lodo. Y el pobre hombre, con los vestidos sucios y los zapatos despellejados, se levantó furioso con intención de castigar a su agresor. Pero al reconocer en él al esclavo del kadí, no quiso medir sus fuerzas con las del otro, y todo corrido se contentó con decir, evadiéndose cuanto antes: "¡Alah confunda al Maligno!"

Y aquel taimado esclavo, al ver que no había tenido éxito la primera intentona, prosiguió su camino, diciéndose: "Este procedimiento no da resultado. ¡Vamos a ver si encontramos otro, porque todo el mundo conoce a mi amo y me conoce a mí!"

Y mientras reflexionaba sobre lo que tenía que hacer, vió a un servidor que llevaba a la cabeza una bandeja con un soberbio pato relleno y circundado de tomates, pepinillos y berenjenas, muy bien arreglado todo. Y siguió al que lo llevaba, que se dirigía al horno público para hacer cocer el pato allí, y le vió entrar y entregar la bandeja al dueño del horno, diciéndole: "¡Volveré a buscarlo dentro de una hora!" Y se marchó.

Entonces se dijo el esclavo del kadí: "¡Ya hice negocio!" Y al cabo de cierto tiempo, entró en el horno, y dijo: "¡La zalema sea contigo, ya hagg Mustafá!" Y el amo del horno reconoció al esclavo del kadí, a quien no había visto desde hacía mucho tiempo, pues en casa del kadí nunca había nada para enviar al horno; y contestó: "Y contigo la zalema, ¡oh hermano mío Mubarak! ¿Cómo por aquí? ¡Hace mucho tiempo que mi horno no se enciende para nuestro amo el kadí! ¿En qué puedo servirte hoy y qué me traes?" Y dijo el esclavo: "¡Nada más que lo que ya tienes, porque vengo a recoger el pato relleno que está en el horno!" Y contestó el hornero: "¡Pero este pato ¡oh hermano mío! no es tuyo!" El esclavo dijo: "No hables así, ¡oh jeique! ¿Cómo dices que no es mío este pato? ¡Yo soy quien le vió salir del huevo, quien le ha cebado, quien le ha degollado, quien le ha rellenado y quien le ha preparado!" Y dijo el hornero: "¡Por Alah, que no lo dudo! ¿Pero qué tengo que decir, cuando venga a quien me lo ha traído?" El esclavo contestó: "¡No creo que venga! Pero, en fin, si lo hace, le dirás sencillamente, a modo de broma, porque es un hombre muy bromista y a quien le gustan muchos los chistes: "¡Ualah, ¡oh hermano mío! en el momento en que ponía al fuego la bandeja, lanzó el pato de pronto un grito estridente y echó a volar...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 804ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 804ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Ualah, ¡oh hermano mío! en el momento en que ponía al fuego la bandeja, lanzó el pato de pronto un grito estridente y echó a volar!" Y añadió: "¡Dame ahora el pato, que debe estar bastante cocido!" Y el hornero, riéndose de aquellas palabras que acababa de oír, sacó el pato del horno y se lo entregó con toda confianza al esclavo del kadí que apresuróse a llevárselo a su amo y comérselo con él, chupándose los dedos.

Entretanto, el que llevó el pato al horno volvió y pidió su bandeja, diciendo: "Ya debe estar a punto el pato, ¡oh maestro!" Y el hornero contestó: "¡Ualah! ¡en el momento en que le ponía al horno ha dado un grito estridente y ha echado a volar!" Y el hombre, que en realidad no tenía nada de bromista, se puso furioso al convencerse de que el hornero quería burlarse de él, y exclamó: "¿Cómo te atreves ¡oh infeliz! a reírte en mis barbas?" Y de palabras en palabras y de injurias en injurias, ambos hombres se enredaron a golpes. Y no tardó la muchedumbre en agruparse desde fuera al oír los gritos y en invadir el horno en seguida. Y se decían unos a otros: "¡El hagg Mustafá se está pegando con un hombre a causa de la resurrección de un pato relleno!" Y la mayoría se ponía a favor del amo del horno, cuya buena fe y honradez eran proverbiales desde hacía tiempo, en tanto que otros únicamente se permitían emitir alguna duda acerca de aquella resurrección.

Y he aquí que entre las gentes que se agolpaban alrededor de los dos hombres que estaban pegándose encontrábase una mujer encinta a quien la curiosidad había llevado a la primera fila. Pero fué para su desgracia, pues cuando retrocedía el hornero para alcanzar con más tino a su adversario, recibió en pleno vientre la mujer el golpazo terrible que estaba destinado a otro que nada tenía que ver con ella. Y se cayó al suelo, lanzando un chillido de gallina violentada, y abortó en aquella hora y en aquel instante.

Y he aquí que el esposo de la mujer consabida, que habitaba una frutería de la vecindad, fué avisado al punto, y acudió con un palo enorme y. exclamando: "¡Voy a horadar al hornero, y al padre del hornero, y a su abuelo y a quitarle la existencia!" Y extenuado ya de su primera lucha, y al ver echarse sobre él a aquel hombre furioso y armado del palo terrible, el hornero no pudo sostenerse más tiempo, y echó a correr, saliendo al patio. Y viendo que le perseguían, escaló un muro, trepó a una terraza contigua y desde allí se dejó caer a tierra. Y quiso el Destino que cayese precisamente encima de un maghrebín que dormía en la planta baja de la casa envuelto en mantas. Y como el hornero pesaba mucho y caía desde muy alto, le rompió todas las costillas. Y el maghrebín expiró sin más ni más. Y acudieron todos sus allegados, los demás maghrebines del zoco, y detuvieron al hornero, moliéndole a golpes, y se dispusieron a arrastrarle ante el kadí. Y el dueño del pato, al ver detenido al hornero, se apresuró, por su parte, a congregar a los maghrebines. Y acompañada de gritos y vociferaciones, toda aquella muchedumbre se encaminó al diwán de justicia.

Pero en aquel momento el criado del kadí, que se había comido el pato, había vuelto a ver lo que pasaba, mezclándose con la multitud, y dijo a todos los querellantes: "¡Seguidme, ¡oh buenas gentes! que yo os enseñaré el camino!" Y les condujo a casa de su amo.

Y el kadí, con una apostura digna, empezó por hacer pagar derechos dobles a todos los querellantes. Luego se encaró con el acusado, al cual señalaban todos los dedos, y le dijo: "¿Qué tienes que responder con respecto al pato, ¡oh hornero!?" Y el buen hombre, comprendiendo que, en el caso presente, más valía mantener su primera afirmación, a causa del esclavo del kadí, contestó: "¡Por Alah, ¡oh nuestro amo el kadí! que el animal ha lanzado un grito estridente y, todo relleno, se ha elevado de entre los adornos que le guarnecían y ha echado a volar!" Y al oír aquello, exclamó el dueño del pato: "¡Ah! hijo de perro, ¿todavía te atreves a decir eso delante del señor kadí?" Y el kadí, tomando una actitud de indignación, dijo al que le interrumpía: "Y tú ¡oh descreído! ¡oh impío! ¿cómo te atreves a no creer que Quien ha de resucitar a todas las criaturas en el Día de la Retribución, haciendo que se reúnan sus huesos dispersos por toda la superficie de la tierra, no pueda devolver la vida a un pato que tiene cabales los huesos y a quien sólo le faltan las plumas?" Y al oír estas palabras, exclamó la muchedumbre: "¡Gloria a Alah, que resucita a los muertos!" Y se puso a burlarse del desdichado portador del pato, que se marchó arrepentido de su falta de fe. Tras de lo cual, el kadí se encaró con el marido de la mujer que había abortado, y le dijo: "¿Y qué tienes que decir tú contra este hombre?" Y cuando hubo escuchado la queja, dijo: "Bien se ve la cosa, y no hay lugar a duda. Ciertamente, el hornero es culpable del aborto. ¡Y se impone para él la pena del talión estrictamente!" Y se encaró con el marido, y le dijo: "La ley te da la razón y yo te otorgo el derecho de llevar a tu mujer a casa del culpable, con objeto de que te la vuelva a dejar encinta. ¡Y estará a expensas de él en los seis primeros meses del embarazo, pues que el aborto ha tenido lugar al sexto mes!" Y al oír esta sentencia, exclamó el marido: "¡Por Alah, ¡oh señor kadí! desisto de mi querella, y que Alah perdone a mi adversario!" Y se marchó.

Entonces el kadí dijo a los parientes del maghrebín muerto: "Y vosotros, ¡oh maghrebines! ¿qué motivo de queja tenéis contra este hombre, hornero de profesión?" Y los maghrebines expusieron su querella, haciendo muchos gestos y soltando un diluvio de palabras, y mostraron el cuerpo inanimado de su pariente, reclamando el precio de la sangre. Y el kadí les dijo: "Ciertamente, ¡oh maghrebines! os corresponde el precio de la sangre, porque abundan las pruebas contra el hornero. ¡Así es que no tenéis más que decirme si queréis que se os pague naturalmente este precio, es decir, sangre por sangre, o indemnización!"

Y los maghrebines, hijos de una raza feroz, contestaron a coro: "Sangre por sangre, ¡oh señor kadí!" Y les dijo éste: "¡Así sea, pues! Coged al hornero, envolvedle en las mantas de vuestro pariente muerto, y ponedle debajo del minarete de la mezquita del sultán Hassán. ¡Y hecho lo cual, que se suba al minarete el hermano de la víctima y se deje caer desde arriba sobre el hornero para aplastarle como aplastó él a su hermano!" Y añadió: "¿Dónde estás, ¡oh hermano de la víctima!?" Y al oír estas palabras, salió de entre los maghrebines un maghrebín, y exclamó: "¡Por Alah, ¡oh señor kadí! desisto de mi querella contra este hombre! ¡Y que Alah le perdone!"

Y la muchedumbre que había asistido a todos estos debates se retiró maravillada de la ciencia jurídica del kadí, de su espíritu de equidad, de su competencia y de su sagacidad. Y cuando el rumor de aquella historia llegó a oídos del sultán, el kadí volvió a la gracia y fué repuesto en sus funciones, en tanto que el que hubo de reemplazarle se veía destituido, sin haber dado motivo alguno, únicamente por carecer de un genio tan fértil como el del que se comió el pato."

Y el pescador tragador de haschisch, al ver que el rey seguía escuchándole con la misma atención entusiasta, se sintió extremadamente halagado en su amor propio, y contó aún:


LA LECCIÓN DEL CONOCEDOR DE MUJERES[editar]

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había en El Cairo dos jóvenes, uno casado y otro soltero, a quienes unía una estrecha amistad. El casado se llamaba Ahmad, y el que no lo era se llamaba Mahmud. Y he aquí que Ahmad, que era dos años mayor que Mahmud, se aprovechaba del ascendiente que le daba esta diferencia de edad para actuar de educador y de maestro con su amigo, particularmente en lo que se refería al conocimiento de mujeres. Y de continuo le hablaba sobre el particular, contándole mil casos debidos a su experiencia, y diciéndole siempre, en resumen: "¡Ahora, ¡oh Mahmud! ya puedes decir que has tratado en tu vida a alguien que conoce a fondo a estas criaturas maliciosas! ¡Y debes considerarte muy dichoso de tenerme por amigo para prevenirte contra todas sus asechanzas!" Y cada día estaba Mahmud más maravillado de la ciencia de su amigo, y estaba persuadido de que jamás mujer alguna, por muy astuta que fuese, podría engañarle ni siquiera burlar su vigilancia. Y le decía con frecuencia: "¡Oh Ahmad, cuán admirable eres!" Y Ahmad se pavoneaba con aire protector, dando golpecitos en el hombro a su amigo, y diciendo: "¡Ya te enseñaré a ser como yo!"

Pero un día en que Ahmad le repetía: "¡Ya te enseñaré a ser como yo! ¡Porque se instruye uno con el experimento, y no con el que enseña sin tener experiencia!" el joven Mahmud le dijo: "Por Alah, ¡oh amigo mío! antes de enseñarme a sorprender la malicia de las mujeres, ¿no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna...?

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 805ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 805ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¿ ... no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna?" Y Ahmad contestó con su tono de maestro de escuela: "¡Por Alah, que es la cosa más sencilla! No tienes más que ir mañana a la fiesta que se da en las tiendas del Muled-el-Nabi y observar bien a las mujeres que por allá pululan. Y escogerás una que vaya acompañada de un niño pequeño y que tenga al mismo tiempo buen aspecto y hermosos ojos brillantes bajo el velo de la cara. Y después de fijar tu elección, comprarás dátiles y garbanzos escarchados de azúcar, y se los ofrecerás al niño, y jugarás con él, teniendo mucho cuidado de no levantar los ojos hacia su madre; y le acariciarás amablemente y le besarás. Y sólo cuando te hayas ganado la simpatía del niño, pedirás a su madre, pero sin mirarla, el favor de dejarte llevar al niño. Y durante todo el camino espantarás las moscas de la cara del niño, y le hablarás en su lengua, contándole mil locuras. Y la madre acabará por dirigirte la palabra. ¡Y si lo hace, ten la seguridad de ser gallo!" Y le abandonó después de hablar así, y Mahmud, en el límite de la admiración hacia su amigo, se pasó toda la noche repitiéndose la lección que acababa de oír.

Y he aquí que al día siguiente, muy temprano, se apresuró a ir al Muled, en donde puso en práctica el consejo de la víspera con una precisión que demostraba cuánto confiaba en la experiencia de su amigo. Y con gran maravilla por su parte, el resultado superó a sus esperanzas. Y quiso la suerte que la mujer que acompañó a su casa, y cuyo niño llevó a hombros, fuese precisamente la propia esposa de su amigo Ahmad. Y cuando iba a casa de ella, estaba muy lejos de pensar que traicionaba a su amigo, porque, por una parte, jamás había estado en casa de él, y por otra parte, como nunca la había visto descubierta ni cubierta, no podía adivinar que aquella mujer era la esposa de Ahmad. En cuanto a la joven, se alegraba mucho de poder por fin averiguar el grado de perspicacia de su marido, que también la perseguía con su ciencia de las mujeres y el conocimiento de sus malicias.

Por lo demás, aquel primer encuentro entre el joven Mahmud y la esposa de Ahmad se pasó muy agradablemente para ambos. Y el joven, que estaba virgen todavía e inexperimentado, saboreó en su plenitud el placer de sentirse apresado por los brazos y las piernas de una egipcia versada en el oficio. Y quedaron tan contentos uno de otro, que en los días sucesivos repitieron varias veces la maniobra. Y la mujer se regocijaba de humillar así, sin que lo supiese él, al presuntuoso de su esposo; y el esposo se asombraba de no encontrar ya a su amigo Mahmud a las horas que tenía costumbre de encontrarle, y se decía: "¡Ha debido hallar una mujer, aprovechándose de mis lecciones y de mis consejos!"

Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, yendo un viernes a la mezquita, vió a su amigo Mahmud en el patio, junto a la fuente de las abluciones. Y se acercó a él, y después de las zalemas y saludos, le preguntó muy complacido si había triunfado en sus tanteos y si era hermosa la mujer. Y Mahmud, extremadamente feliz de poder confiarse a su amigo, exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si es hermosa? ¡De manteca y de leche! ¡Y gorda y blanca! ¡De almizcle y de jazmín! ¡Y qué inteligencia! ¡Y cómo guisa para agasajarme en cada uno de nuestros encuentros! ¡Pero me parece ¡oh amigo mío Ahmad! que el marido es un tonto irremediable y un entrometido!" Y Ahmad se echó a reír, y dijo: "¡Por Alah! ¡la mayoría de los maridos son así! ¡Está bien! ya veo que has sabido aprovechar bien mis consejos. Continúa conduciéndote del mismo modo, ¡oh Mahmud!" Y entraron juntos a la mezquita para rezar la plegaria, y se perdieron de vista luego.

Y he aquí que Ahmad, al salir de la mezquita aquel día viernes, sin saber cómo pasar el tiempo, pues estaban cerradas las tiendas, fué de visita a casa de un vecino que habitaba en la casa contigua a la suya y subió a sentarse con él a la ventana que daba a la calle. Y de pronto vió llegar a su amigo Mahmud, a él mismo, con su persona y con sus ojos, que al punto entró en la casa, sin llamar siquiera, lo que era prueba irrecusable de que dentro estaban en connivencia con él y esperaban su llegada. Y Ahmad, estupefacto de lo que acababa de ver, pensó primero en precipitarse directamente en su casa y sorprender a su amigo con su mujer y castigarles a ambos. Pero reflexionó que, al oír el ruido que haría al golpear la puerta, su esposa, que era una ladina, podía esconder bien al joven o hacerle evadirse por la terraza; y se decidió a entrar en su casa de otra manera, sin llamar la atención.

En efecto; había en su casa una cisterna dividida en dos mitades, una de las cuales pertenecía al vecino en cuya casa estaba sentado, e iba a desembocar en su patio. Y Ahmad se dijo: "¡Por Alah, ¡oh vecino! ahora me acuerdo de que esta mañana dejé caer mi bolsa en el pozo. Con tu permiso, voy a bajar al pozo para buscarla. Y ya subiré a mi casa por el lado que da a mi patio". Y contestó el vecino: "¡No hay inconveniente! Iré a alumbrarte, ¡oh hermano mío!" Pero Ahmad no quiso aceptar aquel servicio, prefiriendo bajar a oscuras para que la luz no diese el alerta en su casa al salir del pozo. Y tras de despedirse de su amigo, bajó al pozo.

Las cosas fueron bien durante el descenso; pero cuando hubo que subir por el otro lado, la fatalidad se opuso de un modo singular. En efecto; ya había trepado Ahmad, con ayuda de brazos y piernas, hasta la mitad del pozo, cuando la sirviente negra, que iba a sacar agua, se asomó y miró al oír ruido en el agujero. Y vió aquella forma negra que se movía en la semioscuridad, y lejos de reconocer a su amo, se sintió poseída de terror, y soltando de sus manos la cuerda del cubo, huyó gritando como una loca: "¡El efrit! ¡El efrit que sale del pozo! ¡oh musulmanes! ¡Socorro!" Y como lo habían soltado, el cubo fué a caer a plomo en la cabeza de Ahmad, dejándolo medio muerto.

Cuando la negra dió la voz de alerta de aquel modo, la esposa de Ahmad se apresuró a hacer escapar a su amante, y bajó al patio, y asomándose al brocal, preguntó: "¿Quién está en el pozo?" Y reconoció entonces la voz de su marido que, a pesar de su accidente, tenía fuerzas para lanzar mil injurias espantosas contra el pozo y contra los propietarios del pozo y contra los que bajan al pozo y contra los que sacan agua del pozo. Y le preguntó ella: "¡Por Alah y por el Nabi! ¿qué hacías en el fondo del pozo?" Y contestó él: "Cállate ya, ¡oh maldita! ¡Es que buscaba la bolsa que dejé caer esta mañana! ¡En vez de hacerme preguntas, mejor sería que me ayudaras a salir de aquí dentro!" Y riendo para sus adentros, porque había comprendido la verdadera razón a que obedecía el descenso al pozo, la joven fué a llamar a los vecinos, que acudieron a sacar con cuerdas al desgraciado Ahmad, que no podía moverse de tanto como le había lastimado el cubo. Y se hizo transportar a su lecho sin decir nada, pues sabía que en aquella circunstancia lo más prudente era disimular su rencor. Y se sentía muy humillado, no solamente en su dignidad, sino sobre todo en su experiencia con las mujeres y en el conocimiento de sus malicias. Y determinó ser más circunspecto la próxima vez, y se puso a reflexionar acerca del medio de que se valdría para sorprender a la maligna.

Así es que, cuando al cabo de algún tiempo pudo levantarse, no tuvo más preocupación que la de su venganza. Y un día en que estaba escondido detrás de la esquina de la calle, divisó a su amigo Mahmud, que acababa de deslizarse en su casa, cuya puerta entreabierta se cerró en cuanto hubo entrado él. Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar en la puerta golpes redoblados...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 806ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 806ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar golpes redoblados. Y su mujer, sin vacilar, dijo a Mahmud: "¡Levántate y sígueme!" Y bajó con él, y después de dejarle en un rincón detrás de la misma puerta de la calle, abrió a su esposo, diciéndole: "¡Por Alah! ¿qué ocurre para que llames de ese modo?" Pero Ahmad, cogiéndola de la mano y arrastrándola vivamente al interior, corrió, vociferando, a la habitación de arriba para sorprender a Mahmud que, mientras tanto, había abierto tranquilamente la puerta, detrás de la cual hubo de esconderse, y se había dado a la fuga. Y al ver cuán vanas resultaban sus pesquisas, Ahmad estuvo a punto de morirse de rabia, y resolvió repudiar a su mujer en el momento. Luego pensó que más valía tener paciencia por algún tiempo aún, y devoró en silencio su rencor.

Y he aquí que la ocasión que buscaba no tardó en presentarse por sí misma algunos días después de este incidente. En efecto, el tío de Ahmad y padre de su esposa daba un festín con motivo de la circuncisión de un niño que acababa de tener en su vejez. Y Ahmad y su esposa estaban invitados a ir a pasar en su casa el día y la noche. Y entonces pensó en poner en ejecución un proyecto que había ideado. Fué, pues, en busca de su amigo Mahmud, que continuaba siendo el único en ignorar que engañaba a su amigo, y cuando lo encontró le invitó a acompañarle para participar del festín del tío. Y se sentaron todos, ante las bandejas cargadas de manjares, en medio del patio iluminado y colgado de tapices y adornado de banderolas y estandartes. Y las mujeres podían ver así, desde las ventanas del harén, sin ser vistas, cuanto pasaba en el patio y oír lo que se decía. Y durante la comida, Ahmad llevó la conversación por el camino de las anécdotas licenciosas, que gustaban muy particularmente al padre de su esposa. Y cuando cada cual hubo contado lo que sabía sobre aquel motivo alegre, Ahmad dijo, mostrando a su amigo Mahmud: "¡Por Alah! nuestro hermano Mahmud, a quien tenéis aquí, me contó una vez cierta anécdota verdadera, de la que fué héroe él mismo, y que por sí sola es más regocijante que todo lo que acabamos de oír". Y exclamó el tío: "Cuéntanosla, ¡oh saied Mahmud!" Y dijo Ahmad: "¡Ya sabes que me refiero a la historia de la joven gorda y blanca como la manteca!" Y Mahmud, halagado por ser objeto de todos los ruegos, se puso a contar su primera entrevista con la joven que iba acompañada de su niño a las tiendas del Muled. Y empezó a dar detalles tan precisos acerca de la joven y de su casa, que el tío de Ahmad no tardó en advertir que se trataba de su propia hija. Y Ahmad no cabía en sí de júbilo, convencido de que por fin iba a probar ante testigos la infidelidad de su esposa y a repudiarla privándola de todos sus derechos a la dote del matrimonio. Y ya iba el tío a levantarse con las cejas fruncidas para hacer quién sabe qué, cuando se dejó oír un grito estridente y doloroso, como de un niño a quien se hubiese pellizcado; y vuelto de pronto a la realidad por aquel grito, Mahmud tuvo la suficiente presencia de ánimo para cambiar el hilo de la historia, terminando así: "Y llevando yo a hombros el niño de la joven, quise, una vez que entré en el patio, subir al harén con el niño. Pero (¡alejado sea el Maligno!) había dado, para mi desgracia, con una mujer honrada que, al comprender mi audacia, me arrebató de los brazos el niño y me dió en el rostro un puñetazo del que todavía tengo señal. ¡Y me expulsó, amenazándome con llamar a los vecinos! ¡Alah la maldiga!"

Y el tío, padre de la joven, al oír este final de la historia, se echó a reír a carcajadas, así como todos los concurrentes. Pero sólo Ahmad no tenía gana de reír, y se preguntaba, sin poder comprender el motivo, por qué habría variado así Mahmud el final de su historia. Y terminada la comida, se acercó a él, y le preguntó: "Por Alah sobre ti, ¿quieres decirme por qué no has contado la cosa como pasó?" Y contestó Mahmud: "¡Escucha! Por ese grito de niño que todo el mundo ha oído, acabo de comprender que aquel niño y su madre se encontraban en el harén, y que, por consiguiente, también debía encontrarse el marido en el número de los invitados. ¡Y me he apresurado a volver inocente a la mujer para no atraernos sobre ambos una aventura desagradable! ¿Pero no es cierto ¡oh hermano mío! que, a pesar de la modificación, la historia ha divertido mucho a tu tío?"

Pero Ahmad, muy amarillo, abandonó a su amigo sin contestar a la pregunta. Y al día siguiente repudió a su mujer y partió para la Meca, a fin de santificarse con los peregrinos, de tal suerte pudo Mahmud, después del plazo legal, casarse con su amante y vivir dichoso con ella, porque no presumía ni por asomo de conocer a las mujeres ni de estar ducho en el arte de sorprender sus estratagemas y prevenir sus jugarretas. ¡Pero Alah es el único sabio!"

Y tras de contar así esta historia, se calló el pescador tragador de haschisch, que se había convertido en chambelán.

Y exclamó el sultán, en el límite del entusiasmo: "¡Oh chambelán mío! ¡oh lengua de miel! ¡te nombro gran visir!" Y como en aquel momento precisamente entraban en la sala de audiencias dos querellantes reclamando del sultán justicia, el pescador, convertido en gran visir, quedó encargado, acto seguido, de escuchar su querella, de arreglar su diferencia y de dictar sentencia en el litigio. Y el nuevo gran visir revestido con las insignias de su cargo, dijo a ambos querellantes: "Aproximaos y contad el motivo que os trae entre las manos de nuestro señor el sultán".

Y he aquí su historia:


LA SENTENCIA DEL TRAGADOR DE HASCHISCH[editar]

"Cuando el nuevo gran visir ¡oh rey afortunado! -continuó el agricultor que había llevado los cohombros- ordenó a los querellantes que hablaran, el primero dijo: "¡Oh mi señor! ¡tengo queja de este hombre!" Y el visir preguntó: "¿Y cuál es tu queja?" El interpelado dijo: "¡Oh mi señor! abajo, a la puerta del diwán, tengo una vaca con su ternero. Y he aquí que esta mañana iba yo con ellos a mi prado de alfalfa para que pastaran: y mi vaca iba delante de mí, y su ternerillo la seguía, haciendo cabriolas, cuando vi llegar en dirección nuestra a este hombre que aquí ves, montado en una yegua que iba acompañada de su cría, una potranca contrahecha y digna de lástima, un verdadero aborto. Al ver a la potranca, mi ternerillo corrió a entablar conocimiento con ella, y empezó a saltar en torno suyo y a acariciarla en la barriga con su hocico, a husmearla y a jugar con ella de mil maneras, tan pronto alejándose, para buscarla luego mimosamente, como levantando por el aire con sus pezuñitas los guijarros del camino.

Y de pronto, ¡oh mi señor! este hombre que ves aquí, que es un bruto, este propietario de la yegua se apeó del animal y se acercó a mi ternero, juguetón y hermoso, y le echó una cuerda al pescuezo, diciéndome: "¡Me lo llevo! ¡Porque no quiero que se pervierta mi ternero jugando con esa miserable potranca, hija de tu vaca y posteridad suya!" Y se encaró con mi ternero, y le dijo: "Ven, ¡oh hijo de mi yegua y descendencia suya!" ¡Y a pesar de mis gritos de asombro y de mis protestas, se llevó a mi ternero, dejándome la miserable potranca, que está abajo con su madre, y amenazándome con matarme si intentaba yo recuperar lo que me pertenece y es de mi propiedad ante Alah que nos ve y ante los hombres!"

Entonces el nuevo gran visir, que era el pescador tragador de haschisch, se encaró con el otro litigante, y le dijo: "Y tú, ¡oh hombre! ¿qué tienes que decir después de las palabras que acabas de oír?" Y el hombre contestó: "¡Oh mi señor! ¡notorio es, en verdad, que el ternero es producto de mi yegua y que la potranca desciende de la vaca de este hombre!"

Y dijo el visir: "¿Acaso ahora las vacas paren potrancas y las yeguas terneros? ¡Se trata de una cosa que hasta hoy no podía admitirse por un hombre dotado de buen sentido! Y contestó el hombre: "¡Oh mi señor! ¿no sabes que nada es imposible para Alah, que crea lo que quiere y siembra donde quiere, y que la criatura no tiene que hacer más que inclinarse, loarle y glorificarle?" Y dijo el gran visir: "¡Ciertamente, ciertamente! ¡verdad dices, ¿oh hombre! y nada es imposible para el poder del Altísimo, que puede hacer que los terneros desciendan de las yeguas y los potros de las vacas!" Luego añadió: "¡Pero antes de dejarte el ternero hijo de tu yegua y de devolver al que se querella de ti lo que le pertenece, quiero asimismo poneros a ambos por testigos de otro efecto de la omnipotencia del Altísimo!"

Y el visir ordenó que le llevasen un ratón y un costal grande lleno de trigo. Y dijo a los dos querellantes: "¡Mirad con atención lo que va a pasar, y no pronunciéis ni una palabra! Luego se encaró con el segundo litigante, y le dijo: "¡Tú, ¡oh dueño del ternero hijo de la yegua! torna este costal de trigo y cárgale a lomos de este ratón!" Y exclamó el hombre: "¡Oh mi señor! ¿cómo voy a poner este costal tan grande encima de este ratón sin que le aplaste?" Y el visir le dijo: "¡Oh hombre de poca fe! ¿cómo te atreves a dudar de la omnipotencia del Altísimo, que ha hecho nacer de tu yegua el ternero?" Y ordenó a los guardias que se apoderaran del hombre, y en castigo a su ignorancia y a su impiedad, le aplicaran una paliza. E hizo devolver al primer querellante el ternero con su madre, ¡y también le dió la potranca con su madre!"

Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el agricultor que había llevado el cesto de frutas- la historia completa del pescador tragador de haschisch, convertido en gran visir del sultán. Y este último detalle sirve para demostrar cuán grande era su sabiduría, cómo sabía extraer la verdad por la reducción al absurdo, y cuánta razón había tenido el sultán en nombrarle gran visir, y en tenerle por comensal, y en colmarle de honores y prerrogativas. ¡Pero Alah es más generoso y más prudente y más magnánimo y más bienhechor!".

Cuando el sultán hubo oído de labios del frutero esta serie de anécdotas, se irguió sobre ambos pies, en el límite del júbilo, y exclamó: "¡Oh jeique de los hombres deliciosos! ¡oh lengua de azúcar y de miel! ¿quién, pues, merece ser gran visir mejor que tú, que sabes pensar con precisión, hablar con armonía y contar con gracia, delicias y perfección?" Y en el momento le nombró gran visir, y le hizo su comensal íntimo, y no se separó ya de él hasta la llegada de la Separadora de amigos y Destructora de sociedades.

"¡Y ahí tienes -continuó Schehrazada hablando con el rey Schahriar- cuanto he leído ¡oh rey afortunado! en "El Diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría!"

Y su hermana Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y sabrosas y deleitosas y regocijantes y deliciosas en su frescura son tus palabras!" Y dijo Schehrazada: "¿Pues qué es eso comparado con lo que contaré mañana al rey acerca de LA BELLA PRINCESA NURENNAHAR, caso de que me halle con vida y me lo permita nuestro señor el rey?" Y el rey Schahriar le dijo: "¡Claro que lo permitiré, pues quiero oír esa historia, que no conozco!"


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 807ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 807ª NOCHE[editar]

La pequeña Doniazada dijo a su hermana: "¡Oh hermana mía! ¡date prisa a empezar la historia prometida, ya que te lo permite nuestro señor, este rey dotado de buenas maneras!" Y dijo Schehrazada: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a este rey bien educado!"

Y contó:


HISTORIA DE LA PRINCESA NURENNAHAR Y DE LA BELLA GENNIA[editar]

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos había un rey valeroso y poderoso, que fué dotado por Alah el Generoso con tres hijos como lunas y que se llamaban: el mayor, Alí; el segundo Hassán, y el pequeño, Hossein. Y estos tres príncipes se educaron en el palacio de su padre con la hija de su tío, la princesa Nurennahar, que era huérfana de padre y madre, y que no tenía par en belleza, en ingenio, en encantos y en perfecciones entre las hijas de los hombres, pues por los ojos era comparable a la gacela asustada; por la boca a las corolas de las rosa y a las perlas; por las mejillas a los narcisos y a las anémonas, y por el talle a la flexible rama del árbol ban. Y creció con los tres jóvenes príncipes, hijos de su tío, entre alegrías y felicidades, jugando con ellos, comiendo con ellos y durmiendo con ellos.

Y el sultán, tío de Nurennahar, tuvo siempre pensado dársela en matrimonio a algún hijo del rey, entre sus vecinos, cuando llegase ella a púber. Pero al tomar la princesa el velo de la pubertad, no tardó en advertir él que sus hijos, los tres príncipes, la amaban apasionadamente con un amor igual y deseaban con su corazón conquistarla y poseerla. Y se le turbó mucho el alma y quedó muy perplejo, y se dijo: "Si doy la princesa Nurennahar a uno de sus primos con preferencia a los otros dos, éstos no quedarán contentos y murmurarán de mi decisión; y mi corazón no podrá sufrir el verles entristecidos y dolidos; y si la caso con algún otro príncipe extranjero, mis tres hijos llegarán al límite de la pena y de la angustia, y se les ennegrecerá y resentirá el alma; y quién sabe si en este caso no se matarán de desesperación, o no huirán de nuestra morada a algún país lejano en guerra. ¡En verdad, que el asunto está lleno de escollos y peligros y no es nada fácil de resolver!"

Y el sultán estuvo reflexionando acerca del particular mucho tiempo, y de pronto levantó la cabeza y exclamó: "¡Por Alah, que todo está resuelto!" Y llamó, acto seguido, a los tres príncipes Alí, Hassán y Hossein, y les dijo: "¡Oh hijos míos! a mis ojos tenéis exactamente los mismos méritos, y no puedo determinarme a preferir a uno de vosotros, en detrimento de sus hermanos, concediéndole en matrimonio a la princesa Nurennahar; y tampoco puedo casarla con vosotros tres a la vez. Pero he dado con un medio de satisfaceros por igual, sin lesionar a ninguno, y de mantener entre vosotros la concordia y el afecto. A vosotros, pues, cumple ahora escucharme atentamente y ejecutar lo que vais a oír. He aquí el plan que he discurrido: que cada uno de vosotros se vaya a viajar por diferente país, y que me traiga de allá la rareza que le parezca más singular y más extraordinaria. ¡Y daré la princesa, hija de nuestro tío, a quien vuelva con la maravilla más asombrosa! ¡Si consentís en ejecutar este plan que someto a vuestro criterio, estoy dispuesto a daros cuanto oro sea necesario para vuestro viaje y para la compra del objeto de vuestra elección!"

Los tres príncipes, que siempre fueron hijos sumisos y respetuosos, se adhirieron de común acuerdo a aquel proyecto de su padre, persuadido cada cual de que sería él quien llevara la rareza más maravillosa y llegaría a ser esposo de su prima Nurennahar. Y al verles el sultán tan bien dispuestos, les condujo al tesoro, y les dió cuantos sacos de oro quisieron. Y después de recomendarles que no prolongaran demasiado su estancia en los países extranjeros, se despidió de ellos abrazándoles e invocando sobre sus cabezas las bendiciones. Y disfrazados de mercaderes ambulantes, y seguidos de un solo esclavo cada cual, salieron ellos de su morada en la paz de Alah, montados en sus caballos de noble raza.

Y comenzaron juntos su viaje, yendo a parar a un khan situado en un paraje en que el camino se dividía en tres. Y tras de regalarse con una comida que hubieron de prepararles los esclavos, quedó concertado entre ellos que su ausencia duraría un año, ni un día más ni un día menos. Y se dieron cita en el mismo khan para la vuelta, con la condición de que el que llegara primero esperaría a sus hermanos, a fin de que se presentaran los tres juntos ante su padre el sultán. Y terminada que fué su comida, se lavaron las manos; y después de abrazarse y desearse recíprocamente un retorno feliz, montaron a caballo, y cada cual tomó un camino diferente.

El príncipe Alí, que era el mayor de los tres hermanos, luego de tres meses de viaje por llanuras y montañas, praderas y desiertos, llegó a un país de la India marítima, que era el reino de Bischangar. Y se fué a habitar en el khan principal de los mercaderes, y alquiló la vivienda mayor y más limpia para él y para su esclavo. Y en cuanto descansó de las fatigas del viaje, salió para examinar la ciudad, que tenía tres murallas, y era de una amplitud de dos parasangas a la redonda.

Y sin tardanza se encaminó al zoco, que le pareció admirable, formado como estaba por varias calles importantes que desembocaban en una plaza central con un hermoso estanque de mármol en medio. Y todas aquellas calles estaban abovedadas y frescas y bien alumbradas por las aberturas que tenían en su parte alta. Y cada calle la ocupaban mercaderes de distinta especie, pero que tenían oficios análogos. Porque en una no se veían más que telas finas de las Indias, estofas pintadas de colores vivos y puros con dibujos que representaban animales, paisajes, bosques, jardines y flores, brocatos de Persia y sedas de la China. Mientras que en otra se veían hermosas porcelanas, lozas brillantes, vasos de lindas formas, bandejas labradas y tazas de todos tamaños. En tanto que en la de al lado se veían grandes chales de Cachemira, que doblados cabrían en el hueco de la mano, de tan fino y delicado como era su tejido; alfombras para plegaria y tapices de todos tamaños. Y más hacia la izquierda por ambos lados con puertas de acero, estaba la calle de los plateros y joyeros, relampagueante de pedrerías, de diamantes y de filigranas de oro y plata en prodigiosa confusión. Y al pasearse por aquellos zocos deslumbradores, observó con sorpresa que entre la multitud de indios y de indias que se agrupaban ante los escaparates de las tiendas, incluso las mujeres del pueblo llevaban collares, brazaletes y adornos en las piernas, en los pies, en las orejas y hasta en la nariz, y que cuanto más blanco era el color de las mujeres, más elevado era su rango y más preciosas y espléndidas sus preseas, aun cuando el color negro de las otras tuviese la ventaja de hacer resaltar mejor el brillo de las joyas y la blancura de las perlas.

Pero lo que sobre todo encantó al príncipe Alí fué la gran cantidad de mozalbetes que vendían rosas y jazmines, y el mohín insinuante con que ofrecían estas flores, y la fluidez con que se escurrían entre la compacta muchedumbre de las calles. Y admiró la predilección singular de los indios por las flores, que llegaba hasta el punto de que no solamente las llevaban en el pelo y en la mano, sino también en las orejas y en las narices. Y además, todas las tiendas estaban provistas de búcaros llenos de aquellas rosas y de aquellos jazmines; y el zoco estaba embalsamado con su olor, y se paseaba uno por allí como por un jardín colgante.

Cuando el príncipe Alí se regocijó de aquel modo los ojos con el espectáculo de todas aquellas cosas hermosas, quiso descansar un poco, y aceptó la invitación de un mercader que estaba sentado delante de su tienda y con el gesto y la sonrisa le incitaba a que entrara a descansar. Y en cuanto entró, el mercader le cedió el sitio de honor, y le ofreció refrescos, y no le hizo ninguna pregunta ociosa o indiscreta, y no le comprometió a hacer ninguna compra, que tan lleno de cortesía y dotado de buenas maneras estaba. Y el príncipe Alí apreció en extremo todo aquello, y se dijo: "¡Qué encantador país! ¡Y qué habitantes tan deliciosos!" Y quiso comprarle en el momento todo lo que tenía en su tienda, de tanto como le sedujo la finura y el don de gentes del mercader. Pero luego reflexionó que no sabría qué hacer después con todas aquellas mercancías, y se limitó, por el pronto, a entablar más amplio conocimiento con el mercader.

Y he aquí que, mientras conversaba con él y le interrogaba acerca de los usos y costumbres de los indios, vió pasar por delante de la tienda a un subastador que llevaba al brazo un alfombrín de seis pies cuadrados. Y parándose de repente, el vendedor aquel volvió la cabeza de derecha a izquierda, y voceó: "¡Oh gente del zoco! ¡oh compradores! ¡no perderá quien compre! ¡En treinta mil dinares de oro la alfombra! ¡La alfombra de plegaria ¡oh compradores! en treinta mil dinares de oro! ¡No perderá quien compre!"

Al oír este pregón, el príncipe Alí se dijo: "¡Qué país tan prodigioso! ¡una alfombra de plegaria en treinta mil dinares de oro! ¡he ahí una cosa como jamás la oí! ¿No querrá bromear este vendedor?" Luego, al ver que el vendedor repetía su pregón volviéndose hacia él, como quien habla en serio, le hizo seña de que se aproximara y le dijo que le mostrase la alfombra más de cerca. Y el vendedor extendió la alfombra sin decir palabra; y el príncipe Alí la examinó con detenimiento, y acabó por decir: "¡Oh vendedor! ¡por Alah que no veo por qué puede valer esta alfombra el precio exorbitante a que la voceas!" Y el vendedor sonrió, y dijo: "¡Oh mi señor! ¡no te asombres tan pronto de este precio, que no es excesivo en comparación con lo que realmente vale la alfombra! ¡Y mayor aún será tu asombro cuando te diga que tengo orden de hacer subir tal precio en subasta hasta cuarenta mil dinares de oro, y de no entregar la alfombra más que a quien me pague esta suma al contado!" Y el príncipe Alí exclamó: "Verdaderamente, ¡oh vendedor! es preciso ¡por Alah! que, para valer semejante precio, esta alfombra sea admirable por algo que ignoro o que no distingo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 808ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 808ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Verdaderamente, ¡oh vendedor! es preciso ¡por Alah! que, para valer semejante precio, esta alfombra sea admirable por algo que ignoro o que no distingo". Y dijo el vendedor: "¡Tú lo has dicho, señor! ¡Has de saber que, en efecto, esta alfombra está dotada de una virtud invisible que hace que al sentarse en ella sea uno transportado inmediatamente adonde quiera ir, y con tanta rapidez, que se efectúa en menos tiempo del que se tarda en cerrar un ojo y abrir el otro! Y ningún obstáculo es capaz de detenerla en su marcha, porque ante ella se aleja la tempestad, huye la tormenta, se entreabren las montañas y las murallas, y por lo mismo, resultan inútiles y vanos los candados más sólidos. ¡Y tal es ¡oh mi señor! la virtud invisible de esta alfombra de plegaria! "

Y tras de hablar así, sin añadir una palabra más, el vendedor comenzaba a doblar la alfombra como para marcharse, cuando exclamó el príncipe Alí, en el límite de la alegría: "¡Oh vendedor de bendición! ¡si esta alfombra es verdaderamente tan extraordinaria como me dan a entender tus palabras, dispuesto estoy a pagarte no solamente los cuarenta mil dinares de oro que pides, sino otros mil más de regalo para ti por el corretaje! ¡Pero es preciso que vea con mis ojos y toque con mis manos!" Y el vendedor contestó sin inmutarse: "¿Dónde están los cuarenta mil dinares de oro, ¡oh mi señor!? ¿Y dónde están los otros mil que me promete tu generosidad?" Y contestó el príncipe Alí: "¡Están en el khan principal de los mercaderes, donde me alojo con mi esclavo! ¡Y allá iré contigo para contártelos, una vez que haya visto y tocado!" Y contestó el vendedor: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Pero el khan principal de los mercaderes está bastante lejos, y llegaremos más de prisa en esta alfombra que con nuestros pies!" Y encarándose con el dueño de la tienda, le dijo: "¡Con tu permiso!" Y se metió en la trastienda, y extendiendo la alfombra, rogó al príncipe que se sentara en ella. Y sentándose junto a él, le dijo: "¡Oh mi señor! ¡desea mentalmente que se te transporte a tu khan y a tu propio domicilio!" Y el príncipe Alí formuló en su alma el deseo. Y antes de que tuviese tiempo de despedirse del dueño de la tienda, que le había recibido tan finamente, se vió transportado a su propio aposento, sin sacudidas y sin incomodidad, en la misma postura en que estaba, y sin poder darse cuenta de si había surcado los aires o había pasado por debajo de tierra. Y el vendedor continuaba a su lado, sonriente y satisfecho. Y ya había acudido entre sus manos el esclavo para ponerse a sus órdenes.

Al adquirir aquella certeza de la virtud maravillosa de la alfombra, el príncipe Alí dijo a su esclavo: "¡Cuenta al instante a este hombre bendito cuarenta bolsas de mil dinares y ponle en la otra mano una bolsa de mil dinares!" Y el esclavo ejecutó la orden. Y dejando la alfombra al príncipe Alí, le dijo el vendedor: "¡Buena adquisición has hecho, ¡oh mi señor!" Y se fué por su camino.

En cuanto al príncipe Alí, convertido de tal suerte en poseedor de la alfombra encantada, llegó el límite de la satisfacción y de la alegría al pensar que había encontrado una rareza tan extraordinaria no bien llegó a aquella ciudad y a aquel reino de Bischangar. Y exclamó: "¡Maschalah! ¡Alhamdú lillah! ¡He aquí que sin esfuerzo he conseguido lo que me proponía con mi viaje, y ya no dudo de ganar a mis hermanos. ¡Y yo soy quien llegaré a esposo de la hija de mi tío, la princesa Nurennahar! Y además, ¿cuál no será la alegría de mi padre y el asombro de mis hermanos cuando yo les haya hecho comprobar las cosas extraordinarias que puede hacer esta alfombra preciosa? ¡Porque es imposible que mis hermanos, por muy favorable que sea su destino, logren encontrar un objeto que de cerca o de lejos pueda compararse con éste!" Y así pensando, se dijo: "¿Y si partiera en seguida para mi país, ahora que para mí no existen distancias?" Luego, tras de reflexionar, se acordó del plazo de un año que había convenido con sus hermanos, y comprendió que, si partía al instante, corría el riesgo de tener que esperarles mucho tiempo en el khan de los tres caminos, punto de cita. Y se dijo: "Entre espera y espera, prefiero pasar el tiempo aquí y no en el desierto khan de los tres caminos. Voy, pues, a distraerme en este país admirable, y al mismo tiempo a instruirme con lo que conozco". Y desde el día siguiente, reanudó sus visitas a los zocos y sus paseos por la ciudad de Bischangar.

Y de tal suerte pudo admirar las curiosidades verdaderamente singulares de aquel país de la India. Entre otras cosas notables, vió, en efecto, un templo de ídolos todo de bronce, con una cúpula situada sobre una terraza a cincuenta codos de altura, y esculpida y coloreada con tres franjas de pinturas muy animadas y de gusto delicado; y todo el templo estaba adornado con bajos relieves de un trabajo exquisito y con dibujos entrelazados; y se hallaba enclavado en medio de un vasto jardín plantado de rosas y otras flores buenas de oler y de mirar. Pero lo que constituía el atractivo principal de aquel templo de ídolos (¡confundidos y rotos sean!) era una estatua de oro macizo, de la altura de un hombre, que tenía por ojos dos rubíes movibles, y dispuestos con tanto arte, que parecían dos ojos con vida y miraban a quien se ponía delante de ellos, siguiendo todos sus movimientos. Y por la mañana y por la noche los sacerdotes de los ídolos celebraban en el templo las ceremonias de su culto descreído, haciéndolas seguir de juegos, de conciertos de instrumentos, de concursos de mimos, de cantos de almeas, danzas de bailarinas y de festines. Y por cierto que aquellos sacerdotes sólo se alimentaban con las ofrendas que continuamente les llevaba la muchedumbre de peregrinos desde el fondo de los países más distantes.

Y durante su estancia en Bischangar, el príncipe Alí pudo también ser espectador de una gran fiesta que se celebraba en aquel país todos los años, y a la cual asistían los walíes de todas las provincias, los jefes del ejército, los brahmanes, que son los sacerdotes de los ídolos, y los jefes del culto descreído y una muchedumbre innumerable de pueblo. Y toda aquella asamblea se congregaba en una llanura inmensa, dominada por un edificio de altura prodigiosa, que albergaba al rey y a su corte, y estaba sostenido por ochenta columnas y pintado por fuera con paisajes, animales, pájaros, insectos y hasta moscas y mosquitos, y todo al natural. Y junto a este edificio había tres o cuatro estrados de una extensión considerable, en donde se sentaba el pueblo. Y lo singular de todas aquellas construcciones consistía en que eran movibles y se las transformaba por momentos, cambiándolas de fachada y de decorado. Y empezó el espectáculo con un concurso de equilibristas de una ingeniosidad extremada, y con juegos de manos y danzas de fakires. Luego se vieron avanzar en orden de batalla, alineados a poca distancia unos de otros, mil elefantes enjaezados suntuosamente y cargado cada uno con una torre cuadrada de madera dorada, con bailarines y tañedoras de instrumentos en cada torre. Y aquellos elefantes tenían la trompa y las orejas pintadas de bermellón y de cinabrio, los colmillos dorados por completo, y en sus cuerpos había dibujadas, con colores vivos, figuras que ostentaban millares de piernas y de brazos en contorsiones terroríficas o grotescas. Y cuando aquel rebaño formidable llegó ante los espectadores, dos elefantes, que no estaban cargados con torres y que eran los mayores de aquel millar, salieron de las filas y avanzaron hasta el centro del círculo que formaban los estrados. Y uno de ellos, al son de los instrumentos, se puso a bailar, sosteniéndose de pie sobre sus patas traseras unas veces y sobre las delanteras otras. Luego trepó con agilidad hasta la parte alta de un poste clavado en tierra perpendicularmente, y agarrándose al extremo con las cuatro patas a la vez, se puso a batir el aire con su trompa y a estirar las orejas y a mover la cabeza en todos sentidos al compás de los instrumentos, mientras el otro elefante se balanceaba agarrado al extremo de otro colocado horizontalmente por en medio sobre un soporte y con una piedra de un tamaño prodigioso sujeta al otro extremo para servir de contrapeso al animal, que subía y bajaba marcando con la cabeza la cadencia de la música.

Y el príncipe Alí quedó maravillado de todo aquello y de otras muchas cosas también. Así es que se dedicó a estudiar con interés creciente las costumbres de aquellos indios, tan distintos a la gente de su país, y continuó paseando y visitando a los mercaderes y a los notables del reino. Pero, como estaba atormentado de continuo por su amor a su prima Nurennahar, aunque no había transcurrido el año, no pudo permanecer alejado de su país por más tiempo y resolvió abandonar la India para acercarse al objeto de sus pensamientos, persuadido de que sería más feliz al no sentirse separado de ella por una distancia tan grande. Y cuando su esclavo se hubo arreglado con el portero sobre el precio de la vivienda, se sentó con él en la alfombra encantada v se recogió en sí mismo deseando con vehemencia ser transportado al khan de los tres caminos. Y como abriera los ojos, que hubo de cerrar por un instante para abstraerse, advirtió que había llegado al khan consabido. Y se levantó de la alfombra y entró en el khan con sus ropas de mercader, y se dispuso a esperar allí tranquilamente el regreso de sus hermanos. ¡Y esto es lo referente a él!

¡En cuanto al príncipe Hassán, segundo de los tres hermanos, he aquí lo que le aconteció!

No bien se puso en camino, se encontró con una caravana que iba a Persia. Y se agregó a aquella caravana, y después de un viaje por llanuras y montañas, desiertos y praderas, llegó con ella a la capital del reino de Persia, que era la ciudad de Schiraz. Y por indicación de los mercaderes de la caravana, con los cuales había entablado amistad, fué a parar al khan principal de la ciudad. Y al día siguiente al de su llegada, en tanto que sus antiguos compañeros de viaje abrían los fardos e instalaban sus mercancías, él se apresuró a salir para ver lo que hubiese de ver. Y se hizo conducir al zoco, que en aquel país se llamaba Bazistán, maravillándose de la prodigiosa cantidad de cosas hermosas que descubría en las tiendas. Y por doquiera veía corredores y pregoneros que iban y venían en todos sentidos desenrollando hermosas piezas de seda, alfombras hermosas y otras cosas buenas que vendían en subasta.

Y he aquí que el príncipe Hassán vió, entre todos aquellos hombres tan atareados, a uno que tenía en la mano un canuto de marfil de una longitud de un pie y un dedo de grueso. Y aquel hombre, en vez de tener el aspecto ávido y presuroso de los demás pregoneros y corredores, se paseaba con lentitud y gravedad sosteniendo el canuto de marfil como un rey sostendría el cetro de su imperio, y más majestuosamente aún...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 809ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 809ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y aquel hombre, en vez de tener el aspecto ávido y presuroso de los demás pregoneros y corredores, se paseaba con lentitud y gravedad, sosteniendo el canuto de marfil como un rey sostendría el cetro de su imperio, y más majestuosamente aún. Y el príncipe Hassán se dijo: "¡He aquí un corredor que me inspira confianza!" Y ya iba a encararse con él para rogarle que le mostrara el canuto que llevaba de manera tan respetuosa, cuando le oyó gritar, pero con voz impregnada de un gran orgullo y de un énfasis magnífico: "¡Oh compradores! ¡no perderá quien compre! ¡En treinta mil dinares de oro el canuto de marfil! ¡Muerto está quien lo hizo, y nunca más ha de dejarse ver! ¡Aquí tenéis el canuto de marfil! ¡Hace ver lo que hace ver! ¡No perderá quien le compre! ¡Quien quiera ver, puede ver! ¡Hace ver lo que hace ver! ¡Aquí tenéis el canuto de marfil!"

Al oír este pregón, el príncipe Hassán, que ya había dado un paso en dirección al vendedor, retrocedió con asombro, y encarándose con el mercader contra cuya tienda estaba apoyado, le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! dime si ese hombre, que a tan exorbitante precio pregona ese canuto de marfil, tiene sana la razón, o si ha perdido todo buen sentido, o si sólo por broma se conduce así!" Y contestó el dueño de la tienda: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! puedo atestiguarte que ese hombre es el más honrado y el más cuerdo de nuestros subastadores; y a él es a quien los mercaderes utilizan con más frecuencia, a causa de la confianza que les inspira, y porque es el más antiguo en el oficio! ¡Y respondo de su buen sentido, a no ser que lo haya perdido esta mañana; pero no lo creo! ¡Preciso es, pues, que ese canuto valga los treinta mil dinares y aun más para que lo vocee a ese precio! ¡Y los valdrá por algo que no se note! ¡Por lo demás, si quieres, voy a llamarle, y le interrogarás tú mismo! Por tanto, te ruego que subas a sentarte en mi tienda y a descansar un momento".

Y el príncipe Hassán aceptó la oferta, muy de agradecer, del mercader; y en cuanto estuvo sentado el joven, se acercó a la tienda el vendedor, que había sido llamado por su nombre. Y el mercader le dijo:

"¡Oh subastador amigo! el señor mercader que aquí ves está muy asombrado de oírte pregonar en treinta bolsas ese canutito de marfil; y yo mismo estaría igual de asombrado si no te tuviera por un hombre dotado de exacta probidad. ¡Responde, pues, a este señor, a fin de que no siga formando de ti una opinión desventajosa!" Y el vendedor se encaró con el príncipe Hassán, y le dijo: "¡En verdad ¡oh mi señor! que está permitida la duda a quien no ha visto! ¡Pero cuando hayas visto, no dudarás ya! En cuanto al precio del canuto, no es de treinta mil dinares, precio sólo para apertura de la subasta, sino de cuarenta mil. ¡Y tengo orden de no dejarlo en menos, y de no cedérselo más que a quien lo pague al contado!" Y el príncipe Hassán dijo: "¡Quisiera creerte bajo tu palabra ¡oh vendedor! pero aun tengo que saber la causa de que ese canuto merezca tal consideración y por qué singularidad se recomienda a la atención!" Y dijo el vendedor: "¡Has de saber ¡oh mi señor! que, si miras con este canuto por el extremo que está provisto de este cristal, sea cualquiera la cosa que desees ver, quedarás satisfecho al punto, y la verás!" Y dijo el príncipe Hassán: "¡Si es verdad lo que dices, ¡oh vendedor de bendición! no solamente te pagaré el precio que pides, sino mil dinares más de corretaje para ti!" Y añadió: "¡Date prisa a enseñarme por qué extremo debo mirar!" Y el vendedor se lo enseñó. Y el príncipe miró, deseando ver a la princesa Nurennahar. Y de pronto la vió, sentada en la bañera de su hammam, entre las manos de sus esclavas, que procedían a su tocado. Y reía ella, jugueteando con el agua, y se miraba en su espejo. Y al verla tan hermosa y tan próxima a él, el príncipe Hassán, en el límite de la emoción, no pudo menos de lanzar un grito agudo, y estuvo a punto de dejar escapar de su mano el canuto.

Y tras de adquirir así la prueba de que aquel canuto era la cosa más maravillosa que había en el mundo, no vaciló ni un instante en comprarlo, convencido de que jamás encontraría una rareza semejante para llevarla como fruto de su viaje, aunque durara este viaje diez años y tuviese él que recorrer el Universo. E hizo seña al vendedor para que le siguiese. Y después de despedirse del mercader, fué al khan donde se alojaba, e hizo que su esclavo contase al vendedor las cuarenta bolsas, añadiendo otra por el corretaje. Y se convirtió en poseedor del canuto de marfil.

Y cuando el príncipe Hassán hubo hecho esta preciosa adquisición, no dudó de su preponderancia sobre sus hermanos, ni de su victoria ante ellos, ni de la conquista de su prima Nurennahar. Y lleno de alegría, como tenía tiempo sobrado, pensó en dedicarse a estudiar los usos y costumbres de los persas, y a ver las curiosidades de la ciudad de Schiraz. Y se pasó los días paseando, mirando y escuchando. Y como estaba bien dotado de ingenio y tenía un alma sensible, frecuentó el trato de los hombres instruidos y de los poetas, y aprendió de memoria los poemas persas más hermosos. Y sólo entonces fué cuando se decidió a regresar a su país; y aprovechando la salida de la misma caravana, se agregó a los mercaderes que la componían y se puso en camino. Y Alah le escribió la seguridad, y llegó sin contratiempo al khan de los tres caminos, que era el punto de cita. Y se encontró allá con su hermano el príncipe Alí. Y se quedó con él, esperando el regreso de su tercer hermano. ¡Y esto es lo referente a él!

¡En cuanto al príncipe Hossein, que era el más joven de los tres príncipes, te ruego ¡oh rey afortunado! que acerques a mí tu oído, pues he aquí lo que le aconteció!

Después de un largo viaje que nada tuvo de extraordinario verdaderamente, llegó a una ciudad que le dijeron era Samarcanda. Y en efecto, era Samarcanda al-Ajam, la propia ciudad en que ahora reina tu glorioso hermano Schahzamán, ¡oh rey del tiempo! Y al día siguiente al de su llegada el príncipe Hossein se presentó en el zoco, que en la lengua del país se llama Bazar. Y aquel bazar le pareció muy hermoso. Y mientras se paseaba, mirando a todos lados con sus dos ojos, vió de pronto a dos pasos de él un vendedor que tenía en la mano una manzana. Y era tan admirable aquella manzana, roja por un lado y dorada por otro, y gorda como una sandía, que al punto deseó comprarla el príncipe Hossein, y preguntó al que la llevaba: "¿Cuánto vale esta manzana, ¡oh vendedor!?" Y dijo el vendedor: "El precio de tasa ¡oh mi señor! es treinta mil dinares de oro. ¡Pero tengo orden de no cederla más que en cuarenta mil dinares, y al contado!" Y el príncipe Hossein exclamó: "¡Por Alah, ¡oh hombre! que esta manzana es muy hermosa, y jamás la vi igual en mi vida! ¡Pero sin duda quieres burlarte al pedir un precio tan exorbitante!" Y contestó el vendedor: "No, ¡oh mi señor! y por Alah que este precio que pido no es nada en comparación con el valor real de esta manzana. Porque, por muy hermosa y admirable que a la vista sea, nada es eso en comparación con su aroma. Y por muy bueno y delicioso que su aroma sea, nada es en comparación con sus virtudes! ¡Y por muy maravillosas que sean sus virtudes, ¡oh corona de mi cabeza! ¡oh hermoso señor mío! nada son en comparación con los efectos benéficos que reporta a los hombres!" Y dijo el príncipe Hossein: "¡Oh vendedor! ya que así es, date prisa a hacerme aspirar primero su aroma. ¡Y luego me dirás cuáles son sus virtudes y efectos!" Y tendiendo la mano, el vendedor acercó la manzana a la nariz del príncipe, que hubo de aspirarla. Y tan penetrante y tan suave parecióle su aroma, que exclamó: "¡Ya Alah! ¡se me ha pasado todo el cansancio del viaje, y estoy como si acabara de salir del seno de mi madre! ¡Ah! ¡qué inefable aroma!" Y dijo el vendedor: "Pues bien, señor; ya que por ti mismo acabas de experimentar efectos tan inesperados aspirando el aroma de esta manzana, has de saber que la tal manzana no es natural, sino fabricada por la mano del hombre; y no es fruto de un árbol ciego e insensible, sino fruto del estudio y las vigilias de un gran sabio, de un filósofo muy célebre, que se pasó toda la vida haciendo investigaciones y experiencias respecto a las virtudes de las plantas y de los minerales. Y logró la composición de esta manzana, que encierra en si la quintaesencia de todos los cuerpos simples, de todas las plantas útiles y de todos los minerales curativos. En efecto, no hay enfermo, cualquiera que sea la calamidad de que esté afligido, aun cuando se trate de la peste, de la fiebre purpúrea o de la lepra, que no recobre la salud al olerla, aunque esté moribundo. Y tú mismo inclusive acabas de sentir hasta cierto punto su efecto, pues que con su olor se te ha disipado el cansancio del viaje. Pero, para mayor certeza, quiero que con ella cure ante tus ojos un enfermo aquejado de un mal incurable, a fin de que estés seguro de sus virtudes y propiedades, como lo están todos los habitantes de esta ciudad. ¡No tienes, en efecto, más que interrogar a los mercaderes que se han congregado aquí, y la mayoría de entre ellos te dirán que, si están con vida todavía, es únicamente merced a esta manzana que ves!"

Y he aquí que, mientras hablaba así el vendedor, varias personas se habían parado y le habían rodeado, diciendo: "¡Sí, por Alah, que todo eso es verdad! ¡Esa manzana es la reina de las manzanas y el más excelente de los remedios! ¡Y saca de las puertas de la muerte a los enfermos más desesperados!" Y como para confirmar todo lo bien que hablaban de ella, acertó a pasar por allí un pobre hombre ciego y paralítico, a quien un mozo llevaba a hombros en una banasta. Y el vendedor se acercó a él con viveza y le puso la manzana junto a la nariz. Y de repente el enfermo se levantó en la banasta, y saltando como un gato por encima de la cabeza del que le llevaba, echó a correr, abriendo unos ojos como tizones. Y todo el mundo le vió y dió fe de ello.

Entonces, convencido de la eficacia de aquella manzana maravillosa, el príncipe Hossein dijo al vendedor: "¡Oh rostro de buen augurio, te ruego que me sigas a mi khan!" Y le llevó al khan en que se alojaba y le pagó los cuarenta mil dinares, y le dió una bolsa de mil dinares de regalo por el corretaje. Y convertido en poseedor de la manzana maravillosa, esperó con paciencia la salida de alguna caravana para volver a su país. Porque estaba persuadido de que con aquella manzana triunfaría fácilmente de sus dos hermanos y sería esposo de la princesa Nurennahar. Y cuando la caravana estuvo dispuesta, partió de Samarcanda, y después de las fatigas de un largo viaje, llegó en seguridad, con permiso de Alah, al khan de los tres caminos, donde le esperaban sus dos hermanos Alí y Hassán.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 810ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 810ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y tras de abrazarse con mucha ternura y felicitarse mutuamente por su dichoso arribo, los tres príncipes se sentaron a comer juntos. Y después de la comida tomó la palabra el príncipe Alí, que era el mayor, y dijo: "¡Oh hermanos míos! tenemos por delante toda la vida para contarnos las particularidades de nuestro viaje. ¡Ahora sólo se trata de mostrarnos unos a otros la rareza traída, motivo y fruto de nuestra empresa, a fin de que podamos hacernos justicia de antemano y ver aproximadamente a quien dará la preferencia nuestro padre el sultán con respecto a nuestra prima, la princesa Nurennahar!"

Y se calló por un momento, y añadió: "Por mi parte, como soy vuestro hermano mayor, voy a revelaros mi hallazgo. Sabed, pues, que mi viaje fué a la India marítima, al reino de Bischangar. Y todo lo que he traído es esta alfombra de plegaria sobre la cual me veis sentado, y que es de lana corriente y de una apariencia sin suntuosidad. ¡Pero, merced a esta alfombra, espero conquistar a nuestra prima!" Y contó a sus hermanos toda la historia de la alfombra volante, y sus virtudes, y cómo se había servido de ella para, en un abrir y cerrar de ojos, regresar desde el reino de Bischangar. Y para dar más valor a sus palabras, rogó a sus hermanos que se sentaran con él en la alfombra, y les hizo efectuar por el aire un viaje, que duró lo que un parpadeo, y que en otros vehículos hubiera necesitado meses para llevarlo a cabo. Luego añadió: "¡Ahora supongo que me diréis si lo que habéis traído puede compararse con mi alfombra!" Y cuando hubo acabado de ensalzar de tal suerte el objeto que poseía, se calló.

Y a su vez tomó la palabra el príncipe Hassán, y dijo: "En verdad ¡oh hermano mío! que esta alfombra volante es cosa prodigiosa, y en mi vida la he visto parecida. Pero por muy admirable que sea, ambos convendréis conmigo en que puede haber en el mundo otras cosas dignas de atención; y para daros prueba de ello, aquí tenéis este canuto de marfil, que a primera vista no parece una rareza tan extraordinaria. No obstante, podéis creer que me ha costado lo que me ha costado y que, a pesar de su apariencia modesta, es un objeto de lo más maravilloso. Y no dudaréis en creerme cuando hayáis aplicado un ojo al extremo de este canuto, donde tiene este cristal. ¡Mirad de la manera que voy a enseñaros!"

Y acercó el canuto de marfil a su ojo derecho, cerrando su ojo izquierdo, y diciendo: "¡Oh canuto de marfil, hazme ver en seguida a la princesa Nurennahar!" Y miró a través del cristal. ¡Y sus dos hermanos, que tenían los ojos fijos en él, llegaron al límite del asombro al ver que de repente se le demudaba el semblante y se ponía muy amarillo, como bajo la pesadumbre de una gran aflicción! Y antes de que tuviesen tiempo de interrogarle, exclamó: "¡No hay fuerza ni recurso más que en Alah! ¡Oh hermanos míos! ¡en vano fué que los tres emprendiéramos un viaje tan penoso en espera de la dicha! ¡Ay! dentro de algunos instantes nuestra prima estará sin vida ya, porque acabo de verla en su lecho rodeada por sus mujeres llorosas y por los eunucos desesperados. ¡Vosotros mismos juzgaréis, por cierto, del estado lamentable a que se ve reducida para calamidad nuestra!" Y así diciendo, entregó el canuto de marfil al príncipe Alí, indicándole que formulara mentalmente el anhelo de ver a la princesa. Y el príncipe miró a través del cristal y retrocedió tan afligido como su hermano. Y el príncipe Hossein le quitó de las manos el canuto, y vió el mismo espectáculo entristecedor. Pero, lejos de mostrarse tan afligido como sus hermanos, se echó a reír, y dijo: "¡Oh hermanos míos! ¡refrescad vuestros ojos y calmad vuestra alma, pues, aunque a juzgar por lo que hemos visto, es bastante grave la enfermedad de nuestra prima, no podrá resistir a las propiedades de esta manzana que aquí veis, y cuyo solo aroma resucita a los muertos en el fondo de sus sepulcros!" Y en pocas palabras les contó la historia de la manzana y sus virtudes y los efectos de sus virtudes, y les aseguró que sin duda curaría a su prima.

Al oír estas palabras, exclamó el príncipe Alí: "En ese caso, ¡oh hermano mío! no tenemos más que transportarnos con toda diligencia a nuestro palacio, utilizando para ello mi alfombra. Y experimentarás en nuestra bienamada prima la virtud salvadora de esa manzana".

Y los tres príncipes dieron orden a sus esclavos de que montaran a caballo para reunirse con ellos más tarde, y les despidieron. Luego, sentándose en la alfombra, formularon a su vez el mismo deseo de ser transportados al aposento de la princesa Nurennahar. Y en un abrir y cerrar de ojos encontráronse en medio de la habitación de la princesa sentados en la alfombra.

Así es que, cuando las mujeres y los eunucos de Nurennahar vieron de pronto en la estancia a los tres príncipes, sin comprender cómo habían llegado, se sintieron poseídos de terror y asombro. Y los eunucos les desconocieron en un principio, tomándoles por extranjeros, y ya estaban a punto de arrojarse sobre ellos, cuando volvieron de su error. Y los tres hermanos se levantaron de la alfombra en seguida; y el príncipe Hossein se acercó con presteza al lecho en que yacía Nurennahar en la agonía, y le acercó a las narices la manzana maravillosa. Y la princesa abrió los ojos, movió de un lado a otro la cabeza, mirando con ojos asombrados a las personas que la rodeaban, y se incorporó. Y sonrió a sus primos y les dió a besar su mano, deseándoles la bienvenida, y se informó de su viaje. Y le hicieron presente cuán dichosos eran de haber llegado a tiempo para contribuir a su curación, con ayuda de Alah. Y las mujeres la enteraron de cómo habían llegado los tres hermanos, y de cómo la había vuelto a la vida el príncipe Hossein, haciéndole aspirar el olor de la manzana. Y Nurennahar les dió las gracias a todos, y al príncipe Hossein en particular. Luego, como mandara ella que la vistiesen, sus primos se despidieron, haciendo votos por la larga duración de su vida, y se retiraron. Y dejando a su prima al cuidado de las mujeres, los tres hermanos fueron a echarse a los pies de su padre el sultán, y le presentaron sus respetos. Y el sultán, que ya estaba prevenido por los eunucos de la llegada y de la curación de la princesa, les levantó y les abrazó y se alegró de verles llegar con buena salud. Y tras de dar rienda suelta de aquel modo a su mutuo afecto, los tres príncipes presentaron al sultán la rareza que había traído cada uno de ellos. Y después que le hubieron explicado lo que tenían que explicarle acerca del particular, le suplicaron que diera su opinión y manifestara su preferencia.

Cuando el sultán hubo oído todo lo que sus hijos quisieron decirle para encomiar lo que habían traído, y cuando hubo escuchado sin interrumpirles lo que le contaban con respecto a la curación de su prima, se quedó silencioso por algún tiempo reflexionando profundamente. Tras de lo cual levantó la cabeza, y les dijo: "¡Oh hijos míos! el asunto es muy delicado, y resulta todavía más difícil de resolver que antes de vuestra marcha. Porque por un lado encuentro que las rarezas que me traéis se equiparan con toda justicia, y por otro lado veo que, cada una por su parte, todas han contribuido por igual a la curación de vuestra prima. En efecto, el canuto de marfil fué el primero en descubrir lo que ocurría a la princesa; y la alfombra os transportó a presencia suya con toda diligencia; y la ha curado la manzana. Pero no se habría producido, con asentimiento de Alah, tan maravilloso resultado si hubiese faltado alguna de esas rarezas. Así es que al presente veis a vuestro padre más perplejo aún que antes para hacer su elección. ¡Y vosotros mismos, que estáis dotados del sentido de la justicia, debéis hallaros tan perplejos y fluctuantes como yo me hallo!"

Y habiendo hablado de tal suerte con sabiduría e imparcialidad, el sultán se puso a reflexionar acerca de la situación. Y al cabo de una hora de tiempo exclamó: "¡Oh hijos míos! me queda un solo medio para salir del atolladero. Y voy a indicároslo. Consiste ¡oh hijos míos! en lo siguiente: Como hasta la noche os queda tiempo todavía, coged cada cual un arco y una flecha, y saliendo de la ciudad, id al meidán donde se celebran las justas de caballeros y yo iré con vosotros. ¡Y declaro que daré por esposa la princesa Nurennahar a aquel de vosotros que tire la flecha más lejos!" Y los tres príncipes contestaron con el oído y la obediencia. Y fueron juntos al meidán, seguidos de numerosos oficiales de palacio.

Y como el príncipe Alí era el mayor, cogió su arco y una flecha y tiró el primero; y el príncipe Hassán tiró el segundo, y su flecha fué a caer más lejos que la de su hermano mayor. Y el tercero en tirar fué el príncipe Hossein; pero ninguno de los oficiales apostados de trecho en trecho en un largo recorrido vió caer su flecha, que hendió los aires en línea recta y se perdió en la lejanía. Y corrieron y la buscaron; pero a pesar de todas las pesquisas y de la atención que en ello se puso, no fué posible encontrar la flecha.

Entonces, ante todos sus oficiales reunidos, el sultán dijo a los tres príncipes: "¡Oh hijos míos! ¡ya veis que la suerte está echada! Aunque parezca que tú, ¡oh Hossein ! eres quien llegó más lejos, no eres el vencedor, porque es necesario que se encuentre la flecha para que la victoria se pronuncie evidente y cierta. Y me veo en la obligación de declarar vencedor a mi segundo hijo Hassán, cuya flecha ha caído más lejos que la de su hermano mayor. Así, pues, ¡oh hijo mío Hassán! eres tú, incontestablemente, quien llegará a ser esposo de la hija de su tío, la princesa Nurennahar. ¡Porque ése es tu destino!"

Y habiendo decidido de tal suerte, el sultán dió al punto las órdenes oportunas para los preparativos y las ceremonias de las bodas de su hijo Hassán con la princesa Nurennahar. Y pocos días después se celebraron las nupcias con gran magnificencia. ¡Y he aquí lo referente al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar!

En cuanto al príncipe Alí, no quiso asistir a las ceremonias del matrimonio, y como era muy viva su pasión por su prima y no tenía objeto en lo sucesivo, no pudo resolverse a vivir en palacio, y en sesión pública renunció de buen grado a la sucesión al trono de su padre. Y vistió el hábito de derviche y fué a ponerse bajo la dirección espiritual de un jeique reputado por su santidad, su ciencia y su vida ejemplar en el fondo de la más retirada de las soledades. ¡Y esto es lo referente a él!

¡Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 811ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 811ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció!

Así como su hermano Alí se había abstenido de asistir a las bodas del príncipe Hassán y la princesa Nurennahar, también se abstuvo de tomar parte en ellas. Pero no vistió, como su hermano, el hábito de derviche, y lejos de renunciar a la vida del mundo, resolvió averiguar qué era lo que hubo de privarle de su merecido, y a tal fin se dedicó a la busca de la flecha, que no creía irremediablemente desaparecida. Y mientras en el palacio proseguían las fiestas con motivo de las bodas, salió sin tardanza, a escondidas de su servidumbre, y fué al paraje del meidán en que tuvo lugar la experiencia. Y desde allí echó a andar en línea recta, en la dirección seguida por la flecha, mirando a derecha y a izquierda con atención a cada paso. Y así llegó muy lejos, sin descubrir nada. Pero, en vez de desalentarse, continuó andando más y más, siempre en línea recta, hasta que llegó a una pared de rocas que tapaban completamente el horizonte. Y se dijo que; si la flecha había de encontrarse en alguna parte, no podría estar ya más que allí, puesto que no habría podido clavarse en aquel muro de rocas. Y apenas había él acabado de formular para sí este pensamiento, cuando divisó en tierra, caída con la punta hacia adelante y no clavada en el suelo, la flecha marcada con su nombre, la misma que hubo de lanzar con su propia mano. Y se dijo: "¡Oh prodigio! ¡Ualahi! ni yo ni nadie en el mundo podríamos con nuestro solo esfuerzo disparar tan lejos una flecha. Y el caso es que no solamente ha llegado a esta distancia inaudita, sino que incluso ha debido rebotar con vigor contra la roca, que la ha rechazado con su resistencia. ¡He ahí una cosa extraordinaria! ¿Y quién sabe qué misterio hay en todo esto?"

Y cuando, tras de recoger la flecha, estaba tan pronto contemplándola como mirando la roca en que había rebotado, observó en aquella roca una cavidad tallada en forma de puerta. Y se acercó a ella y vió que, realmente, era una puerta disimulada, sin candado ni cerradura, tallada a golpes en la roca, y que solo se advertía por la ligera separación que la circundaba. Y con un movimiento muy natural en caso semejante, la empujó, sin poder creer que fuera a abrirse con aquella presión. Y se asombró mucho al notar que la puerta cedía bajo su mano y giraba sobre sí misma, lo mismo que si descansase sobre goznes engrasados recientemente. Y sin reflexionar mucho en lo que hacía, entró el joven, con su flecha en la mano, en la galería de pendiente suave a que daba acceso aquella puerta. Pero en cuanto hubo él franqueado el umbral, como movida por su propio esfuerzo, la puerta volvió a girar sobre sí misma y tapó por completo la entrada de la galería. Y el príncipe se encontró sumido en densas tinieblas. Y por más que trató de abrir la puerta otra vez, sólo consiguió lastimarse las manos y romperse las uñas.

Entonces, como ya no podía pensar en salir, y como estaba dotado de un corazón valeroso, no vaciló en aventurarse por las tinieblas siguiendo la pendiente suave de la galería. Y en seguida vió brillar una luz, hacia la cual hubo de dirigirse presuroso; y se encontró en la salida de la galería. Y de pronto se vió bajo el cielo, frente a una llanura verdeante, en medio de la cual se alzaba un magnífico palacio. Y antes de que tuviese tiempo de admirar la arquitectura de aquel palacio, salió de él una dama que avanzó hacia el joven rodeada por un grupo de otras damas, de las cuales, a no dudar, era el ama, a juzgar solamente por su belleza milagrosa y su porte majestuoso. E iba vestida con telas inconsútiles y llevaba sueltos los cabellos, que le caían hasta los pies. Y se adelantó con paso ligero hasta la entrada de la galería, y extendiendo la mano con un gesto lleno de cordialidad, dijo: "Bienvenido seas aquí, ¡oh príncipe Hossein!"

Y el joven príncipe, que se había inclinado profundamente al verla, llegó al límite del asombro cuando oyó llamarle por su nombre a una dama a quien jamás había visto y que vivía en un país del que jamás había oído hablar él, aunque estuviese tan próximo a la capital de su reino. Y como abriera ya la boca para manifestar su sorpresa, la maravillosa joven le dijo: "¡No me interrogues! ¡Yo misma satisfaré tu legítima curiosidad cuando estemos en mi palacio!" Y sonriendo, le cogió de la mano y le condujo por las avenidas a la sala de recepción, que se abría por un pórtico de mármol que daba al jardín. Y le hizo sentarse junto a ella en el sofá que había en medio de aquella sala espléndida. Y tomándole una mano entre las suyas, le dijo: "¡Oh encantador príncipe Hossein! tu sorpresa cesará cuando sepas que te conozco desde que naciste y que te sonreí en tu cuna. Y mi destino está escrito sobre ti. Y yo fui quien hice poner a la venta en Samarcanda la manzana milagrosa que compraste, y en Mischangar la alfombra de plegaria que se llevó tu hermano Alí, y en Schiraz el canuto de marfil que encontró tu hermano Hassán. Y esto debe bastar para hacerte comprender que no ignoro nada de lo que te concierne. Y puesto que mi destino va unido al tuyo, me ha parecido que eras digno de una dicha mayor que la de ser esposo de tu prima Nurennahar. Y por eso hice desaparecer tu flecha y la traje hasta aquí, con objeto de que vinieras tú mismo. ¡Y de ti solo depende ahora dejar escapar la felicidad de entre tus dedos!"

Y tras de pronunciar estas últimas palabras con un tono impregnado de gran ternura, la bella princesa gennia bajó los ojos y se ruborizó mucho. Y su tierna belleza resultó así más exquisita. Y el príncipe Hossein, que sabía bien que su prima Nurennahar no podría ya pertenecerle, al ver cuán superior a ella era la princesa gennia en belleza, en atractivos, en atavíos, en ingenio y en riquezas, al menos según podía él conjeturar por lo que acababa de ver y por la magnificencia del palacio en que se hallaba, no tuvo más que bendiciones para su destino, que le había conducido, como de la mano, hasta aquellos lugares tan próximos y tan ignorados; e inclinándose ante la bella gennia, le dijo: "¡Oh princesa de los genn! ¡oh dama de la belleza! ¡oh soberana! ¡la dicha de ser esclavo de tus ojos y verme encadenado a tus perfecciones, sin méritos por mi parte, es capaz de arrebatar la razón a un ser humano como yo! ¡Ah! ¿cómo es posible que una hija de los genn pueda posar sus miradas en un adamita inferior y preferirle a los reyes invisibles que gobiernan los países del aire y las comarcas subterráneas? ¿Acaso es ¡oh princesa! que estás enfadada con tus padres, y, a consecuencia de un disgusto, has venido a habitar en este palacio en que me recibes sin el consentimiento de tu padre, el rey de los genn, y de tu madre, la reina de los genn, y de tus demás parientes? ¡Y quizá, en ese caso, vaya a ser yo para ti causa de sinsabores y motivo de molestias y fastidios!" Y así diciendo, el príncipe Hossein se inclinó hasta la tierra y besó la orla del traje de la gennia princesa, que le dijo, levantándole y cogiéndole la mano: "Sabe ¡oh príncipe Hossein! que yo soy mi única dueña y que obro siempre a mi antojo, sin sufrir jamás que nadie, entre los genn, se inmiscuya en lo que hago o pienso hacer. ¡Puedes estar tranquilo, a ese respecto, y nada nos sucederá que no sea grato!" Y añadió: "¿Quieres ser mi esposo y amarme mucho?" Y el príncipe Hossein exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si quiero? ¡Pues si daría mi vida entera por pasar un día, no ya como tu esposo, sino como el último de tus esclavos!" Y tras de hablar así, se arrojó a los pies de la bella gennia, que le levantó y dijo: "¡Puesto que así lo quieres, te acepto por esposo y soy tu esposa para en lo sucesivo!" Y añadió: "¡Y ahora, como ya debes tener hambre, vamos a tomar juntos nuestra primera comida!"

Y le condujo a una segunda sala, todavía más espléndida que la primera, iluminada por una infinidad de bujías perfumadas de ámbar, colocadas con una simetría que daba gusto verlas. Y se sentó con él ante una admirable bandeja de oro cargada de manjares de un aspecto regocijante para el corazón. Y se dejó oír en seguida, al son de los instrumentos de armonía, un coro de voces de mujeres que parecía descender del mismo cielo. Y la hermosa gennia se puso a servir con sus propias manos a su reciente esposo, ofreciéndole los trozos más delicados de los manjares, cuyos nombres le iba diciendo. Y al príncipe le parecían exquisitos aquellos manjares de que nunca había oído hablar, así como los vinos, las frutas, los pasteles y las confituras, cosas todas ellas como jamás las había probado en las fiestas y bodas de los seres humanos.

Y cuando se terminó la comida, la bella gennia princesa y su esposo fueron a sentarse en una tercera sala, coronada por una cúpula y más hermosa que la anterior. Y apoyaban la espalda en cojines de seda con flores de diferentes colores, hechos a aguja con una delicadeza maravillosa. Y en seguida entraron en la sala muchas bailarinas, hijas de genn, y bailaron una danza arrebatadora con la ligereza de los pájaros. Y al mismo tiempo se dejaba oír una música invisible, pero presente, que llegaba de arriba. Y continuó la danza hasta que se levantaron la hermosa gennia y su esposo. Y con un ritmo más armonioso, salieron de la sala las bailarinas como una bandada de aves, marchando delante de los recién casados hasta la puerta de la cámara, en que estaba preparado el lecho nupcial. Y se pusieron en hilera para que entrasen ellos, y se retiraron después, dejándoles en libertad de acostarse o de dormir.

Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 812ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 812ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

...Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar. Y de aquel modo pudo el príncipe Hossein probar y comparar. Y encontró en aquella gennia virgen una excelencia a que jamás se habían aproximado, ni por asomo, las más maravillosas jóvenes hijas de los humanos. Y cuando de nuevo quiso recrearse con sus atractivos incomparables, encontró el sitio tan intacto como si no lo hubieran tocado. Y entonces comprendió que en las hijas de los genn se reconstituía la virginidad indefinidamente. Y se deleitó hasta el límite del deleite con aquel hallazgo. Y cada vez hubo de felicitarse más de su destino, que le había conducido de la mano hacia aquella historia inesperada. Y se pasó aquella noche, y otras muchas noches, y otros días, en las delicias de los predestinados. Y lejos de disminuir su amor con la posesión, lo que ocurría era que aumentaba con los nuevos descubrimientos que sin cesar hacía en su bella gennia princesa, lo mismo en los encantos de su espíritu que en las perfecciones de su persona.

Y he aquí que, al cabo de seis meses de aquella vida dichosa, el príncipe Hossein, que siempre había sentido mucho afecto filial por su padre, pensó que su prolongada ausencia debía tenerle sumido en un dolor sin límites, máxime siendo inexplicable, y experimentó un deseo ardiente de volver a verle. Y se lo confío sin rodeos a su esposa la gennia, que en un principio se alarmó mucho de aquella resolución, pues temía que fuese un pretexto para abandonarla. Pero el príncipe Hossein le había dado y continuaba dándole tantas pruebas de adhesión, y tantas muestras de violenta pasión, y le habló de su anciano padre con tal ternura y tal elocuencia, que no quiso ella oponerse a la expansión filial. Y le dijo abrazándole: "¡Oh bienamado mío! en verdad que, si sólo escuchara a mi corazón, no podría decidirme a verte alejar de nuestras moradas, aunque sólo fuese por un día o por menos tiempo aún. Pero estoy ya tan convencida de tu adhesión a mí, y tengo tanta confianza en la firmeza de tu amor y en la verdad de tus palabras, que no quiero negarte el permiso de ir a ver a tu padre el sultán. ¡Pero es con la condición de que tu ausencia no dure mucho y de que así me lo jures, a fin de tranquilizarme!" Y el príncipe Hossein se echó a los pies de su esposa la gennia para demostrarle cuán lleno de agradecimiento estaba por su bondad para con él, y le dijo: "¡Oh soberana mía! ¡oh dama de la belleza! se todo lo que vale el favor que me otorgas, y por mucho que te diga para darte gracias, ten la seguridad de que pienso más aún. Y por mi cabeza te juro que mi ausencia será de corta duración. Y además, amándote como te amo, ¿crees que podría gastar más tiempo del necesario para ir a ver a mi padre y volver? Tranquiliza, pues, tu alma y refresca tus ojos, porque todo el tiempo estaré pensando en ti y no me sucederá nada desagradable, ¡inschalah!"

Y estas palabras acabaron de calmar la emoción de la encantadora gennia, que contestó, abrazando de nuevo a su esposo: "Parte, pues, ¡oh bienamado mío! bajo la salvaguardia de Alah, y vuelve a mí con buena salud. Pero antes he de rogarte no tomes a mal que te haga algunas indicaciones con respecto a la manera como tienes que portarte en el palacio de tu padre mientras dure tu ausencia de aquí. Y ante todo creo preciso que tengas mucho cuidado de no hablar de nuestro matrimonio a tu padre el sultán o a tus hermanos, ni de mi calidad de hija del rey de los genn, ni del lugar en que habitamos, ni del camino que a él conduce. ¡Diles únicamente a todos que se contenten con saber que eres perfectamente dichoso, que se ven satisfechos todos tus deseos, que no anhelas nada más que vivir en la bienandanza en que vives y que el solo motivo que te lleva a su lado es sencillamente el de hacer cesar las inquietudes que pudieran tener respecto a tu destino!"

Y habiendo hablado así, la gennia dió a su esposo veinte jinetes genn bien armados, bien montados y bien equipados, e hizo que le llevaran un caballo tan hermoso como no lo había en el palacio ni en el reino de su padre. Y cuando todo estuvo dispuesto, el príncipe Hossein se despidió de su esposa la gennia princesa, besándola y renovando la promesa que le había hecho de volver en seguida. Luego se aproximó al hermoso caballo inquieto, le acarició con la mano, le habló al oído, le besó y saltó a la silla con gracia. Y su esposa le vió y le admiró. Y después que se dieron el último adiós, partió él a la cabeza de sus jinetes.

Y como no era largo el camino que conducía a la capital de su padre, el príncipe Hossein no tardó en llegar a la entrada de la ciudad. Y en cuanto le reconoció, el pueblo se alegró mucho de verle, y le recibió con aclamaciones y le acompañó con gritos de júbilo hasta el palacio del sultán. Y su padre, al verle, se sintió muy feliz y le recibió en sus brazos, llorando y lamentando con su ternura paterna el dolor y la aflicción en que hubo de sumirle una ausencia tan larga e inexplicable. Y le dijo: "¡Ah! ¡hijo mío, creí que no iba a tener el consuelo de volver a verte! ¡Porque tenía motivo para temer que, a consecuencia de la decisión de la suerte ventajosa para tu hermano Hassán, te hubieses dejado arrastrar a cualquier acto de desesperación!" Y contestó el príncipe Hossein: "Ciertamente, ¡oh padre mío! fué muy cruel para mí la pérdida de mi prima la princesa Nurennahar, cuya conquista había sido el único objeto de mis deseos. Y el amor es una pasión que no se abandona a voluntad, sobre todo cuando es un sentimiento que nos domina, que nos martiriza y que no nos da tiempo de recurrir a los consejos de la razón. Pero ¡oh padre mío! supongo que no habrás olvidado que al disparar mi flecha, cuando acudí con mis hermanos al concurso del meidán, me sucedió una cosa extraordinaria e inexplicable: a pesar de todas las pesquisas que se hicieron, no pudo encontrarse mi flecha, disparada en una llanura uniforme y despareja. Y he aquí que, vencido de tal modo por el destino adverso, no quise perder tiempo en lamentos sin haber satisfecho por completo mi curiosidad hacia aquella aventura que no comprendía. Y me alejé durante las ceremonias de las bodas de mi hermano, sin que lo advirtiese nadie, y volví yo solo al meidán para ver si encontraba mi flecha. Y me puse a buscarla andando en línea recta, en la dirección que me parecía debió seguir, y mirando por todos lados, acá y allá, a mi derecha y a mi izquierda. Pero fueron inútiles todas mis pesquisas, aunque no me desalenté. Y proseguí mi marcha, siempre fijando los ojos de un lado a otro y tomándome el trabajo de reconocer y examinar la menor cosa que de cerca o de lejos pudiese parecerse a una flecha. Y de aquella manera recorrí una distancia muy larga, y acabé por pensar que no era posible que una flecha, aunque la disparase un brazo mil veces más fuerte que el mío, pudiese llegar tan lejos, y por preguntarme si no habría perdido todo mi buen sentido al mismo tiempo que mi flecha. Y ya me disponía a abandonar la empresa, sobre todo al ver que llegaba a una línea de rocas que tapaban completamente el horizonte, cuando de pronto, al pie mismo de una de aquellas rocas, vi mi propia flecha, no clavada en el suelo por la punta, sino caída a cierta distancia del sitio en que había debido rebotar. Y aquel descubrimiento me sumió en una perplejidad grande en vez de regocijarme. Porque yo no podía imaginarme razonablemente que fuese capaz de lanzar tan lejos una flecha. Y entonces ¡oh padre mío! tuve la explicación de aquel misterio y de cuanto me había acaecido en mi viaje a Samarcanda. Pero es un secreto que no puedo ¡ay! revelarte sin faltar a un juramento. Y todo lo que puedo decirte ¡oh padre mío! es que, desde aquel momento, me olvidé de mi prima, y de mi derrota, y de todas mis tribulaciones, y entré en el camino llano de la dicha. Y comenzó para mí una vida de delicias, que no han sido turbadas más que por el alejamiento en que me encontraba de un padre a quien quiero más que a nada en el mundo, y por el sentimiento que tenía al pensar en lo inquieto que por mi suerte debía estar él. Y entonces creí era mi deber de hijo venir a verte y a tranquilizarte. ¡Y éste es ¡oh padre mío! el único motivo de mi llegada!"

Cuando el sultán hubo oído estas palabras de su hijo, y sólo comprendió por ellas que poseía la felicidad, contestó: "¡Oh hijo mío! ¿qué más podría desear para su hijo un padre afectuoso? Claro que me hubiese gustado mucho más verte disfrutar de esa dicha al lado mío, en mis postreros años, que en un paraje cuya situación y existencia ignoro aún. Pero ¿no puedes decirme, por lo menos, hijo mío, adónde tengo que dirigirme para tener con frecuencia noticias tuyas y no estar en el estado de inquietud en que hubo de sumirme tu ausencia?" Y contestó el príncipe Hossein: "Sabe, para tranquilidad tuya, ¡oh padre mío! que yo mismo tendré cuidado de venir a verte con tanta frecuencia, que hasta temo ser importuno. Pero respecto al paraje en que se puedan tener noticias mías, te suplico que me dispenses de que te lo revele, porque se trata de un misterio de la fe que he jurado y de la promesa que he de mantener". Y sin querer insistir más sobre el particular, el sultán dijo al príncipe Hossein: ¡Oh hijo mío! Alah me libre de penetrar más en el secreto, a pesar tuyo. Cuando quieras puedes regresar a ese lugar de delicias en que habitas. Solamente tengo que pedirte que también a mí, padre tuyo, me hagas una promesa, y es la de volver a verme una vez al mes, sin miedo a importunarme, como dices, ni a molestarme. Pues ¿qué ocupación más grata puede tener un padre amante que la de caldearse el corazón con la proximidad de sus hijos, y refrescarse el alma con su presencia, y alegrarse los ojos con su contemplación?" Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros; al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 813ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 813ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros, al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió, a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido.

Y su esposa la bella gennia le recibió con alegría infinita y con un placer tanto más vivo cuanto que no se esperaba verle volver tan pronto. Y celebraron juntos aquel regreso feliz, amándose mucho de las maneras más agradables y diversas.

Y a partir de aquel día, nada perdonó la hermosa gennia para hacer a su esposo lo más atractiva posible la estancia en la morada encantada. Y fueron variaciones continuas en el modo de respirar el aire, de pasearse, de comer, de beber, de divertirse, de ver bailar a las bailarinas, de oír cantar a las almeas, de escuchar los instrumentos de armonía, de recitar poesías, de oler el perfume de las rosas, de engalanarse con las flores del jardín, de coger a porfía en las ramas las hermosas frutas maduras y de jugar al incomparable juego de los amantes, que es el juego de ajedrez del lecho, teniendo en cuenta todas las combinaciones sabias de que es susceptible juego tan delicado. Y al cabo de un mes de llevar aquella vida deliciosa, el príncipe Hossein, que ya había puesto a su esposa al corriente de la promesa que hubo de hacer a su padre el sultán, se vió obligado a interrumpir sus placeres y a despedirse de la entristecida gennia. Y equipado y ataviado con más magnificencia que la primera vez, montó en su hermoso caballo y se puso a la cabeza de sus jinetes, los hijos de los genn, para ir a hacer una visita a su padre el sultán.

Y he aquí que, desde que partió la última vez del palacio de su padre, los consejeros favoritos del sultán, que juzgaban del poderío del príncipe Hossein y de sus desconocidas riquezas por las pruebas que de ello había dado él en los tres días que pasó en el palacio, no dejaron, durante su ausencia, de abusar de la libertad que el sultán les concedía para hablarle y del ascendiente que sobre él habían adquirido, para tratar de hacer nacer en su alma sospechas contra su hijo y hacerle creer que el príncipe le hacía sombra. Y le manifestaron que la prudencia más elemental exigía que supiese, por lo menos, en qué lugar se hallaba el retiro de su hijo y de dónde sacaba todo el oro necesario para dispendios como los que había hecho durante su estancia y para el fasto de que alardeaba, únicamente con intención, decían, de humillar a su padre y de demostrar que no tenía necesidad de sus liberalidades ni de su tutela para vivir como un príncipe. Y le dijeron que era muy de temer que se hiciese popular y sublevase a los súbditos fieles contra su soberano para ponerse en lugar suyo.

Pero aunque aquellas palabras dejaron en él alguna duda, el sultán no quiso creer que su hijo Hossein, el preferido, fuese capaz de conspirar contra él, meditando un proyecto tan pérfido como aquél. Y contestó a sus consejeros favoritos: "¡Oh vosotros cuya lengua segrega la duda y la suspicacia! ¿acaso ignoráis que mi hijo Hossein me quiere y que estoy tanto más seguro de su ternura y de su fidelidad cuanto que jamás le he dado motivo para que esté descontento de mí?" Pero el más atendido de los favoritos repuso: "¡Oh rey del tiempo, que Alah te conceda larga vida! Pero ¿supones que el príncipe Hossein ha olvidado tan pronto lo que a él le parece una injusticia de tu parte por lo que concierne a la decisión de la suerte con respecto a la princesa Nurennahar? ¿Y no se te ocurre, aunque de todo se deduce claramente, que el príncipe Hossein no ha tenido el buen acuerdo de aceptar con sumisión el decreto del Destino en vez de imitar el ejemplo de su hermano mayor, quien, antes de rebelarse contra la cosa escrita, ha preferido vestir el hábito del derviche e ir a ponerse bajo la dirección espiritual de un santo jeique versado en el conocimiento del Libro? Y además, ¡oh amo nuestro! ¿no observaste antes que nosotros que, a la llegada del príncipe Hossein, él y sus gentes estaban descansados y sus trajes y los adornos y monturas de sus caballos tenían el mismo brillo que si acabaran de salir de la mano del fabricante? ¿Y no has notado que hasta los caballos tenían el pelo seco y reluciente y no estaban más fatigados que si viniesen de un simple paseo? ¡Pues todo eso ¡oh rey! servirá para probarte que el príncipe Hossein ha establecido su residencia secreta muy cerca de la capital para poder ejecutar a su antojo sus planes perniciosos, y fomentar disturbios en el pueblo, y entregarse a sus propagandas subversivas! ¡Habríamos, pues, faltado a nuestro deber ¡oh gran rey! si no nos hubiésemos impuesto la cruel obligación de despertar tu atención en un asunto tan delicado como importante y grave, a fin de que te decidas a velar por tu propia conservación y por el bien de tus súbditos fieles!"

Cuando el favorito hubo acabado este discurso lleno de malicia y de suspicacia, el sultán dijo: "En verdad que no sé si debo creer o no creer esas cosas sorprendentes. ¡De todos modos, os agradezco vuestra advertencia, y abriré más los ojos en el porvenir!" Y les despidió, sin hacerles ver cuánto se le había impresionado y alarmado el alma con sus palabras. Y con objeto de poder confundirles un día o darles las gracias por su consejo bien intencionado, resolvió vigilar los actos y pasos de su hijo Hossein a su próximo retorno.

Y he aquí que no tardó en llegar el príncipe, cumpliendo su promesa. Y su padre el sultán le recibió con la misma alegría y la misma satisfacción que la primera vez, teniendo mucho cuidado de no participarle las sospechas que despertaron en su espíritu los visires interesados en la perdición del joven. Pero al día siguiente llamó a una vieja, famosa en el palacio por su hechicería y su malicia, y que era capaz de destejer, sin romperlos, los hilos de una tela de araña. Y cuando estuvo ella entre sus manos, le dijo: "¡Oh vieja de bendición! ha llegado el día en que vas a poder probar tu abnegación en interés de tu rey. Sabe, pues, que desde que he vuelto a ver mi hijo Hossein no he podido obtener de él que me diga en qué lugar se ha establecido. Y por no importunarle no he querido hacer valer mi autoridad y obligarle, a pesar suyo, a revelar su secreto. Así es que te he hecho llamar, ¡oh reina de las hechiceras! porque te creo lo bastante hábil para satisfacer mi curiosidad sin que mi hijo ni nadie en el palacio pueda sospecharlo. He de pedirte, pues, que pongas en juego toda tu perspicacia y tu inteligencia, que no tiene igual, para observar a mi hijo desde el momento de su partida, que tendrá lugar mañana por el alba. O quizá sea mejor todavía que vayas hoy mismo, sin pérdida de tiempo, al sitio en que encontró su flecha, cerca de la línea de rocas que limita la llanura por Oriente. ¡Porque allí ha encontrado su Destino al mismo tiempo que su flecha!" Y la vieja hechicera contestó con el oído y la obediencia, y salió para ir a las proximidades de las rocas y ocultarse allí de manera que pudiese verlo todo sin ser vista.

Y he aquí que al día siguiente abandonó el palacio el príncipe Hossein con sus jinetes al despuntar el día, para no llamar la atención de los oficiales y de los transeúntes. Y llegado que fué a la excavación donde estaba la puerta de piedra, desapareció con cuantos le acompañaban. Y la vieja hechicera vió todo aquello y se asombró hasta el límite extremo del asombro.

Y cuando se repuso de su emoción salió de su escondrijo, y fué derecha a la cavidad por donde había visto desaparecer personas y caballos. Pero a pesar de su diligencia, y por más que miró en todas direcciones, yendo y volviendo sobre sus pasos varias veces, no dió con ninguna abertura ni con ninguna entrada. Porque la puerta de piedra, que había sido visible para el príncipe Hossein desde que llegó por primera vez allí, sólo se aparecía a ciertos hombres cuya presencia era agradable a la bella gennia, pero nunca y en ningún caso se aparecía aquella puerta a las mujeres, sobre todo a las viejas feas y horribles a la vista. Y rabiosa por no poder llevar más adelante sus investigaciones, la hechicera no pudo desahogarse de otro modo que lanzando un cuesco, que hizo saltar los guijarros y levantó polvareda. Y con la nariz alargada hasta los pies, volvió al lado del sultán, y le dió cuenta de todo lo que había visto, añadiendo: "¡Oh rey del tiempo! no he perdido la esperanza de ser más afortunada la vez próxima. ¡Y solamente te pido que tengas algo de paciencia y no te informes los medios de que pienso servirme!" Y el sultán, que ya estaba muy satisfecho de aquel primer resultado, contestó a la vieja: "¡Estás en completa libertad de acción! ¡Ve con la protección de Alah, y yo esperaré aquí con paciencia el efecto de tus promesas!" Y para estimularla le dió de regalo un maravilloso diamante, y le dijo: "Acepta esto como prueba de mi satisfacción. ¡Pero sabe que nada es en comparación de lo que pienso recompensarte si obtienes éxito en tu empresa!" Y la vieja besó la tierra entre las manos del rey, y se fué por su camino.

Y he aquí que, un mes después de aquel acontecimiento, salió por la puerta de piedra, como la última vez, el príncipe Hossein con su séquito de veinte jinetes soberbiamente equipados. Y al costear las rocas divisó a una pobre vieja que estaba tendida en el suelo y gemía de una manera lamentable, como una persona aquejada de un mal violento. Y estaba vestida de harapos y lloraba. Y el príncipe Hossein, compadecido, detuvo su caballo, y preguntó dulcemente a la vieja cuál era su mal y qué podía hacer él para aliviarla. Y la vieja artificiosa, que había ido a apostarse allí para conseguir lo que se proponía, contestó, sin levantar la cabeza, con voz entrecortada por gemidos y ahogos: "¡Oh mi caritativo señor! ¡Alah es quien te envía para cavarme la tumba, porque voy a morir! ¡Ah, se me escapa el alma! ¡Oh mi señor! ¡había yo salido de mi pueblo para ir a la ciudad, y en el camino se apoderó de mí una fiebre roja, que me ha dejado sin fuerzas aquí, lejos de todo ser humano, y sin esperanza de que me socorrieran!" Y el príncipe Hossein, que tenía un corazón compasivo, dijo a la vieja: "¡Permite, mi buena tía, que te levanten dos de mis hombres y te lleven al sitio adonde yo mismo voy a volver para que te cuiden!" E hizo seña a dos de sus acompañantes para que incorporaran a la vieja. Y así lo hicieron; y uno de ellos la puso luego a la grupa de su caballo. Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 814ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 814ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar.

Y al verlos volver sobre sus pasos de tal modo, y sin comprender qué motivo les había obligado a ello, la princesa gennia se apresuró a salir al encuentro de su esposo el príncipe Hossein, quien, sin apearse del caballo, le mostró con el dedo a la vieja, que parecía una agonizante, y a quien dos jinetes acababan de dejar en tierra, sosteniéndola por debajo de los brazos, y le dijo: "¡Oh soberana mía! Alah puso en nuestro camino a esta pobre vieja en el estado lamentable en que la ves, y es preciso que le procuremos socorro y asistencia. ¡La recomiendo, pues, a tu compasión, rogándote le prodigues cuantos cuidados juzgues necesarios!" Y la gennia princesa, que tenía fijas en la vieja sus miradas, dió orden a sus mujeres de que la cogieran de manos de los jinetes y la llevaran a un aposento reservado, tratándola con las mismas consideraciones y la misma atención que tendrían para su propia persona. Y cuando se alejaron con la vieja las mujeres, la bella gennia dijo a su esposo, bajando la voz: "¡Alah premie tu compasión, que parte de un corazón generoso! Pero desde ahora puedes estar tranquilo por esa vieja, que no está más enferma que mis ojos, y yo sé la causa que aquí la trae y cuáles son las personas que la han impulsado a ello y lo que se propuso al apostarse en tu camino. ¡Mas no tengas temor por eso, y estate seguro de que, tramen lo que tramen contra ti con intención de mortificarte y de perjudicarte, yo sabré defenderte, haciendo vanas cuantas emboscadas te preparen!" Y abrazándole de nuevo, le dijo: "¡Parte bajo la protección de Alah!" Y el príncipe Hossein, habituado ya a no pedir explicaciones a su esposa la gennia, se despidió de ella y otra vez emprendió su camino hacia la capital de su padre, adonde no tardó en llegar con su séquito. Y el sultán le recibió como de costumbre, sin dejar entrever ante él ni ante sus consejeros los sentimientos que le embargaban.

En cuanto a la vieja hechicera, las dos doncellas de la bella gennia la condujeron, pues, a un hermoso aposento reservado y la ayudaron a acostarse en un lecho con colchones de raso bordado, sábanas de seda fina y mantas de tisú de oro. Y una de ellas le ofreció una taza llena de agua de la Fuente de los Leones, diciéndole: "¡Aquí tienes una taza de agua de la Fuente de los Leones, que cura las enfermedades más tenaces y devuelve la salud a los moribundos!" Y la vieja bebió el contenido de la taza, y unos instantes después exclamó: "¡Qué licor tan admirable! ¡Me siento curada, como si me hubieran sacado con tenazas el mal! ¡Por favor, daos prisa a conducirme a presencia de vuestra ama, con objeto de darle gracias por su bondad y hacerle patente mi gratitud!" Y se levantó acto seguido, fingiendo encontrarse restablecida de un mal que no hubo de sufrir. Y las dos doncellas la llevaron por varios aposentos, a cual más magnífico, hasta la sala en que se hallaba su ama.

Y he aquí que la bella gennia estaba sentada en un trono de oro macizo, enriquecido de pedrerías, y rodeada por muchas de sus damas de honor, que eran todas encantadoras e iban vestidas de manera tan maravillosa como su señora. Y la vieja hechicera, deslumbrada con todo lo que veía, se prosternó a los pies del trono, balbuceando gracias. Y le dijo la gennia: "Me satisface ¡oh buena mujer! que te hayas curado. Y ahora eres libre de permanecer en mi palacio todo el tiempo que quieras. ¡Y mis mujeres van a ponerse a tu disposición para enseñarte mi palacio!" Y la vieja, tras de besar la tierra por segunda vez, se levantó y se dejó guiar por las dos jóvenes, que le enseñaron el palacio con todos sus detalles maravillosos. Y cuando la hicieron recorrerlo por completo, se dijo ella que más valdría retirarse entonces que había visto lo que quería ver. Y expuso este deseo a las dos jóvenes, después de darles las gracias por su amabilidad. Y la hicieron salir por la puerta de piedra, deseándole feliz viaje. Y en cuanto se vió ella en medio de las rocas retrocedió para observar el emplazamiento de la puerta y poder encontrarla; pero como la puerta era invisible para las mujeres de su especie, la buscó en vano; y se vió obligada a volverse sin dar con el camino. Y cuando llegó a presencia del sultán le dió cuenta de todo lo que había hecho, de cuanto había visto y de la imposibilidad en que se hallaba de encontrar la entrada del palacio. Y el sultán, bastante satisfecho con aquellas explicaciones, convocó a sus visires y a sus favoritos y les puso al corriente de la situación, pidiéndoles su opinión.

Y unos le aconsejaron que condenara a muerte al príncipe Hossein, diciéndole que conspiraba contra su trono, y otros opinaron que más valdría apoderarse de él y encerrarle para el resto de sus días. Y el sultán se encaró con la vieja, y le preguntó: "¿Y a ti qué te parece?" Ella dijo: "¡Oh rey del tiempo! me parece que lo mejor sería utilizar las relaciones que tiene tu hijo con esa gennia para pedir y obtener de ella maravillas como las que hay en su palacio. ¡Y si se niega él o se niega ella, sólo entonces habrá que pensar en el procedimiento violento que acaban de indicarte los visires!" Y dijo el rey: "¡No hay inconveniente!" E hizo ir a su hijo, y le dijo: "¡Oh hijo mío! ya que eres más rico y más poderoso que tu padre, ¿podrás traerme, la próxima vez, alguna cosa que me complazca, por ejemplo, una tienda hermosa que me sirva para la caza y para la guerra?" Y el príncipe Hossein contestó como debía, haciendo patente a su padre la alegría que sentiría al poder satisfacerle.

Y cuando estuvo de vuelta junto a su esposa la gennia, le participó el deseo de su padre, y contestó ella: "¡Por Alah! ¡lo que nos pide el sultán es una bagatela!" Y llamó a su tesorera, y le dijo: "Id por el pabellón mayor que haya en mi tesoro! ¡Y decid a vuestro guarda Schaibar que me lo traiga!" Y la tesorera se apresuró a ejecutar la orden. Y volvió unos instantes después acompañada del guarda del tesoro, que era un genni de especie muy particular. En efecto, era de pie y medio de alto, tenía una barba de treinta pies, un bigote espeso y erguido hasta las orejas, y unos ojos como los ojos del cerdo, muy metidos en la cabeza, que era tan gorda como su cuerpo; y llevaba en un hombro una barra de hierro que pesaba cinco veces más que él, y en la otra mano llevaba un paquetito envuelto. Y la gennia le dijo: "¡Oh Schaibar! vas a acompañar en seguida a mi esposo, el príncipe Hossein, a presencia de su padre el sultán. ¡Y harás lo que debas hacer!" Y Schaibar contestó con el oído y la obediencia, y preguntó: "¿Y es preciso también ¡oh mi señora! que lleve el pabellón que tengo en la mano?" Ella dijo: "¡Claro! ¡pero antes lo desenvolverás aquí para que lo vea el príncipe Hossein!" Y Schaibar fué al jardín y desdobló el paquete que llevaba. Y de él salió un pabellón que, completamente desplegado, podría resguardar a todo un ejército, y que tenía la propiedad de agrandarse y achicarse con arreglo a lo que tenía que cubrir. Y tras de enseñarlo, lo volvió a plegar e hizo con él un paquete que cabía en la palma de la mano. Y dijo el príncipe Hossein: "¡Vamos a ver al sultán!"

Y cuando el príncipe Hossein, con Schaibar de espolique, llegó a la capital de su padre, todos los transeúntes corrieron a esconderse en las casas y en las tiendas, cuyas puertas se apresuraron a cerrar, poseídos de espanto a la vista del genni enano, que iba con su barra de hierro al hombro. Y a su llegada a palacio, los porteros, los eunucos y los guardias se pusieron en fuga, lanzando gritos de terror. Y entraron ambos en el palacio y se presentaron al sultán, que estaba rodeado de sus visires y de sus favoritos y charlaba con la vieja hechicera. Y avanzando hasta las gradas del trono, Schaibar esperó a que el príncipe Hossein hubiese saludado a su padre, y dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡te traigo el pabellón!" Y lo desplegó en medio de la sala, y se puso a agrandarlo y a achicarlo, manteniéndose a cierta distancia. Luego blandió de pronto la barra de hierro, y la descargó en la cabeza del gran visir y le mató del golpe. Después mató de la misma manera a los demás visires y a todos los favoritos, que, inmóviles de espanto, no tenían fuerzas ni para levantar un brazo con objeto de defenderse. Y mató más tarde a la vieja hechicera, diciéndole: "¡Para que aprendas a hacerte la agonizante!" Y cuando mató de tal modo a todos los que tenía que matar, volvió a echarse al hombro la barra, y dijo al rey: "¡Les he castigado para que expíen sus malos consejos! En cuanto a ti, ¡oh rey! aunque has sido débil de voluntad, como si pensaste matar o encarcelar al príncipe Hossein fué sólo impulsado por ellos, te indulto de la misma pena. Pero te destituyo de tu realeza. ¡Y si piensa protestar alguno en la ciudad, le mataré! ¡E incluso mataré a toda la ciudad, si se niega a reconocer por rey al príncipe Hossein! ¡Y ahora, baja ya y vete, o te mato!" Y el rey se apresuró a obedecer, y bajando de su trono salió de su palacio y se fué a vivir en soledad con su hijo Alí, sometiéndose a la obediencia del santo derviche.

En cuanto al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar, como no habían intervenido en la conspiración, cuando el príncipe Hossein fué rey les asignó como feudo la provincia más hermosa del reino y mantuvo con ellos las relaciones más cordiales. Y el príncipe Hossein vivió con su esposa, la bella gennia, en medio de delicias y prosperidades. Y dejaron ambos numerosa posteridad, que, a la muerte de ellos, reinó durante años y años. ¡Pero Alah es más sabio!

Y tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló. Y le dijo su hermana Doniazada: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y sabrosas y deleitosas son tus palabras!"

Y Schehrazada sonrió, y dijo: "¿Pues qué es eso comparado con lo que os contaré aún, si el rey me lo permite?" Y el rey Schahriar se dijo: "¿Qué podrá contarme aún que no conozca yo?" Y dijo a Schehrazada: "¡Tienes permiso para ello!"

Y Schehrazada dijo:


HISTORIA DE SARTA-DE-PERLAS[editar]

En los anales de los sabios y los libros del pasado se cuenta que el Emir de los Creyentes Al-Motazid Bi'llah, decimosexto califa de la casa de Abbas, nieto de Al-Mota-wakkil, nieto de Harún Al-Raschid, era un príncipe dotado de alma superior, de corazón intrépido y de sentimientos elevados, lleno de distinción y de elegancia, de nobleza y de gracia, de bravura y de gallardía, de majestad y de inteligencia, igualando a los leones en fuerza y en valor, y además, con un ingenio tan fino, que estaba considerado como el poeta más grande de su tiempo. Y en Bagdad, su capital, tenía, para ayudarle a llevar los asuntos de su inmenso imperio, sesenta visires llenos de un celo infatigable, que velaban por los intereses del pueblo con la misma incansable actividad que su señor. Con lo cual no permanecía oculto para él nada de cuanto pasaba en su reino, en los países que extendíanse desde el desierto de Scham hasta los confines del Maghreb, y desde las montañas del Khorassán y el mar occidental hasta los límites profundos de la India y del Afghanistán, ni siquiera el acontecimiento más fútil en apariencia.

Y he aquí que un día en que se paseaba con Ahmad Ibn-Hamdún el narrador, su íntimo y preferido compañero de copa, y el mismo a quien debemos la transmisión oral de tantas hermosas historias y poemas maravillosos de nuestros padres antiguos, llegó ante una morada de apariencia señorial, deliciosamente recatada entre jardines, y cuya armónica arquitectura pregonaba los gustos de su propietario con mucha más delicadeza de lo que hubiese hecho la lengua más elocuente. Porque para quien, como el califa, tenía los ojos sensibles y el alma atenta, aquella morada era la elocuencia misma.

Y estando ambos sentados en el banco de mármol que daba frente a la morada, y mientras descansaban allí de su paseo, respirando la suave brisa que llegaba embalsamada con el alma de los lirios y de los jazmines, vieron aparecer ante ellos, saliendo de lo umbrío del jardín, a dos jóvenes hermosos cual la luna en su decimocuarto día. Y charlaban los tales entre sí, sin advertir la presencia de los dos extranjeros sentados en el banco de mármol. Y uno de ellos decía a su interlocutor: "¡Haga el cielo ¡oh amigo mío! que en este día de esplendor vengan a visitar a nuestro amo huéspedes del azar! ¡Porque le entristece que haya llegado la hora de la comida sin que esté allí nadie para hacerle compañía, cuando, por lo general, tiene siempre a su lado amigos y extranjeros a quienes regala con delicias y a quienes alberga magníficamente!" Y contestó el otro joven: "Cierto que es la primera vez que sucede semejante cosa y se encuentra solo nuestro amo en la sala de los festines. Muy extraño es que, a pesar de la dulzura de este día de primavera, ningún paseante se haya fijado, para descansar, en nuestros jardines, tan hermosos, que de ordinario vienen a visitarlos desde el interior de las provincias.

Al oír estas palabras de los dos jóvenes, Al-Motazid quedó extremadamente asombrado de saber que no sólo existía en su capital un señor de alto rango, cuya morada le era desconocida, sino que aquel señor llevaba una vida tan singular y no le gustaba la soledad en las comidas. Y pensó: "¡Por Alah! ¡A mí, que soy el califa, a menudo me gusta estar a solas conmigo mismo, y moriría en el más breve plazo si tuviese que sentir a perpetuidad una vida extraña al lado de mí! ¡que tan inestimable es a veces la soledad!"

Luego dijo a su fiel comensal: "¡Oh Ibn-Hamdún! ¡oh narrador de lengua de miel! tú, que conoces todas las historias del pasado y nada ignoras de los acontecimientos contemporáneos, ¿sabías de la existencia del hombre propietario de este palacio? ¿Y no te parece que nos urge entablar conocimiento con uno de nuestros súbditos, cuya vida es tan diferente a la vida de los demás hombres, y tan asombrosa de fasto solitario? Y además, ¿no me dará eso ocasión de ejercer con uno de mis súbditos nobles una generosidad que yo quisiera fuese todavía más magnífica que aquella con la cual debe tratar él a sus huéspedes fortuitos?" Y contestó el narrador Ibn-Hamdún: "Sin duda que el Emir de los Creyentes no tendrá que arrepentirse de su visita a este señor desconocido para nosotros. ¡Voy, pues que tal es el deseo de mi señor, a llamar a esos dos encantadores jóvenes y a anunciarles nuestra visita al propietario de ese palacio!" Y se levantó del banco, así como Al-Motazid, que iba disfrazado de mercader, según su costumbre. Y apareció ante los dos buenos mozos, a los cuales dijo: "¡Por Alah sobre vosotros dos! id a prevenir a vuestro amo de que a su puerta hay dos mercaderes extranjeros que solicitan la entrada en su morada y reclaman el honor de presentarse entre sus manos".

Y en cuanto oyeron ambos jóvenes estas palabras, volaron, jubilosos, a la morada, en el umbral de la cual no tardó en aparecer el dueño del dominio en persona, y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 815ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 815ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

...Y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía. E iba vestido con una túnica de seda de Nischabur, llevaba a los hombros un manto de terciopelo con franjas de oro, y en un dedo ostentaba un anillo de rubíes. Y se adelantó hacia ellos con una sonrisa de bienvenida en los labios y llevándose la mano izquierda al corazón, les dijo: "¡La zalema y la cordialidad para los señores benévolos que nos favorecen con el favor supremo de su llegada!"

Y entraron en la morada, y al ver los visitantes su maravillosa disposición, la creyeron un trozo del propio Paraíso, porque su hermosura interior superaba con mucho a su hermosura externa, y sin duda haría perder al enamorado torturado el recuerdo de su bienamada.

Y en la pila de alabastro de la sala de reunión, donde cantaba un surtidor de diamante, mirábase un jardinillo que era una delicia de frescura y un encanto. Porque aunque el jardín grande circundaba la morada con todas las flores y todas las frondas que adornan la tierra de Alah, y aunque por su esplendor era una locura de vegetación, el jardinillo era una cordura indudablemente. Y las plantas que lo componían eran cuatro flores, sí, sólo eran cuatro flores, en verdad, pero como no las habían contemplado ojos humanos más que en los primeros días de la tierra.

La primera flor era una rosa inclinada sobre el tallo y sola en absoluto, no la de los rosales, sino la rosa original, cuya hermana había florecido en el Edén antes de la bajada furiosa del ángel. Y era una llama de oro rojo encendida por sí misma, un fuego de alegría avivado desde dentro, una aurora magnífica, vivaz, encarnadina, aterciopelada, fresca, virginal, inmaculada, deslumbradora. Y contenía en su corola la púrpura necesaria para la túnica de un rey. En cuanto a su olor hacía entreabrirse en un latido los abanicos del corazón, y decía al alma: "¡Embriágate!", y prestaba alas al cuerpo, diciéndole: ¡Vuela!"

Y la segunda flor era un tulipán erguido en su tallo y solo en absoluto, no un tulipán de cualquier parterre real, sino el tulipán antiguo, regado con sangre de dragones, aquel cuya especie, abolida, florecía en Iram-de-las-Columnas, y cuyo color decía a la copa de vino añejo: "¡Yo embriago sin que me toquen los labios!", y al tizón inflamado: "¡Yo quemo, pero no me consumo!"

Y la tercera flor era un jacinto erguido en su tallo y solo en absoluto, no el de los jardines, sino el jacinto padre de los lirios, el que tiene un blanco puro, el delicado, el oloroso, el frágil, el cándido jacinto que decía al cisne cuando salía del agua: "¡Soy más blanco que tú!"

Y la cuarta flor era un clavel inclinado sobre su tallo y solo en absoluto, no, ¡oh! no el clavel de las terrazas que riegan por la noche las jóvenes, sino un globo incandescente, una partícula del sol que se hunde por Poniente, un pomo de olor encerrando el alma volátil de la pimienta, el propio clavel cuyo hermano fué ofrecido por el rey de los genn a Soleimán para que con él adornara la cabellera de Balkis y prepararse el Elixir de larga vida, el Bálsamo espiritual, el Alcali real y la Triaca.

Y sólo con tocar estas cuatro flores, aunque no fuese más que en imagen, el agua de la pila tenía numerosos estremecimientos de emoción, incluso cuando se callaba el surtidor musical y cesaba la lluvia de diamante. Y como sabían que eran tan hermosas, las cuatro flores se inclinaban sonrientes sobre sus tallos y se miraban con atención.

Y excepto estas cuatro flores que había en aquella pila, nada adornaba aquella sala de mármol blanco y de frescura. Y descansaba allí satisfecha la mirada, sin pedir nada más.

Cuando el califa y su compañero se sentaron en el diván, cubierto con un tapiz de Khorassán, el huésped, tras de nuevos deseos de bienvenida, les invitó a compartir con él la comida, compuesta de cosas exquisitas que acababan de llevar en bandejas de oro los servidores y que colocaban en taburetes de bambú. Y la comida se celebró con la cordialidad de que usan los amigos para con sus amigos, y se animó con la entrada que, a una señal del huésped, hicieron cuatro jóvenes de rostro de luna, que eran la primera una tañedora de laúd, la segunda una tañedora de címbalos, la tercera una cantarina y la cuarta una danzarina. Y en tanto que con la música, el canto y la gracia de los movimientos completaban entre las cuatro la armonía de aquella sala y encantaban el aire, el huésped y sus dos invitados probaban los vinos en las copas y se endulzaban con las frutas cogidas en rama, tan hermosas, que sólo podrían proceder de árboles del Paraíso.

Y el narrador Ibn-Hamdún, aunque estaba habituado a que le tratase suntuosamente su señor, se sintió con el alma tan exaltada por los vinos generosos y por tantas lindezas reunidas, que se volvió hacia el califa con ojos inspirados, y con la copa en la mano recitó un poema que acababa de surgir en él al recuerdo de un joven amigo que poseía:

Y dijo con su hermosa voz rítmica:

¡Oh tú, cuya mejilla está modelada en la rosa silvestre y moldeada como la de un ídolo de la China!

¡Oh jovenzuelo de ojos de azabache, de formas de hurí! ¡abandona tus posturas perezosas, cíñete los riñones y haz reír en la copa este vino color de tulipán nuevo!

Porque hay horas para la prudencia y otras para la locura! ¡Échame de este vino hoy! ¡Pues ya sabes que me gusta la sangre extraída de la garganta de los barriles cuando es pura como tu corazón!

¡Y no me digas que este licor es pérfido! ¿Qué importa la embriaguez a quien nació ebrio? ¡Hoy mis anhelos son complicados al igual de tus bucles!

¡Y no me digas que para los poetas es funesto el vino! ¡Porque mientras sea, como hoy, azul la túnica del cielo y verde el traje de la tierra, querré beber hasta morir!

¡A fin de que los jóvenes de rostro hermoso que vayan a visitar mi tumba, al respirar el olor del vino, victorioso de la tierra, que exhalarán mis cenizas, se sientan ebrios ya por el solo efecto de este olor!

Y acabando de improvisar este poema, el narrador levantó los ojos hacia el califa para sorprender en su rostro el efecto producido por los versos. Pero en vez de la satisfacción que esperaba ver, notó tal expresión de contrariedad y de cólera reconcentrada, que dejó escapar de su mano la copa llena de vino. Y tembló con toda el alma, y se habría creído perdido sin remisión, si no hubiese notado también que el califa no parecía haber oído los versos recitados, y si no le hubiese visto con los ojos extraviados y como distraídos en la solución de un problema insondable. Y se dijo: "¡Por Alah, que hace un instante tenía el rostro satisfecho, y hele aquí ahora negro de contrariedad y tan tempestuoso como no lo he visto nunca! ¡Y sin embargo, por más que estoy acostumbrado a leer sus pensamientos en la expresión de sus facciones y a adivinar sus sentimientos, no sé a qué atribuir esta mudanza súbita! ¡Alah aleje el Maligno y nos preserve de sus maleficios!"

Y mientras él se torturaba de tal suerte el espíritu para llegar a penetrar el motivo de aquella cólera, el califa lanzó de pronto a su huésped una mirada cargada de desconfianza, y contrariando todas las reglas de la hospitalidad, y a despecho de la costumbre que exige que jamás el huésped y el invitado se pregunten sus nombres y cualidades, preguntó al dueño del dominio con voz que intentaba reprimir: "¿Quién eres, ¡oh hombre!?"

El huésped, que al oír esta pregunta había cambiado de color y se sintió en extremo mortificado, no quiso, empero, negarse a contestar, y dijo: "Me llaman generalmente Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani".

Y añadió el califa: "¿Y sabes quién soy?" Y contestó el huésped, más pálido aún: "No, por Alah, que no tengo ese honor, ¡oh mi señor!"

Entonces, advirtiendo cuán penosa se hacía la situación, Ibn-Hamdún se levantó, y dijo al joven: "¡Oh huésped nuestro! estás en presencia del Emir de los Creyentes, el califa Al-Motazid Bi'llah, nieto de Al-Motawakkil Ala'llah".

Al oír estas palabras, el dueño del dominio se levantó a su vez en el límite de la emoción, y besó la tierra: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡por las virtudes de tus generosos antecesores los beneméritos, te conjuro a que perdones a tu esclavo los errores en que sin duda alguna, por inadvertencia, haya podido incurrir para con tu augusta persona, o la falta de cortesía de que haya podido hacerse reo, o la falta de consideraciones, o la falta de generosidad!" Y contestó el califa: "¡Oh hombre! no tengo que reprocharte ninguna falta de ese género. Por el contrario, has dado prueba conmigo de una generosidad que te envidiarían los más munificentes entre los reyes. ¡Y si te he interrogado, por lo visto fué porque una causa muy grande me impulsó a ello de pronto, cuando yo no pensaba más que en darte las gracias por todo lo que de hermoso había visto en tu casa!"

Y dijo el huésped, azorado: "¡Oh mi señor soberano! ¡por favor, no hagas pesar tu cólera sobre tu esclavo sin haberle convencido de su crimen antes!" Y dijo el califa: "¡Al primer golpe de vista he notado ¡oh hombre! que en tu casa todo, desde los muebles hasta las mismas ropas que sobre ti llevas, ostenta el nombre de mi abuelo Al-Motawakkil Ala'llah! ¿Puedes explicarme circunstancia tan extraña? ¿Y no debo pensar en algún saqueo clandestino del palacio de mis santos abuelos? Habla sin reticencias, o te espera la muerte al instante".

Y en lugar de turbarse, el huésped recobró su aire afable y su sonrisa y con su voz más apacible dijo: "Sean contigo las gracias y la protección del Todopoderoso, ¡oh mi señor! ¡Ciertamente, hablaré sin reticencias pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 816ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 816ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡Ciertamente hablaré sin reticencias, pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo!"

Y el califa le dijo: "¡En ese caso, siéntate y habla!"

"Has de saber ¡oh Emir de los Creyentes! (¡pluguiera a Alah prolongarte triunfos y favores!) que no soy, como pudiera suponerse, ni un hijo del rey, ni un cherif, ni un hijo de visir, ni nada que de cerca o de lejos tenga que ver con la nobleza de nacimiento. Pero mi historia es una historia tan extraña, que si se escribiese con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de enseñanza a quien la leyera con respeto y atención. Porque, aunque yo no sea noble, hijo de noble, ni de una familia noble, creo que puedo afirmar a mi señor, sin ánimo de mentir, que la tal historia le satisfará, si quiere prestarme oído, y aplacará su cólera acumulada contra el esclavo que le habla".

Y Abu'l Hassán dejó de hablar por un instante, coordinó sus recuerdos, los precisó en su pensamiento, y continuó de este modo:

"He nacido en Bagdad ¡oh Emir de los Creyentes! de un padre y una madre que sólo me tenían a mi por toda posteridad. Y mi padre era un simple mercader del zoco, si bien era el más rico entre los mercaderes y el más respetado. Y no era mercader en un zoco únicamente, sino que en cada zoco tenía una tienda que era la más hermosa, lo mismo en el zoco de los cambistas, que en el de los drogueros, que en el de los mercaderes de telas. Y en cada una de sus tiendas tenía un representante hábil para las operaciones de venta y de compra. Y en el piso de encima de cada trastienda poseía un cuarto reservado en que poder ponerse cómodo, al abrigo de las idas y venidas, y dormir la siesta en la época de los calores, mientras que, para refrescarse durante su sueño, un esclavo desempeñaba las funciones de hacerle aire con un abanico, abanicándole con respeto los testículos especialmente. Pues mi padre tenía los testículos sensibles al calor, y nada le hacía tanto bien como la brisa del abanico.

Como yo era su único hijo, me quería con ternura, no me privaba de nada y no perdonaba ningún dispendio para mi educación. Y además, de año en año se multiplicaban sus riquezas, gracias a la bendición, y resultaban difíciles de enumerar. Y entonces fué cuando, al llegar la hora de su Destino, murió (¡Plegue a Alah cubrirle con Su misericordia, admitirle en Su paz y alargar con los días que perdió el difunto la vida del Emir de los Creyentes!)

En cuanto a mí, habiendo heredado de mi padre bienes inmensos, continué haciendo marchar, como en vida suya, los negocios del zoco. Y por cierto que no me privaba de nada, comiendo, bebiendo y divirtiéndome en la medida de mis fuerzas con mis amigos predilectos. Y me pareció que la vida era excelente, y traté de hacérsela a los demás tan agradable como resultaba para mí. Por eso era mi dicha completa y sin amargura, y no deseaba yo nada mejor que mi vida de todos los días. Porque todo eso que los hombres llaman ambición, y que los vanidosos llaman gloria, y que los pobres de espíritu llaman renombre, y los honores y el ruido, eran un sentimiento insoportable para mí. Y me prefería yo a todo eso. Y a las satisfacciones de fuera prefería la tranquilidad de mi existencia, y a las falsas grandezas mi sencilla felicidad escondida entre mis amigos de rostro dulce.

Pero ¡oh mi señor! por muy sencilla y límpida que sea una vida, jamás está libre de complicaciones. Y yo mismo había de experimentarlo pronto como mis semejantes. Y fué bajo el aspecto más encantador como entró en mi vida la complicación. Pues Alah, ¿hay en la tierra encanto comparable al de la belleza cuando, para manifestarse, elige el rostro y las formas de una adolescente de catorce años? ¿Y hay ¡oh mi señor! adolescente más seductora que la que no se espera, cuando, para abrasarnos el corazón, tiene el rostro y las formas de una jovenzuela de catorce años? Porque bajo ese aspecto, y no bajo otro, fué como se me apareció ¡oh Emir de los Creyentes! la que para siempre había de sellarme la razón con el sello de su imperio.

En efecto, estaba un día yo sentado delante de mi tienda, y charlaba de unas cosas y de otras con mis amigos habituales, cuando vi detenerse frente a mí a una arrebatadora y sonriente joven, ataviada con dos ojos babilónicos, que me lanzó una mirada, una sola mirada, y nada más. Y como bajo la picadura de una flecha acerada, me estremecí en mi alma y en mi carne, y sentí que se conmovía todo mi ser como ante la llegada misma de mi dicha. Y al cabo de un instante avanzó hacia mí la joven, y me dijo: "¿Es aquí, por ventura, la tienda reservada del señor Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani?" Y me preguntó esto ¡oh mi señor! con una voz de agua corriente; y se erguía ante mí, esbelta y flexible en su gracia; y bajo el velo de muselina, su boca de virgen niña era una corola de púrpura abriéndose sobre dos húmedas hileras de granizos. Y contesté, levantándome en honor suyo: "¡Sí, ¡oh mi señora! ésta es la tienda de tu esclavo!" Y mis amigos, por discreción, se levantaron todos y se marcharon.

Entonces la joven entró en la tienda, ¡oh Emir de los Creyentes! arrastrando mi razón tras su hermosura. Y se sentó en el diván como una reina, y me preguntó: "¿Y dónde está él?" Muy azorado y trabandoseme de emoción la lengua, contesté: "Soy yo mismo, ¡ya setti!" Y sonrió ella con la sonrisa de su boca, y me dijo: "Di entonces a ese dependiente tuyo que me cuente trescientos dinares de oro". Y al instante me encaré con mi primer contable, y le di orden de pesar trescientos dinares y entregárselos a aquella dama sobrenatural. Y tomó ella el saco de oro que le entregaba mi empleado, y levantándose se marchó, sin tener una palabra de agradecimiento ni un gesto de despedida. Y en verdad, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi razón no pudo hacer otra cosa que continuar tras ella, atada a sus pies.

Y he aquí que, cuando la hermosa joven hubo desaparecido, mi dependiente me dijo respetuosamente: "¡Oh mi señor! ¿a nombre de quién debo inscribir la suma adelantada?" Yo contesté: "¡Ah! ¿lo sé yo acaso? ¿Y desde cuándo inscriben los humanos en sus libros de cuentas los nombres de las huríes? Si quieres, escribe: Adelantada la suma de trescientos dinares a la Abrasadora-de-Corazones".

Cuando mi primer contable oyó estas palabras, se dijo: "¡Por Alah! Mi amo, que de ordinario es tan mirado, no obra conmigo de un modo tan inconsecuente más que para poner a prueba mi sagacidad y mi deber. ¡Voy, pues, a echar a correr detrás de la desconocida y a preguntarle su nombre!" Y sin consultarme sobre el particular, salió de la tienda, lleno de celo, y echó a correr en pos de la joven, que ya se había perdido de vista. Y al cabo de cierto tiempo volvió a la tienda, pero con la mano en su ojo izquierdo y con el rostro bañado en lágrimas. Y se fué, cabizbajo, a ocupar su sitio en la caja, limpiándose las mejillas. Y le pregunté: "¿Qué te pasa?" Me contestó: "Alejado sea el Maligno, ¡oh mi señor! Creí obrar bien siguiendo a la joven señora que estaba aquí, con intención de preguntarle su nombre. Pero en cuanto sintió que la seguían se volvió bruscamente hacia mí, y me asestó en el ojo izquierdo un puñetazo que por poco me parte la cabeza. Y aquí me tienes con un ojo aplastado por una mano más fuerte que la de un herrero".

¡Eso fué todo!

¡Loores a Alah, ¡oh mi señor! que esconde tanta fuerza en las manos de las gacelas y pone tanta prontitud en sus movimientos!

Y todo aquel día permanecí con el espíritu encadenado por el recuerdo de aquellos ojos de asesinato, y con el alma torturada a la par que refrescada por el paso de la que me arrebató la razón.

Y he aquí que al día siguiente a la misma hora, mientras yo me abismaba en su amor, vi de pie ante mi tienda a la encantadora, que me miraba sonriendo. Y a su vista estuvo a punto de huírseme de alegría la poca razón que me quedaba. Y cuando abría yo la boca para desearle la bienvenida, me dijo ella: "Sin duda, ya Abu'l Hassán, habrás dicho para tu ánima, pensando en mí: "¿Qué trapisonda no será, que ha cogido lo que ha cogido y se ha marchado tan tranquila?"

Pero yo contesté: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh mi soberana! ¡No has hecho más que tomar lo que te pertenecía, pues aquí todo es de tu propiedad, el recipiente con el contenido! ¡En cuanto a tu esclavo, su alma ya no es de él desde que viniste, y está comprendida en el lote de objetos sin valor de esta tienda!" Y al oír aquello, la joven se levantó el velillo del rostro, y se inclinó como una rosa en el tallo de un lirio, y se sentó riendo, con un ruido de brazaletes y de sedas. Y entró con ella en la tienda el olor balsámico de todos los jardines.

Luego me dijo: "¡Sí así es, ya Abu'l Hassán, cuéntame quinientos dinares!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y tras de hacer pesar los quinientos dinares, se los di. Y los tomó y se marchó. Y esto fué todo. Y como la víspera, continué sintiéndome prisionero de sus encantos y cautivo de su belleza. Y sin saber qué sortilegio era el que me había dejado sin pensamiento ni raciocinio, no pude determinarme a tomar un partido o a hacer un esfuerzo que me sacara del estado de embrutecimiento en que me hallaba sumido.

Pero al día siguiente, estando yo más pálido e inactivo que nunca, apareció ante mí ella, con sus largos cabellos de llama y de tinieblas y su sonrisa enloquecedora. Y sin pronunciar una palabra aquella vez, puso el dedo en un tapete de terciopelo del que pendían joyas inestimables, y se limitó a acentuar su sonrisa ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 817ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 817ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Sin pronunciar una palabra aquella vez, puso el dedo en un tapete de terciopelo del que pendían joyas inestimables, y se limitó a acentuar su sonrisa. Y al instante ¡oh Emir de los Creyentes! aparté el tapete de terciopelo, lo doblé con todo lo que contenía, y se lo entregué a la hechicera, que lo cogió y se marchó sin más ni más.

Pero al verla desaparecer aquella vez, no pude determinarme a seguir inmóvil, y sobreponiéndome a mi timidez, que me hacía temer una afrenta semejante a la que había sufrido mi contable, me levanté y seguí sus huellas. Y caminando de tal suerte tras ella, llegué a orillas del Tigris, donde la vi embarcarse en un barquito que, con remos rápidos, ganó el palacio de mármol del Emir de los Creyentes Al-Motawakkil, abuelo tuyo, ¡oh mi señor! Y al ver aquello, llegué al límite de la inquietud y pensé para mi ánima: "¡Hete aquí ahora, ya Abu'l Hassán, metido en aventuras y llevado en el molino de la complicación!"

Y a pesar mío, medité en esta frase del poeta:

¡Ten cuidado y examina bien el brazo blanco y dulce de la bienamada, el cual te parece más blando, para apoyar en él tu frente, que el plumón de los cisnes!

Y permanecí pensativo mucho rato, mirando sin verla el agua del río, y toda mi vida, pasada sin tropiezos y tan dulcemente monótona, desfiló ante mis ojos, siguiendo la corriente de aquella agua, en barcas sucesivas y semejantes todas. Y de pronto reapareció ante mis ojos la barca colgada de púrpura que la joven hubo de utilizar y que entonces estaba amarrada al pie de la escalera de mármol y sin remeros. Y exclamé: "¡Por Alah! ¿no te da vergüenza de tu vida somnolienta, ya Abu'l Hassán? ¿Y cómo te atreves a vacilar entre esa pobre vida y la vida ardiente que llevan los que no temen la complicación? Por lo visto, no conoces esta otra frase del poeta:

¡Levántate, amigo, y sacude tu modorra! ¡La rosa de la dicha no florece en el sueño! ¡No dejes pasar sin quemarlos los instantes de esta vida! ¡Siglos tendrás para dormir!

Y reconfortado con estos versos y con el recuerdo de la emocionante joven, entonces, que ya sabía donde habitaba, resolví no perdonar nada para llegar hasta ella. Y alimentando este proyecto, fui a casa y entré en el aposento de mi madre, que me quería con toda su ternura, y sin ocultarle nada le conté lo que acaecía en mi vida. Y mi madre, asustada, me estrechó contra su corazón y me dijo: "¡Alah te resguarde ¡oh hijo mío! y preserve tu alma de la complicación! ¡Ah! hijo mío Abu'l Hassán, único lazo que me une a la vida, ¿en dónde vas a comprometer tu reposo y el mío? Si esa joven habita en el palacio del Emir de los Creyentes, ¿cómo te obstinas en querer encontrártela de nuevo? ¿No ves el abismo a que corres al atreverte a dirigirte, aunque no sea más que con el pensamiento, a la morada de nuestro señor el califa? ¡Oh hijo mío! ¡por los nueve meses durante los cuales incubé tu vida, te suplico que abandones el proyecto de volver a ver a esa desconocida y no dejes que en tu corazón se imprima una pasión funesta!" Y contesté, procurando tranquilizarla: "¡Oh madre mía! apacigua tu alma cara y refresca tus ojos. No sucederá nada que no debe suceder. Y lo que está escrito ha de ocurrir. ¡Y Alah es el más grande!"

Y al día siguiente, que había ido yo a mi tienda del zoco de los joyeros recibí la visita del representante mío que estaba al frente de los negocios de mi tienda del zoco de los drogueros. Y era un hombre de edad, en quien mi difunto padre tenía una confianza ilimitada y a quien consultaba todos los asuntos difíciles o complicados. Y después de las zalemas y deseos de rigor, me dijo: "¡Ya sidi! ¿a qué obedece esa mudanza que veo en tu fisonomía y esa palidez y ese aire preocupado? ¡Alah nos preserve de malos negocios y de clientes de mala fe! ¡Pero sea cual sea la desgracia que haya podido sobrevenirte, no es irremediable, puesto que estás con buena salud!" Y le dije: "No, por Alah ¡oh venerable tío! que no tengo malos negocios ni soy víctima de la mala fe de otro. Pero mi vida ha cambiado por completo de rumbo. Y ha entrado en mí la complicación al pasar una jovenzuela de catorce años".

Y le conté lo que me había sucedido, sin olvidar un detalle. Y le describí, como si se encontrase allí ella, a la arrebatadora de mi corazón.

Y tras de haber reflexionado un momento, me dijo el venerable jeique: "Ciertamente, el asunto es complicado. Pero no está por encima de la experiencia de tu viejo esclavo, ¡oh mi señor! En efecto, entre mis conocimientos tengo a un hombre que se aloja en el propio palacio del califa Al-Motawakkil, pues se trata del sastre de los funcionarios y de los eunucos. Por tanto, voy a presentarte a él; y le encargarás algún trabajo, remunerándoselo espléndidamente. ¡Y te será él de gran utilidad entonces!" Y sin tardanza me condujo al palacio y entró conmigo a ver al sastre, que nos recibió con afabilidad. Y para inaugurar mis pedidos de ropa, le enseñé uno de mis bolsillos, que en el camino había tenido cuidado de descoser, y le rogué que me lo recosiera con urgencia. Y el sastre lo hizo de buen grado. Y para remunerar su trabajo, le deslicé en la mano diez dinares de oro, excusándome por lo poco que era y prometiéndole indemnizarle espléndidamente al segundo pedido. Y el sastre no supo qué pensar de mi manera de conducirme; pero mirándome con estupefacción, me dijo: "¡Oh mi señor! vistes como un mercader y estás lejos de tener sus modales. Por lo general, un mercader repara en gastos y no saca un dracma sin estar seguro de ganar diez. ¡Y tú, por una labor insignificante, me das el precio de un traje de emir!"

Luego añadió: "¡Sólo los enamorados son tan magníficos! ¡Por Alah sobre ti!, ¡oh mi señor! ¿acaso estás enamorado?" Yo contesté, bajando los ojos: "¿Cómo no estarlo después de haber visto lo que he visto?" El me preguntó: "¿Y quién es el objeto de tus tormentos? ¿Es un cervatillo o una gacela?" Yo contesté: "¡Una gacela!" El me dijo: "Está bien. ¡Aquí me tienes dispuesto, ¡oh mi señor! a servirte de guía, si su morada es este palacio, ya que se trata de una gacela, y aquí se encuentran las más hermosas variedades de esa especie!" Yo dije: "¡Sí, aquí es donde habita!" El dijo: "¿Y cuál es su nombre?" Yo dije: "¡Sólo Alah le conoce, y tú mismo quizá!" El dijo: "Descríbemela entonces". Y se la describí lo mejor que pude, y exclamó él: "¡Por Alah, que es nuestra señora Sarta-de-Perlas, la tañedora de laúd del Emir de los Creyentes Al-Motawakkil Ala'llah! Y añadió: "He aquí precisamente a su pequeño eunuco, que se dirige hacia nosotros. ¡No dejes escapar la ocasión de sobornarle ¡oh mi señor! para que te sirva de introductor ante su señora Sarta-de-Perlas!"

Y, efectivamente, ¡oh Emir de los Creyentes! vi entrar en el taller del sastre a un esclavito blanco, tan hermoso como la luna del mes de Ramadán. Y después de saludarnos con amabilidad, dijo al sastre, indicándole una pequeña túnica de brocato: "¿Cuánto cuesta esta túnica de brocato, ¡oh jeique Alí!? ¡Precisamente tengo necesidad de ella para acompañar a mi ama Sarta-de-Perlas!" Y al punto descolgué yo la túnica del sitio en que estaba, y se la entregué, diciendo: "¡Está pagada, y te pertenece!"

El niño me miró sonriendo de soslayo, igual que su ama, y me dijo cogiéndome de la mano y llevándome aparte: "Sin duda alguna eres Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani". Y en el límite del asombro, al ver yo tanta sagacidad en un niño y al oír que me llamaba por mi nombre, le puse en el dedo un anillo de precio, que hube de quitarme, y contesté: "Verdad dices, ¡oh encantador jovenzuelo! Pero ¿quién te ha revelado mi nombre?" El dijo: "Por Alah, ¿cómo no he de saberlo, cuando mi ama lo pronuncia tantas veces al día delante de mí todo el tiempo que lleva enamorada de Abu'l Hassán Alí el magnífico señor? ¡Por los méritos del Profeta (¡con El las gracias y las bendiciones!), que si estás tan enamorado de mi ama como ella lo está de ti, me encontrarás dispuesto a secundarte para llegar hasta ella!"

Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! juré al niño, con los juramentos más sagrados, que estaba perdidamente enamorado de su señora, y que sin duda moriría como no la viera en seguida...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 818ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 818ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! juré al niño, con los juramentos más sagrados, que estaba perdidamente enamorado de su señora, y que sin duda moriría como no la viera en seguida. Y el niño eunuco me dijo: "Ya que así es, ¡oh mi señor Abu'l Hassán! te pertenezco en absoluto. ¡Y no quiero tardar más en ayudarte a tener una entrevista con mi señora!" Y me dejó, diciéndome: "¡Vuelvo al instante!"

Y en efecto, no tardó en volver a casa del sastre en busca mía. Y llevaba un paquete, que desenvolvió; e hizo salir de él una túnica de lino bordada de oro fino y un manto, que era uno de los mantos del propio califa, como pude observar por las señales que lo distinguían y por el nombre inscrito en la trama con letras de oro, y que era el nombre de Al-Motawakkil Ala'llah. Y me dijo el pequeño eunuco: "Te traigo ¡oh mi señor Abu'l Hassán, la ropa con que se viste el califa cuando va por la noche al harén!" Y me obligó a ponérmela, y me dijo: "Una vez que hayas llegado a la larga galería interior, en que están los aposentos reservados de las favoritas, tendrás mucho cuidado, al pasar, de ir cogiendo granos de almizcle del pomo que aquí ves, y de ir dejando uno a la puerta de cada aposento, pues el califa acostumbra a hacer eso todas las noches cuando atraviesa la galería del harén. ¡Y una vez que hayas llegado a la puerta que tiene el umbral de mármol azul, la abrirás sin llamar, y te encontrarás en los brazos de mi señora!" Luego añadió: "¡Respecto a tu salida de allí después de la entrevista, Alah proveerá!"

Tras de darme estas instrucciones, me dejó, deseándome buena suerte, y desapareció.

Entonces yo, ¡oh mi señor! aunque no estaba acostumbrado a aquella clase de aventuras y se trataba de mi entrada en la complicación, no vacilé en vestirme con la ropa del califa, y como si toda mi vida hubiese habitado en el palacio y hubiese nacido allí, me puse en marcha resueltamente, atravesando patios y columnatas, y llegué a la galería de los aposentos reservados para el harén. Y al punto saqué de mi bolsillo el pomo que contenía los granos de almizcle, y conforme a las instrucciones del eunuco, al llegar a la puerta de cada favorita no dejé de echar un grano de almizcle en el platillo de porcelana que estaba allí a ese efecto. Y de tal suerte llegué a la puerta que tenía el umbral de mármol azul. Y ya me disponía a empujarla para penetrar por fin en el aposento de la tan deseada, felicitándome de que hasta entonces no me hubiera reconocido nadie, cuando de pronto oí un rumor muy pronunciado, y en el mismo momento me sorprendió la claridad de gran número de antorchas. Y he aquí que llegaba el califa Al-Motawakkil en persona, rodeado de la muchedumbre de sus cortesanos y de su séquito habitual. Y sólo tuve tiempo para volver sobre mis pasos, sintiendo que el corazón se me sobresaltaba de emoción. Y mientras huía por la galería, oía las voces de las favoritas, que desde dentro lanzaban exclamaciones, diciendo: "¡Por Alah, qué cosa tan asombrosa! He aquí que el Emir de los Creyentes pasa hoy por la galería por segunda vez. El fué sin duda quien pasó hace un momento, echando en la salvilla de cada cual el grano de almizcle acostumbrado. ¡Y además le hemos reconocido por el perfume de su ropa!"

Y continué huyendo desatentadamente; pero hube de pararme, no pudiendo avanzar más por la galería sin peligro de descubrirme. Y oía siempre el rumor de la escolta, y veía acercarse las antorchas. Entonces, sin querer ser sorprendido en aquella situación y con aquel disfraz, empujé la primera puerta que se ofreció a mi mano, y me precipité dentro, olvidando que iba disfrazado de califa y todo lo consiguiente. Y me hallé en presencia de una joven de rasgados ojos asustados, que, levantándose sobresaltada de la alfombra en que estaba tendida, lanzó un grito estridente de terror y de confusión, y con rápido ademán se levantó la orla de su traje de muselina y se cubrió con ella el rostro y los cabellos.

Y ante ella me quedé muy embobado, muy perplejo y deseando con el alma, para escapar a aquella situación, que se abriese la tierra a mis pies y me tragase. ¡Ah! en verdad que lo deseaba ardientemente, y además maldecía la confianza inmoderada que tuve en aquel eunuco de perdición, quien, a no dudar, iba a ser la causa de mi muerte por ahogo o por empalamiento. Y conteniendo la respiración, esperaba ver salir de labios de aquella joven espantada los gritos de alarma que harían de mí un motivo de lástima y un ejemplo del castigo reservado a los aficionados a las complicaciones.

Y he aquí que tras la orla de muselina se movieron los labios jóvenes, y la voz que salía de allí era encantadora, y me decía: "¡Bienvenido seas a mi aposento, ¡oh Abu'1 Hassán! ya que eres el que ama a mi hermana Sarta-de-Perlas y es amado por ella!" Y al oír estas palabras inesperadas, ¡oh mi señor! me eché de bruces en tierra entre las manos de la joven, y le besé el borde de sus vestiduras y me cubrí la cabeza con su velo protector. Y me dijo ella: "¡Bienvenida y larga vida a los hombres generosos, ya Abu'l Hassán! ¡Con tus procedimientos has superado a mi hermana Sarta-de-Perlas! ¡Y cuán ventajosamente saliste de las pruebas a que hubo de someterte ella! De modo que no cesa de hablarme de ti y de la pasión que has sabido inspirarle. Puedes, pues, bendecir tu destino, que te ha traído a mí, cuando hubiera podido conducirte a tu perdición, disfrazado como estás con esa ropa del califa. ¡Y puedes estar tranquilo a este respecto, porque voy a arreglarlo todo de manera que no suceda nada más que lo que está marcado con el sello de la prosperidad!"

Y sin saber cómo darle las gracias, continué besándole en silencio el borde de su túnica. Y añadió: ella: "Solamente, ya Abu'l Hassán, quisiera, antes de intervenir en interés tuyo, estar bien segura de tus intenciones con respecto a mi hermana. ¡Porque no conviene que haya equívocos acerca del particular!" Y contesté, alzando los brazos: "Alah te guarde y te conserve en el camino de la rectitud, ¡oh caritativa señora mía! ¡Por tu vida! ¿crees acaso que mis intenciones pudieran no ser puras y desinteresadas? No deseo, en efecto, más que una cosa, y es volver a ver a tu dichosa hermana Sarta-de-Perlas, sencillamente para que mis ojos se regocijen con su vista y mi lánguido corazón vuelva a la vida. ¡Sólo deseo eso y nada más! ¡Y pongo por testigo de mis palabras a Alah el Omnividente, que nada ignora de mis pensamientos!"

Entonces me dijo ella: "¡En ese caso, ya Abu'l Hassán, nada perdonaré para hacerte lograr el móvil lícito de tus deseos!"

Y tras de hablar así, dió una palmada, y dijo a una pequeña esclava que acudió a aquella señal: "Ve en busca de tu ama Sarta-de-Perlas, y dile: «Tu hermana Pasta-de-Almendras te envía la zalema y te ruega que vayas a verla sin tardanza, pues se siente esta noche con el pecho oprimido, y sólo tu presencia podrá dilatárselo. ¡Y además, entre tú y ella hay un secreto! "

Y la esclava salió inmediatamente a ejecutar la orden.

A los pocos momentos ¡oh mi señor! la vi entrar con su belleza, en la plenitud de su gracia. E iba envuelta en un velo grande de seda azul por todo vestido; y tenía los pies descalzos y los cabellos sueltos.

Y he aquí que en un principio no me vió, y dijo a su hermana Pasta-de-Almendras: "Aquí me tienes, querida mía. Salgo del hammam y todavía no he podido vestirme. ¡Pero dime pronto qué secreto hay entre tú y yo!"

Y por toda respuesta mi protectora me mostró con el dedo a Sarta-de-Perlas, haciéndome seña de que me aproximara. Y salí de la sombra en que permanecía.

Al verme, mi bienamada no manifestó vergüenza ni azoramiento, sino que fué a mí, blanca y temblorosa, y se arrojó en mis brazos como un niño en los brazos de su madre. Y creí tener contra mi corazón a todas las huríes del Paraíso. Y no sabía ¡oh mi señor! si era ella un rollo de manteca o una pasta de almendras, de tan tierna y frágil como la sentía por doquiera. ¡Bendito sea Quien la ha formado! Mis brazos no osaban oprimir aquel cuerpo infantil. Y al besarla entró en mí una nueva vida de cien años.

Y así permanecimos enlazados no sé cuánto tiempo. Pues creo que debí caer en el éxtasis o en algo parecido . . .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 819ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 819ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y así permanecimos enlazados no sé cuánto tiempo. Pues creo que debí caer en el éxtasis o en algo parecido.

Pero cuando volví a la realidad un poco, iba a contarle todo lo que había sufrido, y he aquí que oímos en la galería un rumor creciente. Y era el propio califa, que iba a ver a su favorita Pasta-de-Almendras, hermana de Sarta-de-Perlas. Y sólo tuve tiempo para levantarme y meterme en un cofre grande, que cerraron ellas encima de mí como si no hubiese pasado nada.

Y tu abuelo el califa Al-Motawakkil ¡oh mi señor! entró en el aposento de su favorita, y advirtiendo a Sarta-de-Perlas, le dijo:

"Por vida mía, ¡oh Sarta-de-Perlas! que me alegro de encontrarte hoy con tu hermana Pasta-de-Almendras. ¿Dónde estabas estos últimos días, que no te veía yo por ninguna parte en el palacio ni oía tu voz que tanto me gusta?" Y añadió, sin aguardar respuesta: "¡Coge ya el laúd que tienes abandonado y cántame una cosa apasionada, acompañándote con él!"

Y a Sarta-de-Perlas, que sabía que el califa estaba en extremo enamorado de una joven esclava llamada Benga, no le costó trabajo dar con la canción requerida; porque, como ella misma estaba enamorada, dejóse llevar sencillamente de sus sentimientos, y afinando su laúd, se inclinó ante el califa y cantó:

¡El bienamado a quien amo -¡ah! ¡ah!
Con su mejilla aterciopelada- ¡oh noche!
Supera en dulzura -¡oh los ojos!
¡A la mejilla lavada de las rosas!- ¡oh noche!
¡El bienamado a quien amo! -¡ah! ¡ah!
Es un lozano jovenzuelo -¡oh noche!
Cuya amorosa mirada ¡ah! ¡ah!
Habría hechizado - ¡oh los ojos!
A los reyes de Babilonia! -¡oh noche!
¡Y tal es- ¡ah! ¡ah!
El bienamado a quien amo!

Cuando el califa Al-Motawakkil hubo oído este canto, quedó extremadamente emocionado, y encarándose con Sarta-de-Perlas, le dijo: "¡Oh joven bendita! ¡oh boca de ruiseñor! para darte una prueba de mi satisfacción, quiero que me formules un deseo. ¡Y por los merecimientos de mis gloriosos antecesores, los beneméritos, te juro que aun la mitad de mi reino te concederé!"

Sarta-de-Perlas contestó, bajando los ojos: "¡Alah prolongue la vida de nuestro señor! ¡pero no deseo nada más que la continuación de la gracia del Emir de los Creyentes sobre mi cabeza y la de mi hermana Pasta-de-Almendras!" Y dijo el califa: "¡Es preciso, Sarta-de-Perlas, que me pidas algo!" Entonces ella dijo: "¡Puesto que me lo ordena nuestro amo, he de pedirle que me liberte y me deje, por toda hacienda, los muebles de este aposento y cuanto contiene este aposento!" Y le dijo el califa: "Dueña de ello eres, ¡oh Sarta-de-Perlas! Y tu hermana Pasta-de-Almendras tendrá por aposento en lo sucesivo el pabellón más hermoso de palacio. ¡Y como eres libre, puedes quedarte o marcharte!" Y levantándose, salió del cuarto de su favorita para ir en busca de la joven Benga, favorita del momento.

En cuanto se marchó él, mi amiga mandó a su eunuco que avisase a los mandaderos y cargadores, e hizo transportar a mi casa todos los muebles del aposento, las tapicerías, los cofres y las alfombras. Y el cofre en que yo estaba encerrado salió el primero, a hombros de los mozos, y gracias a la Seguridad, llegó sin contratiempos a mi casa. Y aquel mismo día ¡oh Emir de los Creyentes! me casé ante Alah con Sarta-de-Perlas, en presencia del kadí y de los testigos. ¡Y lo demás pertenece al misterio de la fe musulmana!

Y tal es ¡oh mi señor! la historia de estos muebles, de estas tapicerías y de estas ropas marcadas con el nombre de tu glorioso abuelo el califa Al-Motawakkil Ala'llah. Y -¡lo juro por mi cabeza!- no he añadido a esta historia una sílaba, ni la he disminuido en una sílaba. ¡Y el Emir de los Creyentes es la fuente de toda generosidad y la mina de todos los beneficios!"

Y tras de hablar así Abu'l Hassán se calló. Y el califa Al-Motazid Bi'llah exclamó: "¡Tu lengua ha segregado la elocuencia ¡oh huésped nuestro! y tu historia es una historia maravillosa! ¡Así, pues, para demostrarte la alegría que experimento, te ruego que me traigas un cálamo y una hoja de papel!" Y cuando Abu'l Hassán llevó el cálamo y el papel, el califa se los entregó al narrador Ibn-Hamdún, y le dijo: "¡Escribe lo que yo te dicte!"

Y le dictó: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! Por este firmán, firmado de nuestro puño y sellado con nuestro sello, eximimos de impuestos durante toda su vida a nuestro fiel súbdito Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani. ¡Y le nombramos nuestro principal chambelán!" Y después de sellar el firmán, se lo entregó, y añadió: "¡Y desearé verte en mi palacio como fiel comensal y amigo mío!"

Y desde entonces Abu'l Hassán fué el compañero inseparable del califa Al-Motazid Bi'llah. Y vivieron todos entre delicias, hasta la inevitable separación que hace habitar las tumbas a los mismos que habitaban los palacios más hermosos. ¡Gloria al Altísimo que habita un palacio por encima de todos los niveles!

Y tras de contar así su historia, Schehrazada no quiso dejar pasar aquella noche sin empezar la HISTORIA DE LAS DOS VIDAS DEL SULTÁN MAHMUD.


LAS DOS VIDAS DEL SULTAN MAHMUD[editar]

Schehrazada dijo al rey Schahriar:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el sultán Mahmud, que fué uno de los más cuerdos y de los más gloriosos entre los sultanes de Egipto, con frecuencia se sentaba solo en su palacio, presa de accesos de tristeza sin causa, durante los cuales el mundo entero se ennegrecía ante su rostro. Y en aquellos momentos la vida le parecía llena de insulsez y desprovista de toda significación. Y sin embargo, no le faltaba ninguna de las cosas que hacen la dicha de las criaturas; porque Alah le había otorgado sin tasa la salud, la juventud, el poderío y la gloria, y para capital de su imperio le había dado la ciudad más deliciosa del Universo, la cual, para regocijar el alma y los sentidos, tenía la hermosura de su tierra, la hermosura de su cielo y la hermosura de sus mujeres, doradas como las aguas del Nilo. Pero todo eso se borraba a los ojos de él durante sus reales tristezas; y envidiaba entonces la de los felahs encorvados sobre los surcos de la tierra, y la de los nómadas perdidos en los desiertos sin agua.

Un día en que, con los ojos anegados en la negrura de sus preocupaciones, se hallaba sumido en un abatimiento más acentuado que de ordinario, rehusando comer, beber y ocuparse de los asuntos del reino y sin desear más que morir, el gran visir entró en la estancia en que el soberano estaba echado con la cabeza entre las manos, y después de los homenajes debidos, le dijo: "¡Oh mi amo soberano! a la puerta se halla, en solicitud de audiencia, un viejo jeique venido de los países del extremo Occidente, del fondo del Maghreb lejano. Y a juzgar por la conversación que tuve con él y por las escasas palabras que de su boca oí, sin duda es el sabio más prodigioso, el médico más extraordinario y el mago más asombroso que ha vivido entre los hombres. ¡Y como sé que mi soberano es presa de la tristeza y del abatimiento, quisiera que ese jeique obtuviese permiso para entrar, con la esperanza de que su proximidad contribuya a ahuyentar los pensamientos que pesan sobre las visiones de nuestro rey".

El sultán Mahmud hizo con la cabeza una seña de asentimiento, y al punto el gran visir introdujo en la sala del trono al jeique extranjero ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 820ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 820ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... y al punto el gran visir introdujo en la sala del trono al jeique extranjero.

Y en verdad que el hombre que entró más bien era la sombra de un hombre que una criatura viva entre las criaturas. Y suponiendo que se le pudiese echar una edad, habría que calcularla por centenares de años. Por todo vestido flotaba sobre su grave desnudez una barba prodigiosa, mientras un ancho cinturón de cuero blando ceñía su cintura apergaminada. Y se le habría tomado por algún antiquísimo cuerpo semejante a los que a veces extraen de las sepulturas graníticas los labradores de Egipto, si no le ardiesen en la faz, por debajo de sus cejas terribles, dos ojos en que vivía la inteligencia.

Y el puro anciano, sin inclinarse ante el sultán, dijo con una voz sorda que nada tenía de voz de la tierra: "¡La paz sea contigo, sultán Mahmud! Me envían a ti mis hermanos los santones del extremo Occidente. ¡Vengo a que te des cuenta de los beneficios del Retribuidor sobre tu cabeza!" Y sin hacer un gesto, avanzó hacia el rey con un paso solemne, y cogiéndole de la mano lo obligó a levantarse y a acompañarle hasta una de las ventanas de las salas del trono.

Aquella sala del trono tenía ventanas, y cada una de las tales ventanas tenía distinta orientación. Y el viejo jeique dijo al sultán: "¡Abre la ventana!" Y el sultán obedeció como un niño, y abrió la primera ventana. Y el viejo jeique le dijo sencillamente: "¡Mira!"

Y el sultán Mahmud sacó la cabeza por la ventana y vió un inmenso ejército de jinetes que, con la espada desenvainada; se precipitaban a toda brida desde las alturas de la ciudadela del monte Makattam. Y las primeras columnas de aquel ejército, que ya había llegado al pie mismo del palacio, echaron pie a tierra y empezaron a escalar las murallas, lanzando clamores de guerra y de muerte. Y al ver aquello comprendió el sultán que sus tropas se habían amotinado e iban a destronarle. Y cambiando de color exclamó: "¡No hay más Dios que Alah! ¡Ha llegado la hora de mi destino!"

Al punto cerró el jeique la ventana, pero para abrirla de nuevo por sí mismo un instante después. Y había desaparecido todo el ejército. Y sólo la ciudadela se elevaba pacíficamente en lontananza, agujereando con sus minaretes el cielo de mediodía.

Entonces, sin dar al rey tiempo para reponerse de su profunda emoción, le condujo a la segunda ventana, desde la cual se avizoraba la ciudad inmensa, y le dijo: "¡Abre y mira!" Y el sultán Mahmud abrió la ventana, y el espectáculo que se ofreció a su vista le hizo retroceder con horror. Los cuatrocientos minaretes que dominaban las mezquitas, las cúpulas de las mezquitas, los domos de los palacios y las terrazas que se extendían por millares hasta los confines del horizonte, no eran más que un brasero humeante y llameante, del cual partían, para desplegarse en la región media del aire, nubes negras que cegaban el ojo del sol entre aullidos de espanto. Y un viento salvaje impulsaba llamas y cenizas hacia el propio palacio, que en seguida se encontró envuelto por un mar de fuego, del que no estaba separado más que por el fresco cendal de sus jardines. Y en el límite del dolor, al ver aniquilada su hermosa ciudad, el sultán dejó caer sus brazos, y exclamó: "¡Sólo Alah es grande! ¡Las cosas tienen su destino, como todas las criaturas! ¡Mañana el desierto se reunirá con el desierto a través de las llanuras sin nombre de una tierra que fué ilustre entre todas. ¡Gloria al único Viviente!" Y lloró por su ciudad y por sí mismo. Pero el jeique cerró al punto la ventana, y la abrió de nuevo al cabo de un instante. Y había desaparecido toda huella de incendio. Y la ciudad de El Cairo se extendía en su gloria intacta, en medio de sus vergeles y de sus palmeras, mientras las cuatrocientas voces de los muezines anunciaban a los creyentes la hora de la plegaria y se confundían en una misma ascensión hacia el Señor del Universo.

Y al punto el jeique, llevándose al rey, le condujo a la tercera ventana, que daba sobre el Nilo, y le hizo abrirla. Y el sultán Mahmud vió que el río se salía de cauce y sus olas invadían la ciudad, y anegando en seguida las terrazas más altas, iban a estrellarse con furia contra las murallas del palacio. Y una ola más fuerte que las anteriores derribó de una vez todos los obstáculos que se oponían a su paso y fué a meterse en el piso inferior del palacio. Y el edificio, desmoronándose como un terrón de azúcar en el agua, se hundió por un lado, y estaba ya casi derruido, cuando el jeique cerró de pronto la ventana y la abrió de nuevo. Y fué como si no hubiese habido la menor crecida. Y el hermoso río continuaba paseándose con majestad, como antes, entre los infinitos campos de pastos y durmiendo en su lecho.

Y el jeique hizo que abriera el rey la cuarta ventana, sin darle tiempo para reponerse de su sorpresa. Esta cuarta ventana tenía vistas a la admirable llanura verdeante que se extiende a las puertas de la ciudad hasta perderse de vista, llena de aguas corrientes y de sus rebaños lucidos; la que han cantado todos los poetas desde Omar; donde los plantíos de rosas, de albahacas, de narcisos y de jazmines alternaban con bosquecillos de naranjos; donde en los árboles habitan tórtolas y ruiseñores a los que sumen en delirio plantas amorosas; donde la tierra es tan fértil y está tan adornada como en los antiguos jardines del Iram-de-las-Columnas, y tan embalsamada como las praderas del Edén. Y en vez de prados y bosques de árboles frutales, el sultán Mahmud no vió más que un horrible desierto rojo y blanco, abrasado por un sol inexorable, un desierto pedregoso y arenoso, que servía de refugio a hienas y chacales y de campo de acción a serpientes y alimañas dañinas. Y aquella siniestra visión no tardó en borrarse, como las anteriores, cuando el jeique, con su propia mano, hubo cerrado y vuelto a abrir la ventana. Y de nuevo la llanura se hizo magnífica y sonrió el cielo con todas las flores de sus jardines.

Eso fué todo, y el sultán Mahmud no sabía si dormía, si velaba o si estaba bajo la acción de algún sortilegio o alguna alucinación. Pero el jeique, sin dejarle que se calmara después de todas las violentas impresiones que acababa de experimentar, de nuevo le cogió de la mano, sin que el otro pensara siquiera en oponer la menor resistencia, y le condujo junto a un pequeño estanque que refrescaba la sala con su murmullo de agua. Y le dijo: "¡Inclínate sobre el estanque y mira!" Y el sultán Mahmud inclinóse sobre el estanque para mirar, y he aquí que, con un movimiento brusco, el jeique le metió la cabeza por entero en el agua.

Y el sultán Mahmud se vió naufragando al pie de una montaña que dominaba el mar. Y todavía, como en tiempos de su esplendor, estaba revestido de sus atributos reales con su corona a la cabeza. Y no lejos de allí le miraban unos felahs como a un objeto raro, y se le señalaban unos a otros, riéndose mucho. Y al ver aquello, el sultán Mahmud sintió un furor sin límites, más aún contra el jeique que contra los felahs, y exclamó: "¡Ah! ¡maldito mago, causante de mi naufragio! ¡ojalá me llevase Alah a mi reino para que yo te castigara con arreglo a tu crimen! ¿Por qué me engañaste tan cobardemente?" Luego, en un rapto, se acercó a los felahs y les dijo con tono solemne: "¡Soy el sultán Mahmud! ¡Idos!" Pero ellos continuaron riéndose con las bocas abiertas hasta las orejas. ¡Ah, qué bocas! ¡eran grutas! ¡eran grutas! Y para evitar que le tragasen vivo, quiso huir; pero el que parecía jefe de los felahs se acercó a él, le quitó su corona y sus atributos y los arrojó al mar, diciendo: "¡Oh pobre! ¿para qué llevas encima tanto hierro? ¡Hace mucho calor para cubrirse de ese modo! Toma, ¡oh pobre! ¡Aquí tienes vestidos como los nuestros!" Y desnudándole, le puso un traje de cotonada azul, le metió los pies en un par de babuchas viejas, amarillas, con suela de cuero de hipopótamo, y le puso a la cabeza un gorrito de fieltro color castaño claro. Y le dijo: "¡Vamos, ¡oh pobre! ven a trabajar con nosotros, si no quieres morirte de hambre aquí donde trabaja todo el mundo!" Pero dijo el sultán Mahmud: "¡Yo no sé trabajar!" Y el felah le dijo: "¡En ese caso, nos servirás de mozo de carga y de burro a la vez...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 821ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 821ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... nos servirás de mozo de carga y de burro a la vez!" Y como ya habían acabado su jornada de trabajo, les pareció muy bien cargar una espalda ajena con el peso de sus herramientas de labor. Y el sultán Mahmud, doblado bajo la carga de azadas, rastrillos, azadones y mielgas, y sin poder arrastrarse apenas, se vió obligado a seguir a los felahs. Y cansado y sin poder respirar casi, llegó con ellos al pueblo, donde fué víctima de las persecuciones de los chicos, que corrían desnudos detrás de él, haciéndole sufrir mil vejaciones. Y para que pasase la noche, le metieron en una cuadra abandonada, donde le echaron, para que comiera, un pan duro y una cebolla. Y al día siguiente se había convertido en burro de verdad, en burro con cola, cascos y orejas. Y le echaron una cuerda al pescuezo, y le pusieron una albarda al lomo y se lo llevaron al campo para que arrastrase el arado. Pero como se mostraba reacio, le confiaron al molinero del pueblo, que en seguida le hizo ponerse en razón, obligándole a dar vueltas a la rueda del molino después de vendarle los ojos. Y estuvo cinco años dando vueltas a la rueda del molino, sin descansar más que el tiempo preciso para comerse su ración de habas y beberse un cubo de agua. Y fueron cinco años de palos, de aguijonazos, de injurias humillantes y de privaciones. Y ya no le quedaba más consuelo y alivio que la serie de cuescos que desde por la mañana hasta por la noche soltaba en respuesta a las injurias, dando vueltas al molino. Y he aquí que de repente se derrumbó el molino, y de nuevo se vió él bajo su prístina forma de hombre y no de burro. Y se paseaba por lo zocos de una ciudad que no conocía; y no sabía adónde ir. Y como ya estaba cansado de andar, buscaba con la vista un sitio en que descansar, cuando un mercader viejo, que por su aspecto comprendió que era extranjero, le invitó cortésmente a entrar en su tienda. Y al ver que estaba fatigado, le hizo sentarse en un banco, y le dijo: "¡Oh extranjero! eres joven y no serás desgraciado en nuestra ciudad, donde los jóvenes son muy apreciados y muy buscados, sobre todo cuando son buenos mozos, como tú. Dime, pues, si estás dispuesto a habitar en nuestra ciudad, cuyas costumbres son muy favorables a los extranjeros que quieren establecerse en ella". Y contestó el sultán Mahmud: "¡Por Alah, que no pido nada mejor que vivir aquí, con tal de que encuentre otra cosa de comer que las habas con que me he alimentado durante cinco años!" Y el viejo mercader le dijo: "¿Qué hablas de habas, ¡oh pobre!? ¡Aquí te alimentarás con cosas exquisitas y reconfortantes para la tarea que tienes que cumplir! ¡Escúchame, pues, con atención, y sigue el consejo que voy a darte!"

Y añadió: "Date prisa a ir a apostarte a la puerta del hammam de la ciudad, que está ahí, a la vuelta de la calle. Y abordando a cada mujer que salga, le preguntarás si tiene marido. ¡Y la que te diga que no lo tiene será tu esposa en el momento, según la costumbre del país! ¡Y sobre todo, ten mucho cuidado de hacer la pregunta a todas las mujeres sin excepción que veas salir del hammam, pues de no hacerlo así correrías el peligro de que te expulsaran de nuestra ciudad!" Y el sultán Mahmud fué a apostarse a la puerta del hammam, y no llevaba mucho rato allí, cuando vió salir a una espléndida jovenzuela de trece años. Y al verla, pensó: "¡Por Alah, que con ésta me consolaría bien de todas mis desdichas!" Y la paró y le dijo: "¡Oh mi señora! ¿eres casada o soltera?" Ella contestó: "Soy casada desde el año pasado". Y he aquí que salía del hammam una vieja de fealdad espantosa. Y a su vista se estremeció de horror el sultán Mahmud, y pensó: "¡Ciertamente, prefiero morir de hambre y volver a ser burro o mozo de carga antes que casarme con esa antigualla! ¡Pero ya que el viejo mercader me ha dicho que haga la pregunta a todas las mujeres, tendré que decidirme a interrogarla a la calamitosa!" Y la abordó y le dijo, volviendo la cabeza: "¿Eres casada o soltera?" Y la espantosa vieja contestó babeando: "Soy casada, ¡oh corazón mío!" ¡Ah! ¡qué peso se quitó él de encima! Y dijo: "Me alegro tanto, ¡oh tía mía!" Y pensó: "¡Alah tenga en Su misericordia al desgraciado extranjero que me ha precedido!" Y la vieja continuó su camino, y he aquí que salió del hammam una estantigua mucho más desagradable que la anterior y mucho más horrible. Y el sultán Mahmud se acercó a ella temblando, y le preguntó: "¿Eres casada o soltera?" Y contestó ella, sonándose con los dedos: "Soy soltera, ¡oh ojos míos!" Y el sultán Mahmud exclamó: "¡Vaya, vaya! pues yo soy un burro, ¡oh tía mía! soy un burro. ¡Mírame las orejas, y la cola, y el zib! Son las orejas, y la cola, y el zib de un burro. ¡Las personas no se casan con los burros!"

Pero la horrible vieja se acercó a él y quiso besarle. Y el sultán Mahmud, en el límite de la repugnancia y del terror, se puso a gritar: "¡No, no, que soy un burro, ya setti, que soy un burro! ¡Por favor, no te cases conmigo, que soy un pobre burro de molino! ¡Ay, ay!" Y haciendo un esfuerzo sobrehumano, sacó la cabeza del estanque.

Y el sultán Mahmud se vió en medio de la sala del trono de su palacio, con su gran visir a la derecha y el jeique extranjero a la izquierda. Y una de sus favoritas le presentaba en una bandeja de oro una copa de sorbete que había pedido algunos instantes antes de la entrada del jeique. ¡Vaya, vaya! ¿conque seguía siendo sultán? ¿conque seguía siendo sultán? ¡Y no podía llegar a creer semejante prodigio! Y se puso a mirar a su alrededor, palpándose y restregándose los ojos. ¡Vaya, vaya! Era hermoso y era el sultán, el propio sultán Mahmud, y no el pobre náufrago, ni el mozo de carga, ni el burro del molino, ni el esposo de la formidable estantigua. ¡Ah! ¡por Alah, que era grato volver a encontrarse sultán después de aquellas tribulaciones! Y cuando abría la boca para pedir la explicación de fenómeno tan extraño, se elevó la voz sorda del puro anciano, que le decía:

"¡Sultán Mahmud, he venido a ti, enviado por mis hermanos los santones del extremo Occidente, para que te des cuenta de los beneficios que el Retribuidor ha hecho caer sobre tu cabeza!"

Y tras de hablar así, desapareció el jeique maghrebín, sin que se supiese si había salido por la puerta o si había volado por las ventanas. Y cuando se hubo calmado su emoción, el sultán Mahmud comprendió la lección que de su señor había recibido. Y comprendió que su vida era buena y que hubiese podido ser el más desgraciado de los hombres. Y comprendió que todas las desgracias que había entrevisto, bajo la mirada dominadora del anciano, hubiesen podido ser desgracias reales de su vida si el Destino lo hubiera querido. Y cayó de rodillas bañado en lágrimas. Y desde entonces ahuyentó de su corazón toda tristeza. Y viviendo en la dicha, repartió dicha en torno suyo. Y tal es la vida real del sultán Mahmud, y tal otra hubiese sido la vida que habría podido llevar a un sencillo cambio del Destino. ¡Porque Alah es el amo Todopoderoso!

Tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló. Y exclamó el rey Schahriar: "¡Qué enseñanza guarda para mí lo que contaste, ¡oh Schehrazada!"

Y la hija del visir sonrió, y dijo: "¡Pues esa enseñanza, ¡oh rey! no es nada en comparación de la que encierra EL TESORO SIN FONDO!" Y dijo Schahriar: "¡No sé cuál es ese tesoro, Schehrazada!"


EL TESORO SIN FONDO[editar]

Y dijo Schehrazada:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! ¡oh dotado de buenas maneras! que el califa Harún Al-Raschid que era el príncipe más generoso de su época y el más magnífico, a veces tenía la debilidad (¡sólo Alah no tiene debilidades!) de alardear, en la conversación, de que ningún hombre entre los vivos competía con él en generosidad y en mano abierta.

Y he aquí que un día, mientras él se alababa así de los dones que, en suma, no le había concedido el Retribuidor más que para que precisamente usase de ellos con generosidad, el gran visir Giafar alma delicada, no quiso que su señor continuara por más tiempo faltando al deber de la humildad para con Alah.

Y resolvió tomarse la libertad de abrirle los ojos.

Se prosternó, pues, entre sus manos, y después de besar por tres veces la tierra, le dijo:

"¡Oh Emir de los Creyentes! ¡oh corona de nuestras cabezas! perdona a tu esclavo si se atreve a alzar la voz en tu presencia para advertirte que la principal virtud del creyente es la humildad ante Alah, única cosa de que puede estar orgullosa la criatura. Porque todos los bienes de la tierra, y todos los dones del espíritu, y todas las cualidades del alma no son para el hombre más que un simple préstamo del Altísimo (¡exaltado sea!). Y el hombre no debe enorgullecerse de este préstamo más que el árbol por estar cargado de frutos o el mar por recibir las aguas del cielo.

¡En cuanto a las alabanzas que te merece tu munificencia, mejor es que dejes las hagan tus súbditos, que sin cesar dan gracias al cielo por haberles hecho nacer en tu imperio, y que no tienen otro gusto que pronunciar tu nombre con gratitud!"

Luego añadió: "¡Por otra parte!, oh mi señor no creas que eres el único a quien Alah ha cubierto con sus inestimables dones! Sabe, en efecto, que en la ciudad de Bassra hay un joven que, aunque es un simple particular vive con más fasto y magnificencia que los reyes más poderosos. ¡Se llama Abulcassem, y ningún príncipe en el mundo, incluso el Emir de los Creyentes mismo, le iguala en mano abierta y en generosidad...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 822ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 822ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"¡... Se llama Abulcassem, y ningún príncipe en el mundo, incluso el Emir de los Creyentes mismo, le iguala en mano abierta y en generosidad!"

Cuando el califa hubo oído estas últimas palabras de su visir, se sintió extremadamente despechado, y se puso muy colorado y se le inflamaron los ojos; y mirando a Giafar con altivez, le dijo: "¡Mal hayas!, ¡oh perro entre los visires! ¿cómo te atreves a mentir delante de tu señor, olvidando que semejante conducta acarreará tu muerte sin remedio?" Y contestó Giafar: "¡Por vida de tu cabeza, ¡oh Emir de los Creyentes! que las palabras que osé pronunciar en tu presencia son palabras de verdad! Y si he perdido todo crédito en tu ánimo, puedes comprobarlas y castigarme luego si te parece que son falsas. Por lo que a mí respecta, ¡oh mi señor! no temo afirmarte que en mi último viaje a Bassra he sido el huésped deslumbrado del joven Abulcassem. Y todavía no han olvidado mis ojos lo que han visto, mis oídos lo que han oído, y mi espíritu lo que le ha encantado. ¡Por eso, aun a riesgo de atraerme la desgracia de mi señor, no puedo menos de proclamar que Abulcassem es el hombre más magnífico de su tiempo!"

Y tras de hablar así, calló Giafar.

El califa, en el límite de la indignación, hizo seña al jefe de los guardias para que detuviese a Giafar. Y en el momento se ejecutó la orden. Y después de aquello, Al-Raschid salió de la sala, y sin saber cómo desahogar su cólera, fué al aposento de su esposa Sett Zobeida, que palideció de espanto al verle con el rostro de los días negros.

Y con las cejas contraídas y los ojos dilatados, Al-Raschid fué a echarse en el diván, sin pronunciar una palabra. Y Sett Zobeida, que sabía cómo abordarle en sus momentos de mal humor, se guardó mucho de importunarle con preguntas ociosas; pero tomando un aire de extremada inquietud, le llevó una copa llena de agua perfumada de rosa, y ofreciéndosela, le dijo:

"El nombre de Alah sobre ti, ¡oh hijo del tío! ¡Que esta bebida te refresque y te calme! La vida está formada de dos colores: blanco y negro. ¡Ojalá marque tus largos días sólo el blanco!"

Y dijo Al-Raschid: "¡Por el mérito de nuestros antecesores, los gloriosos, que marcará mi vida el negro, ¡oh hija del tío! Mientras vea delante de mis ojos al hijo del Barmecida, a ese Giafar de maldición, que se complace en criticar mis palabras, en comentar mis acciones y en dar preferencia sobre mí a oscuros particulares de entre mis súbditos!" Y enteró a su esposa de lo que acababa de pasar, y se quejó a ella de su visir en términos que le hicieron comprender que la cabeza de Giafar corría aquella vez el mayor peligro. Así es que al principio no dejó ella de abundar en el sentir de él, manifestando su indignación por ver que el visir se permitía tales libertades para con su soberano. Luego, muy hábilmente, le hizo ver que era preferible diferir el castigo sólo el tiempo preciso para enviar a Bassra a cualquiera que diese fe de la cosa.

Y añadió: "Entonces podrás asegurarte de la verdad o de la falsedad de lo que te ha contado Giafar y tratarle en consecuencia". Y Harún, a quien había calmado a medias el lenguaje lleno de cordura de su esposa, contestó: "Verdad dices, ¡oh Zobeida! Ciertamente, debo esa justicia a un hombre cual el hijo de Yahia. Y como no puedo tener una confianza absoluta en la relación que me haga quien envíe a Bassra, quiero ir yo mismo a esa ciudad para comprobar la cosa. Y entablaré conocimiento con ese Abulcassem. Y te juro que le costará la cabeza a Giafar si me ha exagerado la generosidad de ese joven o si me ha dicho mentira".

Y sin más tardanza en ejecutar su proyecto, se levantó en aquella hora y en aquel instante, y sin querer escuchar lo que decía Sett Zobeida para decidirle a no hacer completamente solo ese viaje, se disfrazó de mercader del Irak, recomendó a su esposa que durante su ausencia velara por los asuntos del reino, y saliendo del palacio por una puerta secreta, abandonó Bagdad.

Y Alah le escribió la seguridad; y llegó sin contratiempo a Bassra, y paró en el khan principal de los mercaderes. Y sin tomarse tiempo siquiera para descansar y probar un bocado, se apresuró a interrogar al portero del khan acerca de lo que le interesaba, preguntándole, después de las fórmulas de la zalema: "¿Es cierto, ¡oh jeique! que en esta ciudad hay un hombre llamado Abulcassem que supera a los reyes en generosidad, en mano abierta y en magnificencia?"

Y contestó el viejo portero, meneando la cabeza con aire suficiente: "¡Alah haga descender sobre él Sus bendiciones! ¿Qué hombre no ha sentido los efectos de su generosidad? ¡Por mi parte, ya sidi! aun cuando en mi cara tuviera cien bocas y en cada una cien lenguas y en cada lengua un tesoro de elocuencia, no podría hablarte como es debido de la admirable generosidad del señor Abulcassem!"

Y luego, como llegaran de viaje con sus fardos otros mercaderes, el portero del khan no tuvo tiempo de ser más explícito. Y Harún se vió obligado a alejarse, y subió a reponer sus fuerzas y a descansar algo aquella noche.

Al día siguiente, muy de mañana, salió del khan y fué a pasearse por los zocos. Y cuando los mercaderes hubieron abierto sus tiendas, se acercó a uno de ellos, al que le pareció el de más importancia, y le rogó que le indicara el camino que conducía a la morada de Abulcassem. Y el mercader, muy asombrado, le dijo: "¿De qué lejano país llegas para ignorar la morada del señor Abulcassem? ¡Aquí es más conocido que lo que fué nunca un rey en su propio imperio!" Y Harún manifestó que, en efecto, llegaba de muy lejos; pero que el objeto de su viaje era precisamente entablar conocimiento con el señor Abulcassem. Entonces el mercader ordenó a uno de sus criados que sirviera de guía al califa, diciéndole: "¡Conduce a este honorable extranjero al palacio de nuestro magnífico señor!"

Y he aquí que el tal palacio era un palacio admirable. Y estaba enteramente construido con piedras de talla en mármol jaspeado, con puertas de jade verde. Y Harún quedó maravillado de la armonía de su construcción; y al entrar en el patio vió una multitud de pequeños esclavos blancos y negros, elegantemente vestidos, que se divertían jugando en espera de las órdenes de su amo. Y abordó a uno de ellos y le dijo: "¡Oh joven! te ruego que vayas a decir al señor Abulcassem: "¡Oh mi señor! ¡en el patio hay un extranjero que ha hecho el viaje de Bagdad a Bassra con el sólo propósito de regocijarse los ojos con tu rostro bendito!" Y el joven esclavo al punto advirtió en el lenguaje y el aspecto de quien se dirigía a él que no era un hombre vulgar. Y corrió a avisar a su amo, el cual fué hasta el patio para recibir al huésped extranjero. Y después de las zalemas y los deseos de bienvenida, le cogió de la mano y le condujo a una sala que era hermosa por sí propia y por su perfecta arquitectura.

Y en cuanto estuvieron sentados en el amplio diván de seda bordada de oro que daba vuelta a la sala, entraron doce esclavos blancos, jóvenes y muy hermosos, cargados con vasos de ágata y de cristal de roca. Y los vasos estaban enriquecidos de gemas y de rubíes y llenos de licores exquisitos. Luego entraron doce jóvenes como lunas, que llevaban fuentes de porcelana llenas de frutas y de flores las unas, y grandes copas de oro llenas de sorbetes de nieve de un sabor excelente las otras. Y aquellos jóvenes esclavos y aquellas jóvenes miraron si estaban en su punto los licores, los sorbetes y los demás refrescos antes de presentárselos al huésped de su señor. Y probó Harún aquellas diversas bebidas, y aunque estaba acostumbrado a las cosas más deliciosas de todo el Oriente, hubo de confesar que jamás había bebido nada comparable a ellas. Tras de lo cual, Abulcassem hizo pasar a su convidado a una segunda sala, donde estaba servida una mesa cubierta de platos de oro macizo con los manjares más delicados. Y con sus propias manos le ofreció los bocados selectos. Y a Harún le pareció extraordinario el aderezo de los tales manjares.

Luego, terminada la comida, el joven cogió de la mano a Harún y le llevó a una tercera sala, amueblada con más riqueza que las otras dos. Y unos esclavos, más hermosos que los anteriores, llevaron una prodigiosa cantidad de vasos de oro incrustados de pedrerías y llenos de toda clase de vinos, como también tazones de porcelana llenos de confituras secas y bandejas cubiertas de pasteles delicados. Y mientras Abulcassem servía a su convidado, entraron cantarinas y tañedoras de instrumentos, dando principio a un concierto que habría conmovido al granito. Y se decía Harún en el límite del entusiasmo: "¡En mi palacio tengo, ciertamente, cantarinas de voces admirables, y aun cantores como Ishak, que no ignoran ningún resorte del arte; pero ninguno de ellos podría compararse con éstas! ¡Por Alah! ¿cómo ha podido arreglarse un simple particular, un habitante de Bassra, para reunir semejante ramillete de cosas perfectas?"

Y en tanto que Harún estaba particularmente atento a la voz de una almea, cuya dulzura le encantaba, Abulcassem salió de la sala y volvió un momento después llevando en una mano una varita de ámbar y en la otra un arbolito con el tronco de plata, las ramas y las hojas de esmeraldas y las frutas de rubíes. Y en la copa de aquel árbol estaba encaramado un pavo real de una hermosura que glorificaba a quien lo había fabricado. Y dejando aquel árbol a los pies del califa, Abulcassem tocó con su varita la cabeza del pavo real. Y al punto la hermosa ave abrió sus alas y desplegó el esplendor de su cola, y se puso a girar con rapidez sobre sí misma. Y a medida que giraba esparcía por todos lados emanaciones tenues de perfumes de ámbar, de nadd, de áloe y otros olores de que estaba lleno y que embalsamaban la sala.

Pero estando Harún ocupado en contemplar el árbol y el pavo real, Abulcassem cogió con brusquedad uno y otro y se los llevó. Y Harún se resintió mucho por aquel acto inesperado, y dijo para sí: "¡Por Alah! ¡qué cosa tan extraña! ¿Y qué significa todo esto? ¿Y es así como se portan los huéspedes con sus invitados? Me parece que este joven no sabe hacer las cosas tan bien como Giafar me hizo presumir. Me quita el árbol y el pavo real cuando me ve ocupado precisamente en mirarlos. Sin duda alguna teme que yo le ruegue que me lo regale. ¡Ah! no me pesa haber comprobado por mí mismo esa famosa generosidad que, según mi visir, no tiene igual en el mundo!"

Mientras asaltaban el espíritu del califa estos pensamientos, el joven Abulcassem volvió a la sala. Y le acompañaba un joven esclavo tan hermoso como el sol. Y aquel amable niño llevaba un traje de brocato de oro realzado con perlas y diamantes. Y tenía en la mano una copa hecha de un solo rubí y llena de un vino de púrpura. Y se acercó a Harún, y después de besar la tierra entre sus manos le presentó la copa. Y Harún la cogió y se la llevó a los labios. Pero ¡cual no sería su asombro cuando, tras de beberse el contenido, advirtió, al devolvérsela al lindo esclavo, que todavía estaba llena hasta el borde! Así es que la cogió otra vez de manos del niño, y llevándosela a la boca la vació hasta la última gota. Luego se la entregó al esclavito, observando que de nuevo se llenaba sin que nadie vertiese nada dentro.

Al ver aquello, Harún llegó al límite de la sorpresa...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 823ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 823ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Al ver aquello, Harún llegó al límite de la sorpresa, y no pudo por menos de preguntar a que obedecía. Y Abulcassem contestó: "Señor, nada tiene de asombroso. ¡Esta copa es obra de un antiguo sabio que poseía todos los secretos de la tierra!" Y habiendo pronunciado estas palabras, cogió de la mano al niño y salió de la sala con precipitación. Y el impetuoso Harún se indignó ya. Y pensó: "¡Por vida de mi cabeza! o este joven ha perdido la razón, o lo que todavía es peor, no ha conocido nunca los miramientos que se deben al huésped y las buenas maneras. Me trae todas esas curiosidades sin que yo se las pida, las ofrece a mis ojos, y cuando advierte que me gusta verlas se las lleva. ¡Por Alah, que jamás vi nadie tan mal educado y tan grosero! ¡Maldito Giafar! ¡Ya te enseñaré, si Alah quiere, a juzgar a los hombres y a revolver la lengua en la boca antes de hablar!"

En tanto que Al-Raschid se hacía estas reflexiones acerca del carácter de su huésped, le vió entrar en la sala por tercera vez. Y a algunos pasos de él le seguía una joven como no se encontraría más que en los jardines del Edén. Y estaba toda cubierta de perlas y de pedrerías y aun más ataviada con su belleza que con sus galas. Y al verla, Harún se olvidó del árbol, del pavo real y de la copa inagotable, y sintió que el encanto le penetraba el alma. Y después de hacerle una profunda reverencia, la joven fué a sentarse entre sus manos, y en un laúd hecho de madera de áloe, de marfil, de sándalo y de ébano, se puso a tocar de veinticuatro maneras diferentes, con un arte tan perfecto, que Al-Raschid no pudo contener su admiración, y exclamó: "¡Oh jovenzuela! ¡cuán digna de envidia es tu suerte!" Pero en cuanto Abulcassem notó que su convidado estaba encantado de la joven, la cogió de la mano al punto y se la llevó de la sala con presteza.

Cuando el califa vió aquella conducta de su huésped, quedó extremadamente mortificado, y temiendo dejar estallar su resentimiento, no quiso permanecer más tiempo en una morada donde se le recibía de manera tan extraña. Así es que, en cuanto el joven volvió a la sala, le dijo, levantándose: "¡Oh generoso Abulcassem! estoy muy confundido, en verdad, de la manera como me has tratado, sin conocer mi rango y mi condición. Permíteme, pues, que me retire y te deje tranquilo, sin abusar por más tiempo de tu munificencia". Y por temor a molestarle, no quiso el joven oponerse a su deseo, y haciéndole una graciosa reverencia, le condujo hasta la puerta de su palacio, pidiéndole perdón por no haberle recibido tan magníficamente como se merecía.

Y Harún emprendió de nuevo el camino de su khan, pensando con amargura: "¡Qué hombre tan lleno de ostentación ese Abulcassem! Se complace en poner de manifiesto sus riquezas a los ojos de los extraños para satisfacer su orgullo y su vanidad. Si en eso estriba su largueza, seré yo un insensato y un ciego. ¡Pero no! En el fondo, ese hombre no es más que un avaro de la especie más detestable. ¡Y pronto sabrá Giafar lo que cuesta engañar a su soberano con la más vulgar mentira!"

Y reflexionando de tal suerte, Al-Raschid llegó a la puerta del khan. Y vió en el patio de entrada un gran cortejo en forma de media luna, compuesto de un número considerable de jóvenes esclavos blancos y negros, los blancos a un lado y los negros a otro. Y en el centro de la media luna se mantenía la hermosa joven del laúd que le había encantado en el palacio de Abulcassem, teniendo a su derecha al amable niño cargado con la copa de rubíes y a su izquierda a otro muchacho, no menos simpático y hermoso, cargado con el árbol de esmeraldas y el pavo real.

No bien Al-Raschid franqueó la puerta del khan, todos los esclavos se prosternaron en el suelo, y la exquisita joven avanzó entre sus manos y le presentó en un cojín de brocato un rollo de papel de seda. Y Al-Raschid, muy sorprendido de todo aquello, cogió la hoja, la desenrolló, y vió que contenía estas líneas:

"La paz y la bendición para el huésped encantador cuya llegada honró nuestra morada y la perfumó. Y ahora, ¡oh padre de los convidados graciosos! dígnate posar tu vista en los escasos objetos sin valor que envía a tu señoría nuestra mano de poco alcance, y admitirlos de parte nuestra como humilde homenaje de nuestra lealtad para con el que ha iluminado nuestro techo. Hemos notado, en efecto, que los diversos esclavos que forman el cortejo, los dos muchachos y la joven, así como el árbol, la copa y el pavo real, no han desagradado de particular manera a nuestro convidado; y por eso le suplicamos que los considere como si siempre le hubiesen pertenecido. Por lo demás, de Alah viene todo y a El retorna todo. ¡Uassalam!"

Cuando Al-Raschid hubo acabado de leer esta carta y hubo comprendido todo su sentido y todo su alcance, quedó extremadamente maravillado de semejante largueza, y exclamó: "¡Por los méritos de mis antecesores (¡Alah honre sus rostros!), convengo en que he juzgado mal al joven Abulcassem! ¿Qué eres tú, liberalidad de Al-Raschid, al lado de semejante liberalidad? ¡Caigan sobre tu cabeza las bendiciones de Alah, ¡oh visir mío Giafar! que eres causa de que yo me haya curado de mi falso orgullo y de mi arrogancia! ¡He aquí que, en efecto, sin la menor pena y sin que parezca molestarle lo más mínimo, un simple particular acaba de exceder en generosidad y en munificencia al monarca más rico de la tierra!" Luego, recapacitando de pronto, pensó: "Bueno; pero, por Alah, ¿cómo un simple particular puede ofrecer tales presentes, y dónde ha podido procurarse o encontrar tantas riquezas? ¿Y cómo es posible que un hombre lleve en mis Estados una vida más fastuosa que la de los reyes sin que sepa yo por qué medio ha llegado a semejante grado de riqueza? ¡Es preciso, en verdad, que sin tardanza, y aun a riesgo de parecer inoportuno, vaya a comprometerle para que me descubra cómo ha podido reunir una fortuna tan prodigiosa!"

Al punto, dominado por la impaciencia de satisfacer su curiosidad, dejando en el khan a sus nuevos esclavos y lo que le llevaban, Al-Raschid volvió al palacio de Abulcassem. Y cuando estuvo en presencia del joven, le dijo, después de las zalemas:

"¡Oh mi generoso señor! ¡Alah aumente sobre ti Sus beneficios y haga durar los favores de que te ha colmado! Pero son tan considerables los presentes que me ha hecho tu mano bendita, que temo, al aceptarlos, abusar de mi calidad de convidado y de tu generosidad sin igual. ¡Permite, pues, que, sin temor a ofenderte, me sea dable devolvértelos, y que, encantado de tu hospitalidad, vaya a Bagdad, mi ciudad, a publicar tu magnificencia!"

Pero Abulcassem contestó con un aire muy afligido: "Al hablar así, señor, sin duda es porque tienes algún motivo de queja de mi recibimiento, o acaso porque mis presentes te han desagradado por su poca importancia. De no ser así no habrías vuelto desde tu khan para hacerme sufrir esta afrenta". Y Harún, disfrazado siempre de mercader, contestó: "Alah me libre de responder a tu hospitalidad con semejante proceder, ¡oh más que generoso Abulcassem! ¡Mi venida obedece únicamente al escrúpulo que me asalta al verte prodigar así objetos tan raros a extranjeros a quienes has visto por primera vez, y a mi temor de ver agotarse, sin que recojas de ello la satisfacción que mereces, un tesoro que, por muy inagotable que sea, debe tener un fondo!"

Al oír estas palabras de Al-Raschid, Abulcassem no pudo por menos de sonreír, y contestó: "Calma tus escrúpulos, ¡oh mi señor! si verdaderamente es ése el motivo que me ha procurado el placer de tu visita. Has de saber, en efecto, que todos los días de Alah pago las deudas que tengo con el Creador (¡glorificado y exaltado sea!), haciendo a los que llaman a mi puerta uno o dos o tres regalos equivalentes a los que están entre tus manos. Porque el tesoro que me concedió el Distribuidor de riquezas es un tesoro sin fondo". Y como viera reflejarse un asombro grande en las facciones de su huésped, añadió: "¡Ya veo, ¡oh mi señor! que es preciso que te haga confidente de ciertas aventuras de mi vida y que te cuente la historia de ese tesoro sin fondo, que es una historia tan asombrosa y tan prodigiosa, que si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo serviría de enseñanza a quien la leyera con atención!"

Y tras de hablar así, el joven Abulcassem cogió de la mano a su huésped y le condujo a una sala llena de frescura, donde perfumaban el aire varios pebeteros muy gratos y donde se veía un amplio trono de oro con ricos tapices para los pies. Y el joven hizo subir a Harún al trono, se sentó a su lado y empezó de la manera siguiente su historia: "Has de saber, ¡oh mi señor! (¡Alah es señor de todos nosotros!) que soy hijo de un gran joyero, oriundo de El Cairo, que se llamaba Abdelaziz. Pero, aunque nacido en El Cairo, como su padre y su abuelo, mi padre no había vivido toda su vida en su ciudad natal. Porque poseía tantas riquezas, que, temiendo atraerse la envidia y la codicia del sultán de Egipto, que en aquel tiempo era un tirano sin remedio, se vió obligado a dejar su país y a venir a establecerse en esta ciudad de Bassra, a la sombra tutelar de los Bani-Abbas. (¡Qué Alah extienda sobre ellos sus bendiciones!) Y mi padre no tardó en casarse con la hija única del mercader más rico de la ciudad. Y yo nací de este matrimonio bendito. Y antes de mí y después de mí no vino a aumentar la genealogía ningún otro fruto. De modo que, al incautarme de todos los bienes de mi padre y de mi madre después de su muerte (¡Alah les conceda la salvación y esté satisfecho de ellos!), tuve que administrar, muy joven todavía, una gran fortuna en bienes de todas clases y en riquezas...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 824ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 824ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... tuve que administrar, muy joven todavía, una gran fortuna en bienes de todas clases y en riquezas. Pero como me gustaba el dispendio y la prodigalidad, me dediqué a vivir con tanta profusión, que en menos de dos años se vió disipado todo mi patrimonio. ¡Porque, ¡oh mi señor! de Alah nos viene todo y a El vuelve todo! Entonces, viéndome en un estado de completa penuria, me puse a reflexionar sobre mi conducta pasada. Y pensando en la vida y el papel que había hecho en Bassra, resolví dejar mi ciudad natal para ir a pasar en otra parte días miserables: que la pobreza es más soportable ante ojos extraños. Vendí, pues, mi casa, única hacienda que me quedaba, y me agregué a una caravana de mercaderes, con los cuales fui primero a Mossul y luego a Damasco. Tras de lo cual atravesé el desierto para ir en peregrinación a la Meca; y desde allí volví al gran Cairo, cuna de nuestra raza y de nuestra familia.

Y he aquí que, estando yo en aquella ciudad de hermosas casas y de mezquitas innumerables, rememoré que allí era donde había nacido Abdelaziz, el rico joyero, y al recordarlo no pude por menos de lanzar profundos suspiros y de llorar. Y me figuré el dolor de mi padre si hubiese visto la deplorable situación de su hijo único y heredero. Y preocupado con estos pensamientos que me enternecían, llegué, paseando, a orillas del Nilo, por detrás del palacio del sultán. Y he aquí que en una ventana apareció una cabeza arrebatadora, que me dejó inmóvil mirándola. Pero de repente se retiró, y no vi nada más. Y permanecí allí con beatitud hasta la noche, esperando en vano una nueva aparición. Y acabé por retirarme, aunque muy a mi pesar, e ir a pasar la noche en el khan donde paraba.

Pero al día siguiente, como se ofrecieran a mi espíritu sin cesar las facciones de la jovenzuela, no dejé de apostarme debajo de la ventana consabida. Pero fueron vanas mi paciencia y mi esperanza, pues no se mostró el delicioso rostro, si bien se estremeció un poco la cortina de la ventana, y creí adivinar tras de la celosía un par de ojos babilónicos. Y aquella abstención me afligió mucho, sin desanimarme, no obstante, porque no dejé de volver al mismo sitio al día siguiente.

¡Y cuál no sería mi emoción cuando vi entreabrirse la celosía y descorrerse la cortina para dejar aparecer la luna llena de su rostro! Y me apresuré a prosternarme con la faz contra la tierra, y levantándome después, dije: "¡Oh dama soberana! soy un extranjero llegado hace poco a El Cairo y que ha inaugurado su entrada en esta ciudad con la contemplación de tu belleza. ¡Ojalá que el Destino, que me ha conducido de la mano hasta aquí, acabe su obra con arreglo a los deseos de tu esclavo!" Y me callé, esperando la respuesta. Y en vez de contestarme, la joven mostró una actitud tan asustadiza, que no supe si debía permanecer allí o echar a correr. Y me decidí a permanecer en mi puesto aún, insensible a todos los peligros que pudiera correr. Hice bien, pues de pronto la joven se inclinó sobre el alféizar de su ventana, y me dijo con voz temblorosa: "Vuelve a medianoche. ¡Pero huye ahora cuanto antes!" Y tras estas palabras, desapareció con precipitación y me dejó en el límite del asombro, del amor y del júbilo. Y al instante me olvidé de mis desgracias y de mi penuria. Y me apresuré a volver a mi khan para mandar llamar al barbero público, que se dedicó a afeitarme la cabeza, los sobacos y las ingles, a arreglarme y a hermosearme. Luego fui al hammam de los pobres, en donde, por algunas monedas, tomé un baño perfecto y me perfumé y me refresqué para salir de allí completamente aseado y con el cuerpo ligero como una pluma.

Así es que, cuando llegó la hora indicada, a favor de las tinieblas me puse debajo de la ventana del palacio. Y encontré una escala de seda que colgaba desde aquella ventana hasta el suelo. Y como a la sazón no tenía nada que perder más que una vida a la que no me ataba ya ningún lazo y que carecía de sentido, trepé por la escala y penetré por la ventana al aposento. Atravesé rápidamente dos habitaciones y llegué a otra, en donde, sobre un lecho de plata, estaba tendida, sonriendo, la que yo esperaba. ¡Ah, señor mercader, huésped mío, qué encanto era aquella obra del Creador! ¡Qué ojos y qué boca! A su vista sentí que se me huía la razón, y no pude pronunciar ni una palabra. Pero se incorporó ella a medias, y con una voz más dulce que el azúcar cande me dijo que me acomodara a su lado en el lecho de plata. Luego me preguntó con interés quién era. Y le conté mi historia con toda sinceridad desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad en repetirla.

Y he aquí que la joven, que me había escuchado con mucha atención, pareció realmente conmovida de la situación a que hubo de reducirme el Destino. Y al ver yo aquello, exclamé: "¡Oh mi señora! ¡por muy desgraciado que yo sea, ceso de estar quejoso, ya que eres lo bastante buena para compadecerte de mis desgracias!" Y ella tuvo la respuesta oportuna, e insensiblemente nos enredamos en una charla que cada vez se hizo más tierna e íntima. Y acabó ella por declararme que, por su parte, había sentido cierta inclinación hacia mí al verme. Y exclamé: "¡Loores a Alah, que enternece los corazones y dulcifica los ojos de las gacelas!" A lo cual tuvo ella también la respuesta oportuna, y añadió: "¡Ya que me has enterado de quién eres, Abulcassem, no quiero que sigas ignorando quién soy yo!"

Y tras de quedarse silenciosa un momento, dijo: "Sabe, ¡oh Abulcassem! que soy la esposa favorita del sultán y que me llamo Sett Labiba. Pero a pesar de todo el lujo con que vivo aquí, no soy dichosa. Porque, además de estar rodeada de rivales celosas y prontas a perderme, el sultán, que me ama, no puede llegar a satisfacerme, pues Alah, que distribuye la potencia a los gallos, se olvidó de él al hacer la distribución. Y por eso, al verte bajo mi ventana, lleno de valor y desdeñando el peligro, me pareció que eras un hombre potente. Y te he llamado para hacer la experiencia. ¡De ti, pues, depende ahora demostrarme que no me equivoqué en mi elección y que tu gallardía es igual a tu temeridad!"

Entonces, ¡oh mi señor! yo, que no necesitaba que me incitasen a obrar, puesto que no había ido allí más que para eso, no quise perder un tiempo precioso cantando versos, como es costumbre en tales circunstancias, y me apresté al asalto. Pero en el mismo momento en que nuestros brazos se enlazaban, llamaron fuertemente a la puerta de la habitación. Y la bella Labiba me dijo muy asustada: "Nadie tiene derecho para llamar así no siendo el sultán: ¡Estamos vencidos y perdidos sin remedio!"

Al punto pensé en la escala de la ventana para escaparme por donde había subido. Pero quiso la suerte que precisamente llegase el sultán por aquel lado; y no me quedaba ninguna probabilidad de fuga. Así es que, tomando el único partido que me quedaba, me escondí debajo del lecho de plata, mientras la favorita del sultán se levantaba para abrir. Y en cuanto la puerta estuvo abierta, entró el sultán seguido de sus eunucos, y antes de que yo tuviese tiempo siquiera para darme cuenta de lo que iba a suceder, me sentí cogido debajo del lecho por veinte manos terribles y negras, que me sacaron como a un fardo y me levantaron del suelo. Y aquellos eunucos corrieron cargados conmigo hasta la ventana, en tanto que otros eunucos negros, cargados con la favorita, ejecutaban la misma maniobra hacia otra ventana. Y todas las manos a la vez soltaron su carga, precipitándonos ambos desde lo alto del palacio al Nilo.

Y he aquí que estaba escrito en mi destino que yo tenía que escapar a la muerte por ahogo. Por eso, aunque aturdido por la caída, después de ir a parar al fondo del río logré salir a la superficie del agua y ganar, a favor de la oscuridad, la ribera opuesta al palacio. Y libre ya de un peligro tan grande, no quise irme sin haber intentado extraer a aquella cuya pérdida fué debida a mi imprudencia, y entré en el río con más bríos que había salido, y me sumergí y me volví a sumergir diversas veces para ver si daba con ella. Pero fueron vanos mis propósitos, y como me faltaban las fuerzas, me vi en la necesidad de ganar tierra otra vez para salvar mi alma. Y muy triste, me lamenté por la muerte de aquella encantadora favorita, diciéndome que no debí acercarme a ella estando bajo la influencia de la mala suerte, ya que la mala suerte es contagiosa.

Así es que, penetrado de dolor y abrumado de remordimientos, me apresuré a huir de El Cairo y de Egipto y a tomar el camino de Bagdad, la ciudad de paz.

Y he aquí que Alah me escribió la seguridad, y llegué a Bagdad sin contratiempos, pero en una situación muy triste, porque estaba sin dinero y de toda mi fortuna anterior me quedaba un dinar de oro justo en el fondo de mi cinturón. Y no bien fui al zoco de los cambistas, cambié mi dinar en monedas pequeñas, y para ganarme la vida compré una bandeja de mimbre y confituras, manzanas de olor, bálsamos, dulces secos y rosas. Y me puse a pregonar mi mercancía a la puerta de las tiendas, vendiendo todos los días y ganando para el sustento del día siguiente.

Y he aquí que este pequeño comercio me daba buen resultado, porque yo tenía una voz hermosa y no pregonaba mi mercancía como los mercaderes de Bagdad, sino cantando en vez de gritar. Y un día en que cantaba con una voz más clara aún que de costumbre, un venerable jeique, propietario de la tienda más hermosa del zoco, me llamó, escogió una manzana de olor de mi bandeja, y tras de aspirar su perfume repetidamente, mirándome con atención, me invitó a sentarme junto a él. Y me senté, y me hizo diversas preguntas, inquiriendo quién era y cómo me llamaba. Pero yo, muy apurado por sus preguntas, contesté: "¡Oh mi señor! relévame de hablar de cosas de que no puedo acordarme sin avivar heridas que el tiempo empieza a cerrar. ¡Porque el solo hecho de pronunciar mi propio nombre sería para mí un sufrimiento!" Y debí pronunciar estas palabras suspirando y con un acento tan triste, que el anciano no quiso ni apremiarme a ello. Al punto cambió de conversación, limitándose a preguntar sobre la venta y compra de mis confituras; luego, despidiéndose de mí, sacó de su bolsa diez dinares de oro, que me puso entre las manos con mucha delicadeza, y me abrazó como un padre abrazaría a su hijo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 825ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 825ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... sacó de su bolsa diez dinares de oro, que me puso entre las manos con mucha delicadeza, y me abrazó como un padre abrazaría a su hijo.

Y he aquí que alabé con toda mi alma a aquel venerable jeique, cuya liberalidad resultaba para mí más preciosa dada mi penuria, y pensé en que los señores más dignos de consideración a quienes tenía yo costumbre de presentar mi bandeja de mimbre jamás me habían dado la centésima parte de lo que acababa de recibir de aquella mano, que no dejé de besar con respeto y gratitud. Y al día siguiente, aunque no estaba muy seguro de las intenciones de mi bienhechor de la víspera, no dejé tampoco de ir al zoco. Y en cuanto me advirtió él, me hizo seña de que me acercara, y cogió un poco de incienso de mi bandeja. Luego me hizo sentar muy cerca de él, y tras de algunas preguntas y respuestas, me invitó con tanto interés a contarle mi historia, que aquella vez no pude defenderme sin que se enfadara. Le enteré, pues, de quién era y de todo lo que me había ocurrido, sin ocultarle nada. Y cuando le hube hecho esta confidencia, me dijo, con una gran emoción en la voz: "¡Oh hijo mío! en mí encontrarás un padre más rico que Abdelaziz (¡Alah esté satisfecho de él!) y que no sentirá por ti menos afecto. Como no tengo hijos ni esperanzas de tenerlos, te adopto. ¡Así, pues, ¡oh hijo mío! calma tu alma y refresca tus ojos, porque, si Alah quiere, vas a olvidar junto a mí tus pasados males!"

Y habiendo hablado así, me besó y me estrechó contra su corazón. Luego me obligó a tirar mi bandeja de mimbre con su contenido, cerró su tienda, y cogiéndome de la mano me condujo a su morada, donde me dijo: "Mañana partiremos para la ciudad de Bassra, que también es mi ciudad, y donde quiero vivir contigo en adelante, ¡oh hijo mío!"

Y efectivamente, al otro día tomamos juntos el camino de Bassra, mi ciudad natal, adonde llegamos sin contratiempo, gracias a la seguridad de Alah. Y cuantos me encontraban y me reconocían se regocijaban de verme convertido en hijo adoptivo de un mercader tan rico.

En cuanto a mí, no tengo para qué decirte, señor, que puse toda mi inteligencia y todo mi saber en complacer al anciano. Y estaba él encantado de mis complacencias para con su persona, y me decía a menudo: "Abulcassem, ¡qué día tan bendito fué el de nuestro encuentro en Bagdad! ¡Cuán hermoso es mi destino, que te puso en mi camino, ¡oh hijo mío! ¡Y cuán digno eres de mi afecto, de mi confianza y de lo que he hecho por ti y pienso hacer para tu porvenir!" Y estaba yo tan conmovido por los sentimientos que me demostraba él, que, a pesar de la diferencia de edad, le quería verdaderamente y me adelantaba a todo lo que pudiera complacerle. Así, por ejemplo, en vez de ir a divertirme con los jóvenes de mi edad, le hacía compañía, sabiendo que le hubiera dado celos la menor cosa o el menor gesto que no tuviese destinado para él.

Y he aquí, que al cabo de un año, mi protector se sintió aquejado, por orden de Alah, de una enfermedad gravísima, hasta el punto de que todos los médicos desesperaron de curarle. Así es que se apresuró a llamarme a su lado, y me dijo: "Sea contigo la bendición, ¡oh hijo mío Abulcassem! Me has dado la felicidad en el transcurso de un año entero, mientras que la mayoría de los hombres apenas pueden contar con un día feliz en toda su vida. Hora es ya, pues, antes de que la Separadora venga a detenerse a mi cabecera, de que pague yo las muchas deudas que contraje contigo. Sabe, pues, hijo mío, que tengo que revelarte un secreto cuya posesión te hará más rico que todos los reyes de la tierra. Porque, si no tuviera yo por toda hacienda más que esta casa con las riquezas que contiene, me parecería que sólo te dejaba una fortuna exigua; pero todos los bienes que he amontonado en el curso de mi vida, aunque considerables para un mercader, no son nada en comparación del tesoro que quiero descubrirte. No te diré desde cuándo, por quién, ni de qué manera se encuentra en nuestra casa el tesoro, pues lo ignoro. Todo lo que sé es que es muy antiguo. ¡Mi abuelo, al morir, se lo descubrió a mi padre, quien también me hizo la misma confidencia pocos días antes de su muerte!"

Y tras de hablar así, el anciano se inclinó a mi oído, mientras lloraba yo al ver que se le escapaba la vida, y me enteró del sitio de la morada en que estaba el tesoro. Luego me aseguró que por muy grande que fuese la idea que pudiera yo formarme de las riquezas que encerraba, me parecerían más considerables todavía de lo que me figuraba. Y añadió: "Y hete aquí, ¡oh hijo mío! dueño absoluto de todo eso. Ten muy abierta la mano, sin temor a llegar nunca a agotar lo que no tiene fondo. ¡Sé dichoso! ¡Uassalam!" Y habiendo pronunciado estas últimas palabras, falleció en la paz. (¡Que Alah le tenga en Su misericordia y extienda a él Sus bendiciones!).

Y he aquí que, después de haber cumplido con él los últimos deberes, como único heredero, tomé posesión de todos sus bienes, y fui a ver al tesorero sin tardanza. Y deslumbrado, pude comprobar que mi difunto padre adoptivo no había exagerado su importancia; y me dispuse a hacer de ello el mejor uso posible.

En cuanto a todos los que me conocían y habían asistido a mi primera ruina, quedaron convencidos en seguida de que iba a arruinarme por segunda vez. Y se dijeron entre sí: "Aun cuando el pródigo Abulcassem tuviera todos los tesoros del Emir de los Creyentes, los disiparía sin vacilar". Así es que cuál no fué su asombro cuando, en lugar de ver en mis negocios el menor desorden, advirtieron que, por el contrario, eran más florecientes cada día. Y no llegaban a concebir cómo podía aumentar mi hacienda prodigándola, máxime cuando veían que cada vez hacía yo gastos más extraordinarios, y que tenía a mis expensas a todos los extranjeros de paso por Bassra, albergándolos como a reyes.

Así es que pronto corrió por la ciudad el rumor de que yo había encontrado un tesoro, y no fué preciso más para atraer sobre mí la codicia de las autoridades. En efecto, no tardó el jefe de policía en venir un día a buscarme, y después de recapacitar algún tiempo, me dijo "¡Señor Abulcassem, mis ojos ven y mis oídos oyen! Pero como ejerzo mis funciones para vivir, mientras que tantos otros viven para ejercer funciones, no vengo a pedirte cuenta de la vida fastuosa que llevas y a interrogarte por un tesoro que tanto interés tienes en guardar. Vengo a decirte sencillamente que si soy un hombre avisado se lo debo a Alah y no me enorgullezco de ello. Pero el pan está caro y nuestra vaca ya no da leche". Y comprendiendo yo el motivo del paso que daba, le dije: "¡Oh padre de los hombres de ingenio! ¿cuánto te hace falta para comprar pan a tu familia y reemplazar la leche que ya no da tu vaca?" El contestó: "Nada más que diez dinares de oro al día, ¡oh mi señor!" Yo dije: "Eso no es bastante, y quiero darte ciento al día. ¡Y a tal fin no tendrás más que venir aquí a primeros de cada mes, y mi tesorero te contará los tres mil dinares necesarios a tu subsistencia!" Al oírlo, quiso él besarme la mano, pero me defendí de ello, sin olvidar que todos los dones son un préstamo del Creador. Y se marchó, invocando sobre mí las bendiciones.

Y he aquí que, al otro día de la visita del jefe de policía, el kadí me hizo llamar a su casa y me dijo: "¡Oh joven! Alah es el dueño de los tesoros y le corresponde por derecho la quinta parte de ellos. ¡Paga, pues, la quinta parte de tu tesoro y serás el tranquilo poseedor de las otras cuatro partes!" Yo contesté: "No sé qué quiere significar nuestro amo el kadí a su servidor. Pero me comprometo a darle todos los días, para los pobres de Alah, mil dinares de oro, a condición de que me dejen en paz". Y el kadí aprobó mis palabras y aceptó mi proposición.

Pero, algunos días más tarde, vino un guardia a buscarme de parte del walí de Bassra. Y cuando estuve en su presencia, el walí, que me había acogido con una actitud benévola, me dijo: "¿Me crees lo bastante injusto para quitarte tu tesoro si me lo enseñaras?" Y yo contesté:

"¡Alah prolongue mil años los días de nuestro amo el walí! Pero, aunque me arranque la carne con tenazas al rojo, no descubriré el tesoro que está, efectivamente, en mi poder. Sin embargo, consiento en pagar cada día a nuestro amo el walí dos mil dinares de oro para los menesterosos que conozca". Y ante una oferta que le pareció tan considerable, el walí no vaciló en aceptar mi proposición, y me despidió después de colmarme de atenciones.

Y desde entonces pago fielmente a estos tres funcionarios el tributo diario que les he prometido. Y en cambio, me dejan ellos que lleve la vida de largueza y de generosidad para la cual he nacido. ¡Y ése es, ¡oh mi señor! el origen de una fortuna que ya veo que te asombra y cuya cuantía no conoce nadie más que tú!"

Cuando el joven Abulcassem hubo acabado de hablar, el califa, en el límite del deseo de ver al maravilloso tesoro, dijo a su huésped: "¡Oh generoso Abulcassem! ¿es realmente posible que haya en el mundo un tesoro que tu generosidad no sea capaz de agotar pronto? No, por Alah, no puedo creerlo, y si no fuera exigir demasiado de ti, te rogaría que me lo enseñaras, jurándote por los derechos sagrados de la hospitalidad, sobre mi cabeza y por cuanto pueda hacer inviolable un juramento, que no abusaré de tu confianza y que tarde o temprano sabré corresponder a este favor único".

Al oír estas palabras del califa, a Abulcassem se le cambió el color y se le demudó la fisonomía, y contestó con triste acento: "Mucho me aflige, señor, que tengas esa curiosidad, que no puedo satisfacer más que con condiciones muy desagradables, aunque tampoco puedo decidirme a dejarte partir de mi casa con un deseo reconcentrado y un anhelo sin satisfacer. Así, pues, será preciso que te vende los ojos y que te conduzca, tú sin armas y con la cabeza descubierta, y yo con la cimitarra en la mano, pronto a descargarla sobre ti si intentas violar las leyes de la hospitalidad. No obstante, bien sé que, aun obrando así, cometo una imprudencia grande y que no debería ceder a tu pretensión. ¡En fin, sea como está escrito para nosotros en este día bendito! ¿Estás dispuesto a aceptar mis condiciones?"

El califa contestó: "Estoy dispuesto a seguirte y acepto esas condiciones y otras mil semejantes. Y te juro por el Creador del cielo y de la tierra que no te arrepentirás de haber satisfecho mi curiosidad. ¡Por lo demás, apruebo tus precauciones y ni por asomo me ofendo por ellas!"

Inmediatamente Abulcassem le puso una venda en los ojos, y cogiéndole de la mano le hizo bajar por una escalera disimulada a un jardín de vasta extensión. Y allí, después de varias vueltas por las avenidas que se entrecruzaban, le hizo penetrar en un profundo y espacioso subterráneo cuya entrada tapaba una gran piedra a ras del suelo. Y pasaron a un largo corredor en cuesta, que se abría en una gran sala sonora. Y Abulcassem quitó la venda al califa, que vió maravillado aquella sala iluminada sólo con el resplandor de los carbunclos incrustados en todas las paredes, así como en el techo. Y en medio de aquella sala se veía un estanque de alabastro blanco de cien pies de circunferencia lleno de monedas de oro y de cuantas joyas pueda soñar el cerebro más exaltado. Y alrededor de aquel estanque brotaban, como flores que surgieran de un suelo milagroso, doce columnas de oro que sostenían otras tantas estatuas de gemas de doce colores.

Y Abulcassem condujo al califa al borde del estanque, y le dijo: "Ya ves este montón de dinares de oro y de joyas de todas formas y de todos colores. ¡Pues bien; todavía no ha bajado más que dos dedos, aunque la profundidad del estanque es insondable! ¡Pero no hemos terminado!" Y le condujo a una segunda sala, semejante a la primera por la refulgencia de las paredes, pero más vasta aún, con un estanque en medio lleno de piedras talladas y de piedras en cabujones, y sombreado por dos hileras de árboles análogos al que le había regalado. Y por la bóveda de aquella sala corría en letras brillantes esta inscripción:

"No tema el dueño de este tesoro agotarlo; no podría dar fin a él. ¡Mejor es que lo utilice para llevar una vida agradable y para adquirir amigos, porque la vida es una y no vuelve, y vida sin amigos no es vida!"

Tras de lo cual Abulcassem todavía hizo visitar a su huésped otras varias salas que en nada desmerecían de las anteriores; luego, al ver que ya estaba fatigado de contemplar tantas cosas deslumbradoras, le condujo fuera del subterráneo, tras de vendarle los ojos, empero.

Una vez que regresaron al palacio, el califa dijo a su guía: "¡Oh mi señor...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 826ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 826ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Una vez que regresaron al palacio, el califa dijo a su guía: "¡Oh mi señor! después de lo que acabo de ver, y a juzgar por la joven esclava y los dos amables muchachos que me has dado, entiendo que no solamente debes ser el hombre más rico de la tierra, sino indudablemente el hombre más dichoso. ¡Porque en tu palacio debes poseer las más hermosas hijas de Oriente y las jóvenes más hermosas de las islas del mar!" Y contestó tristemente el joven: "¡Cierto ¡oh mi señor! que en mi morada tengo esclavas de una belleza notable; pero ¿me es dado amarlas a mí, cuya memoria llena la querida desaparecida, la dulce, la encantadora, la que por causa mía fué precipitada en las aguas del Nilo? ¡Ah! ¡mejor quisiera no tener por toda fortuna más que la contenida en el cinturón de un mandadero de Bassra y poseer a Labiba, la sultana favorita, que vivir sin ella con todos mis tesoros y todo mi harén!" Y el califa admiró la constancia de sentimientos del hijo de Abdelaziz; pero le exhortó a esforzarse cuanto pudiera para sobreponerse a sus penas. Luego le dió gracias por el magnífico recibimiento que le había hecho, y se despidió de él para volverse a su khan, habiéndose asegurado de tal suerte por sí mismo de la verdad de los asertos de su visir Giafar, a quien había hecho arrojar a un calabozo. Y emprendió otra vez al día siguiente el camino de Bagdad con todos los servidores, la joven, los dos mozalbetes y todos los presentes que debía a la generosidad sin par de Abulcassem.

Y he aquí que, no bien estuvo de regreso en palacio, Al-Raschid se apresuró a poner de nuevo en libertad a su gran visir Giafar, y para demostrarle cuánto sentía el haberle castigado de manera preventiva, le dió de regalo a los dos mozalbetes y le devolvió toda su confianza. Luego, tras de contarle el resultado de su viaje, le dijo: "¡Y ahora, ¡oh Giafar! dime qué debo hacer para corresponder al buen comportamiento de Abulcassem! Ya sabes que el agradecimiento de los reyes debe superar al bien que se les haga. Si me limitara a enviar al magnífico Abulcassem lo más raro y más precioso que tengo en mi tesoro, sería poca cosa para él. ¿Cómo vencerle, pues, en generosidad?"

Y Giafar contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡el único medio de que dispones para pagar tu deuda de agradecimiento es nombrar a Abulcassem rey de Bassra!" Y Al-Raschid contestó: "Verdad, dices, ¡oh visir mío! Ese es el único medio de corresponder con Abulcassem. ¡Y en seguida vas a partir para Bassra y a entregarle las patentes de su nombramiento, conduciéndole aquí luego para que podamos festejarle en nuestro palacio!" Y Giafar contestó con el oído y la obediencia, y partió sin demora para Bassra. Y Al-Raschid fué a buscar a Sett Zobeida a su aposento, y le regaló la joven, el árbol y el pavo real, sin guardar para sí más que la copa. Y la joven le pareció a Zobeida tan encantadora, que dijo a su esposo, sonriendo, que la aceptaba con más gusto aún que los otros presentes. Luego hizo que le narrara los detalles de aquel viaje asombroso.

En cuanto a Giafar, no tardó en volver de Bassra con Abulcassem, a quien había tenido cuidado de poner al corriente de lo que había sucedido y de la identidad del huésped que había alojado en su morada.

Y cuando entró el joven en la sala del trono, el califa se levantó en honor suyo, avanzó hacia él, sonriendo, y le besó como a un hijo. Y quiso ir por sí mismo con él hasta el hammam, honor que todavía no había otorgado a nadie desde su advenimiento al trono. Y después del baño, mientras les servían sorbetes, helados de almendras y frutas, fué allí a cantar una esclava llegada al palacio recientemente. Pero no bien hubo mirado Abulcassem el rostro de la joven esclava, lanzó un gran grito y cayó desvanecido. Y Al-Raschid, acudiendo solícito a socorrerle, le tomó en sus brazos y le hizo recobrar el sentido poco a poco.

Y he aquí que la joven cantarina no era otra que la antigua favorita del sultán de El Cairo, a quien un pescador había sacado de las aguas del Nilo y se la había vendido a un mercader de esclavos. Y aquel mercader, después de tenerla escondida en su harén mucho tiempo, la había conducido a Bagdad y se la había vendido a la esposa del Emir de los Creyentes.

Así es como Abulcassem convertido en rey de Bassra, recuperó a su bienamada y pudo en lo sucesivo vivir con ella entre delicias hasta la llegada de la Destructora de placeres, ¡la Constructora inexorable de tumbas!

"Pero no sabes ¡oh rey! -continuó Schehrazada- que esta historia es, ni por asomo, tan asombrosa y está tan llena de utilidad moral como la HISTORIA COMPLICADA DEL ADULTERINO SIMPÁTICO".

Y preguntó el rey Schahriar frunciendo las cejas: "¿De qué adulterino quieres hablar, Schehrazada?"

Y la hija del visir contestó: "¡De aquel precisamente cuya vida agitada ¡oh rey! voy a contarte!"

Y dijo:


Las mil y una noches - Tomo V
historia complicada del adulterino simpatico

de Anónimo


HISTORIA COMPLICADA DEL ADULTERINO SIMPATICO[editar]

Se cuenta -¡pero Alah es más sabio!- que en una ciudad entre las ciudades de nuestros padres árabes había tres amigos que eran genealogistas de profesión. Ya se explicará esto, si Alah quiere.

Y los tales tres amigos eran al mismo tiempo bravos entre los listos. Y era tanta su listeza, que por diversión podían quitar su bolsa a un avaro sin que se enterase. Y tenían costumbre de reunirse todos los días en una habitación de un khan aislado, que habían alquilado a este efecto, y donde, sin que se les molestara, podían concertar a su gusto la mala pasada que proyectaban jugar a los habitantes de la ciudad o la hazaña que tenían en preparación para pasar el día alegremente. Pero también hay que decir que de ordinario sus actos y gestos estaban desprovistos de maldad y llenos de oportunidad, como que sus maneras eran por cierto distinguidas y simpático su rostro. Y como les unía una amistad de hermanos enteramente, juntaban sus ganancias y se las repartían con toda equidad, fuesen considerables o módicas. Y siempre gastaban la mitad de estas ganancias en comprar haschisch para emborracharse por la noche, después de un día bien empleado. Y su borrachera ante las bujías encendidas era siempre de buena ley y jamás degeneraba en pendencias o en palabras impropias, sino al contrario. Porque el haschisch exaltaba más bien sus cualidades fundamentales y avivaba su inteligencia. Y en aquellos momentos encontraban expedientes maravillosos que, en verdad, hubiesen hecho las delicias de quien los escuchase.

Un día, cuando el haschisch hubo fermentado en su razón, les sugirió cierta estratagema de una audacia sin precedente. Porque una vez combinado su plan, se fueron muy de mañana a las cercanías del jardín que rodeaba el palacio del rey. Y allí se pusieron a armar querella y a dirigirse invectivas de un modo ostensible, lanzándose mutuamente, contra su costumbre, las imprecaciones más violentas, y amenazándose, a vuelta de muchos gestos y ojos inyectados, con matarse o por lo menos, con ensartarse por detrás.

Cuando el sultán, que se paseaba por su jardín, hubo oído aquellos gritos y el tumulto que se alzaba, dijo: "¡Que me traigan a los individuos que hacen todo ese ruido!" Y al punto corrieron chambelanes y eunucos a apoderarse de ellos, y les arrastraron, moliéndolos a golpes, entre las manos del sultán.

Y he aquí que, en cuanto estuvieron en su presencia, el sultán, que había sido molestado en su paseo matinal por aquellos gritos intempestivos, les preguntó con cólera: "¿Quiénes sois, ¡oh forajidos!? ¿Y por qué armáis querella sin vergüenza bajo los muros del palacio de vuestro rey?" Y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! Nosotros somos maestros de nuestro arte. Y cada uno de nosotros ejerce una profesión diferente. En cuanto a la causa de nuestro altercado -¡perdónenos nuestro señor!-, era precisamente nuestro arte. Porque discutíamos la excelencia de nuestras profesiones, y como poseemos nuestro arte a la perfección, cada cual de nosotros pretendía ser superior a los otros dos. Y de palabra en palabra nos hemos dejado invadir por la cólera; y se ha recorrido la distancia que media de ella a las invectivas y las groserías. ¡Y así fué como, olvidando la presencia de nuestro amo el sultán, nos hemos tratado mutuamente de maricas y de hijos de zorra, y de tragadores de zib! ¡Alejado sea el maligno! ¡La cólera es mala consejera, ¡oh amo nuestro! y hace perder a las gentes bien educadas el sentimiento de su dignidad! ¡Qué vergüenza sobre nuestra cabeza! ¡Sin duda merecemos ser tratados sin clemencia por nuestro amo el sultán!"

Y el sultán les preguntó: "¿Cuáles son vuestras profesiones?" Y el primero de los tres amigos besó la tierra entre las manos del sultán, y levantándose, dijo: "Por lo que a mí respecta, ¡oh mi señor! soy genealogista de piedras finas, y es muy general el admitir que soy un sabio dotado del talento más distinguido en la ciencia de las genealogías lapidarias!" Y le dijo el sultán, muy asombrado: "¡Por Alah, que, a juzgar por tu mirada atravesada, más pareces un bellaco que un sabio! ¡Y sería la primera vez que viera yo reunidas en el mismo hombre la ciencia y la diablura! Pero, sea de ello lo que sea, ¿puedes decirme, al menos, en qué consiste la genealogía lapidaria...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 827ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 827ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Pero, sea de ello lo que sea, ¿puedes decirme, al menos, en qué consiste la genealogía lapidaria?" Y contestó el interpelado: "Es la ciencia que trata del origen y de la raza de las piedras preciosas, y el arte de diferenciarlas, al primer golpe de vista, de las piedras falsas, y de distinguir unas de otras a la vista y al tacto.

Y el sultán exclamó: "¡Qué cosa tan extraña! ¡Pero ya pondré a prueba su ciencia y juzgaré de su talento!" Y se encaró con el segundo comedor de haschisch y le preguntó: "¿Y cuál es tu profesión?" Y el segundo hombre, tras de besar la tierra entre las manos del sultán, se levantó y dijo: "Por mi parte, ¡oh rey del tiempo! soy genealogista de caballos. Y están todos acordes en considerarme como el hombre más sabio entre los árabes en el conocimiento de la raza y del origen de los caballos. Porque, al primer golpe de vista, sin equivocarme nunca, puedo decir si un caballo viene de la raza de Anazeh o de la tribu de los Muteyr o de los Beni-Khaled o de la tribu de los Dafir o del Jabal Schammar. Y puedo adivinar con certeza si se ha criado en las altas planicies del Nejed o en medio de los prados de los Nefuds, y si es de la raza de los Kehilán El-Ajuz, o de los Seglawi-Jedrán, o de los Seglawi-Scheyfi, o de los Hamdani Simri, o de los Kehilán El Krusch. Y puedo decir la distancia exacta de pies que puede recorrer ese caballo en un tiempo dado a galope, al paso y al trote ligero. Y puedo revelar las enfermedades ocultas del animal y sus enfermedades futuras, y decir de qué mal han muerto el padre, la madre y los antecesores hasta la quinta generación ascendente. Y puedo curar las enfermedades caballunas reputadas incurables, y poner en pie a un animal agónico. Y he aquí ¡oh rey del tiempo! una parte solamente de lo que sé, pues, por temor a exagerar mis méritos, no me atrevo a enumerarte los demás detalles de mi ciencia. ¡Pero Alah es más sabio!" Y después de hablar así, bajó los ojos con modestia, inclinándose ante el sultán.

Y al oír y al escuchar, exclamó el sultán: "¡Por Alah que ser sabio y forajido a la vez resulta un prodigio asombroso! ¡Pero ya sabré comprobar lo que dice y experimentar su ciencia genealógica!"

Luego se encaró con el tercer genealogista y le preguntó: "¿Y cuál es tu profesión, ¡oh tú, tercero!?"

Y el tercer comedor de haschisch, que era el más avispado de los tres, contestó, después de los homenajes debidos: "¡Oh rey del tiempo! mi profesión es la más noble sin disputa y la más difícil. Porque si estos dos sabios compañeros míos son genealogistas en piedras y en caballos, yo soy genealogista de la especie humana. Y si mis compañeros son sabios entre los más distinguidos, yo paso por corona de su cabeza incontestablemente. Porque ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! Yo tengo el poder de conocer el verdadero origen de mis semejantes, no el origen indirecto, sino el directo, el que la madre del niño apenas puede conocer y el padre ignora generalmente. Sabe, en efecto, que a la sola vista de un hombre y a la sola audición del timbre de su voz, puedo decirle sin vacilar si es hijo legítimo o si es adulterino, Y a decirle, además si su padre y su madre han sido hijos legítimos o productos de copulación ilícita, y revelarle lo legal o lo ilegal del nacimiento de los miembros de su familia, remontándome hasta nuestro padre Ismael ben-Ibrahim (con ambos las gracias de Alah , y la más escogida de las bendiciones!). Y de tal suerte he podido, gracias a la ciencia de que me ha dotado el Retribuidor (¡exaltado sea!), desengañar a buen número de grandes señores acerca de la nobleza de su nacimiento, y probarles con las pruebas más fehacientes que no eran más que el resultado de una copulación de su madre, ora con un camellero, ora con un arriero, ora con un cocinero, ora con un falso eunuco, ora con un negro de betún, ora con un esclavo entre los esclavos o con cualquier otro análogo. ¡Y si ¡oh mi señor! la persona que examino es una mujer, también puedo, sólo con mirarla al rostro a través de su velo, decirle su raza, su origen y hasta la profesión de sus padres! Y he aquí ¡oh rey del tiempo! una parte solamente de lo que sé, pues la ciencia de la genealogía humana abarca tanto, que para enumerarte nada más que sus diversas ramas necesitaría estar un día entero con mi pesada presencia delante de los ojos de nuestro amo el sultán. Así Pues ¡oh mi señor! Ya ves que mi ciencia es más admirable, y con mucho, que la de estos dos sabios compañeros míos, porque ningún hombre más que yo solo posee esta ciencia sobre la Superficie de la tierra, y nadie la ha poseído antes que yo. ¡Pero de Alah nos viene toda ciencia, todo conocimiento es un préstamo de Su generosidad, y el mejor de Sus dones es la virtud de la humildad!"

Y después de hablar así, el tercer genealogista bajó los ojos con modestia, inclinándose de nuevo, y retrocedió en medio de sus compañeros puestos en fila ante el rey.

Y el rey se dijo en el límite del asombro: "¡Por Alah, qué enormidad! ¡Si están justificados los asertos de este último, sin duda es el sabio más extraordinario de este tiempo y de todos los tiempos! Voy, pues, a quedarme con estos tres genealogistas en mi palacio hasta que se presente una ocasión que nos permita experimentar su asombroso saber. ¡Y si se demuestran que no tienen fundamentos sus pretensiones, les espera el palo!"

Y tras de hablar así consigo mismo, el sultán se encaró con su gran visir, y le dijo: "Que no se pierda de vista a estos tres sabios, dándoles una habitación en el palacio, así como una ración de pan y de carne al día y agua a discreción".

Y en aquella hora y en aquel instante se ejecutó la orden. Y los tres amigos se miraron, diciéndose con los ojos: "¡Qué generosidad! ¡Jamás oímos decir que un rey fuera tan munificente como este rey y tan sagaz! Pero nosotros, por Alah, no somos genealogistas de balde. Y más pronto o más tarde nos llegará nuestra hora".

Pero, volviendo al sultán, no tardó en ofrecerse la ocasión que deseaba. En efecto, un rey vecino le envió presentes muy raros, entre los cuales había una piedra preciosa de maravillosa hermosura, blanca y transparente y de un agua más pura que el ojo del gallo. Y acordándose de las palabras del genealogista lapidario, el sultán mandó a buscarle, y después que le hubo enseñado la piedra, le pidió que la examinase y le dijese qué opinaba de ella. Pero el genealogista lapidario contestó: "Por vida de nuestro amo el rey, que no tengo necesidad de examinar esa piedra en todos sus aspectos, ya por transparencia, ya por reflexión, ni de tomarla en mi mano, ni siquiera de mirarla. ¡Pues, para juzgar de su valor y su hermosura, sólo necesito tocarla con el dedo meñique de mi mano izquierda teniendo los ojos cerrados".

Y el rey, más asombrado todavía que la primera vez, se dijo: "¡He aquí por fin el momento en que vamos a saber si son ciertas sus pretensiones!" Y presentó la piedra al genealogista lapidario, que, con los ojos cerrados, extendió el dedo meñique y la rozó. Y al punto retrocedió con viveza, y sacudió su mano como si se la hubiesen mordido o quemado, y dijo: "¡Oh mi señor! ¡esta piedra no tiene valor ninguno, sino que tiene un gusano en su corazón!"

Y al oír estas palabras, el sultán sintió que se le llenaba de furor la nariz, y exclamó: "¿Qué estás diciendo, ¡oh hijo de alcahuete!? ¿No sabes que esta piedra es de un agua admirable, transparente hasta más no poder y llena de brillo, y que me la ha regalado un rey entre los reyes?" Y no escuchando más que su indignación, llamó al funcionario del palo y le dijo: "¡Pincha el ano de este indigno embustero!"

Y el funcionario del palo, que era un gigante extraordinario, cogió al genealogista y lo levantó como a un pájaro, y se dispuso a ensartarle, pinchándole lo que le tenía que pinchar, cuando el gran visir, que era un anciano lleno de prudencia y de moderación y de buen sentido, dijo al sultán: "¡Oh rey del tiempo! claro que este hombre ha debido exagerar sus méritos, y la exageración es condenable en todo.

Pero quizá no esté completamente desprovisto de verdad lo que se ha aventurado a decir, y en este caso su muerte no estaría suficientemente justificada ante el Dueño del Universo. ¡Por otra parte, ¡oh mi señor! la vida de un hombre, quienquiera que sea, es más preciosa que la piedra más preciosa, y pesa más en la balanza del Pesador! Por eso mejor es diferir el suplicio de este hombre hasta después de la prueba. Y la prueba sólo puede obtenerse rompiendo esa piedra en dos. Y entonces, si se encuentra el gusano en el corazón de esa piedra, el hombre tendrá razón; pero si la piedra está intacta y sin lasca interna, el castigo de ese hombre será prolongado y acentuado por el funcionario del palo".

Y comprendiendo el sultán la justicia que había en las palabras de su gran visir, dijo: "¡Que partan en dos esta piedra!" Y al instante rompieron la piedra. Y el sultán y todos los presentes llegaron al límite extremo del asombro al ver salir un gusano blanco del propio corazón de la piedra. Y en cuanto estuvo al aire, aquel gusano se consumió en su propio fuego en un instante, sin dejar la menor traza de su existencia.

Cuando el sultán volvió de su emoción preguntó al genealogista: "¿De qué medio te has valido para advertir en el corazón de la piedra la existencia de ese gusano que ninguno de nosotros pudo ver?" Y el genealogista contestó con modestia: "¡Me ha bastado la finura de vista del ojo que tengo en la punta de mi dedo meñique y la sensibilidad de este dedo para el calor y el frío de esa piedra!"

Y el sultán, maravillado de su ciencia y de su sagacidad, dijo al funcionario del palo: "¡Suéltale!" Y añadió: "¡Que le den hoy doble ración de pan y de carne y agua a discreción!"

¡Y he aquí lo referente al genealogista lapidario!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe al genealogista de caballos! Algún tiempo después de aquel acontecimiento de la gema habitada por el gusano, el sultán recibió del interior de la Arabia, en prueba de lealtad de parte de un poderoso jefe de tribu, un caballo bayo oscuro de una hermosura admirable. Y encantado de aquel presente, se pasaba los días enteros admirándole en la caballeriza, Y como no olvidaba la presencia del genealogista de caballos en el palacio, hizo que le trasmitieran la orden de presentarse ante él. Y cuando estuvo entre sus manos le dijo: "¡Oh hombre! ¿sigues pretendiendo entender de caballos de la manera que nos dijiste no hace mucho tiempo? ¿Y te sientes dispuesto a probarnos tu ciencia del origen y de la raza de los caballos?" Y el segundo genealogista contestó: "Claro que sí, ¡oh rey del tiempo!" Y el sultán exclamó: "¡Por la verdad de Quien me colocó como soberano por encima de los cuellos de Sus servidores y dice a los seres y a las cosas: «¡Sed!» para que sean, que como haya el menor error, falsedad o confusión en tu declaración, te haré morir con la peor de las muertes!" Y el hombre contestó: "¡Entiendo y me someto!" Y el sultán dijo entonces: "¡Que traigan el caballo delante de este genealogista!"

Y cuando tuvo delante de él al noble bruto, el genealogista le lanzó una ojeada, una sola, contrajo sus facciones, sonrió, y dijo encarándose con el sultán: "¡He visto y he sabido!"

Y el sultán le preguntó: "¿Qué has visto ¡oh hombre! y qué has sabido...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 828ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 828ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... el genealogista de caballos lanzó, pues, al noble bruto una ojeada, una sola, contrajo sus facciones, sonrió, y dijo encarándose con el sultán: "¡He visto y he sabido!" Y el sultán le preguntó: "¿Qué has visto ¡oh hombre! y qué has sabido?" Y el genealogista contestó: "He visto ¡oh rey del tiempo! que este caballo es, efectivamente, de una hermosura rara y de una raza excelente, que sus proporciones son armónicas y su aspecto está lleno de arrogancia, que su poder es muy grande y su acción ideal; que tiene la espaldilla muy fina, la estampa soberbia, el lomo alto, las patas de acero, la cola levantada y formando un arco perfecto, y las crines pesadas, espesas y barriendo el suelo; y en cuanto a la cabeza, tiene todas las señales distintivas que son esenciales en la cabeza de un caballo del país de los árabes: es ancha, y no pequeña, desarrollada en las regiones altas, con una gran distancia de las orejas a los ojos, una gran distancia de un ojo a otro, y una distancia pequeñísima de una oreja a otra; y la parte delantera de esta cabeza es convexa; y los ojos están a flor de cabeza y son hermosos como los ojos de las gacelas; y el espacio que hay en torno de ellos está sin pelo y deja al desnudo, en su vecindad inmediata, el cuero negro, fino y lustroso; y el hueso de la carrillada es grande y delgado, y el de la quijada queda de relieve; y la cara se estrecha por abajo y termina casi en punta al extremo del belfo; y los nasales, cuando están quietos, quedan al nivel de la cara y sólo parecen dos hendiduras hechas en ella; y la boca tiene el labio inferior más ancho que el labio superior; y las orejas son anchas, largas finas y cortadas delicadamente como las orejas del antílope; en fin, es un animal de todo punto espléndido. Y su color bayo oscuro es el rey de los colores. Y sin duda alguna este animal sería el primer caballo de la tierra, y en ninguna parte se le podría encontrar igual, si no tuviese una tara que acaban de descubrir mis ojos, ¡oh rey del tiempo!"

Cuando el sultán hubo oído esta descripción del caballo, que tanto le gustaba, quedó al pronto maravillado, sobre todo teniendo en cuenta la simple mirada echada negligentemente al animal por el genealogista. Pero cuando oyó hablar de una tara llamearon sus ojos y se le oprimió el pecho, y con una voz que la cólera hacía temblar preguntó al genealogista: "¿Qué estás diciendo, ¡oh taimado maldito!? ¿Y qué hablas de taras con respecto a un animal tan maravilloso y que es el único retoño de la raza más noble de Arabia?"

Y el genealogista contestó sin inmutarse: "¡Desde el momento en que el sultán se enfade por las palabras de su esclavo, el esclavo no dirá más!"

Y exclamó el sultán: "¡Di lo que tengas que decir!"

Y el hombre contestó: "¡No hablaré si no me da el rey libertad para ello!"

Y dijo el rey: "¡Habla, pues, y no me ocultes nada!"

Entonces dijo él: "¡Sabe ¡oh rey¡ que este caballo es de pura y verdadera raza por parte de padre, pero nada más que por parte de padre! ¡En cuanto a su madre, no me atrevo a hablar!"

Y gritó el rey con el rostro convulso: "¿Quién es su madre, pues? ¡dínoslo en seguida!"

Y el genealogista dijo: "Por Alah, ¡oh mi señor! que la madre de este caballo soberbio es de una raza animal diferente en absoluto. ¡Porque no es una yegua, sino una hembra de búfalo marino!"

Al oír estas palabras del genealogista, el sultán se encolerizó hasta el límite extremo de la cólera y se hinchó y se deshinchó después, y no pudo pronunciar una palabra al pronto. Y acabó por exclamar: "¡Oh perro de los genealogistas! ¡preferible es tu muerte a tu vida!" E hizo una seña al funcionario del palo, diciéndole: "¡pincha el ano de ese genealogista!" Y el gigante del palo cogió en brazos al genealogista, y poniéndole el ano sobre la consabida punta perforadora, iba ya a dejarle caer sobre ella con todo su peso para dar vueltas luego al berbiquí, cuando el gran visir, que era hombre dotado del sentido de la justicia, suplicó al rey que retrasara por algunos instantes el suplicio, diciéndole: "¡Oh mi señor soberano! claro que este genealogista está afligido de un espíritu imprudente y de un raciocinio débil para así pretender que este caballo puro desciende de una madre hembra de búfalo marino. Así es que, para probarle bien que se merece su suplicio, valdría más hacer venir aquí al caballerizo que ha traído este caballo de parte del jefe de las tribus árabes. ¡Y nuestro amo el sultán le interrogará en presencia de este genealogista, y le pedirá que nos entregue la bolsita que contiene el acta de nacimiento de este caballo y que da fe de su raza y de su origen, pues ya sabemos que todo caballo de sangre noble debe llevar atada a su cuello una bolsita, a manera de estuche, que contenga sus títulos y su genealogía!"

Y dijo el sultán: "¡No hay inconveniente!" Y dió orden de llevar a su presencia al caballerizo en cuestión.

Cuando el caballerizo entró entre las manos del sultán y hubo oído y comprendido lo que se le pedía, contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡Y aquí está el estuche!" Y sacándose del seno una bolsita de cuero labrado é incrustado de turquesas, se la entregó al sultán, que en seguida desató los cordones y sacó un pergamino, en el cual estaban estampados los sellos de todos los jefes de la tribu en que había nacido el caballo y los testimonios de todos los testigos presentes al acto de cubrir el padre a la madre. Y aquel pergamino decía en definitiva que el potranco consabido había tenido por padre a un semental de pura sangre de la raza de los Seglawi-Jedrán y por madre a una hembra de búfalo marino, a quien el semental había encontrado un día que viajaba a orillas del mar, y que la había cubierto por tres veces, relinchando sobre ella de una manera que no dejaba lugar a dudas. Y decía también que aquella hembra de búfalo marino fué capturada por los jinetes, y había dado a luz aquel potranco bayo oscuro, y le había criado ella misma durante un año en medio de la tribu. Y tal era el resumen del contenido del pergamino.

Cuando el sultán hubo oído la lectura que del documento le había hecho el propio gran visir, y la enumeración de los nombres de jeiques y testigos que lo habían sellado, quedó extremadamente confuso de hecho tan extraño, al mismo tiempo muy maravillado de la ciencia adivinatoria e infalible del genealogista de caballos. Y se encaró con el funcionario del palo, y le dijo: "¡Quítale de encima de la plancha del berbiquí!"

Y una vez que de nuevo estuvo el genealogista de pie entre las manos del rey, le preguntó éste: "¿Cómo pudiste juzgar de una sola ojeada la raza, el origen, las cualidades y el nacimiento de este potro? Porque tu aserto, por Alah ha resultado cierto y se ha probado de manera irrefutable. ¡Date prisa, pues, a iluminarme respecto a las señales por las cuales has conocido la tara de este animal espléndido!" Y contestó el genealogista: "La cosa es fácil, ¡oh mi señor! No he tenido más que mirar los cascos de este caballo. Y nuestro amo puede hacer lo que he hecho yo". Y el rey miró los cascos del animal y vió que estaban hendidos y eran pesados y largos, como los de los búfalos, en vez de estar unidos y ser ligeros y redondos como los de los caballos. Y al ver aquello exclamó el sultán: "¡Alah es Todopoderoso!"

Y se encaró con los servidores, y les dijo: "¡Que le den hoy a ese sabio genealogista doble ración de carne, así como dos panes y agua a discreción!" ¡Y he aquí lo referente a él!

Pero respecto al genealogista de la especie humana, ocurrió cosa muy distinta.

En efecto, cuando el sultán hubo visto aquellos dos descubrimientos extraordinarios, debidos a los dos genealogistas con la gema que contenía un gusano en su corazón y con el potro nacido de un semental de pura sangre y de una hembra de búfalo marino, y cuando hubo puesto a prueba por sí mismo la ciencia prodigiosa de ambos hombres, se dijo: "¡Por Alah, que no lo sé; pero creo que el tercer bellaco debe ser un sabio más prodigioso todavía! ¡Y quién sabe si irá a descubrir algo que no sepamos!" Y le hizo llevar a su presencia acto seguido, y le dijo: "Debes acordarte ¡oh hombre! de lo que te adelantaste a decir en mi presencia con respecto a tu ciencia de la genealogía de la especie humana, que te permite descubrir el origen directo de los hombres, lo cual no puede conocer apenas la madre del niño, y lo ignora el padre, generalmente. Y también debes acordarte de que aventuraste un aserto parecido respecto a las mujeres. Deseo, pues, saber por ti si persistes en tus afirmaciones y si estás dispuesto a demostrarlas ante nuestros ojos". Y el genealogista de la especie humana, que era el tercer comedor de haschisch, contestó: "Así hablé, ¡oh rey del tiempo! Y persisto en mis afirmaciones. ¡Y Alah es el más grande!"

Entonces el sultán se levantó de su trono, y dijo al hombre: "¡Echa a andar detrás de mí!" Y el hombre echó a andar detrás del sultán, que le condujo a su harén, en contra de lo establecido por la costumbre, aunque después de haber hecho prevenir a las mujeres por los eunucos para que se envolvieran en sus velos y se taparan el rostro. Y llegados que fueron ambos al aposento reservado a la favorita del momento, el sultán se encaró con el genealogista, y le dijo: "¡Besa la tierra en presencia de tu señora y mírala para decirme luego lo que hayas visto!"

Y el comedor de haschisch dijo al sultán: "Ya la he examinado, ¡oh rey del tiempo!" Y he aquí que no había hecho más que posar en ella una mirada, una sola, y nada más.

Y el sultán le dijo: "¡En ese caso, echa a andar detrás de mí!"

Y salió, y el genealogista echó a andar detrás de él, y llegaron a la sala del trono. Y tras de hacer evacuar la sala, el sultán se quedó solo con su gran visir y el genealogista, a quien preguntó: "¿Qué has descubierto en tu señora?" Y contestó el interpelado: "¡Oh mi señor! he visto en ella una mujer adornada de gracias, de encantos, de elegancia, de lozanía; de modestia y de todos los atributos y todas las perfecciones de la belleza. Y sin duda no se podría desear nada más en ella, porque tiene todos los dones que pueden encantar el corazón y refrescar los ojos, y por cualquier parte que se la mire está llena de proporción y armonía; y si he de juzgar por su aspecto exterior y por la inteligencia que anima su mirada, sin duda debe poseer en su centro interior todas las cualidades deseables de listeza y de comprensión. Y he aquí lo que he visto en esa dama soberana, ¡oh mi señor! ¡Pero Alah es omnisciente!"

El sultán le dijo: "¡No se trata de eso, ¡oh genealogista! sino de que digas qué has descubierto con respecto al origen de tu señora, mi honorable favorita...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 829ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 829ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Cuando el genealogista hubo dicho al sultán: "Y he aquí lo que he visto en esa dama soberana, ¡oh mi señor! ¡Pero Alah es omnisciente!", el sultán le dijo: "¡No se trata de eso, ¡oh genealogista! sino de que me digas qué has descubierto con respecto al origen de tu señora, mi honorable favorita!" Y tomando de pronto una actitud reservada y discreta, el genealogista contestó: "¡Es cosa delicada, ¡oh rey del tiempo! y no sé si debo hablar o callarme!" Y el sultán exclamó: "¡Por Alah, que no te he hecho venir más que para que hables! Vamos desembucha lo que tengas guardado, y mide tus palabras, ¡oh bellaco!" Y el genealogista, sin inmutarse, dijo: "¡Por vida de nuestro amo, que esa dama sería el ser más perfecto entre las criaturas si no tuviese un defecto original que desluce sus perfecciones personales!"

Al oír estas últimas frases y la palabra "defecto", el sultán, frunciendo las cejas e invadido por el furor, sacó de repente su cimitarra y saltó hacia el genealogista para cortarle la cabeza, gritando: "¡Oh perro, hijo de perro! por lo visto vas a decirme que mi favorita desciende de algún búfalo marino o que tiene un gusano en un ojo o en otra parte! ¡Ah! ¡hijo de los mil cornudos de la impudicia, así esta hoja te deje más ancho que largo!" Y de un trago le habría hecho beber la muerte infaliblemente, si no se hubiese encontrado allí el visir, prudente y juicioso, para desviar su brazo y decirle: "¡Oh mi señor! ¡mejor será no quitar la vida a este hombre, sin estar convencido de su crimen!"

Y el sultán dijo al hombre, a quien había derribado y a quien tenía bajo su rodilla: "¡Pues bien; habla! ¿Cuál es ese defecto que has encontrado en mi favorita?"

Y el genealogista de la especie humana contestó con el mismo acento tranquilo de antes: "¡Oh rey del tiempo! ¡mi señora, tu honorable favorita, es un dechado de belleza y de perfecciones; pero su madre era una danzarina pública, una mujer libre de la tribu errante de los Ghaziyas, una hija de prostituta !"

Al oír estas palabras, se hizo tan intenso el furor del sultán que se le quedaron los gritos en el fondo de la garganta. Y sólo al cabo de un momento pudo expresarse, diciendo a su gran visir: "¡Ve en seguida a traerme aquí al padre de mi favorita, que es el intendente de mi palacio!" y continuó teniendo bajo su rodilla al genealogista, que era el tercer comedor de haschisch. Y cuando hubo llegado el padre de su favorita, le gritó: "¿Ves este palo? ¡Pues bien; si no quieres verte sentado en su punta date prisa a decirme la verdad con respecto al nacimiento de tu hija, mi favorita!" Y el intendente de palacio, padre de la favorita, contestó: "¡Escucho y obedezco!"

Y dijo: "Has de saber ¡oh mi señor soberano! que voy a decirte la verdad, pues, que tal es la única salvación. En mi juventud vivía yo la vida libre del desierto, y viajaba escoltando a las caravanas, que me pagaban el tributo del pasaje por el territorio de mi tribu. Y he aquí que un día en que habíamos acampado junto a los pozos de Zobeida (¡sean con ella las gracias y la misericordia de Alah!), acertó a pasar un grupo de mujeres de la tribu errante de los Ghaziyas, cuyas hijas, cuando llegan a la pubertad, se prostituyen con los hombres del desierto, viajando de una tribu a otra y de un campamento a otro, ofreciendo sus gracias y su ciencia del amor a los cabalgadores jóvenes. Y aquel grupo se quedó con nosotros durante algunos días, y nos dejó luego para ir a buscar a los hombres de la tribu vecina. Y he aquí que después de su marcha, cuando ya se habían perdido de vista, descubrí acurrucada debajo de un árbol, a una pequeñuela de cinco años, a quien su madre, una Ghaziya, había debido perder u olvidar en el oasis, junto a los pozos de Zobeida. Y en verdad ¡oh mi señor soberano! que aquella muchacha, morena como el dátil maduro, era tan menuda y tan hermosa, que acto seguido declaré que la tomaba a mi cargo. Y aunque estaba asustada como una corza joven en su primera salida por el bosque, conseguí domesticarla, y se la confié a la madre de mis hijos, que la educó como si fuese su propia hija. Y creció entre nosotros y se desarrolló tan bien, que, cuando estuvo en la pubertad, ninguna hija del desierto, por muy maravillosa que fuera, podía comparársela. Y yo ¡oh mi señor! sentía que mi corazón estaba prendado de ella, y sin querer unirme a ella de manera ilícita, la tomé por mujer legítima, desposándola, a pesar de su origen inferior. Y gracias a la bendición, me dió ella la hija que te has dignado elegir para favorita tuya ¡oh rey del tiempo! Y ésta es la verdad acerca de la madre de mi hija, y acerca de su raza y de su origen. Y juro por la vida de nuestro profeta Mohamed (¡con El la plegaria y la paz!) que no he quitado una sílaba. ¡Pero Alah es más verídico y el único infalible!"

Cuando el sultán hubo oído esta declaración sin artificio, se sintió aliviado de una preocupación torturadora y de una inquietud dolorosa. Porque se había imaginado que su favorita era hija de una prostituta entre las Ghaziyas, y acababa de saber precisamente lo contrario, pues, aunque era Ghaziya, la madre había permanecido virgen hasta su matrimonio con el intendente del palacio. Y entonces se dejó llevar de la sorpresa que le producía la ciencia del perspicaz genealogista. Y le preguntó: "¿Cómo te has arreglado para adivinar ¡oh sabio! que mi favorita era una hija de Ghaziya, hija de danzarina, la cual era hija de prostituta?" Y el genealogista comedor de haschisch contestó: "¡Escucha! Primero mi ciencia (¡Alah es más sabio!) me puso en camino de este descubrimiento. ¡Y luego me fijé en la circunstancia de que las mujeres de raza Ghaziya tienen todas, como tu favorita, las cejas muy espesas y juntas en el entrecejo, y también, como ella, tienen los ojos más intensamente negros de Arabia!"

Y el rey, maravillado de lo que acababa de oír, no quiso despedir al genealogista sin darle una prueba de su satisfacción. Se encaró, pues, con los servidores, que ya habían entrado de nuevo, y les dijo: "¡Dad hoy a este distinguido sabio doble ración de carne y dos panes del día, así como agua a discreción!"

¡Y he aquí lo referente al genealogista de la especie humana! Pero no es todo, porque no se ha acabado.

En efecto, al siguiente día, el sultán, que se había pasado la noche reflexionando sobre lo que habían hecho los tres compañeros y sobre la profundidad de su ciencia en las diversas ramas de la genealogía, se dijo para sí: "¡Por Alah! después de lo que me ha dicho este genealogista de la especie humana respecto al origen de la raza de mi favorita, no queda por hacer más que declararle el hombre más sabio de mi reino. ¡Pero quisiera saber antes qué me dice respecto a mi origen, al de este sultán, que es descendiente auténtico de tantos reyes!"

Al instante puso en acción su pensamiento, e hizo llevar de nuevo entre sus manos al genealogista de la especie humana, y le dijo: "¡Ahora ¡oh padre de la ciencia! que no tengo ningún motivo para dudar de tus palabras, quisiera oírte hablarme de mi origen y del origen de mi raza real!" Y el otro contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey del tiempo! pero no sin que antes me hayas prometido la seguridad. Porque dice el proverbio: "¡Pon distancia entre la cólera del sultán y tu cuello, y mejor es que hagas que te ejecuten por contumacia!" ¡Y yo ¡oh mi señor! soy sensible y delicado, y prefiero el palo por contumacia al palo eficaz que ensarta y profundiza en el agujero por una cuestión de raza!"

Y le dijo el sultán: "¡Por mi cabeza que te concedo la seguridad, y que, sea como sea lo que digas, estás absuelto de antemano!" Y le tiró el pañuelo de la salvaguardia. Y el genealogista recogió el pañuelo de la salvaguardia, y dijo: "¡En este caso, ¡oh rey del tiempo! te ruego que no dejes estar en esta sala otra persona que nosotros dos!" Y el rey le preguntó: "¿Por qué ¡oh hombre!?" El otro dijo: "¡Porque ¡oh mi señor! Alah Todopoderoso posee entre sus nombres benditos el sobrenombre de "Velador", pues le gusta velar con los velos del misterio las cosas cuya divulgación sería perjudicial!"

Y el sultán ordenó salir a todo el mundo, incluso a su gran visir.

Entonces, al encontrarse a solas con el sultán, el genealogista avanzó hacia él, e inclinándose a su oído, le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡tú no eres más que un adulterino, y de mala calidad!"

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 830ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 830ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Entonces, al encontrarse a solas con el sultán el genealogista avanzó hacia él, e inclinándose a su oído, le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡tú no eres más que un adulterino, y de mala calidad!"

Al oír estas terribles palabras, cuya audacia era inusitada, el sultán se puso muy amarillo de color y cambió de talante, y sus miembros cayeron desmadejados; y perdió el oído y la vista; y quedó como un beodo que no hubiera bebido vino; y se tambaleó, con espuma en los labios; y acabó por caer desfallecido en el suelo, y permaneció en aquella posición mucho tiempo, sin que el genealogista supiese con exactitud si estaba muerto de la impresión, o medio muerto, o vivo todavía. Pero el sultán acabó por volver en sí, y levantándose, y recobrado el sentido por completo, se encaró con el genealogista y le dijo: "Ahora, ¡oh hombre! como se me pruebe que tus palabras son verídicas y adquiera yo la certeza de ellas con pruebas positivas, juro por la verdad de Quien me colocó por encima de los cuellos de Sus servidores, que quiero firmemente abdicar un trono del que sería indigno y desposeerme de mi poder real en favor tuyo. Porque eres el que mejor lo merece, y nadie como tú sabrá hacerse digno de esa posición. ¡Pero si advierto la mentira en tus palabras te degollaré!"

Y el genealogista contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡No hay inconveniente!"

Entonces el sultán se irguió sobre ambos pies sin más dilación ni tardanza, se precipitó con la espada en la mano al aposento de la sultana madre, y penetró en él, y le dijo: "¡Por el que elevó el cielo y lo separó del agua, que si no me respondes con la verdad a lo que voy a preguntarte te cortaré en pedazos con esto!" Y blandió su arma, girando unos ojos de incendio y babeando de furor. Y la sultana madre, asustada y azorada a la vez por un lenguaje tan poco usual, exclamó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡Cálmate ¡oh hijo mío! e interrógame acerca de todo lo que desees saber, que no te responderé más que con arreglo a los preceptos del Verídico!" Y el sultán le dijo: "Date prisa a decirme, entonces, sin ningún preámbulo ni entrada en materia, si soy hijo de mi padre el sultán y si pertenezco a la raza real de mis antepasados. ¡Porque sólo tú puedes revelármela".

Y contestó ella: "Te diré, pues, sin preámbulos, que eres hijo auténtico de un cocinero. ¡Y si quieres saber cómo, helo aquí!

"Cuando tu antecesor el sultán, a quien hasta ahora creías tu padre, me hubo tomado por esposa, cohabitó conmigo como es de rigor. Pero Alah no le favoreció con la fecundidad, y no pude darle una posteridad que le trajese alegría y asegurase el trono a su raza. Y cuando vió que no tendría hijos, quedó sumido en una tristeza que le hizo perder el apetito, el sueño y la salud. Y su madre no le dejaba parar, impulsándole a tomar nueva esposa. Y tomó una segunda esposa. Pero Alah no le favoreció con la fecundidad. Y de nuevo le aconsejó su madre una tercera esposa. Entonces, al ver que iba a acabar por quedar relegada a última fila, resolví poner a salvo mi influencia, poniendo al mismo tiempo a salvo la herencia del trono. Y esperé la ocasión propicia para realizar tan excelente intención.

"Un día, el sultán, que continuaba sin tener ningún apetito y adelgazando, tuvo mucha gana de comerse un pollo relleno. Y dió al cocinero orden de degollar una de las aves que estaban encerradas en jaulas en las ventanas de palacio. Y vino el hombre para coger el ave en su jaula. Entonces yo, al examinar bien a aquel cocinero, le encontré de lo más a propósito para la obra proyectada, pues era un gallardo joven corpulento y gigantesco. Y asomándome a la ventana, le hice señas para que subiera por la puerta secreta. Y lo recibí en mi aposento. Y lo que pasó entre él y yo sólo duró el tiempo preciso, porque en cuanto hubo acabado su misión le hundí en el corazón un puñal. Y cayó de bruces, muerto, dando con la cabeza antes que con los pies. E hice que mis fieles servidoras le cogieran y le enterraran en secreto en una fosa cavada por ellas en el jardín. Y aquel día no comió el sultán pollo relleno, y montó en una gran cólera a causa de la desaparición inexplicable de su cocinero. Pero nueve meses más tarde, día por día, te eché al mundo con tan buen aspecto como sigues teniendo. Y tu nacimiento fué causa de alegría para el sultán, que recobró su salud y su apetito, y colmó de favores y de presentes a sus visires, a sus favoritos y a todos los habitantes de palacio, y dió grandes festejos y regocijos públicos, que duraron cuarenta días y cuarenta noches. Y ésta es la verdad acerca de tu nacimiento, de tu raza y de tu origen. Y te juro por el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) que no he dicho más que lo que sabía. ¡Y Alah es omnisciente!"

Al oír este relato, el sultán se levantó y salió del aposento de su madre llorando. Y entró en la sala del trono, y se sentó en tierra, frente al tercer genealogista, sin decir una palabra. Y seguían rodando lágrimas de sus ojos, y se deslizaban por los intersticios de su barba que la tenía muy larga. Y al cabo de una hora de tiempo levantó la cabeza y dijo al genealogista: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh boca de verdad! dime cómo has podido descubrir que yo era un adulterino de mala calidad!" Y el genealogista contestó: "¡Oh mi señor! cuando cada uno de nosotros tres hubo probado los talentos que poseía, y de los que quedaste extremadamente satisfecho, ordenaste que nos dieran como recompensa doble ración de carne y de pan y agua a discreción. Y por la mezquindad de semejante regalo y la naturaleza misma de esa generosidad, juzgué que no podías ser más que hijo de un cocinero, posteridad de un cocinero y sangre de un cocinero. Porque los reyes hijos de reyes no tienen costumbre de corresponder al mérito con distribuciones de carne u otra cosa análoga, sino que recompensan los méritos con magníficos presentes, ropones de honor y riquezas sin cuento. Así es que no pude por menos de adivinar tu baja extracción adulterina con aquella prueba incontestable. ¡Y no hay mérito alguno en este descubrimiento!"

Cuando el genealogista hubo cesado de hablar, el sultán se levantó y le dijo: "¡Quítate la ropa!" Y el genealogista obedeció, y el sultán, despojándose de sus ropas y de sus atributos reales, se los puso al otro con sus propias manos. Y le hizo subir al trono, y doblándose ante él, besó la tierra entre sus manos y le rindió los homenajes de un vasallo a su soberano. Y en aquella hora y en aquel instante hizo entrar al gran visir, a los demás visires y a todos los grandes del reino, y le hizo reconocer por ellos como a su legítimo soberano. Y el nuevo sultán envió al punto a buscar a sus amigos los otros dos genealogistas comedores de haschisch, y a uno le nombró guardián de su derecha y a otro guardián de su izquierda. Y conservó en sus funciones al antiguo gran visir, a causa de su sentimiento de la justicia.

Y fué un gran rey.

¡Y he aquí lo referente a los tres genealogistas!

Pero, volviendo al antiguo sultán, su historia no hace más que comenzar. ¡Porque hela aquí...!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

Y su hermana, la pequeña Doniazada, que de día en día y de noche en noche se volvía más hermosa y más desarrollada y más comprensiva y más atenta y más silenciosa, se levantó a medias de la alfombra en que estaba acurrucada y le dijo: "¡Oh hermana mía, cuán dulces y sabrosas y regocijantes y deleitosas son tus palabras!" Y Schehrazada le sonrió, la besó y le dijo: "Sí; pero ¿qué es eso comparado con lo que voy a contar la noche próxima, siempre que quiera permitírmelo nuestro señor el rey?

Y dijo el sultán Schahriar: "¡Oh Schehrazada, no lo dudes! Claro que puedes decirnos mañana la continuación de esa historia prodigiosa que no hace más que empezar apenas. ¡Y si no estás fatigada, puedes proseguirla esta misma noche, que tanto deseo saber lo que va a ocurrirle al antiguo sultán, a ese hijo adulterino! ¡Alah maldiga a las mujeres execrables!

Sin embargo, debo ahora declarar que la esposa del sultán, madre del adulterino, sólo fornicó con el cocinero abrigando un propósito excelente. ¡Alah extienda sobre ella Su misericordia! ¡Pero por lo que respecta a la maldita, a la desvergonzada, a la hija de perro que hizo lo que hizo con el negro Massaud, no trataba de asegurar el trono para mis descendientes, la maldita! ¡Ojalá no la tenga Alah jamás en Su compasión!"

Y tras de hablar así, el rey Schahriar, frunciendo terriblemente las cejas y mirando con los ojos en blanco y de reojo, añadió: "¡En cuanto a ti Schehrazada, empiezo a creer que acaso no seas como todas esas desvergonzadas a quienes he hecho cortar la cabeza!"

Y Schehrazada se inclinó ante el rey huraño, y dijo: "¡Que Alah prolongue la vida de nuestro señor y me otorgue vivir hasta mañana para contarle lo que le aconteció al adulterino simpático!" Y tras de hablar así, se calló.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 831ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 831ª NOCHE[editar]

La pequeña Doniazada dijo a Schehrazada: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermana mía! si no tienes sueño, date prisa a decirnos, por favor, lo que fué del antiguo sultán, hijo adulterino del cocinero!"

Y dijo Schehrazada: "¡De todo corazón y como homenaje debido a nuestro señor, este rey magnánimo!"

Y continuó la historia en estos términos: ... Pero, volviendo al antiguo sultán, su historia no hace más que comenzar. ¡Porque hela aquí!

Una vez que hubo abdicado su trono y su poderío entre las manos del tercer genealogista, el antiguo sultán vistió el hábito de derviche peregrino, y sin entretenerse en despedidas que ya no tenían importancia para él, y sin llevar nada consigo, se puso en camino para el país de Egipto, donde contaba con vivir en olvido y soledad, reflexionando sobre su destino. Y Alah le escribió la seguridad, y después de un viaje lleno de fatigas y de peligros llegó a la ciudad espléndida de El Cairo, esa inmensa ciudad tan diferente de las ciudades de su país, y cuya vuelta exige tres jornadas y media de marcha por lo menos. Y vió que verdaderamente era una de las cuatro maravillas del mundo, contando el puente de Sanja, el faro de Al-Iskandaria y la mezquita de los Ommiadas en Damasco. Y le pareció que estaba lejos de haber exagerado las bellezas de aquella ciudad y de aquel país el poeta que ha dicho:

"¡Egipto! ¡tierra maravillosa cuyo polvo es de oro, cuyo río es una bendición y cuyos habitantes son deleitosos, perteneces al victorioso que sabe conquistarte!"

Y paseándose, y mirando, y maravillándose sin cansarse, el antiguo sultán, bajo sus hábitos de derviche pobre, se sentía muy dichoso de poder admirar a su antojo y marchar a su gusto y detenerse a voluntad, desembarazado de los fastidios y cargos de la soberanía. Y pensaba: "¡Loores a Alah el Retribuidor! El da a unos el poderío con los agobios y las preocupaciones, y a otros la pobreza con la despreocupación y la ligereza de corazón. ¡Y estos últimos son los más favorecidos! ¡Bendito sea!" Y de tal suerte llegó, rico de visiones encantadoras, ante el propio palacio del sultán de El Cairo, que a la sazón era el sultán Mahmud.

Y se detuvo bajo las ventanas del palacio, y apoyado en su bastón de derviche, se puso a reflexionar sobre la vida que pudiera llevar en aquella morada imponente el rey del país, y sobre el cortejo de preocupaciones, inquietudes y fastidios diversos en que debería estar sumido constantemente, sin contar su responsabilidad ante el Altísimo, que ve y juzga los actos de los reyes. Y se alegraba en el alma por haber tenido la idea de librarse de una vida tan pesada y tan complicada, y por haberla cambiado, merced a la revelación de su nacimiento, por una existencia de aire libre y libertad, sin tener por toda hacienda y por toda renta más que su camisa, su capote de lana y su báculo. Y sentía una gran serenidad que le refrescaba el alma y acababa de hacerle olvidar sus pasadas emociones.

En aquel preciso momento el sultán Mahmud, de vuelta de la caza, entraba en su palacio. Y atisbó al derviche apoyado en su báculo, sin ver lo que le rodeaba y con la mirada perdida en la contemplación de cosas lejanas. Y quedó conmovido por la apostura noble de aquel derviche y por su actitud distinguida y su aire distraído. Y se dijo: "¡Por Alah, he aquí el primer derviche que no tiende la mano al paso de los señores ricos! ¡Sin duda alguna debe ser su historia una singular historia!" Y despachó hacia él a uno de los señores de su séquito para que le invitase a entrar en el palacio, porque deseaba charlar con él. Y el derviche no pudo por menos de obedecer al ruego del sultán. Y aquello fué para él un segundo cambio de destino.

Y tras de descansar un poco de las fatigas de la caza, el sultán Mahmud hizo entrar al derviche a su presencia, y le recibió con afabilidad, y le preguntó con bondad por su estado, diciéndole: "La bienvenida sea contigo, ¡oh venerable derviche de Alah! ¡A juzgar por tu aspecto, debes ser hijo de los nobles Árabes del Hedjaz o del Yemen!" Y contestó el derviche: "Sólo Alah es noble, ¡oh mi señor! Yo no soy más que un pobre hombre, un mendigo". Y el sultán insistió: "¡No diré que no! Pero ¿cuál es el motivo de tu venida a este país y de tu presencia bajo los muros de este palacio, ¡oh derviche!? ¡Ciertamente, debe ser eso una historia asombrosa!" Y añadió: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh derviche bendito! cuéntame tu historia sin ocultarme nada!" Y al oír estas palabras del sultán, el derviche no pudo por menos de dejar escapar de sus ojos una lágrima, y le oprimió el corazón una emoción grande. Y contestó: "No te ocultaré nada de mi historia, señor, aunque sea para mí un recuerdo lleno de amargura y de dulzura. ¡Pero permíteme que no te la cuente en público!" Y el sultán Mahmud se levantó de su trono, descendió hasta donde estaba el derviche, y cogiéndole de la mano le condujo a una sala apartada, en donde se encerró con él. Luego le dijo: "Ya puedes hablar sin temor, ¡oh derviche!"

Entonces el antiguo sultán dijo, sentado en la alfombra frente al sultán Mahmud: "¡Alah es el más grande! ¡he aquí mi historia!" Y contó cuanto le había ocurrido, desde el principio hasta el fin, sin olvidar un detalle, y cómo había abdicado el trono y se había disfrazado de derviche para viajar y tratar de olvidar sus desdichas. Pero no hay utilidad en repetirlo.

Cuando el sultán Mahmud hubo oído las aventuras del presunto derviche, se arrojó a su cuello y le besó con efusión, y le dijo: "¡Gloria al que abate y eleva, humilla y honra con los decretos de Su sabiduría y de Su omnipotencia!" Luego añadió: "¡En verdad, ¡oh hermano mío! que tu historia es una gran historia y la enseñanza que encierra es una enseñanza grande! Te doy gracias, pues, por haberme ennoblecido los oídos y enriquecido el entendimiento. El dolor, ¡oh hermano mío! es un fuego que purifica, y los reveses del tiempo curan los ojos ciegos de nacimiento".

Luego dijo: "Y ahora que la sabiduría ha elegido para domicilio tu corazón, y la virtud de la humanidad para con Alah te ha dado más títulos de nobleza que da a los hombres un milenio de dominación, ¿me será permitido expresar un deseo, ¡oh magno!?" Y el antiguo sultán dijo: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey magnánimo!" Y dijo el sultán Mahmud: "¡Quisiera ser amigo tuyo!"

Y tras de hablar así, abrazó de nuevo al antiguo sultán convertido en derviche, y le dijo: "¡Qué vida tan admirable va a ser la nuestra en lo sucesivo, ¡oh hermano mío! Saldremos juntos, entraremos juntos, y por la noche disfrazados, nos iremos a recorrer los diversos barrios de la ciudad para beneficiarnos moralmente con esos paseos. Y todo en este palacio te pertenecerá a medias con toda cordialidad. ¡Por favor, no me rechaces, porque la negativa es una de las formas de la mezquindad!".

Y cuando el sultán - derviche hubo aceptado con corazón conmovido la oferta amistosa, el sultán Mahmud añadió: "¡Oh hermano mío y amigo mío! Sabe a tu vez que también yo tengo en mi vida una historia. Y esta historia es tan asombrosa que, si se escribiera con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección saludable a quien la leyese con deferencia. ¡Y no quiero tardar más en contártela, con el fin de que desde el principio de nuestra amistad sepas quién soy y quién he sido!"

Y el sultán Mahmud, recopilando sus recuerdos, dijo al sultán-derviche, que ya era amigo suyo:


HISTORIA DEL MONO JOVENZUELO[editar]

"Has de saber, ¡oh hermano mío! que el comienzo de mi vida ha sido de todo punto semejante al fin de tu carrera, pues si tú empezaste por ser sultán para luego vestir los hábitos de derviche, a mí me ha sucedido precisamente lo contrario. Porque primero fui derviche, y el más pobre de los derviches, para llegar luego a ser rey y a sentarme en el trono del sultanato de Egipto.

He nacido, en efecto, de un padre muy pobre que ejercía por las calles el oficio de reguero. Y a diario llevaba a su espalda un odre de piel de cabra lleno de agua, y encorvado bajo su peso, regaba por delante de las tiendas y de las casas mediante un exiguo estipendio. Y yo mismo, cuando estuve en edad de trabajar, le ayudaba en su tarea, y llevaba a la espalda un odre de agua proporcionado a mis fuerzas, y aun más pesado de lo conveniente. Y cuando mi padre falleció en la misericordia de su Señor, me quedó por toda herencia, por toda sucesión y por todo bien, el odre grande de piel de cabra que servía para el riego. Y a fin de poder atender a mi subsistencia, me vi obligado a ejercer el oficio de mi padre, que era muy estimado por los mercaderes delante de cuyas tiendas regaba y por los porteros de los señores ricos.

Pero, ¡oh hermano mío! la espalda del hijo nunca es tan resistente como la de su padre, y pronto tuve que abandonar el trabajo penoso del riego para no fracturarme los huesos de la espalda o quedarme irremediablemente jorobado, de tanto como pesaba el enorme odre paterno. Y como no tenía bienes, ni rentas, ni olor siquiera de estas cosas, tuve que hacerme derviche mendigo y tender la mano a los transeúntes en el patio de las mezquitas y en los sitios públicos. Y cuando llegaba la noche me tendía cuan largo era a la entrada de la mezquita de mi barrio, y me dormía después de comerme la exigua ganancia del día, diciéndome, como todos los desdichados de mi especie: "¡El día de mañana, si Alah quiere, será más próspero que el de hoy!" Y tampoco olvidaba que todo hombre tiene fatalmente su hora sobre la tierra, y que la mía tenía que llegar, tarde o temprano, quisiera o no quisiera yo. Y por eso no dejaba de pensar en ella y la vigilaba como el perro en acecho vigila a la liebre.

Pero, entretanto, vivía la vida del pobre, en la indigencia y en la penuria, y sin conocer ninguno de los placeres de la existencia. Así es que la primera vez que tuve entre las manos cinco dracmas de plata, don inesperado de un generoso señor, a la puerta del cual había ido yo a mendigar el día de sus bodas, y me vi poseedor de aquella suma, me prometí agasajarme y pagarme algún placer delicado. Y apretando en mi mano los dichosos cinco dracmas, eché a correr hacia el zoco principal, mirando con mis ojos y olfateando con mi nariz por todos los lados para elegir lo que iba a comprar. Y he aquí que de repente oí grandes carcajadas en el zoco...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 832ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 832ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y he aquí que de repente oí grandes carcajadas en el zoco, y vi una multitud de personas de cara satisfecha y bocas abiertas que se habían agrupado en torno a un hombre que llevaba de una cadena a un mono joven de trasero sonrosado. Y mientras andaba, aquel mono hacía con los ojos, con la cara y con las manos numerosas señas a los que le rodeaban, con el propósito evidente de divertirse a costa de ellos y de hacer que le dieran alfónsigos, garbanzos y avellanas.

Y yo, al ver aquel mono, me dije: "Ya Mahmud, ¿quién sabe si tu destino no está atado al cuello de ese mono? ¡Hete aquí ahora rico con cinco dracmas de plata que vas a gastarte, para dar gusto a tu vientre, de una vez o en dos veces o en tres veces a lo más! ¿No harías mejor, teniendo ese dinero, en comprar a su amo ese mono para hacerte exhibidor de monos y ganar con seguridad tu pan de cada día, en lugar de continuar llevando esta vida de mendicidad a la puerta de Alah?"

Y así pensando, me aproveché de un claro en la muchedumbre para acercarme al propietario del mono, y le dije: "¿Quieres venderme ese mono con su cadena por tres dracmas de plata?" Y me contestó: "¡Me ha costado diez dracmas contantes y sonantes; pero, por ser para ti, te lo dejaré en ocho!" Yo dije: "¡Cuatro!" El dijo: "¡Siete! Yo dije: "¡Cuatro y medio!" El dijo: "¡Cinco, la última palabra! ¡Y ruego por el Profeta!"

Y contesté: “¡Con El las bendiciones, la plegaria y la paz de Alah! ¡Acepto el trato, y aquí tienes los cinco dracmas!" Y abriendo mis dedos, que tenían los cinco dracmas encerrados en el hueco de mi mano con más seguridad que en una arquilla de acero, le entregué la suma, que era todo mi haber y todo mi capital, y en cambio cogí el mono, y me le llevé de la cadena.

Pero entonces reflexioné que no tenía domicilio ni cobijo en que resguardarle, y no había ni que pensar en hacerle entrar conmigo en el patio de la mezquita donde habitaba al aire libre, porque me hubiese echado el guardián a vuelta de muchas injurias para mí y para mi mono. Y entonces me dirigí a una casa vieja en ruinas que no tenía en pie más que tres muros, y me instalé allí para pasar la noche con mi mono. Y el hambre empezaba a torturarme cruelmente, y a aquella hambre venía a sumarse el deseo reconcentrado de golosinas del zoco que no había podido satisfacer y que me sería imposible aplacar en adelante, pues la adquisición del mono me lo había llevado todo. Y mi perplejidad, extremada ya, se duplicaba entonces con la preocupación de alimentar a mi compañero, mi ganapán futuro. Y empezaba a arrepentirme de mi compra, cuando de pronto vi que mi mono daba una sacudida, haciendo varios movimientos singulares. Y en el mismo momento, sin que tuviese tiempo yo de darme cuenta de la cosa, vi, en lugar del repulsivo animal de trasero reluciente, a un jovenzuelo como la luna en su decimocuarto día. Y en mi vida había yo visto una criatura que pudiese compararse con él en hermosura, en gracias y en elegancia. Y erguido en una actitud encantadora, se dirigió a mí, con una voz dulce como el azúcar, diciendo: "¡Mahmud, acabas de gastar en comprarme los cinco dracmas de plata que eran todo tu capital y toda tu fortuna, y en este instante no sabes qué hacer para procurarte algún alimento que nos baste a mí y a ti!"

Y contesté: "Por Alah, que dices verdad, ¡Oh jovenzuelo! Pero ¿cómo es esto? ¿Y quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué quieres?" Y me dijo sonriendo: "Mahmud, no me hagas preguntas. Mejor será que tomes este dinar de oro y compres todo lo necesario para nuestro regalo. ¡Y sabe, Mahmud, que, en efecto, tu destino, como pensaste, está atado a mi cuello, y vengo a ti para traerte la buena suerte y la dicha!" Luego añadió: "¡Pero date prisa, Mahmud, a ir a comprar de comer porque tenemos mucha hambre tú y yo!" Y al punto ejecuté sus órdenes, y no tardamos en hacer una comida de calidad excelente, la primera de esta especie, para mí desde mi nacimiento. Y como ya iba muy avanzada la noche, nos acostamos uno junto a otro. Y al ver que, indudablemente, era él más delicado que yo, le tapé con mi viejo capote de lana de camello. Y se durmió muy apretado a mí, como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. Y yo no me atrevía a hacer el menor movimiento por miedo a molestarle o a que creyera en tales o cuales intenciones por mi parte, y a verle entonces recobrar su forma prístina de mono con el trasero desollado. ¡Y por vida mía, que entre el contacto delicioso de aquel cuerpo de jovenzuelo y la piel de cabra de los odres que me habían servido de almohadas desde la cuna, verdaderamente había diferencia! Y me dormí a mi vez, pensando que dormía al lado de mi destino. Y bendije al Donador, que me lo otorgaba bajo su aspecto tan hermoso y seductor.

Al día siguiente el jovenzuelo, que hubo de levantarse más temprano que yo, me despertó y me dijo: "¡Mahmud! ¡Ya es tiempo, después de esta noche pasada de cualquier manera, de que vayas a alquilar en nuestro nombre un palacio que sea el más hermoso entre los palacios de esta ciudad! Y no temas que te falte dinero para comprar los muebles y tapices más caros y más preciosos que encuentres en el zoco". Y contesté con el oído y la obediencia y ejecuté sus órdenes sin pérdida de momento.

He aquí que, cuando estuvimos instalados en nuestra morada, que era la más espléndida de El Cairo, alquilada a su propietario mediante diez sacos de mil dinares de oro, el jovenzuelo me dijo: "¡Mahmud! ¿cómo no te da vergüenza acercarte a mí y vivir a mi lado, vestido de harapos como vas y con el cuerpo sirviendo de refugio a todas las variedades de pulgas y de piojos? ¿Y a qué esperas para ir al hammam a purificarte y a mejorar tu estado? Porque, respecto a dinero, tienes más que el que necesitarían los sultanes dueños de imperios. ¡Y en cuanto a ropa, sólo tienes que tornarte el trabajo de escoger!" Y contesté con el oído y la obediencia, y me apresuré a tomar un baño asombroso, y salí del hammam ligero, perfumado y embellecido.

Cuando el jovenzuelo me vió reaparecer ante él, transformado y vestido con ropas de la mayor riqueza, me contempló detenidamente y quedó satisfecho de mi apostura. Luego me dijo: "¡Mahmud! así es como quería verte. ¡Ven a sentarte ahora junto a mí!" Y me senté junto a él, pensando para mi ánima: "¡Vaya! ¡me parece que ha llegado el momento!" Y me dispuse a no rezagarme de ninguna manera ni por ningún estilo.

Y he aquí que, al cabo de un momento, el jovenzuelo me dió amigablemente en el hombro, y me dijo: "¡Mahmud!" Y contesté: "¡Ya sidi!" El me dijo: "¿Que te parecería que llegara a ser tu esposa una jovenzuela hija de rey más hermosa que la luna del mes de Ramadán?" Yo dije: "La tendría por muy bienvenida, ¡oh mi señor!" El dijo: "¡En ese caso, levántate, Mahmud, toma este paquete y ve a pedir en matrimonio su hija mayor al sultán de El Cairo! ¡Porque está escrita en tu destino ella! Y al verte comprenderá su padre que eres tú quien tiene que ser esposo de su hija. ¡Pero, al entrar, no te olvides de ofrecer al sultán, como presente, este paquete, después de las zalemas!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y sin vacilar un instante, pues que tal era mi destino, tomé conmigo un esclavo para que me llevara el paquete por el camino, y me presenté en el palacio del sultán.

Y al verme vestido con tanta magnificencia, los guardias de palacio y los eunucos me preguntaron respetuosamente qué deseaba. Y cuando se informaron de que yo deseaba hablar al sultán y llevaba un regalo para entregárselo en propia mano, no pusieron ninguna dificultad para hacer, en mi nombre, una petición de audiencia e introducirme a su presencia al punto. Y yo, sin perder la serenidad, como si toda mi vida hubiese sido comensal de reyes, dirigí la zalema al sultán con mucha deferencia, pero sin ridiculeces, y él me la devolvió con una actitud graciosa y benévola. Y tomé el paquete de manos del esclavo, y se lo ofrecí, diciendo: "¡Dígnate aceptar este modesto presente, ¡oh rey del tiempo! aunque no vaya por el camino de tus méritos, sino por el humilde sendero de mi incapacidad!" Y el sultán mandó a ver qué contenía. Y vió joyeles y atavíos y adornos de una magnificencia tan increíble como nunca hubo de verlos. Y maravillado, prorrumpió en exclamaciones referentes a la hermosura de aquel regalo, y me dijo: "¡Queda aceptado! Pero date prisa a manifestarme qué deseas y qué puedo darte en cambio. ¡Porque los reyes no deben quedarse atrás en liberalidades y atenciones!" Y sin esperar a más, contesté: "¡Oh rey del tiempo ¡mi deseo es llegar a ser conexo y pariente tuyo en tu hija mayor, esa perla escondida, esa flor en su cáliz, esa virgen sellada y esa dama oculta en sus velos!"

Cuando el sultán hubo oído mis palabras y comprendido mi demanda, me miró durante una hora de tiempo y me contestó: "¡No hay inconveniente!" Luego se encaró con su visir, y le dijo: "¿Qué te parece la demanda de este eminente señor? ¡En ciertos signos de su fisonomía conozco que viene enviado por el Destino para ser mi yerno!" Y contestó el visir interrogado: "¡Las palabras del rey están por encima de nuestra cabeza! Y no es el señor una conexión indigna de nuestro amo ni una parentela para rechazarla. ¡Nada más lejos de eso! ¡Pero acaso fuera mejor, no obstante este regalo, pedirle una prueba de su poderío y su capacidad!" Y el sultán le dijo: "¿Qué tengo que hacer para ello? Aconséjame, ¡oh visir!"

El aludido dijo: "Mi opinión ¡oh rey del tiempo! es que le enseñes el diamante más hermoso del tesoro y no le concedas en matrimonio tu hija la princesa más que con la condición de que, para presente de boda traiga un diamante del mismo valor".

Entonces yo, aunque estaba muy violentamente emocionado en mi interior por todo aquello, pregunté al sultán: "Si traigo una piedra que sea hermana de ésta y de todo punto igual, ¿me darás a la princesa?"

El me contestó: "Si realmente me traes una piedra idéntica a ésta, mi hija será tu esposa". Y examiné la piedra, la di vueltas en todos sentidos y la retuve en mi imaginación. Luego se la devolví al sultán y me despedí de él, pidiéndole permiso para volver al día siguiente.

Y cuando llegué a nuestro palacio me dijo el jovenzuelo: "¿Cómo va el asunto?" Y le puse al corriente de lo que había pasado, describiéndole la piedra como si la tuviese entre mis dedos. Y me dijo: "La cosa es fácil. Hoy, sin embargo, es tarde ya; pero mañana ¡inschalah! te daré diez diamantes exactamente iguales al que me has descrito ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 833ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 833ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Hoy, sin embargo, es tarde ya; pero mañana ¡inschalah! te daré diez diamantes exactamente iguales al que me has descrito".

Y, efectivamente, al día siguiente por la mañana el jovenzuelo salió al jardín del palacio, y al cabo de una hora me entregó los diez diamantes, todos exactamente iguales en hermosura al del sultán, tallados en forma de huevo de paloma y puros como el ojo del sol. Y fuí a presentárselos al sultán, diciéndole: "¡Oh mi señor! dispénsame la pequeñez. Pero no me ha parecido bien traer un solo diamante y he creído que debía traer diez. ¡Puedes escoger y tirar luego los que no te gusten". Y el sultán mandó al gran visir que abriera el cofrecillo de esmalte que guardaba aquellas piedras, y quedó maravillado de su brillo y de su hermosura, y muy sorprendido de ver que en realidad había diez, todos exactamente iguales al que poseía él.

Y cuando volvió de su asombro se encaró con el gran visir, y sin dirigirle la palabra le hizo con la mano un gesto que significaba: "¿Qué debo hacer?" Y el visir, de la misma manera, contestó con un gesto que quería decir: "¡Hay que concederle tu hija!"

Y al punto se dieron órdenes para que se hiciesen todos los preparativos de nuestro matrimonio. Y mandaron al kadí y a los testigos que escribieran el contrato de matrimonio acto seguido. Y cuando estuvo extendida esta acta legal me la entregaron, con arreglo al ceremonial de rigor. Y como yo había querido que asistiese a la ceremonia el jovenzuelo, a quien presenté al sultán como pariente cercano mío, me apresuré a enseñarle el contrato con el fin de que lo leyese por mí, ya que yo no sabía leer ni escribir. Y tras de leerlo en voz alta desde el principio hasta el fin, me lo devolvió, diciéndome: "Está conforme a lo establecido y acostumbrado. Y hete aquí casado legalmente con la hija del sultán".

Luego me llamó aparte y me dijo: "¡Bien está todo esto, Mahmud; pero ahora exijo de ti una promesa!" Y contesté: "¡Oh, por Alah! ¿qué promesa puedes pedirme mayor que la de darte mi vida, que ya te pertenece?" Y sonrió y me dijo: "¡Mahmud! No quiero que llegues a consumar el matrimonio mientras yo no te dé permiso para penetrar en ella. ¡Porque antes tengo que hacer una cosa!"

Y contesté: "¡Oír es obedecer!"

Así es que, cuando llegó la noche de la penetración, entré en el aposento de la hija del sultán. Pero, en vez de hacer lo que hacen los esposos en semejante caso, me senté lejos de ella, en un rincón, a pesar del deseo que me embargaba. Y me limité a mirarla desde lejos, detallando con mis ojos sus perfecciones. Y me conduje de tal suerte la segunda noche y la tercera noche, aunque cada mañana, como es costumbre, iba la madre de mi esposa a preguntarle cómo había pasado la noche, diciéndole: "¡Espero de Alah que no habrá habido contratiempos y que se habrá verificado la prueba de tu virginidad!"

Pero mi esposa contestaba: "¡No me ha hecho nada todavía!" Por tanto, a la mañana de la tercera noche la madre de mi esposa se afligió hasta el límite de la aflicción, y exclamó: "¡Oh, qué calamidad para nosotros! ¿por qué nos trata tu esposo de esta manera humillante y persiste en abstenerse de tu penetración? ¿Y qué van a pensar de esta conducta injuriosa nuestros parientes y nuestros esclavos? ¿Y no tendrán derecho a creer que esta abstención se debe a algún motivo inconfesable o a alguna razón tortuosa?" Y llena de inquietud, en la mañana del tercer día fué a contar la cosa al sultán, que dijo: "¡Si esta noche no le quita la doncellez le degollaré!"

Y esta noticia llegó a oídos de mi joven esposa, que fué a contármela.

Entonces no vacilé ya en poner al jovenzuelo al corriente de la situación. Y me dijo: "¡Mahmud, ha llegado el momento oportuno! Pero antes de quitarle la doncellez hay que tener en cuenta una condición, y es que, cuando estés solo con ella, le pidas un brazalete que lleva en el brazo derecho. Y lo cogerás y me lo traerás inmediatamente. Después de lo cual te está permitido llevar a cabo la penetración y complacer a su madre y a su padre".

Y contesté: "¡Escucho y obedezco!"

Y cuando me reuní con ella al llegar la noche, le dije: "Por Alah sobre ti, ¿tienes realmente deseo de que esta noche te dé yo gusto y alegría?" Y me contestó: "Ese deseo tengo en verdad". Y añadí: "¡Dame, entonces, el brazalete que llevas en el brazo derecho!" Y exclamó ella: "Te lo daré; pero no sé qué podrá sobrevenir si abandono entre tus manos este brazalete, que es un amuleto que me dió mi nodriza cuando era yo muy niña". Y así diciendo, se lo quitó del brazo y me lo dió. Y al instante fui a entregárselo a mi amigo el jovenzuelo, que me dijo: "¡Esto es lo que necesitaba! Ahora puedes volver para ocuparte de la penetración".

Y me apresuré a regresar a la cámara nupcial para cumplir mi promesa concerniente a la toma de posesión y dar gusto con ello a todo el mundo.

Y he aquí que, a partir del momento en que penetré junto a mi esposa, que me esperaba completamente preparada en su lecho, ignoro ¡oh hermano mío! lo que me ocurrió. Todo lo que sé es que de pronto vi que mi habitación y mi palacio se derretían como ensueños, y me vi acostado al aire libre en medio de la casa en ruinas adonde había conducido al mono cuando efectué su adquisición. Y estaba despojado de mis ricas vestiduras y medio desnudo entre los andrajos de mi antigua miseria. Y reconocí mi vieja túnica llena de remiendos de telas de todos colores, y mi báculo de derviche mendigo, y mi turbante con tantos agujeros como una criba de mercader de granos. Al ver aquello ¡oh hermano mío! no me di cuenta exacta de lo que significaba, y me pregunté: "Ya Mahmud, ¿estás en estado de vigilia o de sueño? ¿Sueñas o eres realmente Mahmud el derviche mendigo?" Y cuando acabé de recobrar el sentido me levanté y di una sacudida, como había visto hacer al mono la otra vez. Pero seguí siendo quien era, un pobre hijo de pobre y nada más.

Entonces, con el alma dolorida y el espíritu conturbado empecé a caminar sin rumbo, pensando en la inconcebible fatalidad que me había llevado a aquella situación. Y vagando de tal suerte, llegué a una calle poco frecuentada, en donde vi a un maghrebín del Barbar sentado en un alfombrín y teniendo ante sí una esterilla cubierta de papeles escritos y de diversos objetos adivinatorios.

Y yo, contento por aquel encuentro, me acerqué al maghrebín con objeto de que me sacara la suerte y me dijera mi horóscopo, y le dirigí una zalema que me devolvió. Y me senté en tierra con las piernas encogidas, me acurruqué frente a él y le rogué que consultara a lo Invisible con respecto a mí.

Entonces el maghrebín, tras de considerarme con ojos por donde pasaban hojas de cuchillo, exclamó: "¡Oh derviche! ¿eres tú quien ha sido víctima de una execrable fatalidad que te ha separado de tu esposa?" Y exclamé: "¡Ah, ualah! ¡ah ualah! ¡yo mismo soy!" El me dijo: "¡Oh pobre! el mono que compraste en cinco dracmas de plata, y que tan súbitamente se metamorfoseó en un jovenzuelo lleno de gracia y de belleza, no es un ser humano de entre los hijos de Adán, sino un genni de mala calidad. No se ha servido de ti más que para lograr sus fines. Porque has de saber que desde hace mucho tiempo está prendado apasionadamente de la hija del sultán, la misma con quien te ha hecho casarte. Pero como, a pesar de todo su poder, no conseguía acercarse a ella, porque llevaba ella un brazalete talismánico, se ha valido de ti para obtener el brazalete y adueñarse de la princesa impunemente. Pero espero no tardar mucho en destruir el poder peligroso de ese mal sujeto, que es uno de los genios adulterinos que se rebelaron contra la ley de nuestro señor Soleimán (¡con El la plegaria y la paz!) ".

Y tras hablar así, el maghrebín tomó una hoja de papel, trazó en ella caracteres complicados, y me la entregó diciendo: "¡Oh derviche! no dudes de la grandeza de tu destino, anímate y ve al paraje que voy a indicarte. Y allí esperarás a que pase una tropa de personajes, a quienes observarás con atención. ¡Y cuando divises al que parece su jefe le entregarás este billete, y satisfará tus deseos!" Luego me dió las instrucciones necesarias para llegar al paraje de que se trataba, y añadió: "¡En cuanto a la remuneración que me debes, ya me lo darás cuando se cumpla tu destino!"

Entonces, después de dar gracias al maghrebín, cogí el billete y me puse en camino para el paraje que me había indicado. Y a tal fin, anduve toda la noche y todo el día siguiente y parte de la segunda noche. Y llegué entonces a una llanura desierta, donde por toda presencia no había más que el ojo invisible de Alah y la hierba silvestre. Y me senté y esperé con impaciencia lo que iba a ocurrir. Y escuché a mi alrededor como un vuelo de pájaros nocturnos que no veía. Y el escalofrío de la soledad empezaba a hacer temblar mi corazón, y el espanto de la noche llenaba mi alma. Y he aquí que de repente vislumbré a distancia gran número de antorchas que parecían caminar hacia mí ellas solas. Y pronto pude distinguir las manos que las llevaban; pero las personas a quienes pertenecían aquellas manos permanecían invisibles en el fondo de la noche, y no las veían mis ojos. Y de tal suerte pasaron por delante de mí de dos en dos un número infinito de antorchas llevadas por manos sin propietarios. Y por último, vi rodeado de gran número de luces a un rey en su trono, revestido de esplendor. Y llegado que fué delante de mi, me miró y me consideró, en tanto que mis rodillas se entrechocaban de terror, y me dijo: "¿Dónde está el billete de mi amigo el maghrebín barbari?" Y tendí el billete, que desdobló él, mientras se detenía la procesión. Y gritó él a alguien que yo no veía: "¡Ya Atrasch, ven aquí!" Y al punto, saliendo de la sombra, avanzó un mensajero todo equipado, que besó la tierra entre las manos del rey. Y el rey le dijo: "¡Ve en seguida a El Cairo a encadenar al genni Fulano, y tráemele sin tardanza!" Y el mensajero obedeció y desapareció al instante.

Y he aquí que, al cabo de una hora, volvió con el jovenzuelo encadenado, que se había vuelto horrible de mirar y estaba desfigurado hasta dar asco. Y el rey le gritó: "¿Por qué ¡oh maldito! has quitado el bocado de la boca a este adamita? ¿Y por qué te has comido tú el bocado?" Y el otro contestó: "El bocado está intacto todavía, y yo soy quien le ha preparado". Y el rey dijo: "¡Es preciso que al instante devuelvas el brazalete talismánico a este hijo de Adán, pues de no hacerlo así tendrás que entendértelas conmigo!" Pero el genni, que era un cochino obstinado, contestó con altanería: "¡El brazalete lo tengo yo, y no lo tendrá nadie más!" Y así diciendo, abrió una boca como un horno, y echó en ella el brazalete, que desapareció dentro.

Al ver aquello, el rey nocturno alargó el brazo, e inclinándose, cogió al genni por la nuca, y dándole vueltas como a una honda, le lanzó contra tierra, gritándole: "¡Para que aprendas!" Y del golpe le dejó más ancho que largo. Luego mandó a una de las manos portadoras de antorchas que sacara el brazalete de dentro de aquel cuerpo sin vida y me lo devolviera. Lo cual fué ejecutado en el momento.

Y en cuanto estuvo entre mis dedos aquel brazalete, ¡oh hermano mío! el rey y todo su séquito...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 834ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 834ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

. .. Y en cuanto estuvo entre mis dedos aquel brazalete, ¡oh hermano mío! el rey y todo su séquito de manos desaparecieron, y me encontré vestido con mis ricos trajes en medio de mi palacio, en el propio aposento de mi esposa. Y la hallé sumida en un sueño profundo. Pero en cuanto le puse el brazalete en el brazo se despertó y lanzó un grito de alegría al verme. Y como si nada hubiese pasado, me tendí junto a ella. Y lo demás es misterio de la fe musulmana, ¡oh hermano mío!

Y al día siguiente su padre y su madre llegaron al límite de la alegría al saber que yo había vuelto de mi ausencia, y se olvidaron de interrogarme sobre el particular, de tanto júbilo como les producía el saber que había quitado a su hija la virginidad. Y desde entonces vivimos todos en paz, concordia y armonía.

Y algún tiempo después de mi matrimonio, mi tío el sultán, padre de mi esposa, murió sin dejar hijo varón, y como yo estaba casado con su hija mayor, me legó su trono. Y llegué a ser lo que soy, ¡oh hermano mío! Y Alah es el más grande. ¡Y de El procedemos y a El volveremos!"

Y el sultán Mahmud, cuando hubo contado así su historia a su nuevo amigo el sultán-derviche, le vió extremadamente asombrado de una aventura tan singular, y le dijo: "No te asombres, ¡oh hermano mío! porque todo lo que está escrito ha de ocurrir, y nada es imposible para la voluntad de Quien lo ha creado todo. Y ahora que me he mostrado a ti con toda verdad, sin temor a desmerecer ante tus ojos al revelarte mi humilde origen, y precisamente para que mi ejemplo te sirva de consuelo y para que no te creas inferior a mí en rango y en valor individual, puedes ser amigo mío con toda tranquilidad; porque, después de lo que te he contado, nunca me creeré con derecho a enorgullecerme de mi posición ante ti, ¡oh hermano mío!" Luego añadió: "Y para que tu situación sea más regular, ¡oh hermano mío de origen y de rango! te nombro mi gran visir. ¡Y así serás mi brazo derecho y el consejero de mis actos; y no se hará nada en el reino sin intervención tuya y sin que tu experiencia lo haya aprobado de antemano!"

Y sin más tardanza, el sultán Mahmud convocó a los emires y a los grandes de su reino, e hizo reconocer al sultán-derviche como gran visir, y le puso por sí mismo un magnífico ropón de honor, y le confió el sello del reino.

Y el nuevo gran visir celebró diwán aquel día mismo, y así continuó en los días sucesivos, cumpliendo los deberes de su cargo con tal espíritu de justicia y de imparcialidad, que las gentes, advertidas de aquel nuevo estado de cosas, venían desde el fondo del país para reclamar sus decretos y entregarse a sus decisiones, tomándole por juez supremo en sus diferencias. Y ponía él tanta prudencia y moderación en sus juicios, que obtenía la gratitud y la aprobación de los mismos contra quienes pronunciaba sus sentencias. En cuanto a sus ratos de ocio, los pasaba en la intimidad del sultán, de quien se había convertido en compañero inseparable y amigo a toda prueba.

Un día, sintiéndose el sultán Mahmud con el espíritu deprimido, se apresuró a ir en busca de su amigo, y le dijo: "¡Oh hermano y visir mío! Hoy me pesa el corazón, y tengo deprimido el espíritu". Y el visir, que era el antiguo sultán de Arabia, contestó: "¡Oh rey del tiempo! En nosotros están alegrías y penas, y nuestro propio corazón es quien las segrega. Pero a menudo la contemplación de las cosas externas puede influir en nuestro humor. ¿Has ensayado hoy con tus ojos la contemplación de las cosas externas?" Y contestó el sultán: "¡Oh visir mío! He ensayado hoy con mis ojos la contemplación de las pedrerías de mi tesoro, y he tomado unos tras otros entre mis dedos los rubíes, las esmeraldas, los zafiros y las gemas de todas las series de colores, pero no me han incitado al placer, y mi alma ha seguido melancólica y encogido mi corazón. Y he entrado en mi harén luego, y he pasado revista a todas mis mujeres, las blancas, las morenas, las rubias, las cobrizas, las negras, las gordas y las finas; pero ninguna de ellas ha conseguido disipar mi tristeza. Y luego he visitado mis caballerizas, y he mirado mis caballos y mis yeguas y mis potros; pero con toda su hermosura no han podido alzar el velo que ennegrece el mundo ante mi vista. Y ahora, ¡oh visir mío lleno de sabiduría! vengo en busca tuya para que descubras un remedio a mi estado o me digas las palabras que curan".

Y contestó el visir: "¡Oh mi señor! ¿qué te parecería una visita al asilo de los locos, al maristán, que tantas veces quisimos ver juntos, sin haber ido todavía? Porque opino que los locos son personas dotadas de un entendimiento diferente al nuestro, y que hallan entre las cosas relaciones que los que no están locos no distinguen nunca, y que son visitados por el espíritu. ¡Y acaso esa visita levante la tristeza que pesa sobre tu alma y dilate tu pecho!" Y contestó el sultán: "¡Por Alah, ¡oh visir mío! vamos a visitar a los locos del maristán!"

Entonces el sultán y su visir, el antiguo sultán-derviche, salieron de palacio, sin llevar consigo ningún séquito, y anduvieron sin detenerse hasta el maristán, que era la casa de locos. Y entraron y la visitaron por entero; pero, con extremado asombro suyo, no encontraron allí más habitantes que el llavero mayor y los celadores; en cuanto a los locos, ni sombra ni olor de ellos había. Y el sultán preguntó al llavero mayor: "¿Dónde están los locos?" Y el interpelado contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! que desde hace un largo transcurso de tiempo no los tenemos ya, y el motivo de esta penuria reside sin duda en que se debilita la inteligencia en las criaturas de Alah!" Luego añadió: "A pesar de todo, ¡oh rey del tiempo! podemos enseñarte tres locos que están aquí desde hace cierto tiempo, y que nos fueron traídos, uno tras otro, por personas de alto rango, con prohibición de enseñárselos a quienquiera que fuese, pequeño o grande. ¡Pero para nuestro amo el sultán nada está oculto!" Y añadió: "Sin duda alguna son grandes sabios, porque se pasan el tiempo leyendo en los libros". Y llevó al sultán y al visir a un pabellón reservado, donde les introdujo para alejarse luego respetuosamente.

Y el sultán Mahmud y su visir vieron encadenados al muro tres jóvenes, uno de los cuales leía mientras los otros dos escuchaban atentamente. Y los tres eran hermosos, bien formados, y no ofrecían ningún aspecto de demencia o de locura. Y el sultán se encaró con su acompañante, y le dijo: "¡Por Alah, oh visir mío! que el caso de estos tres jóvenes debe ser un caso muy asombroso, y su historia una historia sorprendente!" Y se volvió hacia ellos, y les dijo: "¿Es realmente por causa de locura por lo que habéis sido encerrados en este maristán?"

Y contestaron: "No, por Alah; no somos ni locos ni dementes, ¡oh rey del tiempo! y ni siquiera somos idiotas o estúpidos. ¡Pero tan singulares son nuestras aventuras y tan extraordinarias nuestras historias, que si se grabaran con agujas en el ángulo de nuestros ojos serían una lección saludable para quienes se sintieran capaces de descifrarlas!" Y a estas palabras, el sultán y el visir se sentaron en tierra frente a los tres jóvenes encadenados, diciendo: "¡Nuestro oído está abierto, y pronto nuestro entendimiento!"

Entonces el primero, el que leía en el libro, dijo:


Las mil y una noches - Tomo V
historia del primer loco

de Anónimo


HISTORIA DEL PRIMER LOCO[editar]

"Mi oficio ¡oh señores míos y corona de mi cabeza! era el de mercader en el zoco de sederías, como lo fueron antes que yo mi padre y mi abuelo. Y no vendía más mercancías que artículos indios de todas las especies y de todos los colores, pero siempre de precios muy elevados. Y vendía y compraba con mucho provecho y beneficio, según costumbre de los grandes mercaderes.

Un día estaba yo sentado en mi tienda, como era usual en mí, cuando acertó a pasar una dama vieja que me dió los buenos días y me gratificó con la zalema. Y al devolverle yo sus salutaciones y cumplimientos, se sentó ella en el borde de mi escaparate, y me interrogó, diciendo: "¡Oh mi señor! ¿tienes telas selectas originarias de la India?" Yo contesté: "¡Oh mi señora! en mi tienda tengo con qué satisfacerte". Y dijo ella: "¡Haz que me saquen una de esas telas para que la vea!" Y me levanté y saqué para ella del armario de reservas una pieza de tela india del mayor precio, y se la puse entre las manos. Y la cogió, y después de examinarla quedó muy satisfecha de su hermosura, y me dijo: "¡Oh mi señor! ¿cuánto vale esta tela?" Yo contesté: "Quinientos dinares". Y al punto sacó ella su bolsa y me contó los quinientos dinares de oro; luego cogió la pieza de tela y se marchó por su camino. Y de tal suerte ¡oh nuestro señor sultán! le vendí por aquella suma una mercancía que no me había costado más que ciento cincuenta dinares. Y di gracias al Retribuidor por Sus beneficios.

Al siguiente día volvió a buscarme la vieja dama, y me pidió otra pieza, y me la pagó también a quinientos dinares, y se marchó a buen paso con su compra. Y de nuevo volvió al siguiente día para comprarme otra pieza de tela india, que pagó al contado; y durante quince días sucesivos ¡oh mi señor sultán! obró de tal suerte, compró y pagó con la misma regularidad. Y al decimosexto día la vi llegar como de ordinario y escoger una nueva pieza. Y se disponía a pagarme, cuando advirtió que había olvidado su bolsa, y me dijo: "¡Ya Khawaga! he debido olvidar mi bolsa en casa". Y contesté: "¡Ya setti! no corre prisa. ¡Si quieres traerme el dinero mañana, bienvenida seas; si no, bienvenida seas también!" Pero ella protestó, diciendo que nunca consentiría en tomar una mercancía que no había pagado, y yo, por mi parte, insistí varias veces: "¡Puedes llevártela por amistad y simpatía para tu cabeza!" Y entre nosotros tuvo lugar un torneo de mutua generosidad, ella rehusando y yo ofreciendo. Porque ¡oh mi señor! convenía que, después de beneficiarme tanto con ella, obrase yo tan cortésmente, y hasta estuviese dispuesto, en caso necesario, a darle de balde una o dos piezas de tela. Pero al fin dijo ella: "¡Ya Khawaga! veo que no vamos a entendernos nunca si continuamos de este modo. Así es que lo más sencillo sería que me hicieras el favor de acompañarme a casa para pagarte allí el importe de tu mercancía". Entonces, sin querer contrariarla, me levanté, cerré mi tienda y la seguí.

Y anduvimos, ella delante y yo diez pasos detrás de ella, hasta que llegamos a la entrada de la calle en que se hallaba su casa. Entonces se detuvo, y sacándose del seno un pañuelo, me dijo: "Es preciso que consientas en dejarte vendar los ojos con este pañuelo". Y yo, muy asombrado de aquella singularidad, le rogué cortésmente que me diera la razón de ello, Y me dijo: "Es porque en esta calle por donde vamos a pasar hay casas con las puertas abiertas y en cuyos vestíbulos están sentadas mujeres que tienen la cara descubierta; de suerte que tal vez se posara tu mirada en alguna de ellas, casada o doncella, y entonces podrías comprometer el corazón en un asunto de amor, y estarías atormentado toda tu vida; porque en este barrio de la ciudad hay más de un rostro de mujer casada o de virgen tan bello, que seduciría al asceta más religioso. Y temo mucho por la paz de tu corazón. ..

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 835ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 835ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... porque en este barrio de la ciudad hay más de un rostro de mujer casada o de virgen tan bello que seduciría al asceta más religioso. Y temo por la paz de tu corazón".

Y al escucharla pensé: "Por Alah, que es de buen consejo esta vieja". Y consentí en lo que me pedía. Entonces ella me vendó los ojos con el pañuelo, y me impidió así ver. Luego me cogió de la mano, y caminó conmigo hasta que llegamos ante una casa cuya puerta golpeó con la aldaba de hierro. Y nos abrieron desde dentro al instante. Y en cuanto entramos mi vieja conductora me quitó la venda, y advertí con sorpresa que me encontraba en una morada decorada y amueblada con todo el lujo de los palacios de los reyes, y ¡por Alah!, oh nuestro señor sultán, que en mi vida había visto yo nada parecido ni soñado cosa tan maravillosa.

En cuanto a la vieja, me rogó que la esperara en la habitación en que me hallaba, y que daba a una sala más hermosa aún y con galería. Y dejándome solo en aquella habitación, desde la cual podía yo ver cuanto pasaba en la otra, se marchó.

Y he aquí que, desde la puerta de la segunda sala, vi amontonadas negligentemente en un rincón todas las preciosas telas que había vendido yo a la vieja. Y al punto entraron dos jóvenes como dos lunas, cada una de las cuales llevaba un cubo lleno de agua de rosas. Y dejaron sus cubos en las baldosas de mármol blanco, y acercándose al montón de telas preciosas cogieron una al azar y la cortaron en dos pedazos, como hubiesen hecho con una rodilla de cocina. Cada una se dirigió luego hacia donde estaba su cubo, y remangándose hasta los sobacos metió el trozo de tela preciosa en el agua de rosas, y se puso a humedecer y a lavar las baldosas y a secarlas después con otros retales de mis telas preciosas para frotarlas y sacarles brillo por último con lo que quedaba de las piezas que habían costado quinientos dinares cada una. Y cuando aquellas jóvenes hubieron acabado el tal trabajo y el mármol quedó como la plata, cubrieron el suelo con tejidos tan hermosos que el producto de la venta de mi tienda entera no daría la suma necesaria para la adquisición del menos rico de ellos. Y sobre estos tejidos extendieron una alfombra de pelo de cabra almizclada y cojines rellenos de plumas de avestruz. Tras de lo cual llevaron cincuenta alfombrines de brocato de oro, y los colocaron ordenadamente alrededor de la alfombra central; después se retiraron.

Y he aquí que entraron, de dos en dos y cogidas de las manos, unas jóvenes, que fueron a situarse cada una ante uno de los alfombrines de brocato; y como eran cincuenta, se colocaron por orden ante sus alfombrines respectivos.

Y he aquí que, bajo un palio llevado por diez lunas de belleza, apareció a la puerta de la sala una joven tan deslumbradora en su blancura y con tanto brillo en sus ojos negros, que mis ojos se cerraron por sí mismos. Y cuando los abrí vi junto a mí a mi conductora, la vieja dama, que me invitaba a acompañarla para presentarme a la joven, que ya estaba perezosamente acostada en la alfombra central, en medio de las cincuenta jóvenes erguidas sobre los alfombrines de brocato. Pero me alarmé mucho al verme convertido en blanco de las miradas de aquellos cincuenta y un pares de ojos negros, y me dije: "¡No hay poder ni recurso más que en Alah el Glorioso, el Altísimo! ¡Es evidente que desean mi muerte!"

Cuando estuve entre sus manos, la real joven me sonrió, me deseó la bienvenida y me invitó a sentarme junto a ella en la alfombra. Y muy confuso y azorado, me senté para obedecerla, y me dijo ella: "¡Oh joven! ¿qué opinas de mí y de mi belleza? ¿Crees que reúno condiciones para ser tu esposa?"

Al oír estas palabras contesté asombrado hasta el límite extremo del asombro: "¡Oh mi señora! ¿cómo me atrevería a creerme digno de tal favor? ¡En verdad que no estimo mi valer en tanto como para llegar a ser un esclavo, o menos todavía, entre tus manos!" Pero ella repuso: "No, por Alah, ¡oh joven! mis palabras no contienen ningún engaño, y nada de evasivo hay en mi lenguaje, que es sincero. ¡Respóndeme, pues, con toda sinceridad y ahuyenta todo temor de tu espíritu, porque mi corazón se desborda de amor por ti!"

Al oír estas palabras, ¡oh nuestro señor sultán! comprendí, a no dudar, que la joven tenía realmente intención de casarse conmigo, pero sin que me fuese posible adivinar por qué razón me había escogido entre millares de jóvenes y cómo me conocía. Y acabé por decirme: "¡Oh! lo inconcebible tiene la ventaja de no ocasionar pensamientos torturadores. No trates, pues, de comprenderlo y deja que las cosas sigan su curso". Y contesté: "¡Oh mi señora! si en realidad no hablas para que se rían de mí estas honorables jóvenes, acuérdate del proverbio que dice:

"¡Cuando la chapa está al rojo, está a punto para el martillo!"

Por otra parte, me parece que mi corazón está tan inflamado de deseo, que ya es hora de realizar nuestra unión. ¡Dime, pues, por tu vida, qué debo traerte como dote y la viudedad que debo señalarte!" Y contestó ella sonriendo: "Dote y viudedad están pagadas y no tienes que ocuparte de ello". Y añadió: "Puesto que ése es también tu deseo, voy al instante a enviar a buscar al kadí y a los testigos, a fin de que podamos unirnos sin dilación".

Y, efectivamente, ¡oh mi señor! no tardaron en llegar el kadí y los testigos. Y anudaron el nudo por la vía lícita. Y quedamos casados sin dilación. Y después de la ceremonia se marchó todo el mundo. Y me pregunté: "¡Oh! ¿estoy despierto o soñando?" Y aún me asombré más cuando ella mandó a sus hermosas esclavas que prepararan el hammam para mí y me condujeran allá. Y las jóvenes me hicieron entrar en una sala de baño perfumada con áloe de Comorín, y me confiaron a las bañeras, que me desnudaron, y me friccionaron y me dieron un baño que me dejó más ligero que los pájaros. Después vertieron encima de mi los perfumes más exquisitos, me cubrieron con un rico atavío y me presentaron refrescos y sorbetes de toda especie. Tras de lo cual me hicieron dejar el hammam y me condujeron al aposento íntimo de mi reciente esposa, que me esperaba ataviada sólo con su belleza.

Y al punto vino ella a mí, y se echó sobre mí, y se restregó conmigo con un ardor asombroso. Y yo ¡oh mi señor! sentí que mi alma se albergaba por entero donde tú sabes, y di cima a la obra para la que había sido requerido y a la tarea que se me pedía, y vencí lo que hasta entonces pertenecía al dominio de lo invencible, y abatí lo que estaba por abatir, y arrebaté lo que estaba por arrebatar, y tomé lo que pude y di lo que era necesario, y me levanté, y me eché, y cargué, y descargué, y clavé, y forcé, y llené, y barrené, y reforcé, y excité, y apreté, y derribé, y avancé, y recomencé, y de tal manera, ¡oh mi señor sultán! que aquella noche Quien tú sabes fué realmente el valiente a quien llaman el cordero, el herrero, el aplastante, el calamitoso, el largo, el férreo, el llorón, el abridor, el agujereador, el frotador, el irresistible, el báculo del derviche, la herramienta prodigiosa, el explorador, el tuerto acometedor, el alfanje del guerrero, el nadador infatigable, el ruiseñor canoro, el padre de cuello gordo, el padre del turbante, el padre de cabeza calva, el padre de los estremecimientos, el padre de las delicias, el padre de los terrores, el gallo sin cresta ni voz, el hijo de su padre, la herencia del pobre, el músculo caprichoso y el grueso nervio dulce. Y creo ¡oh mi señor sultán! que aquella noche cada remoquete fué acompañado de su explicación, cada cualidad de su prueba y cada atributo de su demostración. Y nos interrumpimos en nuestros trabajos sólo porque ya había transcurrido la noche y teníamos que levantarnos para la plegaria de la mañana.

Y continuamos viviendo juntos de tal suerte ¡oh rey del tiempo! durante veinte noches consecutivas, en el límite de la embriaguez y de la felicidad. Y al cabo de este tiempo vino a ofrecerse a mi memoria el recuerdo de mi madre, y dije a mi esposa la joven: "¡Ya setti! hace mucho tiempo que estoy ausente de casa, y mi madre, que no tiene noticias mías, debe sentir gran inquietud por mí. Además, los negocios de mi comercio han debido sufrir quebranto con haber estado cerrada mi tienda todos estos días pasados".

Y me contestó ella: "¡No te apures por eso! De buena gana consiento en que vayas a ver a tu madre y a tranquilizarla. Y hasta puedes ir allá a diario y ocuparte de tus negocios, si eso te gusta; pero exijo que te conduzca y te traiga aquí siempre la vieja dama". Y contesté: "¡No hay inconveniente!"

En vista de lo cual, fué la vieja, me puso un pañuelo a los ojos, me condujo al sitio donde me había vendado los ojos la vez primera, y me dijo: "Vuelve aquí esta noche a la hora de la plegaria y me hallarás en este mismo sitio para conducirte a casa de tu esposa". Y dichas estas palabras me quitó la venda y me dejó.

Y me apresuré a correr a mi casa, en donde encontré a mi madre sumida en la desolación y bañada en lágrimas de desesperación, dedicándose a coser ropas de luto. Y en cuanto me vió se abalanzó a mí y me estrechó en sus brazos, llorando de alegría; y le dije: "No llores, ¡oh madre mía! y refresca tus ojos, porque esta ausencia me ha llevado a disfrutar una felicidad a que nunca me hubiera atrevido a aspirar". Y la enteré de mi dichosa aventura, y exclamó ella en un transporte: "Pluguiera a Alah protegerte y resguardarte, ¡oh hijo mío! Pero prométeme que vendrás a visitarme a diario, pues mi ternura necesita ser pagada con tu afecto". Y no me negué a prometérselo, ya que mi esposa me había dejado en libertad de salir. Tras de lo cual invertí el resto de la jornada en mis negocios de venta y compra en la tienda del zoco, y cuando llegó la hora, regresé al lugar indicado, donde encontré a la vieja, que me vendó los ojos como de ordinario, y me condujo al palacio de mi esposa, diciéndome: "¡Más te vale esto; pues, como te he dicho ya, hijo mío, en esta calle hay una porción de mujeres, casadas y doncellas, que están sentadas en el portal de su casa y que no tienen más que un deseo todas y es aspirar el amor que pasa como se absorbe el aire y como se bebe el agua corriente! ¿Y qué sería de tu corazón si cayeras en sus redes?"

Al llegar al palacio en que yo habitaba a la sazón, mi esposa me recibió con transportes indecibles, y yo respondí como el yunque responde al martillo. Y mi gallo sin cresta ni voz no le anduvo a la zaga a aquella gallina apetitosa y no amenguó su reputación de valiente agujereador, pues, por Alah, ¡oh mi señor! el cordero no dió aquella noche menos de treinta topetazos a aquella oveja batalladora, y no cesó la lucha hasta que su contrincante hubo pedido gracia, dándose por vencida.

Y durante tres meses continué viviendo aquella vida tan activa, llena de combates nocturnos, de batallas matinales y de asaltos diurnos. Y en mi interior me maravillaba todos los días de mi suerte, diciéndome: "¡Qué suerte la mía que me ha hecho entablar conocimiento con esta ardiente jovenzuela y me la ha dado por esposa! ¡Y qué destino tan asombroso el que, al mismo tiempo que este rollo de manteca fresca, me ha deparado un palacio y riquezas como no las poseen los reyes!" Y no se pasaba día sin que me sintiese tentado de informarme, por las esclavas, del nombre y calidad de la que se había casado conmigo sin conocerla yo y sin saber de quién era hija o pariente. Pero un día entre los días, encontrándome a solas con una joven negra de entre las esclavas negras de mi esposa, le pregunté acerca del particular, diciéndole: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh joven bendita! ¡oh blanca por dentro! dime lo que sepas con respecto a tu señora, y guardaré profundamente tus palabras en el rincón más oscuro de mi memoria!" Y temblando de miedo me contestó la joven negra: "¡Oh mi señor! la historia de mi señora es una cosa de lo más extraordinaria: pero temo, si te la revelo, ser condenada a muerte sin remisión ni dilación. Todo lo que puedo decirte es que ella se ha fijado en ti un día en el zoco, y te ha escogido por puro amor". Y no pude sacarle más que estas palabras. Y como insistiera yo, hasta me amenazó con ir a contar a su señora mi tentativa de provocación a las palabras indiscretas. Entonces la dejé irse por su camino, y me volví al lado de mi esposa para emprender una escaramuza sin importancia.

Y transcurría mi vida de tal suerte, entre placeres violentos y torneos de amor, cuando una siesta, estando yo en mi tienda, con permiso de mi esposa, al echar una mirada a la calle divisé a una joven tapada con el velo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Las mil y una noches - Tomo V
pero cuando llego la 836ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGO LA 836ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

... Y transcurría mi vida de tal suerte, entre placeres violentos y torneos de amor, cuando una siesta, estando yo en mi tienda, con permiso de mi esposa, al echar una mirada a la calle divisé a una joven tapada con el velo, que avanzaba hacia mí de manera ostensible. Y cuando llegó delante de mi tienda me dirigió la más graciosa zalema, y me dijo: "¡Oh mi señor! mira este gallo de oro adornado de diamantes y de piedras preciosas, que he ofrecido en vano, por el precio de coste, a todos los mercaderes del zoco. Pero son gentes sin gusto ni delicadeza de apreciación, pues me han contestado que una joya así no es de fácil venta y que no podrían colocarla ventajosamente. ¡Por eso vengo a ofrecértela a ti, que eres hombre de gusto, por el precio que quieras ofrecerme tú mismo!"

Y contesté: "Tampoco yo tengo ninguna necesidad de este joyel. Pero, para darte gusto, te ofreceré por él cien dinares, ni uno más ni uno menos". Y contestó la joven: "Tómalo. pues, y que sea para ti una compra ventajosa!" Y aunque realmente no tenía yo el menor deseo de adquirir aquel gallo de oro, pensé, no obstante, que aquella figura le gustaría a mi esposa por recordarle mis cualidades fundamentales, y fui a mi armario y cogí los cien dinares de trato. Pero cuando quise ofrecérselos a la joven, los rehusó ella, diciéndome: "En verdad que no tienen ninguna utilidad para mí, y no deseo otro pago que el derecho de darte un solo beso en la mejilla. Y éste es mi único deseo, ¡oh joven!" Y me dije para mí: "¡Por Alah, que un solo beso en mi mejilla por una alhaja que vale más de mil dinares de oro es un precio tan singular como barato!" Y no vacilé en dar mi consentimiento.

Entonces la joven ¡oh mi señor! avanzó hacia mí, y levantándose el velillo del rostro me dió un beso en la mejilla -¡ojalá le resultase delicioso!-; pero al mismo tiempo, como si se le hubiese abierto el apetito al probar mi piel, clavó en mi carne sus dientes de tigre joven, y me dió un mordisco cuya cicatriz tengo todavía. Luego se alejó riendo con risa de satisfacción, mientras yo me limpiaba la sangre que corría por mi mejilla. Y pensé: "¡Tu caso ¡oh! es un caso sorprendente! ¡Y pronto verás cómo todas las mujeres del zoco vienen a pedirte, quién una muestra de tu mejilla, quién una muestra de tu mentón, quién una muestra de lo que tú sabes, y quizás valga más, en ese caso, arrinconar tus mercancías para no vender ya más que pedazos de ti mismo!" Y llegada que fué la noche, medio risueño, medio furioso, salí al encuentro de la vieja, que me esperaba, como de ordinario, en la esquina de nuestra calle, y que, después de haberme puesto una venda en los ojos, me condujo al palacio de mi esposa. Y por el camino la oí que refunfuñaba entre dientes palabras confusas que me parecieron amenazas; pero pensé: "¡Las viejas son personas a quienes gusta gruñir y que pasan sus viejos días decrépitos murmurando de todo y chocheando!"

Al entrar en casa de mi esposa la encontré sentada en la sala de recepción, con los párpados contraídos y vestida de pies a cabeza de color rojo escarlata, como el que llevan los reyes en sus horas de ira. Y tenía el continente agresivo y el rostro revestido de palidez. Y al ver aquello dije para mí: "¡Oh Conservador, resguárdame!" Y sin saber a qué atribuir aquella actitud hostil, me acerqué a mi esposa, quien, en contra de su costumbre, no se había levantado para recibirme y me volvía la cabeza; y ofreciéndole el gallo de oro que acababa de adquirir, le dije: "¡Oh mi señora! acepta este precioso gallo, que es un objeto verdaderamente admirable, y que es curioso mirar; porque le he comprado para que te recrees con él". Pero al oír estas palabras se oscureció su frente y sus ojos se entenebrecieron, y antes de que yo tuviese tiempo de evadirme, recibí una bofetada tan terrible que me hizo girar como un trompo y por poco me rompe la mandíbula izquierda. Y me gritó: "¡Oh perro hijo de perro! si realmente has comprado este gallo, ¿a qué obedece ese mordisco que tienes en la mejilla?"

Y yo, aniquilado por la sacudida del violento bofetón, me sentí en peligro, y tuve que hacer grandes esfuerzos sobre mí mismo para no caerme cuan largo era. Pero aquello no era más que el principio, ¡oh mi señor! no era ¡ay! más que el principio del principio. Porque vi que a una seña de mi esposa, se abrían los cortinajes del fondo y entraban cuatro esclavas conducidas por la vieja. Y llevaban el cuerpo de una joven con la cabeza cortada y colocada en medio de su cuerpo. Y al instante reconocí en aquella cabeza la de la joven que me había dado la alhaja a cambio de un mordisco. Y la vista de aquella acabó de derretirme, y rodé por el suelo sin conocimiento. Cuando volví en mí, ¡oh señor sultán! me vi encadenado en este maristán. Y los celadores me enteraron de que me había vuelto loco. Y no me dijeron nada más.

Y tal es la historia de mi presunta locura y de mi encarcelamiento en esta casa de locos. Y Alah es quien os envía a ambos, ¡oh mi señor sultán! y tú, ¡oh prudente y juicioso visir! para sacarme de aquí. Y por la lógica o la incoherencia de mis palabras podréis juzgar si realmente estoy poseído por el espíritu, o si estoy siquiera atacado de delirio, de manía o de idiotez, o si estoy, en fin, sano de entendimiento".

Cuando el sultán y su visir, que era el antiguo sultán-derviche adulterino, oyeron la historia del joven, quedaron pensativos, con la frente baja y los ojos fijos en el suelo durante una hora de tiempo. Tras de lo cual el sultán fué el primero que levantó la cabeza, y dijo a su acompañante: "¡Oh visir mío! por la verdad de Quien me hizo gobernante de este reino, juro que no tendré reposo y no comeré ni beberé sin haber dado con la joven que se casó con este joven. Apresúrate, pues, a decirme qué tenemos que hacer para ello". Y contestó el visir: "¡Oh rey del tiempo! es preciso que nos llevemos sin tardanza a este joven, abandonando momentáneamente a los otros dos jóvenes encadenados, y que recorramos con él las calles de la ciudad de oriente a occidente y de derecha a izquierda, hasta que encuentre él la entrada de la calle en donde la vieja acostumbraba a vendarle los ojos. Y entonces le vendaremos los ojos, y se acordará él del número de pasos que daba en compañía de la vieja, y de tal suerte nos hará llegar ante la puerta de la casa, a la entrada de la cual le quitaban la venda. Y allá nos iluminará Alah acerca de la conducta que debemos observar en tan delicado asunto".

Y dijo el sultán: "Sea conforme a tu consejo, ¡oh visir mío lleno de sagacidad!" Y se levantaron ambos al instante, hicieron caer las cadenas del joven y se le llevaron fuera del maristán. Y todo sucedió según las previsiones del visir. Porque, después de recorrer gran número de calles de diversos barrios, acabaron por llegar a la entrada de la calle consabida, la cual reconoció sin dificultad el joven. Y con los ojos vendados como otras veces, supo calcular los pasos, e hizo que se parasen ante un palacio cuya vista sumió al sultán en la consternación. Y exclamó: "Alejado sea el Maligno, ¡oh visir mío! Este palacio está habitado por una esposa entre las esposas del antiguo sultán de El Cairo, el que me ha legado el trono a falta de hijos varones en su posteridad. ¡Y esta esposa del antiguo sultán, padre de mi mujer, habita aquí con su hija, que indudablemente será la joven que se ha casado con este joven! Alah es el más grande, ¡oh visir! ¡Por lo visto, está escrito en el destino de todas las hijas de reyes que se casen con cualquiera, como nosotros mismos lo hemos sido! ¡Los decretos del Retribuidor siempre están justificados; pero ignoramos los motivos a que obedecen!" Y añadió: "Apresurémonos a entrar para saber la continuación de este asunto". Y llamaron en la puerta con la aldaba de hierro, que hubo de resonar. Y dijo el joven: "¡Bien recuerdo este sonido!" Y al punto abrieron la puerta unos eunucos, que se quedaron absortos al reconocer al sultán, al gran visir y al joven, esposo de su señora...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente